Skip to main content

Como alma que lleva el diablo

Mi alter ego masculino puesto en un personaje que hace una de las cosas que más me gusta hacer: andar en bici.

– Et bon? [¿Y bien?] –cuestionó impaciente la rubia de ascendencia francesa.–

– No creo que te guste mi respuesta, liebling [querida] –murmuró Christina con algo de incertidumbre, cerrando la puerta del consultorio tras de sí y tomando asiento frente al escritorio en la recepción de su clínica, la mejor equipada entre todas las instituciones de nutrición que Isabel conocía en el estado.–
– Chris…dime qué aparece en los resultados del análisis de sangre, s’il te plait [por favor] –pidió con mirada cansada y en tono casi suplicante.–

La nutrióloga suspiró. Daniel era prácticamente su sobrino, y no le gustaba sentir que lo estaba echando de cabeza (delatando), pero Laura Isabel Ferrer Rousseau era una de sus mejores amigas desde que se había mudado de Berlín a México y, si había algo que ambas tenían en común era un nivel monumental de honestidad, sobretodo entre ellas, además de ejercer dicha virtud en sus respectivas profesiones (nutrición y quiropráctica).

– Taurina –dijo la nutrióloga, poniendo un documento frente a su amiga, mismo que indicaba, en una hoja, los niveles de diversas hormonas y sustancias encontradas natural o temporalmente en el cuerpo del muchacho y mostraba también, en otra hoja, la impresión del electrocardiograma del chico durante las casi seis horas que la doctora lo estuvo monitoreando.–

– ¿Y qué más? –preguntó la rubia tras casi un minuto de silencio.–
– Nada más –informó en tono factual.–
– Et qu’est ce que c’est ca? [¿Y esto qué es?] –cuestionó la quiropráctica, señalando un pico al inicio del electrocardiograma impreso.–
– Su nivel de adrenalina cuando lo trajiste a la clínica, después de la carrera –puntualizó.–
– Attend [espera], ¿después? –quiso cerciorarse la quiropráctica y diseñadora.–
– Después. Es difícil saber cómo estaba su ritmo cardíaco al inicio del evento, pero a juzgar por la relativamente corta duración de la carrera, su buen desempeño y la forma de la curva en el electrocardiograma, casi podría apostar que bebió algo inmediatamente antes de la carrera sin saber que sería de efecto retardado y ese “algo” empezó a hacer efecto en su sistema media hora después, justo al finalizar la carrera, y no fue la mejor combinación tomando en cuenta el subidón de adrenalina que le provocó haber obtenido el primer lugar en una carrera tan importante –explicó la alemana–. Lau, ¿estás bien?

Laura Isabel estaba perpleja, pero se obligó a hablar, pues tenía que salir de dudas.

– Oui…non [sí…no]–negó, corrigiendo su respuesta casi inmediatamente–. Chris, eres la mejor en lo que haces, y no me canso de afirmar que tienes un sexto sentido; sé que algo pasó en mi ausencia y que con ver ese electro puedes percibir e interpretar cosas que nadie más ve. ¿Qué hizo Dominique?

Antes de responder, la nutrióloga arrugó ligeramente el entrecejo, retirándose los lentes momentáneamente.

– ¿Qué quieres decir con eso de “en tu ausencia”? –preguntó lentamente, tratando de seguir el hilo.–

– Je dis qu’aujourd’hui je ne pouvais pas- [Digo que hoy no pude-] –soltó abruptamente y se detuvo en el acto, respirando profundo antes de reanudar su contestación, esta vez con mayor tranquilidad–. Quiero decir, ma cher [querida], que hoy Dani llegó solo a la carrera –declaró–. Yo tuve un paciente en la mañana que me agendó en el último segundo y estaba grave porque había tenido un accidente de tránsito. Me disculpé con Dominique y le expliqué que hoy no podía llevarlo a la carrera, pero que llegaría a tiempo para verlo competir, y así fue. Le pedí que desayunara bien y que pidiera un taxi si era necesario para llegar a tiempo al registro, la inscripción fue en línea hace meses, así le sobraría tiempo para terminar de digerir la comida, calentar para evitar lesiones, revisar la bici, repasar el mapa de la pista antes del descenso y ponerse el equipo de protección sin prisa. Ce n’est pas normal [esto no es normal] –señaló el par de picos irregulares en el electrocardiograma–. Lo recibí en la meta, estaba eufórico y, tras bajar del podio, un ataque de ansiedad lo hizo colapsar en mis brazos, no hice más que quitarle el casco antes de traerlo aquí tan rápido como pude. Sólo necesito que confirmes lo que ya intuyo. ¿Qué hizo o qué no hizo mi hijo?

“Madre tenía que ser”, pensó Christina para sus adentros. Era evidente quién de las dos tenía el sexto sentido espeluznantemente activo, por lo que no tenía caso seguir tratando de proteger al chico de las consecuencias de sus propias acciones.

