– Dame el arma… –pidió Gülseren, haciendo lo posible por ocultar el temblor en su voz–. Ozan, dame el arma.
– No. Silencio –masculló el joven entre dientes–. Usted no tiene derecho a pedirme nada. Desde que llegó a nuestras vidas, no ha hecho más que tratar de destrozar nuestra familia…
– Baja el arma y hablemos, Ozan –condicionó la ojiazul, notando el efecto de la adrenalina en la firmeza que permeaba su voz–. Por favor.
– ¡Cállese! –explotó el muchacho, dominado por el mismo nerviosismo que le provocaba el estar sosteniendo la pistola de su padre–. Aléjese. A usted no le importa destruir la vida de los demás, no le da vergüenza actuar a espaldas de las personas ni ensuciar su imagen porque usted no es nadie. ¡Nadie la conoce y para nadie es importante! ¡No entiendo cómo un hombre reconocido como Cihan Gürpinar, mi padre, pudo fijarse en una mujer como usted, una cualquiera!
– ¡Gülseren! –suplicó Derya, por fin encontrando su propia voz.–
– Yo amo a tu padre, Ozan, y no tengo razones para avergonzarme –comenzó a decir la mujer sin un ápice de duda en la voz–. No se puede destruir algo que ya no existe.
– Por favor, basta… –pidió el joven hombre con un nudo en la garganta, saliendo abruptamente del trance en el que se encontraba, gracias al inesperado proceder de su interlocutora.–
Sus huellas dactilares estaban sobre cada milímetro de aquel frío objeto metálico y, con 18 años casi recién cumplidos, pasar el resto de su vida en la cárcel no estaba en sus planes. La aparición de aquella mujer los había tomado a todos por sorpresa y Gülseren nada tenía que ver con él, genéticamente hablando…pero era la madre de sus medias hermanas: Cansu y Hazal. Una de las dos madres que tenían. Había parido a Cansu, la adoración de Ozan desde que supo que tendría una hermanita (a pesar de que no sabía que realmente era Hazal quien estaba en el vientre de Dilara, su madre), y había criado a Hazal (creyendo que había sido ella la bebé a la que había dado a luz), que básicamente tenía el superpoder de desquiciar a cualquier infortunado que la conociera. El joven adulto no se perdonaría jamás que el corazón de Cansu se desmoronara por culpa suya, pero había algo que le conflictuaba aún más.
En el fondo, sabía que aquella mujer tenía razón.
– Ambos nos amamos –finalmente esas tres palabras llegaron a oídos del chico como letales estocadas.–
– N-No …no siga –Ozan derramó un par de lágrimas sin poderlo evitar, sintiendo cómo la falta de oxígeno atenazaba su tráquea.–
– Sabes que el divorcio está pactado desde hace tiempo…lo lamento, Ozan, pero yo no separé a tus padres –aseguró con lentitud–. Dilara y Cihan tenían problemas antes de que yo entrara en sus vidas, ya no pueden ni estar en la misma habitación, por lo que tus hermanas me han contado.
– N-No es verdad… –trastabilló el ojiazul–. Por favor… No puede serlo.
Inútilmente, intentó acercarse para recuperar el arma, a lo que Gülseren reaccionó automáticamente reafirmando su agarre en torno a la empuñadura, mirándolo fijamente. Un balazo habría dolido menos que escuchar semejantes afirmaciones, o eso creía el joven, pero no tenía argumentos para debatir, pues cada palabra era verdad. Y no dudaba de que Gülseren sería capaz de accionar el arma.
– Es una decisión tomada, Ozan. Y lo que hacemos no tiene de malo ni vergonzoso, Cihan y yo nos amamos y respetamos de una forma sana. Tu madre tiene los medios para salir adelante y tu padre no la dejará desamparada si algún día llega a necesitar su ayuda. Dilara es una mujer muy fuerte. Ahora, nuestra prioridad como pareja son ustedes…
Involuntariamente, el cuerpo del joven se había relajado, aunque respiraba entrecortadamente…la madre de sus hermanas había logrado captar toda su atención.
– Tus hermanas son mi mundo. Dilara podrá haber dado a luz a Hazal, y por ello le estoy eternamente agradecida, pero yo la crié. Ambas son tan hijas mías como lo son de Dilara, el error del hospital no fue culpa nuestra ni es importante, porque de cualquier forma daría la vida por ellas. Amo a mis hijas y jamás me perdonaría que algo les pasara si yo pudiera evitarlo… –afirmó con la paradójica mezcla de suavidad y firmeza que habitualmente la caracterizaba– …así como tampoco me perdonaría que algo malo te llegara a suceder por una decisión imprudente.
Ozan la miró a los ojos, permitiendo que ambos pares de orbes cristalinos se encontraran.
– No vas a terminar en prisión pagando cadena perpetua –Gülseren se sorprendió a sí misma pronunciando aquellas palabras–. No vas a desperdiciar tu vida así. Tienes salud, dinero, una familia que te quiere, tienes amor y sueños por los que vale la pena vivir, estoy segura.
El chico estaba perplejo. Ésta mujer sí que daba buenos discursos, por lo que Ozan no pudo más que tragar saliva con lentitud.
– Lo siento…
– He llegado a quererte como a mi propio hijo, Ozan,aún más viendo lo que Cansu te quiere, y no necesito que un documento certifique lo que siento para asegurar que es real. Me importas tanto como Cansu y Hazal, así que no dudaré en protegerte, incluso de ti mismo si es necesario.
Había tanta fuerza y honestidad en todos sus argumentos, que el menor podía sentir cómo un agujero del tamaño de su corazón se abría a la mitad de su pecho, iluminando cada rincón de su adolorida alma.
– Pero, y-yo no…no soy… –suspiró antes de seguir hablando, era más que evidente que su “madrastra” hablaba en serio–. Lo lamento…
Al fin había vuelto en sí.
No hacía falta un lazo consanguíneo que l@s vinculara si amb@s daban su consentimiento para ser familia a partir de ese momento…pero Ozan estaba siendo víctima de tanta confusión y miedo que en ese preciso instante no estaba seguro de querer o poder dar ese paso, le conflictuaba terriblemente, pero no por eso dejaba de plantearse la posibilidad de aceptar y sencillamente fluir con lo que sus impulsos dictaban. Se sentía abrumado y acorralado, Gülseren podía verlo en sus ojos…aquella “forastera” que había llegado sin permiso a su vida y que poseía una entereza envidiable, amabilidad y valores que le permitían percibir con claridad la esencia de las personas y llegar hasta el fondo de sus corazones, por muy lastimados que éstos estuvieran. Aquella mujer que podía perdonar cualquier cosa por amor…que había llegado para llenar de calor y sentido las vidas de su padre y sus hermanas, e incluso a su propia vida…y él había estado a punto de asesinarla.
– Lo siento… –murmuró Ozan en un gemido de arrepentimiento, agachando la cabeza, deshecho en llanto.–
– Lo siento –miró a Derya y luego a Gülseren, que daba un paso al frente con cada paso que él retrocedía, y finalmente se encontró al otro lado del umbral de la puerta del departamento–. ¿M-Me devuelve la pistola?
– No. Se quedará aquí. Seré yo quien se la entregue a tu padre –decretó, temiendo que Ozan cometiera alguna otra locura si le entregaba/regresaba aquel objeto.
Con cierta desilusión, el muchacho asintió levemente y dio media vuelta, emprendiendo el descenso por las escaleras sin mirar atrás, imprimiendo cada vez mayor velocidad a su paso, hasta que llegó a la planta baja. Tenía que salir de ahí, tenía que alejarse de todo y de todos…una vez fuera del modesto edificio, subió a su auto de un salto, sometiéndolo a un furioso arranque que lo catapultó a más de 150 km/h con un solo destino en la mira: el puente del Bósforo.
Segundos después de que él abandonara la escena, Derya se había abalanzado hacia la puerta de la humilde vivienda, cerrándola de golpe y atrancándola de todas las formas posibles. Acto seguido, se giró hacia su mejor amiga, que ya había retirado el cañón del arma de su cráneo y respiraba pesadamente, con los párpados a media asta.
– ¿E-Estás bien? –preguntó Derya con la boca completamente seca.–
Gülseren asintió repetidas veces.
– Sí –dijo finalmente en un hilo de voz mientras se dirigía rápidamente a la cocina, donde tomó una bolsa de cierre hermético, introduciendo en ella el arma.–
– ¿Quieres…quieres que llame a la policía?
– No –la interrumpió bruscamente la pelinegra–. No es necesario –añadió después en un tono más suave, volviendo sobre sus pasos a la sala, donde se dio a la tarea de guardar la pistola en su bolso y se desplomó en el sillón.–
– Te prepararé un té –musitó tras unos segundos–. ¿Azahares y rosas está bien?
– S-Sí…gracias, amiga –respondió en un suspiro antes de quedarse mirando perdidamente a la pared.–
Ni siquiera había apagado el motor cuando una fuerza irrefrenable lo impulsó a hacer lo impensable: bajó corriendo del coche y de un salto se lanzó al vacío sobre el barandal de la imponente obra de ingeniería, siendo envuelto segundos después por la fría obscuridad del mar del Bósforo. Necesitaba tener la cabeza fría, literalmente; pensar con claridad, “bajarse los humos” antes de cometer otra estupidez. A tan altas horas de la noche, no había transeúntes que pudieran haberlo visto caer. Nadie sabía que se dirigía a ese lugar, y ahora difícilmente podrían enterarse de su paradero o contactarlo, pues su teléfono celular estaba prácticamente ahogado.
Permaneció sumergido ahí abajo todo el tiempo que le fue posible, abriendo los ojos en una búsqueda desesperada por conectar con su propia obscuridad, con su propia soledad…dejándose abrazar por la inmensidad del océano para penetrar en su propio vacío interior. Al mirar abajo, sintió deseos de descender hasta los confines del abismo que lo sostenía, no tenía prisa por volver al mundo exterior, aquel al que llamaban “el mundo real” y que ahora le parecía tan superficial. Ahí abajo todo parecía tan lejano, tan tranquilo…tan apacible. Su turbulencia mental cesó y, en la misma medida, la aceleración de su agitado y atormentado corazón fue decreciendo, hasta que un torrente de imágenes lo invadió mentalmente: en una fracción de segundo, pudo verse de pequeño, siendo abrazado por Dilara, su madre, y Cihan, su padre…después, abrazando a Cansu cuando era apenas una bebé recién nacida…un día familia en un yate en la playa, unas vacaciones en un “skii resort” en la nieve…y luego, sus padres peleando.
