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Proteger el aquelarre (AHS/American Horror Story: Coven - Spanking fanfiction)


Había sido una mañana por demás intensa.
Las pruebas Telekinesis [mover objetos con la mente] y Concilium [control mental sobre alguien más] habían transcurrido sin mayor tensión que algunos gritos, cachetadas y un tirón de cabello, además de las usuales tretas ejecutadas por la maquiavélica mente ególatra de Madison.
Desafortunadamente, la tercera prueba Descensum [descenso al infierno personal para después salir de ahí por mérito propio], había cobrado la vida de Misty, dejando a Cordelia desahuciada, pues sus mayores esperanzas residían en la joven bruja del pantano.
Sentirla reducirse a cenizas entre sus manos ya había sido desgarrador, no pensaba permitirse perder a otra de sus aprendices. Ayudada por su bastón y por Myrtle, su mayor confidente y ex integrante del consejo, entró de nuevo en la sala, donde sus pupilas aguardaban, presas de la incertidumbre.


— Quisiera pedirles un momento de silencio, para honrar la memoria de nuestra hermana caída, Misty Day —compartió la bruja de cabellos color fuego.—

No habían transcurrido ni treinta segundos cuando la más malcriada de las aspirantes, Madison, interrumpió a la mayor.

— ¿Podemos seguir ya? —resopló impaciente.—

Myrtle miró a Delia, quien asintió con un leve suspiro, pues aquel cuestionamiento la trajo de vuelta a la realidad. La prueba de las Siete Maravillas debía seguir si querían averiguar quién sería la siguiente Suprema.

Transmutación [teletransportación, según la serie] —anunció Myrtle—. La capacidad de transportarse a otro lugar dentro de un espacio definido —miró a las candidatas restantes con detenimiento—. Comiencen.

Apenas dio inicio entre las participantes un juego de "tú la traes", Myrtle retomó su lugar junto a Cordelia, quien al menor contacto se aferró a su mano. La mayor sabía cuánto le preocupaba aquella prueba, pues había escuchado historias horribles de hechiceras que fallaban estrepitosamente al perder la concentración y caían desde lo alto de un árbol, aparecían a la mitad de la calle con peligro de ser atropelladas por un auto o se golpeaban al aparecer en el lugar deseado si su cuerpo no estaba bien preparado para realizar el salto. Con nerviosismo mal disimulado, Cordelia seguía la escena dependiendo casi por completo de su sentido del oído, pues la ceguera seguía presente.


— ¡Cuidado, niñas, esto no es un juego! —gritaba sin poder evitarlo al escuchar a Myrtle describiéndole todo lo que pasaba.—

— Queenie lo consiguió, se transportó de la sala al balcón... Madison hizo un salto del balcón al jardín para alcanzar a Zoe... —la mantenía al tanto de cada movimiento mientras la ayudaba a encaminarse hacia el jardín.—

— ¡Niñas, sean precavidas! —insistió Cordelia, proyectando su voz hacia el lugar de donde provenían las risas de las menores.—

— Ay, por favor, ¡pero si es un juego muy divertido! —respondió Zoe deteniéndose un momento frente a las escaleras de la entrada.—

— Además, es lo más divertido que hemos hecho en la academia —puntualizó Madison, poniendo los ojos en blanco mientras echaba a correr tras sus compañeras.—

Todo aquello sucedió tan rápido que Cordelia no tuvo tiempo de responder. Más pronto que tarde, la desdicha se hizo presente.

Zoe profería gritos ahogados al sentir cómo su estómago era perforado por un grueso objeto metálico, la sangre brotaba a borbotones de su boca, así como de su nariz y de todo su abdomen, formando en el suelo un charco obscuro, cuatro metros debajo de ella.

Alarmada con aquellos gritos, Myrtle buscó con la mirada la razón de tanto escándalo, y cuál fue su sorpresa al percatarse de que Zoe era la dueña de esa atormentada voz.
En medio de un salto, se distrajo, apareciendo por accidente sobre los grandes picos de acero que coronaban la antigua reja de la entrada. Sin tener tiempo suficiente para reaccionar, su cuerpo se precipitó sobre el enrejado, siendo uno de esos feroces picos el responsable de atravesarla desde la espalda baja hasta el ombligo, destrozando su columna vertebral en el proceso.


— ¡¿Qué ocurre?! —cuestionó Cordelia frenéticamente.—

— ¡Oh, no! Es...es Zoe, ¡nuestra querida Zoe! —se lamentó Myrtle sin aliento.—

El corazón de Delia se contrajo como un trozo de carbón, no daba crédito a lo que escuchaba. No podría soportar que hubiera otra deserción a causa de la muerte de una de las hechiceras. Rogaba al cielo por que todo fuera un error, un mal sueño.

A pesar de sus gritos y sollozos, la ensordecedora voz de su conciencia la maldecía por dentro. No podía dejar de recriminarse, creía que todo eso hubiera podido ser evitado. De nada servía sentirse culpable. Había intentado advertirles a sus niñas que tuvieran cuidado, pero era tarde.


Sus peores miedos fueron confirmados en cuanto puso las manos sobre el cuerpo de Zoe, una vez que consiguieron transportarla al invernadero. Era un cadáver. Inerte. Un cuerpo sin vida. Zoe estaba muerta. Su pequeña había fallecido.
En un segundo, miles de imágenes cruzaron su mente, desde el momento en el que la menor de sus brujas llegó a la academia hasta el momento presente. Con un titánico esfuerzo, dio con una solución.

Vitalum vitalis [traer de vuelta a la vida a un ser inerte] —susuró débilmente.— Queenie.

La morena entendió. Aún faltaban pruebas, y si para adquirir la supremacía debía hacerse de valor entre tanto dolor y traer a su amiga a la vida, sin duda lo haría.

Se situó junto al rostro de la difunta y, haciendo acopio de concentración, murmuró el encantamiento.
Nada.
Con un dejo de culpa en la mirada, se retiró, desilusionada.

— Madison — indicó Cordelia—. Tu turno.