– Bueno, como seguramente ya dedujiste, en su sistema no hay otra cosa que los residuos de una bebida energizante a base de azúcar, carbonato y taurina…y cafeína, pero, como me has contado antes, tu niño es igual de inmune a la cafeína que tú. ¿Estás segura de que no fuiste tú quien lo parió? –inquirió con el tono descaradamente irónico y lúdico que caracterizaba su peculiar amistad a pesar de la usual propiedad de ambas, a lo que la francesa respondió con media sonrisa ladeada y una ceja arqueada hasta la coronilla.–

– Bien sûr…continues [Por supuesto…continúa] –pidió, cruzando los brazos, presintiendo el rumbo que tomaba la conversación.–
– Supongo que debido a los acontecimientos de esta mañana no tuvo oportunidad o valor de contarte mucho –prosiguió, sin poder creer lo que ella misma estaba por decir. Ahora compartía con su amiga las ganas de medio “matar” al escuincle, pues sus acciones habían sido sumamente descuidadas y nocivas–. Daniel no desayunó; no llegó en taxi a la carrera, sino andando en bici. Por esa misma razón, llegó desgastado y no creyó necesario calentar para evitar cansarse más. Dicho sea de paso, olvidó el “camaleón” (equipo de protección que cubre la columna vertebral y hombros con material rígido) à chez toi [en tu casa] y, por andar preguntando si alguien tenía uno extra que pudiera prestarle, se le fue el tiempo. Se registró con suficiente anticipación, pero se puso el resto de las protecciones con prisa, compitió sin “camaleón” puesto, repasó el mapa de la pista en muy poco tiempo, olvidó tomar agua a pesar de lo cansado que llegó…y en el último minuto aceptó un Red Bull del puesto de bebidas de los patrocinadores de la carrera –siguió su relato, observando a detalle la expresión facial de la guardiana del susodicho y todas sus reacciones–. Creyó que así compensaría un poco el cansancio, la deshidratación y la falta de alimento; prefirió eso que competir con el estómago vacío.
– C’est tout? [¿Eso es todo?] –preguntó la rubia al terminar.–
– Nein [No] –la alemana se irguió en su asiento, adoptando un aire más serio que de costumbre–. Cuando lo trajiste a la clínica, le pedí que se retirara las protecciones y la camisa para poder conectar los electrodos y monitorear su actividad cardiovascular y cerebral. Pudo hacerlo por su cuenta con un mínimo de ayuda, no quise que sintiera el procedimiento como algo invasivo. Venía a un paso de la meningitis, en pleno golpe de calor y le administré suero intravenoso, entre otras cosas, aunque, como comprenderás, quedó descartado administrarle cualquier tipo de sedante, ya que hubiera hecho cortocircuito con el Red Bull y eso sería en verdad letal para su sistema; por cosas así hay cada vez más jóvenes que sufren infartos a una edad inusual…treinta o cuarenta años. No consiguió ningún “camaleón” prestado… –hizo una pausa, inhalando lentamente antes de soltar la pieza de información que sentía que representaría la gota que derramara el vaso, la estocada final que pondría a prueba la paciencia de la madre del muchacho–. Revisé cada órgano de su caja torácica y área abdominal con ultrasonido…al llegar a la mitad de su espalda, fue imposible ignorar un moretón obscuro cerca de los pilares de inserción del diafragma. Dani recibió un golpe seco a la altura de una de las glándulas suprarrenales durante la carrera, querida. Eso causó la caótica reacción en cadena, y otro catalizador fue la adrenalina que segregó por haber ganado la carrera. Fue la presión del golpe en ese punto específico lo que detonó “súbitamente” la taquicardia…el episodio de ansiedad era inminente, pero el golpe aceleró su aparición –afirmó– y, al no tener algo en el estómago que amortiguara el Red Bull ni agua que ayudara a aligerar la carga en sus riñones, el golpe y la bebida que ingirió se sumaron a la deshidratación, provocando un pico de adrenalina de efecto prolongado en su sistema, ya que hasta el momento no había más que sustancias estimulantes en su organismo…y eso aunado a la emoción de haber ganado la carrera hizo que su sistema nervioso se sobreexcitara. La descompensación vino en cuanto bajó del podio; él sabía que en ese momento ya era “seguro” bajar la guardia, pero para su mala suerte el efecto de la bebida apenas tenía unos minutos de haber iniciado y no desaparecería pronto porque no había agua suficiente en su sistema para eliminar esas sustancias.

De pronto el rostro de la rubia había dejado de irradiar molestia para dar paso a un semblante de preocupación.

– Está bien. Tranquila…logré estabilizarlo y lo he tenido en observación desde entonces –le aseguró a la quiropráctica en tono reconfortante–. Ese niño es muy fuerte. Está ileso, completamente fuera de peligro. Ahora está mejor hidratado, ese golpe no causó daños ni remotamente serios o irreversibles, el hematoma en la zona renal fue más producto del estrés y la deshidratación que del golpe; no presenta lesiones considerables de ningún tipo, logró dormir al menos tres horas y acaba de despertar –añadió, pudiendo vislumbrar un suave suspiro de alivio en su interlocutora–; pero son las seis de la tarde, cariño, necesita comer algo. Y quizás a ti también te vendría bien un té relajante y algo de alimento, ahora que lo pienso.

Las piezas del rompecabezas acababan de ensamblarse en la mente de la diseñadora, quien no tardó en recomponerse y decidir su plan de acción.