Su padre empacando una maleta para mudarse a un departamento, su madre prestándole atención a todo menos a él y a su hermana…y finalmente, su visión se congeló sobre una imagen: Cansu sonriendo de oreja a oreja mientras abrazaba a Gülseren. El aplastante peso del pasado lo arrastraba al fondo mientras se aferraba a la memoria de la única figura materna que conocía, una que no lo comprendía y para la que él había dejado de ser una prioridad tiempo atrás. Justo cuando todo rastro/resquicio de oxígeno había abandonado sus pulmones y el impulso de sobrevivir le quemaba el pecho, tres taladrantes voces irrumpieron en la momentánea calma de su adormecida conciencia.
– Eres mi único hermano, Ozan…y eres el mejor –podía escuchar con toda claridad a Cansu decirle en aquel tono de complicidad que sólo ellos compartían.–
– Mi “Di Caprio”…tú y tu hermana son la luz de mi vida, hijo. Y eso siempre será así –le susurraba desde las tinieblas la cálida voz de Cihan.–
Pasaron unos segundos y, abriéndose paso entre las olas, llegó a sus oídos en eco de una voz tersa, etérea y cargada de la luz que hacía falta para hacerlo reaccionar…
– No vas a desperdiciar tu vida…tienes amor y sueños por los que vale la pena vivir…he llegado a quererte como a mi propio hijo…me importas tanto como Cansu o Hazal…no dudaré en protegerte…nuestra prioridad son ustedes…no me perdonaría que algo malo te llegara a suceder por una decisión imprudente.
…y con un par de potentes patadas, salió a la superficie de las tempestuosas aguas, dando feroces bocanadas de aire para recuperar el aliento.
“Cansu tiene dos madres y es feliz”, pensó. Hazal también, tiene todo lo que necesita aunque no lo pueda ver ni valorar…pero bueno, Hazal es Hazal, es insoportable. Dilara trajo al mundo a esa niña malagradecida y Gülseren la crió como suya sin importar las dificultades y su falta de recursos. Gülseren trajo a Cansu al mundo y Dilara la crió como si fuera suya…”
Y así llegó a una importante conclusión: quizás no estaba listo para sacar a Dilara de su vida, después de todo, era su madre y había intentado darle lo mejor que tenía y de la mejor manera que podía…pero al fin estaba listo para abrirle un espacio en su corazón a la madre biológica de su hermana favorita: Gülseren. Por respeto y por amor a Cansu y a su padre, pero principalmente porque aquella mujer había hecho lo que pocos: había sido honesta y había demostrado ser una persona trabajadora, con valores intachables, una ética incuestionable, incorruptible e incondicional, con tenacidad de sobra y capaz de pelear a muerte con uñas y dientes por lo correcto, por lo justo, y por el bienestar de todo ser viviente que cruzara su camino, lo mereciera o no.
Con semblante taciturno, Gülseren tenía la vista puesta en un punto aleatorio de la amplia pared del departamento. La media taza de té que aún le quedaba por tomar ya se había enfriado, y su mejor amiga tenía unos minutos de haberse marchado, pues debía estar en casa para recibir a Serkan, su hijo de ocho años, que venía de pasar el día fuera junto con su padre. Aquel chiquillo hacía que el corazón de Gülseren se derritiera cada vez que la llamaba “tía” y hacía aparecer en los labios de la mujer una sonrisa cada vez que ésta lo recordaba, pues ahora era uno de sus recuerdos preferidos el día que su “sobrino adoptivo” aprendió a decir su nombre…a su manera, claro. Tras varios intentos, el sonido que salía de los labios del menor era algo similar a “Dulceren”, pues la pronunciación de ciertas sílabas y nombres aún se le dificultaba sobremanera, pero quizás el niño no estaba tan equivocado después de todo, pues ella era así: dulce. Considerada, caritativa, entregada. Y tenía perfectamente claro que los hijos son siempre lo primero. Lo eran para ella, al menos. Y para Derya… y para Cihan. Aquel hombre recto y paternal que le había robado el aliento desde la primera vez que cruzaron miradas en la más bizarra de las situaciones. Y ella, como pudo, había salvado a su “Di Caprio”, como él solía llamar a Ozan…su príncipe. Su único hijo (varón). El mejor hermano mayor que Gülseren pudo haber pedido para Cansu, pues toda su vida había fungido como ángel guardián, amigo, confidente, guardaespaldas…y cómplice, claro.
Fueran peras o manzanas, ella había hecho lo correcto, había evitado que Ozan se hiciera daño o hiriera de gravedad a otras personas. Podía quedarse tranquila, en teoría, pero no lo estaba. Había evitado que el rubio terminara en un callejón sin salida tras cometer un crimen con un arma prácticamente robada, pero no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba aquel “incontenible” huracán de ojos azules. ¿Y si había tenido un accidente? ¿Y si lo habían asaltado? Aquel barrio no era lugar para un joven criado en las altas esferas de la sociedad… ¿Y si en un arrebato de locura había huido del país?
Intentó llamarlo por teléfono. Nada. Su intranquilidad era intolerable, tenía que salir a buscarlo, no quería preocupar a Cihan llamándole para preguntarle por el paradero del único de sus hijos que era mayor de edad, suficiente presión tenía el empresario siendo dueño y cabeza del grupo Dark Blue. Sin pensarlo más, Gülseren tomó su bolso y se dispuso a salir cuando de pronto ¡ding!
El sonido del timbre la congeló en su lugar. Dejó el bolso sobre la mesa y se acercó a abrir, siendo imposible para ella adivinar de quién se trataba con simplemente observar la difuminada silueta que se transparentaba a través del vidrio esmerilado que conformaba la mitad superior de la puerta.
¿Derya habría vuelto por algo que olvidó? ¿Keriman venía a molestarla nuevamente o a pedirle un favor? ¿Dilara se había “dignado” a presentarse en su casa una vez más para tratar de humillarla, como de costumbre?
Inhaló profundamente, descorrió los pasadores de la puerta y la abrió.
– ¿Podemos habl...
– ¡Estás empapado! –cortó la pregunta del menor a media frase–. ¿Pero qué…? ¿Qué pasó? ¿Te hicieron algo en la calle? ¿Te robaron? ¿Estás bien? –preguntaba casi frenéticamente, verificando que no tuviera señales de daño físico severo, pues el chico exhibía una palidez más fantasmagórica que de costumbre, tenía los ojos enrojecidos y chorreaba agua por todos lados, tiritando.–
– Estoy bien –murmuró con voz ronca, mirándola a los ojos con la cabeza ligeramente agachada.–
– ¡Tonterías! Ven aquí –refutó ella, colocándole el abrigo como si se tratara de una capa para hacerlo entrar en calor mientras lo conducía a la sala y cerraba la puerta tras ellos–. ¿Quién te hizo esto? –cuestionó una vez se hubieron sentado en el sillón e instintivamente llevó una de sus manos a la mejilla contraria, examinando minuciosamente su piel y su mirada.–
Ozan había pasado buena parte del trayecto planeando todo un discurso que pensaba darle a la madre de sus hermanas a manera de disculpa una vez que estuviera frente a ella, pero la realidad es que se quedó como pasmarote en cuanto los cristalinos orbes de la pelinegra se posaron sobre los suyos que, coincidentemente, eran del mismo color. Era como si Ozan hubiera heredado los ojos de Gülseren, el pelo de Dilara y la estatura y complexión física de Cihan.
¿Cómo podía aquella mujer procurarle atención y actuar como si nada hubiera sucedido apenas una hora antes?
Tras unos instantes con la boca entreabierta y la mirada titubeante, una palabra salió de sus temblorosos labios.
Dos segundos fue todo lo que ella necesitó para procesar lo que estaba sucediendo y corresponder al gesto, pues por la forma en que se aferraba a ella, podía sentir la desesperación con la que el joven lo necesitaba. Sin mayor cuestionamiento de por medio, lo abrazó. Con delicadeza al principio y casi con ferocidad a medida que el llanto del muchacho iba “in crescendo” (en aumento gradual).
Transcurridos unos minutos, tras los cuales el torrente de lágrimas amainó, el chico consiguió articular palabra.
– Lo siento, señora Gülseren –dijo con voz rasposa y estrangulada, debido a la tensión en su garganta.–
– Tranquilo… –lo reconfortó ella–. Estoy bien, Ozan. Estoy bien… –repitió, dejando una leve caricia en la nuca del rubio antes de separarse para buscar su mirada. Pero tú…estás temblando. ¿Qué…?
Simplemente no lo entendía. No estaba lloviendo y no había lagos en esa parte de la ciudad, no era invierno ni época de nevadas, Ozan no pudo haber llegado muy lejos en el transcurso de una hora, y por la velocidad con la que volvió era evidente que había llegado en su auto.
El agua chorreando por todo su cuerpo sólo podía indicar que se había adentrado en las gélidas aguas del Bósforo, pero no tenía ni un rasguño, ¡estaba ileso! A menos que…
– Fui yo… –confesó finalmente–. Yo lo hice.
– ¿Hiciste qué? –Gülseren lo miró con una mezcla de confusión e intriga.–
– Salté al Bósforo –admitió sin más–. Sólo yo, nadie salió herido…y el auto está afuera –añadió, adelantándose al posible interrogatorio subsecuente.–
– N-Necesitaba despejarme… –explicó él con una imperceptible “sonrisita” nerviosa, misma que desapareció casi al instante, opacada por algo de vergüenza y camuflada por un par de movimientos involuntarios que realizó con la supuesta finalidad de entrar en calor.–
– Ay, Dios mío, Ozan –respondió Gulseren con un suspiro, no sabía si de alivio o de incredulidad, antes de cerrar los ojos, tragar saliva y tomar aire nuevamente.–
– Lo siento, susurró él rápidamente–. Por todo.
Hizo énfasis en la última palabra y, en un gesto involuntario, se envolvió en el abrigo, que ya estaba algo húmedo y no lograba calentarlo lo suficiente.
– Todo –repitió–. También lo de la…pistola –batalló para completar la frase–. De verdad.
– Sí… –musitó con voz débil, bajando la vista.–
– Bien –decretó la pelinegra–. ¿Comprendes que no puedo permitir que esto se repita nunca más? Esto no puede ni va a quedarse así –continuó, irguiendo la espalda.–
Ozan suspiró largamente. Sabía que sus impulsivas acciones tendrían consecuencias, pero sin duda prefería redimirse que llevar una pesada lápida a cuestas perpetuamente. Se mantuvo cabizbajo unos segundos, sin atreverse a mirar a la mujer a la cara…
¡¿Cómo se le había ocurrido apuntarle con un arma de fuego?! ¡¿En qué estaba pensando, si él era de los que no mataban ni una mosca?!