Como era de esperarse, la susodicha prefirió ejercer su poder para matar a una mosca y revivirla justo frente a sus superiores.
Kyle, el novio de Zoe, observaba en silencio desde un rincón, jurando que haría pagar a esa idiota materialista.
Después de eso, Cordelia se encerró con Myrtle en una habitación para tomar entre ambas una decisión. Delia estaba furiosa consigo misma y con Madison, sentía lástima porque Queenie había fallado y estaba destrozada por haber sufrido dos pérdidas tan cercanas en un solo día.
Tras un par de horas de acalorada discusión, llegaron a un acuerdo.



Con Myrtle y Queenie como jueces imparciales, Delia se enfrentó de manera justa y limpia a Madison, aprobando honoríficamente las pruebas Pyrokinesis [hacer fuego con la mente], Concilium [control mental sobre alguien más], Telekinesis [mover objetos con la mente], Descensum [descenso al infierno personal y salida del mismo por cuenta propia], Transmutación [teletransportación] y Adivinación [misma que podía incluir leer mentes]. Era la mejor venganza contra la negligencia de aquella adolescente egoísta, en verdad esperaba no estar compitiendo en ese momento contra la próxima Suprema [hechicera que estaba por naturaleza destinada a liderar al aquelarre].
Para suerte suya, Madison desistió tras dos intentos fallidos en la última prueba mencionada, escupiendo una sarta de insultos antes de irse a su habitación, donde poco después la justicia le haría una visita.
Cordelia no se dejó amedrentar por ese montón de amenazas vacías, aún tenía algo sumamente importante por hacer.


Vitalum vitalis [encantamiento para revivir a alguien de la muerte] — conjuró.—


Con aquel soplo divino, el cuerpo de Zoe volvió a la vida; espasmos de curación recorrieron todo su cuerpo, cerrando una a una las cicatrices que habían lacerado su piel.
Tras desplomarse exhausta y vivir una liberadora convulsión, Cordelia se puso en pie, ahora radiante, transformada, llena de vida y con el sentido de la vista completamente restituido.

— "La señal de cualquier nueva Suprema es una radiante y entera salud" —citó Myrtle, evidenciando que desde ese momento Delia era indiscutiblemente la nueva Suprema, aquella mujer y hechicera a quien la mismísima magia de la naturaleza había elegido como lidereza del aquelarre.—

Mientras que Madison, pretendiendo huir de la academia, era asfixiada entre las manos de Kyle, Delia y Zoe se fundían en el más dulce de los abrazos, restableciendo así el vínculo que desde el inicio se sentía natural entre ellas: madre e hija. Lealtad y gratitud hasta la muerte.

— Zoe, mi preciosa niña...bienvenida de vuelta.


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Seis semanas habían pasado desde que la resurrección de Zoe y el ascenso de Cordelia habían contrastado abruptamente con la controversial petición de Myrtle.

La hoguera sólo podía convertirse en la condena de una bruja si ella, conscientemente, había lastimado con severidad a otra bruja, y ya que el aquelarre se encontraba en buenas manos, Myrtle se había asumido culpable de dicho crimen, exigiendo como consecuencia ser incinerada (por segunda vez). No aceptó una negativa como respuesta.

"¡BALENCIAGAAAAAAA!"

El último grito de la pelirroja aún le causaba pesadillas a la Suprema, despertándola en ocasiones entre temblores y sudor frío.
Esperaba no volver a verse jamás en la necesidad de aplicar un "correctivo" de ese calibre a ninguna de sus semejantes, sin embargo, si quería formar mujeres de bien y alquimistas responsables, debía enfocarse en educar bien a quienes estuvieran bajo su tutela desde la más temprana edad posible.



A pesar de su actitud de autosuficiencia y usuales desplantes de rebeldía, Queenie era ahora una hechicera prudente con los temas más obscuros y con el discernimiento suficiente para saber lo que estaba permitido y descartado en ese entorno, por lo que no representaba una preocupación primaria para su tutora, independientemente de su edad.
Madison estaba por completo fuera del juego.

Desde la prueba de Transmutación, Delia no dejaba de cuestionarse qué clase de tonterías habían influido para que Zoe actuara de manera tan irresponsable y respondiera de un modo completamente atípico en ella.
Desde luego las chicas tenían razón en querer despejarse y disfrutar de un rato de juego, pero no era ese el momento adecuado.
La prueba de las Siete Maravillas era una arcaica tradición que exigía la más absoluta seriedad, y a Zoe le había costado la vida descuidarse por secundar la actitud "despreocupada" de Madison.



La ahora directora de la academia había repasado mentalmente cada opción y, por más que pensaba, no daba con otra solución para hacerle entender a la menor la magnitud del error que había cometido con su desobediencia. Se sentía, de cierta forma, decepcionada, pues esperaba esa clase de conducta de cualquiera, excepto de Zoe, a quien había acogido como su propia responsabilidad desde el primer momento en que puso un pie en esa institución.
Durante esas semanas, se abstuvo de tomar medidas disciplinarias, dadas las delicadas circunstancias. El aquelarre necesitaba tiempo para rendir el debido luto a las muertes de Fiona, Madison, Misty y Myrtle, pero ese plazo también había servido para que Zoe, la menor de todas, sanara por completo sus heridas físicas y retomara conciencia de su vida, ese gran privilegio del que gozaba y que había puesto en riesgo tan descuidadamente.



Queriendo o no, había desafiado la autoridad de Cordelia, y ella, buscando lo mejor para todas, quería asegurarse de que eso no volviera a suceder.
No soportaría ni una sola pérdida más por razones que no implicaran muerte natural. Por eso mismo, aquella mañana había citado a la alumna en cuestión en su habitación antes de desayunar, para "platicar a profundidad sobre ciertos temas importantes".



— ¿Puedo pasar? —preguntó Zoe asomando la cabeza por la puerta tras dar un par de toquecitos.—


— Adelante —concedió Cordelia—. Pasa, cielo, siéntate.

— Buenos días, Delia —la menor entró, aún en pijama, cerrando la puerta tras de sí y la saludó, dejando un cariñoso beso en su mejilla mientras tomaba asiento junto a ella en la orilla de la cama—. ¿Qué pasa?

—Quiero hablarte de algo que me tiene un poco consternada desde hace un tiempo —comenzó, tomando su mano con delicadeza—. Antes, dime, sabes lo mucho que te quiero y lo importante que eres para mí, ¿verdad?