– Ya me aseguraré yo de que coma debidamente…infinitas gracias, Chris –dijo de corazón, tomando una de las manos de la nutrióloga mientras intercambiaban una profunda mirada.–

– Cuando quieras, Isa, para eso estoy. Me alegra poder ayudar –correspondió la alemana con una sonrisa sincera, dando un apretoncito afectuoso en torno a la mano contraria–. Ya puedes pasar a verlo.
– Gracias. No dedujiste todo eso con sólo ver ese simple papel, ¿verdad? –preguntó en tono irónico y con una tenue sonrisa, aprovechando ahora que todo estaba más tranquilo, señalando con la mirada el ilustrativo documento sobre el escritorio.–
– No –negó Christina con una leve risita–. Dani despepitó todo en cuanto le conecté los electrodos, no sé si creyó que se trataba de una especie de polígrafo (detector de mentiras). Tampoco me costó demasiado darme cuenta de que le tiene una aversión considerable a las agujas –razonó en voz alta, permitiendo que su sonrisa se ensanchara un poco más y esperando que el paciente dentro del cubículo adyacente no hubiera escuchado todo lo que ella acababa de contarle a su madre–. Debería existir una especie de “acuerdo de confidencialidad” entre doctora y paciente, pero eso me suena más a secreto de confesión y contigo no puedo tener secretos, mucho menos en este caso. La vida de mi sobrino me importa demasiado…y, conociéndote, supongo que se llevó varias reglas entre las patas a pesar de tus advertencias…
– Supones bien –asintió la rubia, sabiendo que la conversación que vendría a continuación no sería precisamente la más placentera, pero sí indiscutiblemente necesaria–. Y no me lo voy a comer vivo, tranquila –añadió en tono bromista.–
– Sé que no lo harás –rió la nutrióloga de buena gana–, lo que me preocupa ahora es que ese muchachito encuentre un asiento de gel para la bici suficientemente cómodo para seguir entrenando después de la conversación que sé que tendrás con él.
– Si es necesario, iré yo misma a comprarlo con él, por mucha vergüenza que le dé –decretó la francesa con seguridad mientras se ponía de pie y se acercaba a la puerta del cubículo en el que se encontraba el ciclista–. Prefiero dejarlo moderadamente adolorido yo misma que verlo agonizando de dolor en la sala de urgencias después por olvidar la mitad del equipo de protección otra vez. No se le puede volver a olvidar ponerse la dichosa “iguana”… –murmuró entre dientes.–
– ¿El “camaleón”? –sugirió Christina situándose junto a ella, intentando contener la risa mientras volvía a ponerse los lentes.–
– Eso mismo –corrigió Isabel en tono cómicamente digno y, un segundo después, su amiga deslizó la puerta corrediza, entrando ambas en el cubículo, donde después de seis largas horas por fin la quiropráctica pudo ver a su inquieto protégé [protegido], quien estaba postrado en la camilla, con el torso medio descubierto, la tele encendida en el canal de deportes (por supuesto) y ya sin vías de suero ni electrodos conectados en ningún lado.–
– Allô [Hola] –saludó Daniel con una sonrisita medio tímida en cuanto las vio entrar, incorporándose sin mayor problema hasta quedar sentado.–
– Allô, jovencito… –correspondió la rubia con su habitual acento afrancesado y en tono neutro pero con mirada suspicaz, evaluando rápidamente el estado físico del menor–. Je pense que tu as quelque chose à dire à maman [Yo creo que tienes algo de qué hablar con mamá] –comentó acercándose a él.–
– Mais…quelle chose? [Pero…¿qué cosa?]
– Me tenías preocupada… –expresó y, antes de que el chico pudiera reaccionar, lo abrazó–. Comment tu te sens? [¿Cómo te sientes?]
– Je, euhhh…bien? Oui, non, ehm… [Yo, ehhh…¿bien? Sí, no, em…] –trastabilló y la nutrióloga aprovechó para excusarse.–
– Les daré un momento a solas –externó, guiñando un ojo y Laura asintió–. Prepararé un poco de té para todos…

Una vez la puerta se hubo deslizado, anunciando la salida de la nutrióloga, el ciclista comenzó a sospechar que quizás su protectora sabía mucho más de lo que él creía o de lo que hubiera deseado que supiera.

– Laisse-moi te voir, mon cher [Déjame verte, cariño] –pidió tendiéndole una mano para ayudarle a bajar de la camilla, aunque perfectamente podía mantenerse en pie por su propia cuenta, y acercó una silla para sentarse de frente a él.–

El chaval se acercó a ella sin prisa, estaba descalzo y en shorts, su cabello estaba algo alborotado y su cuerpo lucía relajado tras el titánico esfuerzo que la carrera le había demandado, pero fuera de eso se veía como si nada. Un par de raspones diminutos por aquí y por allá, pequeñas marcas de aceite en las pantorrillas, las manos ligeramente percudidas, mirada felizmente exhausta y…

– Dis-moi, mon petit coeur [Cuéntame, mi corazoncito], ¿cómo apareció ese feo moretón en tu espalda? –Preguntó Isabel como si le hubiera pedido algo tan simple como la hora.–

El castaño bajó la mirada. Abrió la boca como si fuera a responder, pero las palabras parecían negarse a salir. El que quería salir era él, pero corriendo. Sin embargo, eso no era opción. Ni hablar, tendría que confesar todo de principio a fin.