– Lamento haber apuntado la pistola hacia usted –soltó velozmente sin dejar de mirar al suelo–. No quise…no iba a…ya sabe, no quería disparar…dispararle, señora Gülseren, yo…–
– Ozan… –tomó la barbilla del joven para obligarlo a levantar la vista–. Mírame.
– El agua caliente saldrá si giras la llave de la izquierda. Te traeré algo de ropa seca… –indicó– Quizás te quede un poco grande, era de Özkan, el padre biológico de Cansu, pero creo que servirá. Te la dejaré sobre la cama –se excusó antes de salir de la habitación–. Estaré en la sala cuando termines.
– Gracias –respondió el ojiazul, curvando tímidamente las comisuras de sus labios–. Señora Gü–
– Gülseren –interrumpió ella con una tenue sonrisa maternal–. Sólo “Gülseren” –corrigió desde la puerta-. Con gusto.
– Terminaste… –comentó, más como afirmación que a modo de interrogante–. ¿Todo en orden?
– Sí –respondió él con voz notablemente más relajada a la vez que intentaba aplacar su alborotado cabello con una mano–. Gracias, señora Gü–perdón… -se excusó–. …Gülseren.
– ¿E-En dónde puedo colgar la toalla para que se seque? –cuestionó levantando dicho objeto.–
- Puedes extenderla sobre el respaldo de aquella silla –señaló con la mirada y el universitario obedeció.–
– ¿De qué te parece que deberíamos hablar ahora, Ozan? –inquirió con tranquilidad.-
– No lo sé, ¿está…estás molesta? –corrigió, involuntariamente achicando su voz al hacerse consciente de la cercanía que conllevaba el hablarle de “tú” en vez de “usted”.–
– No, querido, no lo estoy –respondió con sinceridad–. ¿Crees tú que debería estarlo?
– Supongo que…sí –dijo tras pensarlo un momento, tratando que la voz no le fallara en un momento tan serio.–
– ¿Por qué?
– Pues…porque lo que hice no estuvo bien y pudo haber sido peligroso para mí y para…para muchas personas –dijo, incómodo, evitando dar una respuesta más concreta.–
– “Para muchas personas” –repitió la ojiazul, como si reflexionara sobre lo que acababa de escuchar-. ¿Y qué fue lo que hiciste, Ozan? –lo confrontó sin evasivas, manteniendo un tono de voz neutro.–
– Tomé el arma de mi padre sin su permiso, vine y les apunté con ella a Derya y a ust…a ti.
– ¿Y eso es correcto?
– No… –admitió.– Y entiendo que alguien pudo haber muerto hoy por eso –era cada vez más difícil hablar con el nudo que no dejaba de obstruir su garganta-. El arma pudo haberse disparado y yo sería culpable de tu muerte –decretó con voz seca.–
– O la desesperación te habría llevado a atentar contra tu vida si yo te hubiera dejado salir de aquí con el arma en tu poder –le invitó a reflexionar–. Entonces yo sería parcialmente responsable por lo que te hubiera podido suceder.
Antes de que el rubio pudiera negar con mayor vehemencia, añadió:
– ¿Condujiste con cuidado?
– ¡¿?! ¿Cómo? P-Pero… –tartamudeó, atrapado con la guardia baja.–
– El puente, Ozan –de pronto su mirada se fijó en él con mayor intensidad, haciéndolo sentir atrapado y extrañamente incapaz de apartar la vista–. Es pasada la medianoche. ¿Fuiste cuidadoso mientras conducías hacia el puente del Bósforo? ¿Respetaste los señalamientos y límites de velocidad?
– No…
El menor enmudeció. ¿Existían límites de velocidad?
Claro que sí, simplemente se había dejado llevar por el momento, olvidando por completo la existencia de las normas sociales y viales más básicas.
Ozan sentía que la culpa lo sofocaba, sus emociones amenazaban con ahogarlo…entonces Gülseren le tendió una mano, cual salvavidas en plena tempestad, y él la tomó sin dudarlo ni un segundo. (Asentimiento/G)
Con un corto asentimiento y una fluidez que denotaba abundante experiencia previa, la mujer lo guió para recostarlo boca abajo sobre su regazo y apoyó una mano en su región lumbar, utilizando después la mano libre para extraer de debajo de un cojín el cepillo que tomó del cuarto un rato antes. Ozan intentó girar la cabeza para vislumbrar el objeto que su interlocutora acababa de asir, pero, debido a su limitante postura corporal, estaba fuera de su campo visual, por lo que se resignó a mantener la vista al frente.
– No…no lo fue –articuló una vez que volvió en sí.–
- Así es, no lo fue –corroboró la mujer, posicionando el dorso del sólido cepillo en contacto con los muslos del muchacho–. Y es primera y última vez que sucede algo así.
Gülseren saltó directamente a la acción, descargando sobre los muslos de su “hijastro” (palabra inexistente en su diccionario personal de vida) secos azotes, intercalando con ellos pausas apenas suficientemente largas como para que el universitario respirara.
Debido al abrupto comienzo del castigo, Ozan no pudo evitar contraer los hombros con brusquedad desde el primer impacto. Mientras el pudor y el orgullo restante se disputaban el reinado en su interior, recordó de golpe las pocas veces que su madre lo había castigado de esa manera. Cuestionable método de crianza, quizás, y más de una vez se había encontrado rodando los ojos, harto de los sermones de su progenitora, o diciendo frases tan descaradas como “no me duele”, razón por la cual Dilara había recurrido a un enfoque más superficial para “corregir” el comportamiento descarriado e irreverente de su hijo: comenzó a dosificarle privilegios como permisos para salir o llegar a ciertas horas, lo privaba del privilegio de usar cosas como la computadora, el teléfono celular, el iPod, la tarjeta de crédito o las llaves del auto, que en ese momento no era totalmente suyo (porque era menor de edad en ese entonces). El de los discursos reflexivos en tono paternal era Cihan y se le daba excelentemente, pero el ”problema” del muchacho con la autoridad no era con su padre, sino con ella. Él solía ausentarse por trabajo, sin embargo lo escuchaba y, dada su naturaleza masculina, lo comprendía mejor en general, así que sus consejos solían ser más acertados y útiles. Pero Dilara, por el contrario, se ausentaba por eventos sociales, escudándose detrás de su fundación benéfica para asistir a reuniones con sus amigas casi todos los días, compensando después a sus hij@s con regalos costosos y ropa que solía ser de mayor agrado para ella que para Ozan o su hermana. La esbelta y glamourosa mujer no destacaba precisamente por ser la mejor guía moral en la corta vida de su vástago, no obstante, sostenía que sus métodos eran efectivos en cuanto a su educación…al menos por un tiempo.
– SWAT
– Mmfff…
– ¿Eres consciente de lo que podría pasar si te detienen por posesión de un arma que no tienes permiso de portar?
Tras unos segundos, el chico tomó aire con trabajos y respondió.
– Me la quitarían y mi papá y yo seríamos interrogados porque las huellas de ambos están en la pistola…pero él sí tiene permiso y yo no, así que podrían arrestarme y multarme o acusarme de haber “robado” un arma, a menos de que mi papá elija no levantar cargos –explicó, haciendo énfasis con comillas aéreas al pronunciar la palabra “robado”–. Y ahora tus huellas también están ahí, así que los tres estaríamos en problemas por mi culpa…
– Así que lo entiendes… –dijo Gulseren, sorprendida por la rapidez con la que había dado una respuesta tan coherente–. No hace falta que te recuerde entonces que las cosas habrían sido peores si tú o yo hubiéramos resultado heridos ésta noche, y ni hablar de que alguno de nosotros hubiera muerto.
El joven tragó saliva con dificultad, no quería ni ponerse a pensar en esa posibilidad.
– Para suerte tuya, jovencito, estamos todos bien y nadie resultó herido, pero estás muy equivocado si crees que el desenfreno de tus acciones va a quedar impune, especialmente si repasamos la forma tan descuidada e inconsciente en la que expusiste tu integridad y la de otras personas, todas ellas inocentes.
– ¡Auch!
– ¿Quisieras explicarme por qué se te ocurrió que conducir sin cinturón de seguridad y a exceso de velocidad a estas horas de la noche era buena idea?
– Porque…¡ay! –batallaba para responder–. ¡No pensé que lo fuera! Sólo que…es que no lo pensé –reconoció apenado, bajando la cabeza.–
– Ya veo… –contestó la mujer, sin detener sus acciones–. ¿Y es aceptable sentarte al volante sin estar en tus cinco sentidos y bien enfocado?
– Mmff… ¡No, no lo es! –respondió él, doblando los dedos de las manos, donde estaba concentrando la tensión para evitar moverse demasiado.–
– Exacto –confirmó mientras alternaba entre ambos lados, repartiendo una veintena de azotes más sobre el trasero del joven, y después se detuvo, dejando el cepillo a un lado–. Indudablemente, tu padre se va a enterar de todo esto en algún momento, y doy gracias de que no será a través de una notificación judicial o de un escándalo mediático. Él manejará la situación como mejor le parezca, o ambos tendremos una conversación contigo, pero puedo decirte una cosa con certeza: de mi cuenta corre que tus imprudencias de hoy no se repitan. Ni contra ti, ni contra mí, ni contra nadie más. Prefiero que no te sientes en absoluto durante cinco días a que te vuelvas a sentar al volante sin estar en tus cabales y provoques un accidente o te arriesgues a que te revoquen la licencia –le amonestó en tono severo, posando delicadamente la palma de su mano sobre el centro de la retaguardia contraria–. Tus hermanas te quieren, Ozan…tu padre te adora, y lo sabes. Y yo no estoy dispuesta a verlos desmoronarse si algo te ocurre, así como tampoco voy a quedarme cruzada de brazos viendo cómo desafías a la muerte –sentenció y de inmediato reanudó el castigo, desatando una lluvia de fuertes nalgadas sobre las posaderas del joven.–
– ¡Demonios! –masculló el joven, ahogando un quejido a la vez que presionaba la frente contra el sillón.–
– Nunca más te volverás a colocar en el asiento del conductor si no estás totalmente consciente y en todos tus sentidos, ¿está claro? –cuestionó la mujer viéndolo de reojo mientras continuaba imprimiendo color en la pálida piel del muchacho con su experimentada mano.–
– ¡Auch! Ughhh… –gruñó con creciente frustración, empezando a mover los tobillos, haciendo hasta lo imposible por no patalear, pues demasiada dignidad sentía que había perdido ya aquel día–. S-Sí… ¡SÍ
– La vida en prisión es un mundo aparte, Ozan, y es un lugar aún peor para quienes somos encarcelados injustamente que para quienes sí se lo ganaron –dijo Gülseren, pausando momentáneamente sus movimientos, pues tenía especial interés en que el “rebelde” jovenzuelo escuchara y entendiera a la perfección lo que estaba por decir–. En el reclusorio de mujeres tuve la fortuna de encontrarme con un par de buenas personas, pero no puedo asegurar que en el de hombres corras con la misma suerte. Ahí dentro debes ganarte tu lugar, “hacerte” un nombre, construirte una reputación…de lo contrario es más difícil sobrevivir –murmuró, reviviendo en su mente las peripecias que le habían acontecido y las espantosas imágenes de lo que había visto y escuchado en aquel caótico y desesperanzador lugar–. Tener un apellido reconocido no te haría ningún favor, y tener más dinero que otros presos sólo te garantizará tener más problemas y enemigos. En ese lugar no hay más que una ley: “Ojo por ojo, diente por diente”. Una vez dentro, sólo hay dos formas de salir: con un buen abogado y una defensa sólida o con los pies por delante. Ni siquiera un abogado tan bueno como tu tío Yildirim podría sacarte de ahí de forma limpia o legal con crímenes como robo y asesinato a cuestas…las infracciones automovilísticas serían la menor de tus preocupaciones, Ozan. ¿Entiendes lo que digo? –preguntó en voz baja, casi con cautela, reprimiendo un par de lágrimas por el dolor que le provocaban los recuerdos a la vez que apoyaba una mano de manera maternal entre los hombros del menor, fijando sus cristalinos orbes en la parte posterior de su cabeza, como si así pudiera visualizar la expresión que proyectaban sus avispados ojos soñadores en ese momento.–
El chico asintió y, a los pocos segundos, su voz volvió a él.