— Sí —respondió la menor tímidamente con una sonrisita, pero ciertamente aún no comprendía por qué la directora la había citado ahí sola.—

— Es bueno que lo sepas, porque quiero que mantengas eso en mente durante toda nuestra conversación, querida —dicho esto, suspiró, mirándola a los ojos con neutralidad.—

Zoe tragó saliva con cierta dificultad.

— Quiero que me expliques por qué decidiste desobedecerme exactamente el día de las pruebas, cuando les pedí expresamente que tuvieran cuidado y no se tomaran la transmutación como un juego —dijo yendo directo al punto.—

La niña (porque así la veía Cordelia) palideció de inmediato. Definitivamente no se esperaba eso.

— Delia, pero yo...no creí que fueras a tomarlo así —se excusó—. Madison...

— Ella ya no está. Y pagó muy caro por todo —intervino la mayor.—

— Lo siento, pero...pero fue un accidente —fue el único pretexto que se le ocurrió.—

— Accidente que pudo haberse evitado, sólo debiste escuchar —habló con firmeza y suavidad a partes iguales. Claro que le dolía tener que ser "dura" tomando en cuenta lo buena que era Zoe siempre, pero aquel único error había sido letal y Cordelia no pensaba dar marcha atrás, se ahorraría muchos sustos innecesarios si actuaba en ese momento.—

— P-Pero yo... —tartamudeó—. Perdóname...por favor —pidió con una expresión triste en la mirada—. No volverá a pasar.

La Suprema negó con la cabeza.

— No volverá a pasar —reiteró—. En eso tienes razón, tesoro. De eso me encargo yo —decreto finalmente con aplomo, obteniendo una mirada confusa como respuesta—. Ven aquí, por favor.


Titubeante, la joven se levantó, situándose de pie frente a la directora en completo silencio. La tranquilidad en la voz contraria la hizo obedecer sin hacer preguntas, inocentemente imaginaba que aquello sólo sería una plática seria, más su pensamiento no tardó en cambiar.

En un solo movimiento, ejerciendo su control sobre la mente de Zoe, Cordelia hizo que la menor terminara tumbada boca abajo sobre sus rodillas.
La pequeña intentó resistirse y protestar, pero para mala suerte suya, de momento su cuerpo no obedecía a su mente.


— Delia, pero ¡¿qué haces?! Suéltame, por favor —se quejaba.—

— ¿Recuerdas lo que te pedí que tuvieras en mente durante nuestra conversación, cariño? —preguntó, ignorando su súplica.—

— P-Pero, pero, esto no tiene nad...

— ¿Lo recuerdas? —repitió, deshaciéndose de las pantuflas de Zoe con un movimiento mágico de su mano.—

— Bueno...sí.

— ¿Y bien? —comenzaba a prepararse, subiendo las mangas de su blusa y sosteniendo con una mano la espalda baja de la joven.—

— Que me quieres y soy muy importante para ti —resopló con resignación.—

— Así es...y por eso tengo que tomar estas medidas.

— ¿Qué medid...?AUCH —exclamó interrumpiendo sus propias palabras al sentir la mano de Cordelia impactarse contra su trasero—. ¡Pero Delia! ¡Eso duele! —gritó en un vano esfuerzo por zafarse—. Además ya me disculpé —agregó con un puchero.—

— ¿Y tú crees que a mí no me dolió lo que te pasó? Zoe Benson, moriste. ¿Puedes dimensionar eso? —cuestionó. Empezaba a alterarse a raíz de la frustración que sentía al recordar los hechos—. ¡Moriste! Y todo por seguir el estúpido ejemplo de Madison —añadió descargando una lluvia de nalgadas sobre las posaderas de la menor, cuya piel no podría ser protegida por el delgado pantalón de su pijama, pues Cordelia estaba decidida a enseñarle una lección memorable.

— ¡AY! Pero Delia¡AU! ¡Eso duele, detente! ¡No sigas, por favor! —decía entre ligeros gemidos, aquello en verdad le dolía, en las nalgas y en el ego, jamás había sido "humillada" de esa manera—. ¡Suéltame! ¡NO SOY UNA NIÑA! —gritó, de pronto indignada.—

Cordelia se detuvo un momento.

— Eres MI niña. Te guste o no —sentenció dando tres rápidos azotes.—

Zoe apretó los puños con fuerza, pues súbitamente se hizo consciente de que sus gritos podían llegar a oídos de cualquiera dentro de la mansión y eso sería aún más vergonzoso.

— Pero ya te pedí perdón —susurró—. Por favor detente...esto no me gusta.

— Debiste pensarlo antes de desafiarme, las reglas existen por algo en esta casa —retomó sus acciones, alternando los azotes entre ambas nalgas—. ¿Has pensado en lo mucho que me dolió perderte? ¿Saber que moriste aunque hice lo que podía para evitarlo?

— ¡AY, AY! —protestaba cerrando los párpados con fuerza. Podía sentir las lágrimas agolpándose, siendo un nudo en su garganta lo único que las frenaba.—

— Y ni siquiera podía disculparme contigo por no haberte podido ayudar en ese momento —continuó la mayor, incrementando la fuerza de cada palmada.—

 

Tan concentrada estaba en disciplinar a Zoe, que voluntariamente dejó de ejercer control sobre la mente ajena, devolviéndole así la libertad de movimiento.

En este punto, Zoe estaba tan resignada y adolorida que, aunque inmediatamente empezó a patalear como niña pequeña, no realizó ni el más mínimo intento de levantarse o lanzar un encantamiento contra la adulta.


— Por supuesto que a mí tampoco me gusta esto, pero parece que no hay otra forma de hacerte entender —dijo la directora, haciendo una pausa.—

— No hay nada que entender... —dijo la menor, sacando a relucir un toque de resentimiento— ...y tú no eres mi madre.

Aquella fue la gota que derramó el vaso.

— No necesito serlo para que me importes.

— No te importo. Si te importara, no estarías haciéndome esto. Soy una carga para ti.

— Zoe, basta. No debes pensar así...

— ¿Qué sabes tú de lo que yo pienso? —soltó con brusquedad—. ¡Y deja de decirme lo que debo o no hacer! Si tanto me odias, debiste dejarme morir —dijo cargada de rabia.—


Aquellas eran palabras mayores, Cordelia se quedó perpleja.