– Otro competidor me golpeó, pero no fue grave, estoy bie–

– ¿Con qué? –interrumpió la rubia en tono glacial.–
– Con el manubrio de la bici cuando intentó rebasarme en una bajada muy pronunciada, pero esas cosas pasan en todas las carreras –intentó restarle importancia al asunto–. Siempre hay roces y fricción entre ciclistas al tratar de situarse en los primeros puestos –explicó, por un momento preguntándose por qué la mujer no le soltaba la mano, estaba claro que podía mantenerse en pie sin caer.–
– Ya veo… –dijo la mayor y, de un tirón, lo tumbó boca abajo sobre sus rodillas–. ¿Y olvidar una parte importante de tu equipo de protección también es algo que pasará en todas las carreras?

El menor no tuvo ni la audacia de “quejarse” por dicho gesto.

– Non, maman [No, mamá] –suspiró, dejando colgar la cabeza en señal de derrota; ya veía venir aquel difícil interrogatorio–. Sólo hoy lo olvidé…je suis désolé, vraiment [Lo siento, de verdad] –dijo con voz clara, pues era verdad; sabía lo mucho que a su guardiana le importaba su bienestar y lo estricta que era en ciertas cosas, además de que la condición para competir era justamente esa: cuidarse lo mejor posible en todos aspectos para minimizar riesgos y hacer del ciclismo un deporte que pudiera continuar practicando saludablemente y de por vida.–

– Non, mon amour [No, mi amor]. Algo así no se te puede olvidar –refutó su tutora dando una contundente palmada al centro de la retaguardia contraria–. Je suis sérieuse [Lo digo en serio], Dominique. Tú sabes lo que puede pasar en eventos así y fui muy clara al pedirte que te alimentaras correctamente y midieras tus tiempos para no llegar tarde a la carrera y prepararte con calma, ¿cierto?
– Ouais… [Seh] –respondió él, resignado, recibiendo otra palmada a modo de amonestación.–
– Tu parles à ta mère. C’est “oui, maman”, pas “ouais”, jeune homme. Compris? [Estás hablando con tu madre, es “sí, mamá”, no “seh”, jovencito. ¿Entendido?]
– Aīe! [¡Au! / ¡Auch!] –se quejó con un siseo–. Oui, maman [Sí, mamá].
– Mejor. Alors, dis-moi, pourquoi tu n’as pas déjeuné? [Entonces, dime, ¿por qué no desayunaste?
– Je n’ai pas eu le temps [No tuve tiempo] –dijo con simpleza.–
– C’est une blague, n’est-ce pas? [Es una broma, ¿no es cierto?] –cuestionó ella, intentando no reír sarcásticamente–. ¿Por qué no? La carrera era a las once de la mañana.
– Me quedé dormido –admitió él algo apenado, pues para su usual nivel de responsabilidad, era la excusa más ridícula que había dado desde que la quiropráctica lo había adoptado.–
– Et ton alarme? [¿Y tu alarma?]
– El teléfono se quedó sin batería, yo me quedé dormido antes de programarla… –gruñó, sabiendo que no se estaba ayudando a meterse en menos problemas con aquella explicación–, no pude ponerlo a cargar.
– Incroyable… [Increíble] –negó con la cabeza, empezando a repartir azotes medianamente espaciados, alternando entre un lado y otro–. Así que te volviste a dormir después de que yo me fui a trabajar –infirió la esbelta mujer–. Y supongo que te pareció más rápido llegar al evento en bici que en taxi, pas vrai? [¿No es verdad?]
– ¡Auch! –el chico levantó la cabeza de pronto–. Es que pensé que el lugar no quedaba tan lejos y pedir un taxi se me hizo un gasto tonto –argumentó como pudo–. …y cuando llamé al sitio de taxis estaban todos ocupados porque no hablé a tiempo para reservar uno –confesó, preparándose para lo peor.–

A pesar de ser una persona paciente y considerablemente culta y elocuente, Laura se había quedado sin palabras. No estaba feliz con los múltiples descuidos de su “pequeño” y sabía que a él no le estaba costando demasiado percibir esa inconformidad en ella, pues casi al notarlo había empezado a tensarse, empezando por los pies.