– … Sí –susurró débilmente.–
– En tu caso, entrar ahí sería firmar una sentencia de muerte, sería ir directo al matadero, no estás hecho para lugares así –añadió la mujer–. Nadie lo está. Pero si tú pusieras un pie en la cárcel, tendríamos que resignarnos a verte envejecer y morir ahí, porque podrías haber terminado pagando cadena perpetua, y eso sería suficiente para acabar con la felicidad y la vida de tu padre –en aquel momento se le quebró la voz, no obstante, tragó saliva, carraspeó y se obligó a seguir–. No sólo llevas el apellido de tu padre, sino también su sangre. Eres una parte de él. Si tú llegaras a faltar, una parte de él moriría contigo…sería como verlo muerto en vida. Y ambos preferiríamos morir en tu lugar que vivir una vida sin ti, Ozan, te lo aseguro.
– Tu papá es de lo que ya no hay –prosiguió–. Realmente lo amo, Ozan. Y atesoro a cada uno de sus hijos por ser y representar una parte de él, una extensión de su corazón. Con la bondad y generosidad que Cihan posee, no dudo que ustedes tengan la capacidad de compartir con el mundo lo que él les ha transmitido. Esos son los valores que el mundo más necesita y yo tengo fe en ustedes. Tengo fe en que el mundo puede mejorar. Tengo fe en ti. Y, si tú me lo permites, me gustaría apoyarte en lo que necesites, pero no puedo quedarme tranquila sabiendo que tú o tus hermanas se autosabotean. Me importas más de lo que crees…tanto como tus hermanas –confesó–. ¿Tengo tu palabra de que no vas a reincidir en eso? ¿En ninguna de las faltas que nombramos hoy?
– Lo prometo –musitó el chico, al fin respirando sintiéndose más ligero, pues comprendía y agradecía lo afortunado que era, aunque su trasero reflejara algo distinto.-
– Gracias, oğul [hijo] –finalizó Gulseren y, de manera espontánea, besó la cabeza del joven.–
– No quiero volver a enterarme de que robaste algo –lo regañaba su “verdugo”–. Mucho menos si es a un miembro de tu familia que te ama, se desvive por ti día y noche y se esfuerza por que a ti y a tu familia no les falte nada.
– ¡N-No lo haré! ¡Lo prometo! –consiguió decir, a pesar de que con cada nalgada le costaba más mantener la posición y la concentración para responder debidamente.–
– No pondrás tu vida ni la de personas inocentes en peligro si tienes la posibilidad de evitarlo –continuó ella, incrementando la velocidad del correctivo.–
– ¡Nunca! –exclamó el joven en un tono más desesperado de lo que hubiera querido e interpuso su mano en un intento por protegerse–. ¡Pero basta! ¡Entendí, pero por favor, basta! Ya no… –suplicó.–
– ¡No! ¡Por favor, por favorAUCH! –no pudo evitar quejarse al encontrarse “de pronto” en semejante predicamento.–
– Respetarás las normas viales y sociales –continuó Gulseren sin permitir que su fuerza menguara ni por un momento–. No es opcional. Así como terminar tras las rejas no estará en tus planes ni en tu destino.
– Y no volverás a empuñar un arma contra un ser vivo nunca más, sobretodo si se trata de un miembro de tu familia, a menos de que sea en defensa personal. ¿Está claro, Ozan?
– Está claro, Anne [mamá/madre] –respondió con voz endeble, culpa de los azotes que afectaban su emisión vocal, modificando el sonido cada vez que hablaba, a pesar de que la mujer había comenzado a bajar la velocidad, más no la fuerza.–
Entre silenciosos sollozos, el joven encontró un remanso de calma, ahora su cuerpo estaba totalmente lánguido, al grado de que Gulseren soltó su muñeca aprisionada, pues ahora estaba segura de que no interpondría la mano. Cada sollozo “exprimía” todo su aliento y las lágrimas manaban sin detracción alguna.
Durante la primera parte del correctivo, la culpa paralizaba su cuerpo, haciéndolo sentir anquilosado. En verdad lamentaba haber actuado de manera tan descuidada, sin embargo la ligereza física y psico-emocional que experimentaba en ese momento no la cambiaría por nada, ahora el alivio inundaba su ser y había valido la pena soportar cada maldito azote para llegar a ese estado de tranquilidad.
Gulseren disimuló una expresión divertida ante su espontánea reacción, a la que se sumó lo que la empática mujer juraría que fue algo similar a un puchero. Al verlo batallar por un instante para finalmente “sentarse” sobre el costado de su cuerpo en el sillón, se compadeció de él. Se recorrió al otro extremo del mueble, colocó un cojín sobre sus rodillas y palmeó su superficie un par de veces. Ozan respiró profundamente.
A su orgullo herido le habría encantado negarse, pero pensándolo bien…¡¿cuál orgullo?! ¿Le quedaba algo de eso aún después de lo que acababa de suceder? En absoluto. Y dicho sea de paso, “Don Mini Di Caprio” era un pésimo mentiroso. Moría por descansar un ratito, el bajón de energía amenazaba con hacer que sus rodillas flaquearan, ni loco intentaría sentarse dentro del auto en ese momento…y además, acababa de dar su palabra de no conducir sin estar en estado de plena conciencia, por lo que estaba descartado por completo volver en ese momento a casa manejando. Antes de colapsar cual vil costal de papas, se recostó boca abajo sobre el sillón, abarcándolo casi en su totalidad, y apoyó el costado de su cabeza sobre el cojín.
Ahora entendía por qué en ocasiones sus hermanas dormían boca abajo en la mansión, la posición más atípica en ellas, o parecían evitar las sillas como si se tratara de la plaga. Si algo le había quedado claro durante la última hora, era que el entorno en el que se encontraba era un lugar seguro, y no sólo físicamente, sino que la única compañía con la que contaba en ese momento era más que confiable. ¡Vaya manera de limar asperezas con el miembro más reciente de su familia!
A decir verdad, estaba tan exhausto que no podía ni pensar acerca de si “debía” sentir vergüenza o no, sólo sabía que no la sentía. Ya no.
– ¿Mejor? –inquirió la mujer con voz suave, acariciando su cabello con una mano.–
– Evet [sí]…gracias –asintió como pudo y trató de ocultar otro bostezo, fracasando estrepitosamente.–
– Deberías quedarte y volver a casa al amanecer –sugirió ella en un susurro–. Será más seguro y tendrás oportunidad de reponer energía; no hay prisa, mañana es domingo.
– M-hmm –afirmó el universitario tras unos segundos de meditarlo, aunque sonó más a un gemido-gruñido que a una contestación afirmativa, pues se le cerraban los ojos y de un momento a otro ya no se sentía con fuerzas para articular algo más coherente o inteligible.–
Eso bastó para que su interlocutora se diera por bien servida. Sonrió de forma apenas perceptible y, a la par que el rubio se sumía en un profundo sueño, estiró un brazo para alcanzar el control remoto, encendiendo la televisión con el volumen al mínimo y sintonizando el canal de las noticias. En automático, su instinto materno la llevó a cerciorarse de que Ozan no aparecía por ningún lado. Sabía que, si el hijo mayor del multi-empresario Cihan Gürpinar se involucraba en algún escándalo o provocaba algún accidente, las cadenas de noticieros amarillistas serían las primeras en correr la voz, tuvieran datos veraces o no.
Para su enorme tranquilidad, a lo largo de todo el programa, no mencionaron al “principito de Estambul” ni una sola vez; incluso transmitieron imágenes del puente del Bósforo y otros lugares por los que había transitado Ozan, reportando otras noticias y no había ni rastro del rubio o de que hubiera estado ahí.
Suplantando su inicial inquietud, la calma se hizo presente en su interior y, llegadas las 3 de la mañana, despertó con cuidado al joven, ayudándolo a incorporarse para guiarlo a la habitación en la usualmente dormían sus hijas. El chico andaba más dormido que despierto, por lo que, en cuanto su cabeza tocó la almohada, irremediablemente volvió a caer en brazos de Morfeo.
– Descansa, Anne [mamá/madre]… –dijo, arrastrando las palabras justo antes de perder la conciencia nuevamente–. Gracias…y perd—
– Shhh… –lo “interrumpió” ella con la sutileza de un arrullo, pasando sus dedos por el sedoso cabello del que ahora era, por acuerdo tácito, su hijo adoptivo/del corazón–. Ya pasó. Todo quedó atrás. Estás a salvo y todos estamos bien, oğul [hijo]…
– ¿Gülseren? Por favor, dime que está contigo –dijo con notable desesperación, más bien rayando en ruego/exigencia que a modo de interrogante; habría sido más que improbable encontrarlo ahí, sería el último lugar de la Tierra a donde Ozan hubiera ido, según él, pero nada perdía con preguntar–. No puedo localizarlo.
– Cihan, mi amor, está bien –lo tranquilizó en tono neutro–. Está conmigo…se quedará a dormir aquí, es tarde –anunció–. Volverá a casa cuando amanezca.