Zoe era su bebé, su consentida, era la niña de sus ojos y, en pocas palabras, parcialmente a ella le debía haberse convertido en Suprema, pues al revivirla había probado la extensión de su poder.
Zoe Benson había sido rechazada por su familia, vista como un monstruo por la forma tan sangrienta en que sus poderes se habían revelado. Había demostrado ser una muchachita sensible y con una ética personal que iba más allá de sí misma. Se había arriesgado para salvar a Kyle y a Madison, había demostrado innumerables veces lo mucho que valoraba la amistad de personas como Queenie y Nan, a pesar de su desafortunado destino. Había tenido la oportunidad de huir para esconderse de Fiona y aun así había vuelto al a enfrentar peligros mortales.

Cordelia encontraba difícil no fijarse en sus virtudes cada vez que la veía, pero no podía permitir que esa clase de pensamientos negativos nublaran su mente.

Zoe era la hija que Cordelia nunca había podido tener.


— ¿Piensas que mi vida sería mejor de haberte dejado morir? —preguntó Delia con seriedad.—

— Sí.

Sin mediar palabra, la Suprema tomó el elástico de los pantalones contrarios y lo bajó al nivel de los muslos, dejando a la joven protegida, de la cintura hacia abajo, únicamente por su ropa interior.

— ¡¿Pero qué diablos haces?! ¡Cordelia, suéltame!


Con determinación inamovible, afirmó su agarre en torno a la cintura de su aprendiz y con la otra mano comenzó a castigarla, impactando contra sus nalgas una y otra vez, abarcando ambas en cada azote que daba con la mano extendida. Esta vez no pararía. Poco le importó que la menor contraatacara pataleando y gritando, incluso llegó a intentar meter la mano para evitar que Cordelia siguiera castigándola, a lo que su superior respondió simplemente tomando su muñeca y sosteniéndola con firmeza contra su espalda baja para que no tratara de intervenir nuevamente, pues eso podría hacerle daño.

Zoe se quejaba cada vez con mayor frecuencia, el escozor en su pálida y suave piel se había tornado insoportable. Emitía gruñidos de dolor, apretaba los puños, hundía el rostro en la cama y había mandado los pantalones a volar de tanto removerse.

En su desesperación llegó a vociferar una sucesión de frases que hasta a ella misma le sorprendieron y se arrepintió en el mismo instante en el que las pronunció.




— ¡Desobedecí porque quería ser como Maddie! ¡Quería ser vista, quería ser valiente porque estaba harta de ser vista como la niña buena de la historia! ¡Quería sobresalir aunque fuera haciendo algo peligroso! —bramó segundos antes de rendirse y comenzar a sollozar—. Q-Quería demostrar que tenía el valor suficiente para ser la siguiente Suprema...que tenía...q-que tenía una razón para existir.



Cordelia se detuvo en seco, observando y sintiendo cómo el cuerpo contrario era sacudido por sollozos y lloriqueos. Permaneció un momento en silencio y utilizó esa pausa para reconfortar a su pupila, acariciando el área afectada para ayudarla a tranquilizarse y liberando el agarre que sostenía en torno a su mano.
Tras unos segundos, hizo aparecer una cajita de pañuelos frente a la menor, incitándola a tomar uno para limpiar sus lágrimas y su nariz, por si lo necesitaba.


— Zoe, mi vida —dijo la mayor, extendiendo las caricias a la espalda ajena—. ¿Tienes idea de lo importante que eres en esta academia?

Tras respirar profundamente, aún con algunas lágrimas resbalando por sus mejillas, la joven negó con la cabeza. Su respiración era agitada todavía.

— ¿Crees que es casualidad haber llegado a este aquelarre específicamente?

— No... —admitió tras sorber por la nariz y reflexionar unos segundos.—

— Muy bien —asintió la rubia, satisfecha—. ¿Qué fue lo que te pedí que recordaras?

— . . . ¿Que me quieres y soy importante para ti?

— Así es, corazón —respondió con una tenue sonrisa en señal de aprobación—. Eres muy importante para mí. Quiero ayudarte a convertirte en la mejor versión de ti misma porque sé de lo que eres capaz y presiento que tienes mucho que ofrecer —continuó—. Jamás voy a ocupar el lugar de tu madre, descuida... ¿Se tomó ella alguna vez en serio tu educación en cuanto a la magia?

Zoe negó.

— M-mh. Me envió aquí en cuanto lo supo.

—Lo recuerdo... —suspiró la mayor—. Has callado muchas cosas, ¿no es así? —inquirió.—

La niña se limitó a asentir.

 

Con una mirada compasiva, Cordelia la invitó a ponerse de pie. Acto seguido, se levantó, alisándose la falda, y tomó la mano de su alumna, conduciéndola a una esquina de la habitación, en donde le indicó pararse con la vista fija en la pared.

La pequeña se dejó guiar, sin saber muy bien si lo hacía por temor a protestar o porque en realidad confiaba en la directora como única figura de autoridad en su vida. Asumió la posición indicada, mirando a la contraria con una expresión de arrepentimiento que su protectora fingió no ver, para no incomodarla o hacerla sentir aún más vulnerable.
Iba a decir algo, pero fue la mayor de ambas quien tomó la palabra, poniendo el dedo índice sobre sus labios con suavidad.


— Quiero que pienses bien lo que me dirás. Sólo te pido que reflexiones sobre la responsabilidad que tienes en tus propias acciones. Y si consideras que puedes valerte por ti misma a partir de ahora, no volveré a molestarte —murmuró con sinceridad—. Volveré en quince minutos y entonces hablaremos. Mientras tanto, no te muevas de aquí. ¿Entendido, señorita?

 

La chica asintió un par de veces y la Suprema salió de la habitación, dejándola en la intimidad de sus propios pensamientos mientras se dirigía a la cocina a preparar el desayuno para todas con ayuda de su magia.



Zoe aún no entendía qué era lo que la movía a obedecer a la rubia, todo aquello era muy extraño. Con todo lo que acababa de pasar, no se sentía como si su Suprema la hubiera violentado. No podía decir que la había "golpeado" o "agredido" como tal. La había castigado.
Podía simplemente chantajear a otros con el argumento de que Cordelia la había "lastimado" y merecía ser quemada en la hoguera, pero entonces el mundo perdería a la mejor Suprema de todos los tiempos, el aquelarre perdería a una valiosa matriarca con corazón de oro y Zoe perdería a la única figura materna real que había tenido. De eso trataba su conflicto interno.