– D’accord [De acuerdo / Está bien]…¿y qué excusa me vas a dar para no haber tomado agua y haber tomado un Red Bull en ayunas? –la rubia hizo una pausa, momentáneamente apoyando el codo con suavidad sobre la espalda contraria y la barbilla sobre su mano, como si esperara pacientemente a que le siguieran contando una fascinante historia.–

– Hmmm… –el chico disimuló un quejido gutural, respiró y articuló la respuesta más coherente que se le ocurrió–. Salí con prisa por…por todo lo que ya dije y llegando al terreno donde estaba la pista quise darme prisa y aprovechar para revisar la bici, repasar las curvas y drops…
– ¿No tenías sed?
– Oui [Sí], pero olvidé mi ánfora (thermo/botella), no tenía tiempo de buscar agua, y estaba cansado, pero tampoco tenía tiempo de buscar comida porque no es bueno comer justo antes de hacer ejercicio y…
– ¿Y sí es bueno tomar bebidas energizantes con el estómago completamente vacío? –lo reprendió la mayor bajando sus shorts, retomando sus acciones con más fuerza esta vez, impactando directamente sobre los bóxers.–
– ¡No! AUCH-¡pero es que cuando ya estábamos arriba en el arrancadero estaba el stand de los patrocinadores, el Red Bull era gratis y en el último minuto decidí que quizás sería mejor eso que competir estando “en blanco”, porque eso podría darme energía durante la carrera! –soltó toda aquella letanía de un hilo–. Arrête! [¡Para! / ¡Detente!]
– Nada de “arrête”, Daniel, ¡sabes que tienes prohibido tomar esas cosas sin haber comido algo antes, también tu tía Christina te lo ha dicho! C’est pas bon pour ta santé [No es bueno para tu salud] –exclamó la diseñadora en tono autoritario, aumentando la velocidad de los azotes.–
– ¡Ay! Maman [Mamá], pero la cafeína no me hace efecto-
– Taurina, Daniel, ¡esas porquerías tienen taurina! ESO es lo que me preocupa . No sólo porque su procedencia sea repulsiva, sino por el daño que puede ocasionar a tu corazón –repartió una docena de enérgicas nalgadas y paró un momento, dándole oportunidad al castaño de recuperar la compostura, aunque ni él imaginaba que el final del castigo aún se encontraba algo distante–. Sé que la cafeína no te hace ni cosquillas, y siendo tan joven y fuerte quizás no haya de qué preocuparse o eso te parezca. Para como sé que entrenas, una bebida energizante podría pasar como un simple refresco para tu sistema, pero el día de hoy el problema fue el “combo” que elegiste; tu compris, mon enfant? [¿lo entiendes, mi niño?] –inquirió con especial énfasis e interés, ahora más tranquila, pues quería asegurarse de que el menor supiera lo que había hecho mal, que entendiera por qué aquella combinación de malas decisiones había desembocado en una descompensación tan aparatosa y compleja para él.–
– O-Oui…je pense… [S-Sí…creo…] –se aventuró a responder.–
– ¿ ”Je pense”? –repitió–. C'est ”oui” ou ”non” [Es “sí” o “no”] –respondió ella-. ¿Tía Chris te explicó cómo se originó el colapso y cómo afectó el Red Bull tu estado para que la deshidratación y el “high” (subidón/pico) de adrenalina propiciaran la aparición del moretón o debo explicártelo punto por punto? –quiso cerciorarse.–
– ¡No! –se apresuró a responder, suponiendo que la “explicación” de su madre involucraría más que simples palabras–. Sí me explicó –reconoció, bajando la mirada a la vez que revivía la culpa de la que había sido presa un rato antes, mientras la nutrióloga y amiga de la diseñadora le explicaba con peras y manzanas por qué algo como lo que hizo pudo haber tenido consecuencias letales.–

Un asentimiento.

“No habías tomado agua, no habías comido, le exigiste mucho a tu cuerpo sin ofrecerle una fuente de energía saludable; no calentaste, las prisas te estresaron, te aguantaste la sed y el hambre durante más tiempo del recomendable…la transpiración y el calor te deshidrataron aún más, durante la carrera sobreviviste a base de una oleada de adrenalina, tu cuerpo estaba apenas procesando el Red Bull pero la adrenalina y el golpe en la suprarrenal no hicieron más que potenciar el efecto de esa cosa que tu madre y yo te hemos pedido hasta el cansancio que no tomes en ayunas…el no tener con qué amortiguar la bebida, estar bajo presión y no ayudarle a tus riñones es lo que hizo que tu tejido renal sufriera un pequeño derrame a causa del golpe, por eso el hematoma apareció en cuestión de minutos”.

…aún podía escuchar la voz de Christina en su cabeza, ayudándole a atar cabos mentalmente.

“... Por eso y porque olvidaste ponerte la segunda protección más importante. Al bajar del podio, bajaste la guardia; todo lo que sube tiene que bajar…la adrenalina bajó, pero la taurina apenas estaba surtiendo efecto. Resultado: taquicardia y principios de meningitis por deshidratación severa. No necesito decirte que a tu madre casi le da un ataque, Dani…pudiste haber evitado todo eso. Y al obedecerla y cuidarte debidamente, también le estarías dando tranquilidad y ahorrándole un buen susto…bueno, francamente nos lo habrías ahorrado a las dos. Tienes suerte de que yo “sólo” sea tu tía, Schatz [tesoro] –agregó en voz aterciopelada, mirándolo con seriedad por encima del filo del armazón de sus lentes–. Llegaron justo a tiempo para que yo hiciera lo que estaba en mis manos para estabilizarte, pero no te recomiendo jugar así con tu suerte, niño…ni con la paciencia de tu mami. Hablaré con ella, le dará gusto saber que despertaste y estás bien.”