– Gracias al cielo –exclamó, exhalando con enérgicamente. Apenas podía creerlo–. ¿Te mencionó algo sobre la pistola? No pude encontrarla en la casa ni con la ayuda de Azmi, sólo espero que no haya hecho alguna locura, sabe que no debe tocarla… –comentó, de pronto recordando que también tenía pendiente resolver esa incógnita.–
– Te la entregaré cuando nos veamos, mi vida –respondió tan serenamente como pudo, e inmediatamente añadió:– El cartucho está intacto, descuida, Ozan no la usó.
– … Pero…¿están bien, cielo? ¿Ocurrió algo? –cuestionó sin poder eclipsar su consternación.–
– Estamos todos bien, no te preocupes… Derya se fue apenas hace un par de horas –afirmó–. Ozan y yo ya hablamos y pudimos aclarar las cosas –añadió, dando a entender que habían tenido algo más que una simple charla superficial–. Está todo bien ahora.
– Te extraño, amor mío…¿puedes venir mañana? Podrían llegar juntos Ozan y tú en su auto –preguntó con voz de enamorado, ahora embargado por una calma que se expandía por todo su pecho a cada minuto que pasaba escuchando al amor de su vida–. ¿Por favor?
– Está bien –accedió ella, como si tuviera mucho que meditar al respecto, aunque era obvio que sonreía de oreja a oreja y moría por estar entre sus cálidos brazos–. – Nos veremos para desayunar –añadió y Cihan pudo percibir su amplia sonrisa casi como si la hubiera tenido frente a él–. Sólo quería darte las buenas noches y decirte que está todo bien.
– Gracias, mi amor. Ahora, gracias a ti, no sólo dormiré tranquilo, sino también feliz…
– Gracias a ti por ésta llamada –correspondió ella con dulzura–. Una cosa más…
– ¿Sí, dime?
– No seas muy duro con él, Cihan –agregó la mujer, más a modo de sugerencia que de petición, pero al percibir un confuso silencio del otro lado de la línea, completó la frase:– Ya lo he sido yo por sus acciones y comportamiento de hoy. Bastante.
– ¿Comportamiento de hoy? –preguntó él, extrañado.–
– Está durmiendo boca abajo –explicó con un tono de voz que, sin lugar a dudas hizo que el rompecabezas terminara de ensamblarse en la mente de Cihan.-
– Oh… –verbalizó, indicando que ahora entendía todo–. Ay, mi Di Caprio…
– Mañana platicaremos…
– Está bien, los esperaré con ansias…y con hambre –agregó el empresario en tono humorístico–. Última pregunta: ¿té de menta o de jazmín?
– Jazmín –indicó ella.–
– Excelente –sonrió el castaño.– Hasta mañana, Gülseren, que descansen.
– Cuenta con ello –dijo ella, bostezando–. Dulces sueños, Cihan.
“Te amo”, expresaron al mismo tiempo y, contra toda su voluntad, colgaron y se dispusieron a dormir, permaneciendo uno en la mente del otro durante toda la noche, tal como les ocurría también durante cada día desde el momento en el que se conocieron.
– Buenos días –la saludó educadamente, acercándose para darle un abrazo.–
– Buenos días –dijo ella, correspondiendo al gesto con gusto–. ¿Dormiste bien, şehzade? [príncipe]
– Evet [Sip] –asintió, separándose tras unos segundos–. Bueno, lo más cómodo que me fue posible, pero sí descansé –añadió desviando la mirada ligeramente.–
– Me alegro, querido…¿nos vamos? –preguntó, abriendo la puerta.–
– ¿”Nos”? Quiero decir, ¿los dos? –salió tras ella, asegurándose de tener las llaves del auto y su celular “ahogado” en los bolsillos de sus tiesos jeans, los que le costó más de lo que querría admitir ponerse.–
– Claro, tu padre nos espera para desayunar –comentó casualmente tras asegurar la puerta, mientras caminaban escaleras abajo.–
– Ups… –fue todo lo que pudo comentar en voz baja.–
No sabía muy bien cómo sentirse al respecto, pero no quería adelantarse a los hechos para no sentir nervios antes de tiempo. Con suerte, no estaría enterado de la vergonzosa forma en que su “madrastra” lo había castigado ni los motivos por los que lo había hecho…pero seguramente ya había notado que su pistola no estaba. Demonios…
Sin demasiadas esperanzas de salvarse de un regaño monumental, al llegar junto al auto, Ozan abrió la puerta del copiloto para Gülseren, como el caballerito que era gracias a la conservadora educación de su familia, y, tras cerrarla, se dirigió al asiento del conductor, entrando en el lujoso vehículo, que por algún milagro estaba intacto.
– Bien –dijo Gulseren en tono aprobatorio–. Ahora, repite conmigo, oğul [hijo]: “Estoy consciente de que estoy consciente”.
– ¿“Estoy…”? Pero, Anne [mamá/madre]… –intentó protestar.–
– En voz alta, Ozan –lo alentó con voz firme–. Te escucho.
– Estoy consciente de que estoy consciente –balbuceó.–
– Fuerte y claro, Ozan –lo reprendió la pelinegra–. Tus oídos, tu mente y todo tu ser deben registrarlo. Funciona, aunque no lo creas. Anda.
El silencio se hizo presente unos segundos, Ozan inhaló profundamente y enunció con perfecta dicción:
– Estoy consciente de que estoy consciente.
– Excelente –le reconoció ella y miró su reloj de pulsera–. Pero no te precipites. Retira las manos del volante, apaga el auto y tómate un momento…
– ¿Para qué? –cuestionó el chico, impaciente.–
– Quiero que visualices en tu mente el camino que vas a tomar, que te hagas consciente de tu entorno, de tu cuerpo y sus movimientos, que asimiles las dimensiones del auto y que tengas presente que no hay prisa. Llegaremos a la hora que haya que llegar. Concéntrate, respira y yo te diré cuándo encender el motor nuevamente –explicó-. Nada es más importante que cuidar tu vida, la de quienes viajan contigo y la tranquilidad de todos, incluso de quienes te esperan en tu destino y de los otros conductores no tan conscientes que puedas encontrar en el camino. Vamos.
– Mhhm… –emitió el muchacho a modo de queja, poniendo los ojos en blanco–. Está bien…
– ¿Disculpa, jovencito? –preguntó ella girando su torso hacia él y posando una mano sobre su bolso.–
– Emm… –carraspeó y rectificó su proceder rápidamente–. Evet, Anne [Sí, mamá/madre] –respondió y obedeció, apagando el motor y descansando las manos sobre su regazo.–
No estaba muy seguro de lo que lo hizo reconsiderar su respuesta, ni sabía si Gülseren cargaba en su bolso el cepillo a todos lados, pero prefirió no averiguarlo. No dudaba que fuera capaz de bajarlo del auto y llevarlo de vuelta al departamento si había algo más que no le gustaba respecto a su conducta.
Durante un interminable minuto entero, Ozan no dejó de alternar la mirada entre su ventana, la del copiloto, el espejo retrovisor, el quemacocos y, de reojo, la mujer que se encontraba a su lado, quien se veía relajada y sin el más mínimo rastro de prisa. Si el teléfono del muchacho se hubiera encontrado en estado funcional, ya lo habría sacado de su bolsillo para consultar la hora al menos media docena de veces, sólo para olvidarla al minuto siguiente.
– Tres. Listo –anunció su copiloto–. Ya puedes encender el auto, Ozan –autorizó y el chico puso el vehículo en marcha–. Lo que acabamos de hacer se llama “DTO”, son las siglas en inglés para “Driving Time Out”, un “tiempo fuera” que se toma frente al volante antes de conducir, para relajarse y enfocarse mejor…
– Suena como a tiempo de rincón frente al volante –comentó él sarcásticamente, con una risa algo insolente.–
– Si quieres podemos bajar y hacerlo en un rincón de verdad –comentó ella con naturalidad.–
– ¡No! –contraatacó el joven de inmediato–. No, gracias –añadió en un tono más cordial.–
– Muy bien –dijo su interlocutora, disimulando una sonrisa–. En ese caso, podemos irnos.
Con una sutileza digna de ser notada, el rubio arrancó y se incorporó al flujo de automóviles, prestando atención a todo lo que lo rodeaba.
De pronto se encontraron a medio camino hacia la mansión donde vivía y se había criado, y apenas pudo ocultar su sorpresa al percatarse de que estaba conduciendo con mayor prudencia que nunca. Incluso diría que estaba disfrutando de las vistas y el paisaje sin dejar de estar atento a su entorno, cosa que ya rara vez hacía. No sintió ni siquiera la necesidad de encender el radio a un volumen atronador, simplemente se limitó a conducir y recordar que no había prisa. ¡¿Y cuál fue su sorpresa al ver que todos los conductores con los que se topó en el camino fueron decentes y educados?! No le tocaban la bocina, ¡incluso le cedían el paso con una sonrisa y le agradecían con un cortés asentimiento cuando él los dejaba pasar! Aquel día no parecía haber tantos “idiotas” como de costumbre en la calle…¿sería que algo había cambiado en el ambiente? ¿O algo había cambiado dentro de él?
Fuera una u otra cosa, de pronto una sonrisa comenzó a esparcirse por su juvenil rostro. Por primera vez en un buen rato, estaba disfrutando conducir por las transitadas calles de la gigantesca ciudad, casi había olvidado lo incómodo que le resultaba estar sentado un rato antes. Gülseren notó la serenidad en su semblante y se permitió sonreír, satisfecha. En un segundo durante el que se distrajo, Ozan notó en su mirada un brillo inusual…uno que aparecía, coincidentemente, cada vez que ella y Cihan se encontraban.
¿Por qué tenía él que ser tan terco y tardar tanto en abrirle las puertas de su corazón a las buenas personas y tan poco a las personas que no lo valían? En ocasiones ni siquiera Ozan mismo se entendía…pero claro, estaba en una edad bastante compleja y era desconfiado al permitirle el acceso a alguien a su vida, todo por tratar de proteger a su familia y protegerse él en diversos aspectos. Con Gülseren había cometido un error. Ella más que nadie merecía lo mejor, merecía el amor de Cihan y la felicidad que bendecía su relación. Y Ozan no era nadie para intentar detenerlos si estaban destinados a estar juntos, ahora lo comprendía.
Antes de lo que ambos se imaginaban, ya estaban atravesando el portón metálico de la imponente residencia y Ozan se dio a la tarea de aparcar el automóvil tan bien como pudo. Con una insuperable sensación de autosuficiencia, apagó el motor y sacó las llaves mientras volteaba a ver a su acompañante, como si “secretamente” buscara su aprobación.