Había hecho de todo para no perder la esperanza de que su familia la aceptara de nuevo, estaba empeñada en conseguir que su madre la reconociera, pero todo era en vano. Hasta ese momento, se resistía a dejar a un lado a su fría madre para permitir que su tutora tomara el lugar que por derecho le correspondía, y de esa forma sólo se hacía más daño.
En el fondo sabía que Delia podía haberle negado la admisión en la academia, pero no lo había hecho. Y siempre, siempre, había buscado lo mejor para ella. Jamás la había rechazado. Quizás, después de todo, Zoe sí poseía algo que la hacía especial. Pero no dejaba de sentirse como una imbécil, había actuado como una adolescente malagradecida con la vida, con la directora, con la magia y con ella misma.
Tal vez Delia sí tenía motivos para llamarle la atención, ahora que meditaba sobre el asunto.



El trasero le ardía horrores. Tenía prohibido moverse de ahí, pero no tenía prohibido sobarse, por lo que, fuera del campo visual de todo ser viviente, se llevó ambas manos a la zona adolorida y de reojo pudo apreciar lo enrojecida que estaba su piel por debajo de su ropa interior.
No había sido precisamente agradable ser tratada como una cría, pero un mínimo rastro de humedad en su entrepierna la tenía terriblemente confundida. No se atrevía a pensar que aquello había sido agradable, pero tampoco creía lo contrario.
Había sido víctima de dolores mucho peores y esos azotes eran poco en comparación.
Mientras se sobaba, no dejaba de pensar que Cordelia tenía razón.
Su madre no se había tomado jamás el tiempo de corregirla, ni siquiera con un regaño.
Todo este tiempo había vivido preocupada por encajar e irónicamente eso había sido lo que la llevó a descuidarse, resultando lastimada ella y las pocas personas que habían demostrado genuino interés por ella. Tampoco podía negar que, por una vez en la vida, se había sentido bien que durante un momento alguien más tuviera el control de la situación sin ponerla en riesgo, que alguien quisiera hacerse cargo de ella y quisiera saber lo que acontecía en su loca cabecita.



Lo que tenía en mente parecía una completa locura, incluso para ella, pero ahora que empezaba a vislumbrar el valor que ella tenía y confirmaba que el estar viva no era una mera casualidad, quería aprovechar cada momento y sentimiento al máximo. Siendo brutalmente honesta consigo misma, a pesar de la "humillación", se había sentido segura en manos de su protectora.
No había querido causarle esos sustos y disgustos, pero lo había hecho, la culpa la estaba consumiendo por ello y quería compensarlo de alguna manera.




Al mismo tiempo que Cordelia hacía resonar sus pasos mientras se dirigía de regreso a la habitación, una extraña y curiosa idea se instalaba en la mente de la joven de cabellos castaños.
Entrelazó las manos al frente y se quedó quieta en cuanto la Suprema entró y cerró la puerta a sus espaldas, verificando que Zoe había mantenido la postura requerida.
Con calma, se sentó en el borde de la cama y llamó a la jovencita ante ella.


— Zoe, preciosa, ya puedes salir del rincón.

Cabizbaja y apenada por sus recientes conclusiones, la pequeña obedeció, caminó lentamente y quedó parada frente a la mayor, llevándose las manos a la espalda y clavando la mirada en la punta de sus pies, a la espera de alguna frase o palabra que mitigara su ansiedad mental.

Haciendo acopio de valor, respiró profundamente y levantó la vista hacia su superior.


— ¿Ya has pensado en algo, mi cielo?

La joven bruja asintió con timidez. Tomó airé y comenzó a hablar.

— Lo siento —susurró—. No...no puedo.

— ¿No puedes qué, Zoe?

— Tienes razón...yo...no puedo valerme sola. No aún. Lo siento.

— ¿Qué es lo que sientes, cariño? —inquirió Delia con paciencia.—

— Siento haberte asustado así —confesó—. Soy una estúpida —dijo bajando la mirada.—

 

Silencio.

 

— No. No lo eres. Y te sugiero que dejes de pensar y hablar tan mal de ti —refutó la directora—. Zoe, mírame —estiró el brazo para tomar a la menor por el mentón y hacer que la mirara, a lo que irremediablemente obedeció.—

Cordelia pudo ver en sus ojos verdadero arrepentimiento, aunque también captó cierto sentimiento de vergüenza en aquella inocente mirada y, desde su punto de vista, esa vergüenza no tenía por qué estar ahí. Nadie bajo su techo debía sentirse así.


 — Tú no eres estúpida. Lo que hiciste fue estúpido, no es lo mismo —corrigió—. Una sola acción no es suficiente para definirte y ambas sabemos que tú no eres así.

Zoe escuchaba con atención y asentía, tanteando el terreno para medir sus palabras.

— Me asustaste. Me asustaste mucho —continuó la Suprema—. Me aterró la idea de pensar que te perdería, por lo valiosa que eres para mí.

— Delia, yo...

— Tengo razones de sobra para haberlas puesto a ti y a Queenie como miembros del consejo —interrumpió la mayor, no por ello perdiendo la suavidad de su voz—. Eres especial, Zoe. El universo te eligió para estar aquí y sería egoísta de mi parte no hacerte ver lo talentosa que eres. No imagino este aquelarre sin tu luz, especialmente ahora que hemos abierto las puertas a decenas de brujas ávidas por aprender y compartir. Muchas de ellas te admiran y aspiran a ser como tú, cariño, ¿lo sabes?

La niña negó.

 

— Ellas te necesitan en el aquelarre...yo te necesito. Y me duele verte mal —la directora se sinceraba cada vez más—, pero no puedo permitir que te pongas en peligro pensando que a nadie le importas. A mí me importas, y mucho. Eres una pieza clave, no sólo en este lugar, sino también en mi vida y en la vida de Kyle, por supuesto, pero si sientes que he puesto una carga demasiado pesada sobre tus hombros...

— Delia, basta —la interrumpió su alumna de pronto, enérgicamente—. Por favor.

La rubia guardó silencio.

 

— No has sido tú —tragó saliva con dificultad para seguir hablando, haciendo un esfuerzo para sostenerle la mirada a su superior sin quebrarse—. Nunca has sido tú. La culpa de todo ha sido mía. La responsable soy yo.