 

Aquel había sido el discurso de la nutrióloga antes de acariciar el cabello del castaño-dorado y dejarlo viendo la tele en el cuarto del consultorio para salir y poner a Isabel al tanto de la situación un rato antes.

– Maintenant, avez-vous des questions, Monsieur? [Ahora, ¿tiene usted alguna pregunta, señor?] –preguntó la rubia arqueando una ceja, trayendo al chico de vuelta al momento presente.–

– Non, maman [No, mamá] –contestó tras un minuto de silencio, tragando saliva con lentitud–. Bon, oui, une petite question [Bueno, sí, una preguntita].
– Vas y [Adelante] –lo alentó la mujer, expectante.–
– Pourquoi sommes-nous à la clinique de Christina? Pourquoi pas à ton cabinet? [¿Por qué estamos en la clínica de Christina? ¿Por qué no en tu consultorio?] –preguntó, involuntariamente ladeando la cabeza cual cachorro.–
– Porque el mío quedaba más lejos y era una emergencia, mi corazón –explicó dulcificando su voz–. No estaba segura de que pudieras resistir estando consciente hasta que llegáramos a mi consultorio y el de tu tía Chris está igual de bien equipado, así que en vista de las precarias circunstancias me pareció la mejor opción, y no me equivoqué al traerte aquí. Soy quiropráctica, ella es nutrióloga…para lo básico o el tronco común de medicina estamos igual de bien preparadas, pero esto requería mayor especialización. Si mis suposiciones eran correctas y tu estado lo hubiera causado algo que ingeriste, nadie hubiera dado con el motivo de tu malestar de forma más rápida y acertada que ella –añadió, sonriendo brevemente; su confianza en la alemana era absoluta–. Es bueno que no fuera algo más grave o complejo, en ese caso hubiéramos ido directo a urgencias –aclaró con cierta dificultad, pues era un escenario bastante desagradable de imaginar–, pero eso no pasó y ni tú ni yo vamos a permitir que eso suceda si podemos evitarlo. D’accord? [¿De acuerdo?] –interrogó con un alúd de firmeza respaldando su voz, a lo que el chico asintió rápidamente un par de veces pero no respondió verbalmente, por lo que la mayor le propinó un azote y repitió–. C’est clair pour toi? [¿Te queda claro?]
– Oui, maman! [¡Sí, mamá!] –se apresuró a decir.–
– Excellent [Excelente] –asintió satisfecha y bajó la ropa interior del muchacho, lo que arrancó de sus labios una sarta de infantiles protestas.–
– Non, non, non, non! S’il te plaît, maman, arrête! Je vais me comporter correctement, je te le promets, mais s’il te plaît non- [¡No, no, no, no! ¡Por favor, mamá, detente! ¡Me voy a portar bien, lo prometo, pero por favor no-]
– Daniel Dominique Brodin Rousseau, arrête de te comporter comme un enfant gâté en ce moment! [¡Deja de comportarte como un niño malcriado ahora mismo!] –lo regañó la rubia reanudando el castigo, imprimiendo mayor fuerza en cada palmada que le administraba–. Pudiste haber evitado esto. Por supuesto que te comportarás y te cuidarás mejor de ahora en adelante, pero debes aceptar las consecuencias de tus descuidos y desobediencias y aprender de esta experiencia. Nunca más vas a permitir que la deshidratación y el hambre causen estragos en tu cuerpo, nunca más vas a atentar contra tu salud compitiendo en condiciones tan deplorables y nunca más vas a exponer tu integridad si puedes evitarlo, tu m’écoutes? [¿Me estás escuchando?] –dedicó una veintena de fuertes azotes al centro del área a su disposición y se detuvo, sólo para permitirle al castaño responder apropiadamente…lo cual no era garantía que sucediera.–
– Aie! [¡Ay!] Mmmh –gruñó , aunque fue más bien en tono de quejido; moría por sobarse, pero sabía que eso no le convendría ni un poco–. ¿Condiciones deplorables? Mami, ¡pero gané la carrera! –arguyó el chiquillo, tratando de no sonar demasiado irreverente, pero aquella afirmación constituía una irreverencia en sí misma.–

Rápidamente, la diseñadora le administró una serie de palmadas sin previo aviso directamente en los muslos, acción que sirvió para enmascarar la reacción que por poco no pudo controlar; aquella espontánea contestación la habría hecho desternillarse de risa en cualquier otro momento, pero en ese preciso instante no se lo podía permitir, así que optó por utilizar a su favor la táctica contraria y reforzó su papel de madre/protectora estricta castigando al ciclista con un veloz correctivo en la forma de una ráfaga de azotes que lo hicieron patalear desesperado e instintivamente lanzó una mano hacia atrás para intentar cubrirse.