– Excelente –concedió ella, quitando los seguros de las puertas a la vez que se incorporaba para quitarse el cinturón y abrir su puerta, ante lo cual Ozan se apresuró y salió para ser él quien la abriera por ella.–
– Gracias –dijo el rubio con una sonrisita, bajando la cabeza en un intento por disimular su sonrojo mientras ella salía del auto.–
– Y, en vista de lo bien que funcionaron esos tres minutos –agregó la pelinegra, posando una mano en una de las mejillas del rubio–, voy a pedirte que hagas los DTOs [Driving Time Outs, tiempo fuera antes de conducir] cada vez que te sientes al volante de un vehículo durante al menos un mes, con o sin copiloto. ¿Entendido?
– ¡¿Un mes?! ¡Pero eso es…!
– ¡Ozan! –exclamó su padre, interrumpiéndolo a media protesta mientras lo saludaba con una mano en el aire desde la puerta de la mansión, haciendo un nulo esfuerzo por disimular la alegría que le daba volverlo a ver.–
– ¡Tres semanas, por favor! –dijo rápidamente en un susurro a la vez que enfocaba su atención nuevamente en su figura materna, conteniéndose de “suplicar” juntando las palmas de sus manos frente a él–. Un mes es mucho.
– Es lo que mereces, Ozan. Un mes, ni un día menos, ni un día más. ¿Está claro? –lo miró fijamente, entornando los ojos, lo cual Cihan no pudo distinguir con total claridad, pues la puerta entreabierta del copiloto aún los escudaba.–
– Bueeeno –asintió él con un suspiro–. Sí…está claro, Anne [mamá/madre] –concordó ya con buena actitud.–
– Así me gusta –halagó ella guiñando un ojo, haciéndose después a un lado para que el chico pudiera cerrar el auto–. Ahora ve a saludar a tu padre, oğul [hijo], que seguro se muere de hambre y de ganas de abrazarte –añadió propinándole un azote con fuerza moderada.–
– Auch… –se quejó el ojiazul en voz baja, dando media vuelta y conteniendo las ganas de sobarse, aunque no le costó menos que disimular el mohín que afloró en sus labios.–
Rápidamente y con expresión traviesa, dejó un fugaz beso en la mejilla de su madre y se dio a la fuga, corriendo escaleras abajo para ser envuelto en los paternales brazos de Cihan. Mientras lo seguía unos pocos metros atrás, Gülseren sonreía y negaba levemente con la cabeza, atestiguando a la distancia una corta y casi inaudible conversación que surgió entre padre e hijo. El mayor posó una mano en cada hombro del chico y juntó su frente con la contraria en un gesto cariñoso, después lo dejó marchar a su habitación para que se cambiara de ropa y l@s alcanzara en la mesa del patio para desayunar, no pasando inadvertido para él que su primogénito caminaba como si algo le estuviera incomodando físicamente.
Segundos después, el patriarca recibía entre sus brazos a la dueña y causante de cada una de sus sonrisas y suspiros, quien lo saludó con un largo y muy necesario abrazo y después con un dulce beso en los labios.
– Te extrañé, amor mío… –murmuró él.–
– No más que yo –“contraatacó” ella con una sonrisa.–
– Vamos a desayunar –sugirió el castaño, tomando su mano–. Pedí que prepararan algo especial en tu honor.
– ¿En mi honor? Eso suena importante –respondió en cuanto Cihan cerró la puerta de la casa tras ell@s y se encaminaron a la mesa, donde tomaron sus respectivos lugares lado a lado.–
– Espero que te guste… –murmuró él, sirviendo un poco de té en cada taza–. Por cierto, ¿qué fue todo eso junto al auto cuando llegaron Ozan y tú?
– Digamos que ya estamos en buenos términos –Gulseren dio un par de sorbos a su té, dejando escapar una placentera exhalación–. Hmmm…delicioso.
– Eso me alegra mucho en verdad, mi cielo, ya era hora de que mi Di Caprio te hiciera un espacio en su corazón, tú más que nadie te lo has ganado –expresó tomando la mano de su amada y besando el dorso de la misma justo cuando Ozan apareció ya con ropa limpia, acercándose a la mesa–. Hablando del rey de Roma… –sonrió.–
– Estoy famélico, podría comerme un caballo –dijo el joven, tomando una manzana del frutero y dándole un enorme mordisco.–
– Veo que sigues aprendiendo conceptos nuevos en la universidad, oğul [hijo], me da gusto –reconoció su padre–. Mientras no sea la yegua de tu hermana, todo bien. Sabes cuánto quiere a Amber… –añadió en tono bromista–. Vamos, siéntate.
– ¿Estás bien, Ozan? –cuestionó Cihan, dándole un par de palmadas en la espalda para ayudarle.–
– COF Sí, p-papá COF –respondió en cuanto pudo y se puso de pie rápidamente, se sirvió agua y tomó medio vaso de jalón–. Lo siento, es que…es que la manzana se me fue por otro lado –se justificó, mintiendo–. Me reí por el comentario sobre Amber…
Aquella excusa no logró convencer ni a medias a la pareja presente, por lo que intercambiaron miradas un momento. Ozan desconocía que su padre ya sabía la razón por la que no podía sentarse con comodidad. Al segundo siguiente, el principito entró con rapidez a la sala, despertando la curiosidad en el par de enamorados, que lo seguían con ojos atentos a través de los ventanales de cristal. Momentos después, el chico volvió con la manzana en una mano y 6 cojines bajo el brazo contrario, mismos que había quitado de los asientos de las sillas del comedor de adentro de la casa. Descargó la torre de cojines sobre la silla de la que se había levantado y, tomando impulso con una leve semi-flexión de rodillas, dio un saltito y se sentó sobre todos ellos, apoyando los pies descalzos en el borde del duro asiento de la silla para no perder el equilibrio, y siguió comiendo su manzana como si nada.
En lugar de llamarle la atención, Cihan, entre sorprendido y atónito, volteó a ver a su prometida, como buscando algún indicio o explicación. Como toda respuesta, la mujer desvió ligeramente la mirada hacia el cielo, fingiendo demencia, y se llevó de nuevo la taza de té a los labios, internamente haciendo un esfuerzo titánico por no reír, pero incapaz de ocultar un tenue amago de sonrisa.
Ya tendría Ozan oportunidad de contarle todo a su padre…
Relato spanko basado en el capítulo 66 de la serie turca "Vidas cruzadas" ("Paramparça", de 2014), minuto 46:38, en donde Ozan le apunta a Gülseren con el arma de Cihan, su padre. En esta historia, después de esto se arrepiente de corazón, y la forma de Gülseren de darle paz a su conciencia es un tanto...contundente. Pero no por ello deja de ser lo que el acelerado joven necesita.
En lo personal siempre vi a Gülseren como una madre ejemplar, por lo que no dejaba de fantasear con una escena como ésta. Espero que sea del agrado de alguien! :)
* Sinopsis: Hace década y media, el personal del hospital general de Estambul cometió un delicado error: intercambió por accidente a Cansu y a Hazal, dos bebés nacidas exactamente el mismo día dentro de dicha institución. Debido a esto, Hazal, parida por Dilara, fue criada por Gülseren, mientras que Cansu, traída al mundo por Gülseren, fue criada por Dilara.
A raíz de un incidente, a sus 15 años, Cansu se encuentra dentro del mismo hospital, en una situación en la que no puede recibir una transfusión por parte de quienes hasta ese momento creían ser sus progenitores: Cihan y Dilara. Poco después y por azares del destino, Gülseren y Hazal irrumpen en sus vidas sin haberlo planeado.
Ajeno a esto y aquejado por los problemas que su propio temperamento le acarrea, Ozan, de 18 años, también hijo de Cihan y de Dilara (hasta ese momento, presunto hermano de Cansu), debe atestiguar el divorcio de sus padres y una situación por demás inconcebible para él: el proceso mediante el que su padre (Cihan) y Gülseren (madre biológica de Cansu, su hermana favorita) terminan enamorándose perdida e irremediablemente. Ignorando la verdad sobre su propia genética (ascendente), se da a la agotadora e infructífera tarea de intentar separar a su padre y a su futura madrastra, dudando del buen corazón y las nobles intenciones de ésta última.
¿Podrá el incondicional amor que siente por Cansu, su hermana (del corazón) favorita, convencerlo de finalmente aceptar a Gülseren como parte de su familia? Quizás...aunque con un carácter tan indomable, incluso a Ozan le cuesta encontrar su propio centro. Afortunada o desafortunadamente, la persona que menos espera es justamente aquella que logrará ponerlo en vereda.
* Nota:
En Turquía es un gesto común de respeto llamar "Anne" [madre/mamá] a las mujeres/matriarcas con dotes de liderazgo y que ocupan un puesto de autoridad/poder o despliegan evidentes cualidades maternales. En la antigüedad, el término honorífico/afectuoso se usaba principalmente para referirse a la madre sultana (progenitora del sultán que ocupara el trono), a la esposa del bey (regente) de alguna de las milenarias tribus precursoras del imperio otomano o a determinadas hatunes (mujeres) de dichas tribus, sobretodo aquellas mayores en edad. Actualmente, el término se hace extensivo hasta las madrastras y madres adoptivas en las familias turcas.
* Breve glosario:
- Oğul: hijo.
- Baba: padre/papá.
- Anne: madre/mamá.
- Evet: sí.
- Şehzade: príncipe.
- Merhaba: hola.
- Günaydin: buenos días.
Derya observaba a menos de dos metros de distancia y se sentía completamente ajena a la escena, impotente. Estaba pasmada, sentía como si el tiempo se hubiera congelado y el terror de perder a su mejor amiga ante el más insignificante movimiento de un gatillo la embargaba al grado de que estaba conteniendo la respiración y ni siquiera lo había notado. Los gritos se agolpaban en su garganta, pero ni una sola palabra había logrado ser pronunciada.
En lugar de cruzar la cara del rubio de una bofetada, como “cualquiera” hubiera hecho, Gülseren alargó el brazo y utilizó a su favor lo poco que sabía de defensa personal, aplicando una rápida llave de presión con la que consiguió arrebatarle el arma de fuego…pero no para dispararle. Sin pensarlo dos veces, la pelinegra apoyó el cañón sobre su propia sien.
A sus 18 años, lo último que esperaba era estar tambaleante frente a una mujer “desconocida”, mirando al suelo y sorbiendo por la nariz, desconsolado. Levantó la mirada y empezó a retroceder lentamente.
Derya la contemplaba con cautela, atenta por si sufría un desmayo o un colapso nervioso, pero ninguna de las dos cosas ocurrió.