Cordelia retiró su mano del rostro contrario, definitivamente le interesaba escuchar eso.

 

— Estaba tan ocupada intentando encajar, que olvidé lo que era ser aceptada simplemente por ser yo. Olvidé lo que era ser amada, lo que era realmente importarle a alguien...hasta que llegué aquí. Hasta que los conocí a ti, a Kyle...y a Myrtle. Ustedes son quienes me han mantenido con vida, porque gracias a ustedes entendí que tener parientes no significa tener familia. Mi familia está aquí, con ustedes. Aquí tengo no sólo una casa, sino un hogar, un sitio donde es seguro y bueno ser yo misma. Tengo al amor, a un chico que siente tan intensamente como yo, que ha viajado entre la vida y la muerte, que me ha perdonado y ha confiado en mí para compartir y hacer nuestra vida juntos. Tengo hermanas, como Queenie, alguien que ha sacado lo mejor y lo peor de mí, que me ha contado sus secretos y ha guardado los míos, una hermana con quien he reído y llorado, con quien he peleado...pero es quien me ha demostrado que puedo confiar en ella, que estamos en esto juntas —soltó todo aquello sin pausas y, decidida, continuó tras detenerse pocos segundos, observando las reacciones de su tutora—. Tengo una madre. Te tengo a ti —expresó finalmente con un ligero temblor en el labio inferior—. Una madre que, desde el primer momento en que me vio, me acogió sin juzgarme, que no hizo distinciones en su trato conmigo y siempre ha visto por mi bienestar. Alguien a quien no le importó que la sangre no nos uniera, porque se fijó en algo más importante —continuó sin dejar de mirarla a los ojos—. Tú siempre has visto en mi interior...y no te asustas de lo que ves. Me quisiste incluso cuando tus ojos no podían verme y elegiste traerme a la vida aún cuando tal vez no lo merecía. Todo este tiempo y mi peor error fue no ver cuanto me rodeaba, no apreciar lo que tenía...tus ojos volvieron a ver la luz después de revivirme y, gracias a ti, son mis ojos los que se han abierto. Siento no haberlo visto antes...haber despreciado a esta familia por buscar la aprobación de quienes nunca podrán comprenderme —agregó luchando contra el nudo que se formaba en su garganta—. Nunca lo volveré a hacer.

 

Cordelia la veía ahora con infinita compasión, pues, una vez más, su joven pupila le había demostrado lo errada que había estado al decepcionarse tanto de su conducta. Zoe en verdad había reflexionado e indagado en su interior y eso llenaba de orgullo a la Suprema, aunque ni ella imaginaba lo que estaba por venir. Tras dudarlo un momento, la menor expresó la frase que sentía que representaría la clave para su liberación y la exterminación de su remordimiento.

 

— Delia, yo... —respiró profundo— ...lo he pensado mucho y merezco este castigo.

Cordelia se quedó pasmada por lo que pareció ser una eternidad. Suspiró mirando a su aprendiz con detenimiento para evaluar su expresión facial y entonces retomó la palabra.

 

— ¿Estás segura, cariño? Es importante que sepas que tu educación como hechicera, al igual que la razón por la que te llamé aquí, tampoco es un juego para mí.

Zoe meditó en esas palabras por un momento y asintió. Estaba nerviosa, pero algo en su interior le hizo saber que aquello restauraría la paz que años atrás había perdido por estar en guerra consigo misma.

 

— Estoy segura —dijo tratando de darse fuerza a sí misma—. Sé que lo haces porque me quieres...y porque para ti sí soy importante —completó fijando su mirada en los orbes color miel frente a ella—. No quiero decepcionarte otra vez.

Cordelia asintió satisfecha, con una casi imperceptible sonrisa curvando sus labios.

 

— ¿Y entiendes que no pararé hasta asegurarme de que hayas captado el mensaje que intento transmitirte? —preguntó, quería cerciorarse de que su pequeña entendía la seriedad del asunto.—

— . . . —Zoe asintió un par de veces, aunque con lentitud, dejando ver nuevamente lo madura y valiente que era—. Entiendo.

— No se hable más. Vamos... —murmuró Cordelia palmeando levemente su regazo.—

 

La menor comprendió lo que debía hacer a continuación, por lo que procedió a recostarse, voluntariamente esta vez, boca abajo sobre los muslos de su superior, respirando profundamente para prepararse.

Cordelia, por su parte, estaba asombrada y sabía lo complejo que había sido para su protegida reunir esa cantidad de valor.
Afirmó su agarre en torno a la cintura ajena, hechizó puertas, ventanas y paredes para que ni uno solo de los sonidos que estaban por producirse saliera de la habitación, y decretó:

— Serán ciento veinte azotes, puedes llorar, patalear y gritar cuanto desees, pero si interpones las manos para cubrirte, empezaré desde cero —sentenció con claridad—. Y, por ser esta la primera vez que debo castigarte así, conservarás puesta la ropa interior. Si tienes dudas, este es el momento para preguntar —anunció con firmeza.—

Ninguna interrogante había cruzado la mente de la menor, hasta ese momento.

— ¿Estás molesta conmigo? —cuestionó sonrojada.—

 

Delia adoptó una expresión de ternura que la niña no pudo ver debido a la posición en la que se encontraba, levantó la mano derecha para comenzar y susurró con toda tranquilidad:

— Jamás, mi corazón.

Y entonces dejó caer la primer palmada con fuerza.

 

Una a una, las nalgadas se iban sucediendo, impactándose contra la visiblemente enrojecida piel de la castaña. Eran azotes contundentes, dados con toda la palma de la mano. Zoe no podía creer aún que el estilizado cuerpo de la lidereza del aquelarre pudiese albergar ese nivel descomunal de fuerza y resistencia.