– ¡AUCH! Mamá, ¡pero es la verdad! Ya estoy bien y lo que hice no afectó mi resultado en la carrera! –dijo entre “risitas” de nervios y quejidos, pues era innegable que ya le ardía el trasero más de lo que le dolía el orgullo…o los músculos, si a esas vamos. Esa boquita no dejaba de meterlo en aprietos…–

– C’est pas le point, jovencito! [Ese no es el punto] –exclamó ella entre sorprendida e ”indignada”–. No afectó tu resultado en la carrera, pero sí tu salud, y no vamos a esperar a que esto se repita con un desenlace aún peor, ¿o sí? –atrapó su mano en el aire, inmovilizó su brazo contra su espalda baja y continuó alternando los “golpes” entre ambos muslos.–
– Non! [¡No!] Ya, ya, ya, ¡ya entendí! –se apresuró a decir el muchacho, ahora batallando para respirar con normalidad.–
– ¡Me alegro! –decretó la mujer y no paró hasta llegar mentalmente a 50; después, soltó la mano del chico y pausó sus acciones–. Qu’est-ce-que tu as compris? [¿Qué entendiste?]

Tras un par de jadeos y quejidos, Daniel consiguió regular (más o menos) su respiración, internamente rogó que nadie más en la clínica los estuviera escuchando (aunque estaba casi seguro de que, si Christina había escuchado su osada respuesta anterior, estaría riéndose) y probó responder, esperando no errar o empeorar las cosas para él.

– Entendí que lo que hice fue muy peligroso –expresó con voz rasposa, aunque fue aclarándose a medida que hablaba, dando paso a un color de voz cada vez más limpio, claro, “inocente”…casi angelical–. Entendí que un simple olvido puede desembocar en un día catastrófico y en una cadena de eventos tipo “efecto dominó”; que un descuido de mi parte puede llevar a otro, o en ocasiones a accidentes en los que no sólo yo estoy involucrado…que es importante cuidarme, ser precavido, no dejar para después algo que puedo hacer en el momento –reflexionó en voz alta, de momento ajeno al nudo que comenzaba a formarse en su garganta, aunque para su guardiana no pasó desapercibido un minúsculo quiebre en su voz–. Entendí que no es opción tomar sustancias estimulantes en ayunas…que incluso un Power Ade hubiera sido menos dañino para mí, que esas cosas no sustituyen a la comida ni al agua…que tuve suerte de que esto no se convirtiera en algo peor…y que a veces sí es de vital importancia escuchar las recomendaciones que me hacen tía Chris y tú –reconoció.–

– ¿A veces? –intervino Isabel–. Te recuerdo que no sólo soy tu madre, Daniel, también soy tu quiropráctica de cabecera, y nos falta agendar una consulta para ver si en verdad tu cuerpo salió “ileso” de esa carrera –señaló, puntualizando su observación con un azote no muy suave justo en el centro.–

– ¡Ay! –el chico se sonrojó–. Está bieeen…siempre es importante escucharlas –rectificó con un asentimiento en tono cómicamente resignado con un suspiro y una sonrisita; no tenía caso discutir sabiendo que llevaba las de perder, especialmente en la posición en la que se encontraba…literalmente–. Lo siento, ma –añadió con ligereza y sinceridad a partes iguales y giró un poco la cabeza para poder ver a la rubia aunque fuera por el rabillo del ojo–. ¿Me perdonas?
– Oui, mon petit ange [Mi angelito] –concedió dejando una caricia en su sedoso cabello–. Siempre. ¿Tengo tu palabra de que esto no se repetirá?
– Ouip, maman [Sip, mamá] –asintió el joven con la firme intención de reformarse, al menos mientras el escozor le durara.–
– Parfait –respondió ella, satisfecha, y dejó caer una última palmada, esta vez más como gesto afectuoso, recordándole al “adolescente” (de 18 años) quién estaba a cargo y liberó su agarre, permitiéndole levantarse–. Arriba.
– Mamaaaan… [Mamáaaaa…] –se quejó el castaño, poniéndose de pie con un respingo un poquitín exagerado y dando un par de saltitos mientras se subía los bóxers y los shorts, no sin sentir cierta incomodidad al roce con dichas prendas.–
– “Maman” [Mamá], nada. Pórtate bien –respondió Isabel con el típico tono entre cariñoso y “peligroso” de una madre–. Y si se te ocurre reincidir en todo lo acontecido el día de hoy, no sólo voy a castigarte frente a tu tía Christina, sino que dejaré que ella también ajuste cuentas contigo por desobedecer nuestras indicaciones; compris, jeune homme? [¿Entendido, jovencito?] –advirtió.–

Con aquella vocecita no fue difícil que la mayor evidenciara su conmoción con una tenue sonrisa, ahora sí con la convicción de que el menor había recapacitado y entendido el mensaje a la perfección.

Como toda respuesta, el chaval se limitó a poner ojos de corderito y esbozar un puchero mientras se sobaba el área dolorida con una mano y permanecía en su lugar. Ante esto, ya de pie, su madre se llevó ambas manos a la cadera y lo miró de una forma que a todas luces decía “no me busques, no te conviene retarme”.

– Bon… [Bueno] –musitó Daniel en voz bajita y se acercó a la mujer, aventurándose a rodearla con ambos brazos, buscando el contacto físico y la contención de la que los inesperados eventos del día lo habían privado–. Compris [Entendido].

La diseñadora lo abrazó de vuelta con infinita dulzura, teniendo cuidado de no ejercer mucha presión sobre el hematoma, y acunó la parte posterior de su cabeza con una mano en un gesto maternal.