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– ¡MALDITA SEA! –vociferaba Ozan, golpeando el volante con los puños segundos antes de frenar derrapando sobre la grava y estacionando su lujoso auto entre unos arbustos junto al punto en el que iniciaba el enorme puente.–
Con un largo resoplido, el hombre nadó hacia la orilla, entró en su auto, sin importarle que iba dejando charcos de agua por doquier, y emprendió con aire resuelto la marcha de vuelta a los barrios bajos de Estambul, con Tarkan sonando a todo volumen en los altavoces para darse ánimos, aunque no pensaba echarse para atrás.
– Ozan –susurró en una exhalación, dando un suspiro de alivio mientras hacía su mejor esfuerzo por no correr a abrazarlo–. Gracias al cielo que estás–
Sus palabras fueron interrumpidas al percatarse del estado en el que venía el joven.
Debido a la indescifrable expresión en su rostro, la mujer creyó que se encontraba en estado de shock, por lo que tomó un abrigo del perchero de la entrada y se acercó para ponérselo al joven sobre los hombros, pero él la detuvo con la mayor amabilidad de la que fue capaz.
– Perdóneme –susurró y, antes de que Gülseren pudiera reaccionar, se lanzó a sus brazos.–
El chico negó con la cabeza.
Aquella sencilla confesión tomó a la mayor tan de sorpresa que no atinó más que a escrutar rápidamente y con mirada agitada todos los puntos vitales del cuerpo contrario: cabeza, cuello, esternón, clavícula, abdomen, hueso sacro, manos, pies…y al final volvió a los ojos, con una pregunta implícita. “¿Por qué?”
Gulseren lo miró fijamente durante un momento. De pronto su semblante era distinto, como si se hubiera transformado. Lo del salto “suicida” al mar lo podía tolerar y verdaderamente se quedaba corta de palabras para expresar el alivio que sentía por verlo bien, pero, ya que el joven adulto había ido voluntariamente a disculparse y mostraba un sinfín de señales de remordimiento de conciencia, decidió tomarle la palabra y tratar el tema a fondo para ayudarle a liberarse del peso de la culpa y, de paso, “limar asperezas” con él, que desde hace un tiempo parecía ser más que necesario.
– Sabes que lo que hiciste pudo haber terminado muy mal, ¿no es cierto? –cuestionó con total serenidad.–
Un asentimiento. El chico lo sabía perfectamente. Más de una persona pudo haber perdido la vida aquella tarde/noche.
El ojiazul obedeció y, en el acto, se le hizo un enorme nudo en la garganta, eso sin mencionar que cada vez era más difícil para él dejar de temblar.
– Estoy bien –aseguró–. Ahora ve a bañarte, debes estar congelándote. Después hablaremos… –añadió, soltando su rostro para apartar un mechón de pelo húmedo de su frente–. Anda.
Ozan seguía teniendo el impulso irracional de continuar pidiendo disculpas ad infinitum, hasta quedarse sin voz, una y otra vez, intentando así que su conciencia se quedara tranquila, pero hasta el momento las palabras no estaban demostrando ser eficaces, por lo que permaneció en silencio y asintió. La mayor lo invitó a ponerse de pie con un gesto de la cabeza y le indicó que la siguiera al cuarto en el que Cansu y Hazal dormían cuando se quedaban en el departamento, donde le entregó una toalla doblada y señaló la puerta del baño.
Aquella respuesta trisilábica era tan poco común como la incondicionalidad genuina en el mundo…como Gülseren misma, pero en ella no sonaba extraño, pues lo decía con auténtica sinceridad, y lo cierto es que nadie habría podido pronunciar esas dos palabras con mayor naturalidad que ella. Sólo conocía una forma de hacer las cosas: de corazón y haciendo siempre su máyor esfuerzo.
A los pocos minutos volvió, depositando sobre la cama unos pants holgados bastante cómodos, una camiseta de manga corta, una sudadera térmica y ropa interior limpia. Mientras dejaba un par de pantuflas junto a la puerta del baño, pudo distinguir el sonido del agua corriendo y lo que parecían ser sollozos “ahogados”. Con un suspiro, se dirigió a la puerta, deteniéndose justo antes de salir. Caminó hacia el escritorio del cuarto de sus hijas y extrajo de uno de los cajones superiores un cepillo para pelo con cuerpo de madera de ébano y forma oval, convencida de que aquel artefacto le sería útil para expulsar todo resquicio de culpa del organismo del joven que en aquel momento se encontraba bajo el chorro del agua tibia, tratando de purificar no sólo su cuerpo, sino su conciencia. Gülseren inhaló profundamente y salió de la pieza con cepillo en mano, cerrando la puerta tras de sí. Se instaló en la sala, bebiendo el té restante mientras leía “El tiempo entre costuras”, esperando a que Ozan se reuniera con ella, preparándose para lo que estaba por venir.
Cerca de un cuarto de hora más tarde, el rubio hizo su aparición en la estancia, vestido con la ropa seca y las mullidas pantuflas, frotándose el pelo con la toalla para terminar de secarlo, ante lo cual Gülseren no reprimió una leve sonrisa al verlo de reojo, pues pudo identificar en el joven diversos gestos y movimientos que hasta el momento creía característicos de sus hijas. ¿Genética o costumbre adquirida?
Llamar a aquella mujer únicamente por su nombre era poco más que extraño para él, por lo que se apresuró a tomar la palabra de nuevo.
La pelinegra colocó el separador dentro de su libro y lo dejó sobre la mesa para café que había frente a ella, palmeando un par de veces el lugar junto a ella tan pronto el muchacho se giró nuevamente para verla.
– Vamos…
Con una inhalación dubitativa de por medio y unos pocos pasitos torpes, tomó asiento y levantó la vista, expectante.
Se hizo presente un silencio que pareció enmudecer el mundo fuera de esas cuatro paredes. ¿Por dónde empezar? El joven Gürpinar sentía que la cadena de imbecilidades que había detonado con su impulsividad era interminable, pero si quería llegar al final de la lista, más le valía empezar a enumerarlas ya. Respiró profundo, cerrando los ojos un momento; sabía que no había vuelta atrás, pero prefería “morir” dando la cara que cargar eterna e innecesariamente con aquel lastre en su conciencia.
El joven adulto negó.
– ¿Traías puesto el cinturón de seguridad? –soltó la mujer de pronto, con una solemnidad escalofriante.–
El portador de la imagen principesca negó con mayor lentitud que nunca en su vida. En ese preciso instante dimensionó la gravedad de todas sus acciones en conjunto y una sensación de absoluta derrota cayó sobre él como un alud.
– No quiero imaginar lo que sería la vida del pequeño Serkan si su madre hubiera muerto hoy tratando de defenderme, Ozan. Pero dime, ¿sabes lo mucho que hubiera afectado a tu padre, tu madre y tus hermanas el que algo nos hubiera sucedido a ti o a mí ésta noche?
La pregunta por sí sola bastó para traer nuevamente lágrimas a los ojos del joven adulto, quien asintió para luego ocultar la cara tras su antebrazo y limpiarse rápidamente los ojos con la manga de la sudadera.
– Nunca se recuperarían –susurró sorbiendo por la nariz.–
– Ahora… –comenzó a decir la mayor mientras apresaba entre sus dedos el resorte de las prendas del ojiazul, bajando sus bóxers y pantalones hasta la mitad de sus muslos sin dificultad alguna–. ¿Consideras que tu comportamiento general de hoy fue adecuado o responsable?
Momentáneamente paralizado y avergonzado por el rubor que invadía sus mejillas, no atinó más que a negar con la cabeza.
¡SWAT!
Sería mentira decir que Ozan no la había provocado nunca sólo por su desesperada necesidad de atención materna, aunque con frecuencia terminaba sintiéndose sumido en un abismo emocional del que no sabía cómo salir. Cada vez que se había encontrado en el extremo receptor de uno de los “regaños” o azotes que su madre le había propinado, no hacía más que fingir contrición (porque no había una conexión emocional real de parte de su madre hacia él), esperar a que todo terminara y continuar con su aparentemente incorregible e inexplicable rebeldía y desobediencias “injustificadas”. Una sola vez había estado a punto de llorar: la única vez que Dilara había usado el cepillo con él, cuando llegó en estado de ebriedad tras una “salida al cine” con sus amigos. Sobra decir que Dilara no esperó a que volviera a la sobriedad para castigarlo, lo cual tuvo un efecto mitigante durante la azotaina, pero el hecho de que la mujer se detuviera justo cuando el adolescente estaba al borde del llanto había despertado en Ozan una furia y una frustración que escasas veces en su vida recordaba haber experimentado.
En ésta ocasión las cosas eran distintas. La mujer en cuyo poder ahora se hallaba no se erigía sobre él como una vacía torre autoritaria que le gritaba “porque soy tu madre” o “porque lo digo yo”, sino que lo sostenía como una montaña, baja en estatura, pero rebosante de firmeza, y por eso mismo llena de fuerza, calidez y sabiduría. Resultaba ser la estructura sólida e inamovible que no sabía que necesitaba para sentir que podía apoyarse en algo, o en alguien, mejor dicho. Porque ella escuchaba y observaba. Porque estaba ahí. Estando con ella, la situación no era un enfrentamiento de viento contra viento, como ocurría con su madre biológica, sino que Gülseren lo aterrizaba, contrarrestando y complementando su naturaleza, no retándolo, sino comprendiéndolo. Porque no se doblegaba ante el viento, por irreverente que éste fuera. Ozan bien podía haberse levantado y salido de ahí para no volver más, o podía simplemente no haber regresado para hablar las cosas, huir y seguir peleando con la vida como incontables veces antes había hecho, pero aquella noche había sido su buen juicio el que al final lo impulsó a hacer lo correcto, y él por voluntad propia había elegido permanecer ahí. Necesitaba resarcirse, redimirse... Necesitaba que aquella paliza doliera más de lo que le hubiera dolido ver los rostros de sus hermanas llorando la muerte de su madre o contemplar a su padre desahuciado por perder al amor de su vida. Eso lo mantuvo mudo e inmóvil durante las primeras decenas de azotes, soportando tan estoicamente como le era posible a la par que respiraba, con ritmo ligeramente pausado, pero con la profundidad de un volcán que está volviendo a la vida.
Al rubio se le imposibilitaba cada vez más guardar la compostura y era evidente, sobretodo por los pequeños quejidos que luchaban por escapar de su garganta.
SWAT
Tras casi un centenar de azotes, la pelinegra se detuvo brevemente.
SWAT
Sin más, trasladó los cepillazos a los glúteos del universitario, lo que lo tomó desprevenido, ocasionando que comenzara a removerse incómodo por el ardor y la picazón de la que era presa.