Jamás se imaginó a sí misma en esa situación, pero ahora mismo no podía enfocarse en otra cosa más que en la realidad. Su cuerpo, aún tierno a pesar de rayar en la adultez, yacía sobre el regazo de la mayor autoridad que hasta el momento había conocido. Ya no sentía miedo. Ya no le aterraba desmoronarse ni dejarse caer, porque sabía que habría alguien ahí, lista para sostenerla si flaqueaba. Tal como se había comprometido, estaba soportando el castigo con entereza; vagamente fue consciente de que iban aproximadamente por la mitad de la cantidad instituida. Había tolerado el dolor protestando tan poco como podía, apretaba los puños y los labios, emitía alguno que otro quejido e involuntariamente cruzó los tobillos mientras estrujaba las sábanas entre sus manos.
Cordelia realmente buscaba que la lección se mantuviera en la mente de la alumna, no quería que sus consejos y regaños le entraran por una oreja y salieran por la otra, así que para la segunda mitad de su cometido dio un pequeño giro a las cosas, muy a pesar de Zoe. Ralentizó la velocidad de los azotes, dejando pasar un poco más de tiempo entre uno y otro y, por consiguiente, imprimiendo mayor fuerza en cada uno de ellos. Zoe pudo sentir cómo su espina dorsal entera se ponía rígida, la sangre se le subía a la cabeza y las lágrimas le quemaban por dentro. En cuestión de segundos ya estaba en el límite de su umbral del dolor.


76...81...84...

La cuenta parecía interminable.

 

La chica empezaba a removerse por la incomodidad pero, a pesar de las circunstancias poco favorables, quería salvar la situación con la dignidad intacta. Casi.

Cordelia continuó, impasible, monitoreando de soslayo las reacciones de la castaña, que luchaba contra sus propios impulsos.
Acorralada por el dolor, la menor realizó un repentino movimiento con el brazo, y a punto estuvo de interponer la mano para que la palma de la directora no se impactara de nuevo contra ella. La rubia dejó pasar el gesto y siguió adelante como si nada. Zoe comenzó a patalear y a tensarse, anticipando cada palmada y ahogando pequeños gritos contra la cama.


— Zoe —habló la mayor al ver que la joven batallaba—. Recuerda que puedes llorar cuando tú lo sientas adecuado. Es seguro hacerlo...nadie escuchará —le recordó, haciendo alusión al hechizo que había utilizado para cerrar "herméticamente" puertas y ventanas.—

Como si esas palabras hubieran presionado un botón específico en su interior, la pequeña hipó un par de veces para, tras inhalar de modo entrecortado, dar rienda suelta a un llanto que fue en aumento de manera paralela a la cuenta mental que la Suprema llevaba.

 

100...103...107...

Los sollozos cobraban volumen a medida que el correctivo llegaba a su fin.

Sería completamente falso creer que Cordelia disfrutaba con aquello; ciertamente, no le dolía de la misma forma, pero sí en igual cantidad. Cada lloriqueo que revoloteaba en sus oídos era una estocada que desgarraba su corazón y, en contraste, un bálsamo para su alma, pues había asegurado que no se detendría y esa era la forma de confirmar que su aprendiz estaba haciendo catarsis, de esa manera no permanecerían emociones embotelladas en ella.

113...

 

— D-Delia, por favor...por favor, ya —suplicó con nuevos rastros de lágrimas surcando su tersa piel.—

— Shhh... —respondió la mayor, alentándola—. Ya casi. Estás aguantando muy bien, tesoro, ya casi terminamos.

 

Zoe soportó los últimos azotes como las grandes. Con verdaderas dificultades y varios "ayes" en el proceso, pero lo consiguió.

La lección había sido entendida de sobra y, para alivio de ambas, aquello había terminado.
Junto con la última nalgada, las barreras de la chica se pulverizaron y se entregó por completo a un llanto libre, refluyente.
Las sábanas debajo de ella estaban obscurecidas con pequeñas manchas irregulares por las lágrimas que habían tenido que amortiguar. Cordelia empezó a repartir suaves caricias circulares a lo largo de la espalda ajena, permitiéndose incluso sobar el área adolorida.
Tras esperar respetuosamente a que la respiración de la bruja disminuyera en agitación, Cordelia hizo uso de su tacto para ayudar a Zoe a incorporarse y sentarse en su regazo, no sin que la menor respondiera con una involuntaria mueca de dolor gracias al escozor en su parte posterior.
Bajando la mirada, se dejó hacer, sin oponer ningún tipo de resistencia, pues su cuerpo pedía ser reconfortado, lo necesitaba.


Movida por su profundo sentido maternal, Cordelia la abrazó con fuerza, rodeando su cuerpo con ambos brazos. La joven se sentía tan contenida y protegida como nunca antes se había sentido, lo que ayudó a tranquilizarla visiblemente.
En esa situación se veía aún más pequeña, vulnerable. Sin embargo, a través de una cortina acuosa que manaba de sus ojos, irradiaba una serenidad hasta el momento desconocida.
Su tutora se permitió alcanzar un pañuelo de la cajita que aún descansaba sobre la cama y, con delicadeza, limpió de sus mejillas todo trazo de humedad, dejando un beso cargado de dulzura en su sien al terminar.


— Ya está, pequeña, shh... —susurró la Suprema, consolándola—. Todo terminó.

La chica se abrazó a ella, acurrucándose contra su pecho.

— Lo siento —respondió en un hilo de voz—. ¿Podrás perdonarme un día?

— No hay más que perdonar, mi vida. Quedó todo atrás. Ahora sólo me importa que hayas obtenido alguna pieza valiosa de aprendizaje. Que entiendas que no siempre vale la pena arriesgarse tanto...que de nada sirve brillar menos para que te acepten quienes poseen menos luz que tú, porque tú estás aquí para un motivo mayor —dijo al tiempo que acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja contraria—. Eres muy valiente...y sobresales simplemente por ser tú, cariño, no es necesario hacer algo peligroso para ser vista o aceptada.

 

La menor la observaba con atención, asimilando con detenimiento aquel honesto discurso.

— Inconscientemente, tu alma tuvo el valor de morir para que la supremacía se convirtiera en mi destino —continuó la directora—, con eso has demostrado más valor del que imaginas. Y tú razón para existir es ser feliz, mi cielo, lo mereces —la animaba con una ligera y auténtica sonrisa mientras frotaba su espalda con cariño—. Nosotras te vemos. Para nosotras eres irremplazable, Zoe. Tu lugar en el aquelarre es de vital importancia, eres mi principal aliada en la misión de empoderar a la siguiente generación de hechiceras y has demostrado tener suficiente humildad...en casi todo momento —añadió con una risita sutil—. Eres única.