¡Por todos los dioses! ¡¿Pero de dónde sacaba tanta fuerza aquella mujer?! Medía metro y medio a lo sumo, Ozan la rebasaba por al menos dos cabezas y se mataba en el gimnasio para tener los músculos que ahora exhibía con vanidosa seguridad, pero jamás se imaginó que dentro de aquella mujer habitaran un alma tan tenaz y una fuerza tan impredecible.
Un par de gruesos lagrimones cayeron al sillón, dejando una pequeña mancha obscura justo entre los antebrazos del rubio. No entendía por qué o cómo la mujer que resultaba ser la “mitad” complementaria de su padre podía…¿quererlo? ¿Apreciarlo? ¿Tomarse el tiempo de ponerlo en vereda sin ser su obligación?
Devolvió las manos a sus respectivos sitios, reafirmando su agarre en torno a la cintura contraria y, sin mayor demora, prosiguió con la tarea que ella misma se había adjudicado, esta vez repartiendo palmadas menos espaciadas directamente sobre el área en la que se juntaban las nalgas y los muslos ajenos.
– ¡Ay! ¿¡Pero…?! ¡No, no, no!
Ozan protestó de inmediato, pues tras haber verbalizado su promesa había bajado la guardia, pensando que ya habían terminado, pero para desagradable sorpresa suya, la mujer no se inmutó.
Ahora que el llanto había comenzado a aflorar en él, era justamente el momento para no detenerse.
Gülseren no hizo más que apresar dicha extremidad e inmovilizarla contra la región lumbar del menor sin modificar en lo más mínimo el ritmo que había marcado.
– No, jovencito. Aquí y ahora no eres tú quien decide cuándo ha sido suficiente. Y no hemos terminado.
Decidida, siguió repartiendo azotes, uno tras otro, con la firme resolución de llevar al rubio a la catártsis que percibía que necesitaba para entender con absoluta claridad el mensaje que intentaba transmitirle. Bordeando el límite de su orgullo, Ozan apretó los puños con fuerza y, de manera involuntaria, empezó a “patalear”, implorando en voz baja de forma cada vez más insistente. Hábilmente, la pelinegra sacó una de sus piernas de debajo del atlético cuerpo contrario y la puso sobre las del chico, impidiendo así que pateara con más fuerza, lo que le permitió enfilarse con la recta final del castigo, para lo cual tomó de nuevo el cepillo, impactándolo con él en el mismo punto en el que su mano se estaba enfocando segundos antes: la unión entre sus glúteos y sus muslos.
Apoyando la cara en su antebrazo libre mientras daba rienda suelta a sus lágrimas, Ozan asintió repetidas veces, visiblemente sacudido por temblores que anunciaban la caída definitiva de sus defensas.
Gülseren asintió complacida, repartió la última veintena de azotes con especial énfasis, y poco a poco llegó a un alto total. El cuerpo juvenil que yacía sobre su regazo respiraba con fuerza, aún víctima de cierta agitación, misma que fue desapareciendo a medida que se enfocaba en inhalar y exhalar de manera cada vez más fluida y profunda. Por su parte, Gülseren descartó el cepillo, esta vez definitivamente, y se inclinó al frente, estirando un brazo sobre el torso del muchacho para alcanzar un pañuelo de la caja que descansaba sobre la mesa para café. Gentilmente tocó su hombro y le tendió el níveo lienzo, el cual el chico aceptó de buena gana, agradeciendo con una sonrisita apenada.
– Gracias –dijo sorbiendo por la nariz y carraspeó ligeramente antes de proceder a sonarse y limpiarse la cara.–
Claramente ya ningún sentido tenía tratar de ocultar el rostro o alguna de sus reacciones, la mujer que lo sostenía lo había visto en uno de los estados más vulnerables y expuestos en los que se había encontrado en toda su vida (sin contar el parto) y, por si fuera poco, también era ahora una de las contadas personas que lo habían visto realmente furioso y completamente fuera de sí, lo cual, de cierta forma, era una especie de “halago”, pues no solemos dejar ver nuestras emociones más crudas e intensas a cualquiera, aunque en esta ocasión Ozan lo había hecho sin querer. Curvando ligeramente las comisuras de sus labios, la mujer dejó una serie de suaves caricias a lo largo de la espalda del chico, y después volvió a subir su ropa, cosa que inevitablemente logró arrancarle un siseo al menor, pues el escozor que ahora lo aquejaba no era poco. Gülseren suspiró, dejando pasar un momento antes de ayudar al jovencito a incorporarse, gracias a lo cual pudieron reacomodarse sobre el amplio mueble, que por algún milagro era lo único de tamaño decente en aquel departamento. A Ozan le costó horrores levantarse; había liberado tanta tensión que ahora estaba imposiblemente cansado y sus extremidades completamente laxas, el efecto de la adrenalina que había segregado durante las últimas horas empezó a disminuir de golpe, complicándole hasta la sencilla tarea de ocultar un bostezo en cuando se puso de pie.
– Diablos, estoy cansado –comentó haciendo ademán de sentarse en el sillón–. Creo que voy a-AUCH! –soltó un grito ahogado en cuanto hizo contacto con el mullido asiento, casi dando un brinco en el acto.–
En cuanto la respiración del ojiazul comenzó a adquirir cierta cualidad rítmica, Gülseren se levantó y dejó un beso en su cálida sien antes de retirarse.
– Descansa, Ozan…gracias –susurró desde la puerta y la cerró con lentitud.–
Liberando el suspiro más prolongado de su vida, Gülseren se encaminó a su propio dormitorio, encendió la luz, cerró la puerta tras de sí y se abandonó a la serenidad de su propio espacio. Se tomó unos minutos alistándose para descansar, acomodó un par de esponjados almohadones contra la cabecera y se sentó sobre la cama, asimilando con gratitud la tranquilidad de la que ahora sí disponía su alma. Acto seguido, tomó su teléfono y marcó el número de Cihan, quien respondió al segundo tono de llamada, con un toque de alarma en la voz.
Por unos segundos, la línea permaneció en silencio; después el hombre, casi boquiabierto, reaccionó a lo que su amada acababa de decirle.
El hombre se quedó callado un momento. A decir verdad, estaba más que feliz de saber que amb@s estaban bien y que el arma estaba en buenas manos, “intacta” dentro de los que cabía, aunque lo de las huellas dactilares era otro asunto. Frecuentemente se encontraba enfrascado en interminables discusiones con su primogénito, regañándolo por faltarle al respeto a Gülseren, su actual pareja. Decir que estaba en shock por saber que su hijo y su prometida habían “aclarado todo” y que su hijo estaba durmiendo bajo el mismo techo que Gülseren era poco, pero por muy intrigado que estuviera, sabía que aquella era una historia que valdría la pena escuchar de los labios de Gülseren en persona. Lo que ella dijera, era verdad, así que no cuestionó más por el momento. No imaginaba lo que su futura esposa le había dicho a Ozan, pero podía sentir que, lo que hubiera sido, el chico se lo merecía y, si estaba bajo el mismo techo que aquella mujer, la “plática” había tenido un efecto positivo, sin duda. Gülseren era madre y sabía lidiar con niños y jóvenes anteponiendo siempre su bienestar integral.
Gülseren sonrió con sutileza. Amaba la forma tan única en la que su prometido se relacionaba con sus hij@s y se comunicaba con ell@s, eran su adoración y su motor de vida , y no tenía otra forma de verl@s más que con infinita compasión y paternal ternura y cariño, aunque el que l@s tres estuvieran de alguna forma pisando el terreno de la adolescencia/juventud temprana era señal inequívoca de la frecuencia con la que ponían a prueba su paciencia. Aún así, estaba enormemente agradecido con las dos parejas que hasta el momento había tenido por haberlo bendecido con el regalo de la paternidad y con la vida por permitirle ejercerla con una mujer a la que amaba y admiraba en todos aspectos y con quien tenía planeado casarse dentro de poco tiempo.
Al salir el sol, cuando la ropa de Ozan estuvo seca de nuevo, se vistió, se peinó lo mejor que su indomable cabello se lo permitió y se reunió con su madre adoptiva en la sala, donde la mujer estaba metiendo los últimos accesorios faltantes a su bolso antes de salir. Siempre se veía bellísima, pues por naturaleza lo era, en todos sentidos, pero aquella mañana lucía especialmente radiante.
– ¡Con diez mil diablos! –gruñó de pronto Ozan en cuanto se sentó frente al volante, levantándose del asiento un par de pulgadas y golpeándose en la cabeza con el techo, había tomado asiento dejándose caer con demasiada soltura–. Perdón…
Gülseren esbozó una imperceptible sonrisa a la vez que se abrochaba el cinturón de seguridad y asintió. Aquel trayecto también sería parte del castigo para el joven y acababa de darse cuenta. Lentamente, el menor se sentó, con el trasero, los muslos y la espalda en total contacto con el asiento, lo cual lo hizo soltar un siseo, pues la molestia de la noche “anterior” no había disminuido en absoluto. Con una marcada exhalación, introdujo las llaves en la ranura y puso el automóvil en marcha. Pisó el pedal del freno y estaba por quitar el freno de mano y mover la palanca de cambios, cuando un carraspeo captó su atención. Volteó a ver a la mayor, quien lo miraba con una seriedad apabullante y alzando una sola ceja.
– Por tu bien, espero que no pretendas arrancar así –dijo en tono de clara advertencia.–
El menor la observó de pies a cabeza, después trasladó la vista a su propio cuerpo, realizó una rápida revisión mental para asegurarse de que todo estuviera en orden y, antes de meter la pata, lo notó: el cinturón. Sin perder más tiempo, alcanzó el broche plateado que pendía a escasos centímetros de su hombro izquierdo, jaló la resistente tira de tela compacta y abrochó su cinturón de seguridad.
El universitario soltó una pesada exhalación y alzó la vista al cielo, llevando ambas manos al volante.
– Respira –comentó Gülseren calmadamente, dando una profunda inhalación e invitándolo a imitarla.–
Resignado, el menor siguió su ejemplo y dejó de pensar obsesivamente en el tiempo. El segundo minuto ya no se le hizo tan agonizantemente largo. Y el tercero transcurrió como agua, con fluidez y ligereza. De pronto…
Antes de seguir con su mini rabieta, el ojiazul agitó una mano en el aire, correspondiendo al saludo de su progenitor con una sonrisa de oreja a oreja, indicando que en breve se acercaría a abrazarlo. Para su gran alivio, Cihan no se veía molesto en absoluto.
Ozan le tomó la palabra, iba a tomar asiento en la silla a la derecha de su progenitor, pues Gülseren ocupaba el lugar a su izquierda y sus hermanas no estaban en casa, pero en cuanto sus muslos tocaron el duro asiento de madera, dio un respingo y por poco se atraganta con la manzana, siendo un inesperado ataque de tos lo que le sobrevino a continuación.
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