 

Zoe estaba sin palabras, tanto amor incondicional la tenía abrumada, en el buen sentido de la palabra. No pudo evitar sonrojarse como tomate y sonreír con cierta timidez a modo de agradecimiento, ahora con una luz completamente transformada saliendo de sus ojos.

Por otro lado, de cualquier forma sentía cierta incomodidad al estar sentada, Delia podía adivinarlo por su expresión, su intuición rara vez fallaba.


— Anda —dijo la rubia, con afán de contagiarle el ánimo renovado a su pupila—, que seguro ya te mueres de hambre.

La instó a levantarse cuidadosamente y, haciendo uso de la telekinesis, consiguió que los pantalones de la chica llegaran a sus manos y le ayudó a ponérselos de nuevo, prestando especial atención a que la tela no rozara su irritada piel.

 

— Gracias, Delia. Oye, pero... —murmuró de pronto, percatándose de algo— ...n-no voy a poder desayunar a gusto.

A Cordelia le pareció ver un puchero asomándose en la carita frente a ella. Arqueó una ceja, fingiendo no entender.

— No voy a poder sentarme —aclaró Zoe con cierto toque de desilusión—. Ya sabes...no escucharon, pero no quiero que hagan preguntas si me ven actuando "rara".

Cordelia lo entendió perfectamente y asintió.

— Tienes razón. Vamos, ven —dijo aproximándose a la cama.—

Zoe abrió los ojos como platos.

— ¿Vas a volver a...? ¡Pero dijiste que había quedado todo atrás!

— ¿Qué? ¡No! Zoe, no...no voy a repetir el castigo, relájate —se apresuró a decir la Suprema, riendo.— Vamos. Después de este "intenso" despertar —dijo mientras abría un lado de la cama y acomodaba las almohadas—, no te hará daño que te consienta un poco. Te traeré el desayuno a la cama.

 

La menor se acercó, aliviada, y se acomodó entre las sábanas de la forma más soportable que le fue posible, aunque aquel "recordatorio" que ardía sobre su piel le duraría al menos tres días. Una vez instalada, Delia la arropó y dejó un beso en su frente.

— Si alguien pregunta, diré que no te sentías muy bien y acudiste a mí, nadie te molestará —aseguró—. Ya vuelvo.

 

Y a continuación salió.

A la chica le costaba permanecer en una posición más de tres minutos, pero imaginaba que eso era el cielo a comparación de tener que estar sentada en una dura silla con el trasero adolorido y además con buena cara.
Agradecía enormemente que su tutora fuera así de considerada.
Se reacomodó, no sin un par de quejidos de por medio, dejándose invadir por la calidez de los rayos de sol que se colaban por la ventana, y cerró los ojos un momento, suspirando, sobrecogida por el agradable sentimiento de paz que la habitación le transmitía.

 

Tras unos minutos, se quedó dormida.

 

Delia volvió con una bandeja en las manos y la depositó sobre la cama, sentándose en el borde de la misma mientras contemplaba a su alumna, enternecida. Se veía tan adorable así que, por un instante, la rubia dudó sobre despertarla, pero Zoe debía alimentarse en algún momento.

 

— Listo, mi niña —murmuró en voz baja, tomando con suavidad una de las manos contrarias.—

La chica reaccionó lentamente y, aún adormilada y con los ojos cerrados, se abrazó a la figura que con tanto afecto le hablaba.

— Gracias, mamá... —respondió, presa del sonambulismo, sin soltarla—. Te amo...






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Este es un fanfiction en torno a la vida de las brujas de la serie American Horror Story: Coven.

Esta historia está dedicada a todos aquellos fans hispanohablantes, tanto de AHS como del Spanking. Le tengo un profundo amor a la serie y estas letras son el resultado de mis fantasías mentales y mi obsesión por esta temporada en especial.
Aclaro que, en la vida real, no apoyo el castigo físico como método correctivo bajo ninguna circunstancia.
El nombre de la institución y de todos los personajes, así como el de la serie, son propiedad intelectual de Ryan Murphy.
Decidí marcar este fanfiction como "Mature" por el tema del spanking (nalgadas/azotes) aunque en este caso es puramente disciplinario y no erótico.
Disfruten ❤️

* Nota: Este fanfiction en general es apegado a la serie, a excepción de un punto. En esta historia, Fiona Goode no muere después, sino antes de todo lo descrito.
El concepto de "Suprema" es ampliamente explicado y manejado dentro de la serie, pero por la cantidad de lector@s que me han preguntado al respecto, creo prudente aclarar que se trata de un cargo, un puesto. La "Suprema" es, en este caso, una bruja/hechicera que es elegida entre varias otras por destacar y poseer numerosos talentos, varios de los cuales están fuera del alcance de sus contrincantes, a quienes enfrenta (generalmente de manera "pacífica") durante la prueba de las Siete Maravillas, siete desafíos que deben ser completados exitosamente para que quede indiscutiblemente claro quién debe liderar el aquelarre en cada generación. Una Suprema puede existir al mismo tiempo que otra, es decir, eventualmente es sucedida por otra igual de talentosa y no es imperativo que la anterior muera para que la nueva tome el poder, pero sí es importante mencionar que los poderes de la sucesora se intensifican al morir su predecesora.

* Los siete desafíos de "La prueba de las Siete Maravillas" son: Telekinesis (mover cosas con la mente), Concilium (control mental sobre alguien más), Descensum (acto de llevar a cabo una especie de proyección astral y "descender" a nuestro infierno personal para luego salir de él por nuestros propios medios en un tiempo determinado), Transmutación (según la serie, es teletransportación, aunque ese no es el significado real de la palabra "transmutar", en realidad debería ser "transformar"), Pyrokinesis (incendiar un objeto o crear fuego con la mente), Adivinación (puede incluir leer mentes) y Vitalum Vitalis (traer de la muerte a un ser inerte). Sólo la Suprema puede completar los siete retos anteriores, aunque sus contrincantes pueden poseer uno o varios de esos mismos poderes. Se dice que la señal de que una nueva Suprema se está erigiendo es una radiante y entera salud.

Esta historia originalmente la escribí en diciembre de 2018 y la publiqué entre esa fecha y octubre de 2022 en Wattpad (de donde después fue eliminada) y en AO3 (Archive Of Our own).

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