– Je t’aime, mon petit enfant [Te amo, hijito]…estuviste fenomenal en la carrera, estoy orgullosa de ti, mi amor –lo halagó, hablándole tiernamente al oído mientras acariciaba su cabello hundiendo en él las puntas de sus dedos–. Los hiciste comer polvo –agregó con una risita–, entiendo la desesperación del loco que intentó rebasarte. Pero donde intente dañar seriamente a mi bebé en la próxima carrera en la que coincidan, no se va a salvar del chanclazo volador que le voy a lanzar –sentenció, dejando aflorar la parte de su genética que era más mexicana que un nopal, haciendo reír al chiquillo de buena gana.–

– Intentaré esquivarlo si lo veo venir, porque si se lo lanzas a él por “agredirme”, significaría que yo también andaría por ahí cerca, y no gusto caer como mosca muerta con uno de tus letales chanclazos, gracias. Tengo a Rick Johnson pisándome los talones desde hace 3 competencias, mejor apúntale sólo a él –bromeó con simpleza, estrechando el abrazo en torno a la rubia para después soltarla y despegarse un poco.–
– Habille-toi [Vístete], vamos a comer algo –dijo Isabel y dio media vuelta para tomar del respaldo de la silla la camisa del ciclista (regalo obtenido con su participación en la carrera) mientras él giraba y se agachaba para ponerse calcetines y tenis, dándole la espalda por un momento.–
Desde ese ángulo y con las potentes luces blancas del consultorio era imposible no distinguir cada detalle del hematoma en cuestión, una marca con forma de frijol gigante que desplegaba obscuros filamentos morados, semejando las “venas” en las hojas de las plantas, y estaba situado justo a un costado de la columna vertebral del chico. Un pésimo lugar para recibir un golpe…y aquel mocoso se había salvado de que las cosas fueran aún peores.
Negando con la cabeza, Isabel suspiró, dio gracias a todos los dioses de que el asunto no había pasado a mayores y se acercó a su hijo; en cuanto éste se irguió, aún de espaldas, le ayudó a ponerse la camiseta por encima de la cabeza y, al terminar, depositó un beso en su espalda con suma delicadeza, justo sobre el lugar en el que sabía que se encontraba el hematoma, deseando con eso aliviar el leve dolor y ayudarlo a sanar más rápido, dibujando con ese tierno gesto una sutil sonrisa en el rostro del jovencito, quien la miró de reojo sonrojándose un poco, pues aunque ninguno de los dos lo sabía, en menos de un parpadeo ambos se encontraron transportándose mentalmente en el tiempo e imaginando el mismo escenario hipotético: un mundo alterno en el que Isabel era la madre biológica de Daniel o lo había conocido siendo todavía un niño y el corría a sus brazos tras haberse lastimado, recibiendo en cada una de sus heridas o raspones un reconfortante beso que sin duda alguna lo haría sentir mejor, asegurándole que todo estaría bien y que sus “auchis” (aquellos puntos que le dolían) sanarían rápidamente, pues estaba en el lugar más seguro y cálido del universo: los brazos de mamá. Sin notarlo, a Isabel se le humedecieron los ojos. Posó suavemente una mano sobre uno de los tonificados hombros contrarios y Daniel, con un casi imperceptible escalofrío, parpadeó un par de veces, volviendo a la realidad y encarando a su protectora. Su realidad no era exactamente como en la escena que ambos acababan de visualizar, pero ahora estaban juntos, y el sentimiento que los envolvía era tan reconfortante como la atmósfera y el desenlace de dicha visión. Ver los ojos de la quiropráctica humedecidos ciertamente extrañó al castaño, confirmándole que no sólo él había estado “imaginando cosas” unos segundos antes, pero justo cuando estaba por indagar al respecto, recibió un beso en la frente, una mirada cargada de amor y una caricia en la mejilla. El mensaje estaba más que claro: “Estás con mamá ahora. Estás a salvo…siempre y cuando te portes bien y no te pongas en peligro haciendo locuras.”
Justo a tiempo, Christina tocó suavemente la puerta antes de entrar al cubículo con una bandeja metálica en las manos, cargada con 3 vasitos de cartón llenos de té de azahares con manzanilla, misma que depositó en una mesita en la esquina de la habitación y , esperando no haber entrado en un momento inoportuno, se dirigió a la camilla para tomar un objeto que yacía entre las ligeras sábanas.–

– Lamento interrumpir, pero este niño necesita comer algo YA o ahora sí se nos va a desmayar –comentó “casualmente” con una sonrisita y se acercó al susodicho, respetuosamente esperando a que su madre rompiera el contacto con él antes de proceder a ponerle alrededor del cuello un objeto del cual el muchacho parecía haberse olvidado durante las pasadas horas: su medalla de oro.–

– Gracias, tía Chris –agradeció encogiéndose de hombros con una sonrisita apenada. No sabía si la alemana había escuchado algo, pero ya era tarde para avergonzarse por eso, por lo que el menor esperó a que la nutrióloga bajara los brazos y le dio un fugaz abrazo, mismo que la mujer correspondió sin demora, estrechándolo firmemente contra sí.–
– No hay de qué, corazón –murmuró ella con sinceridad cuando se separaron, sacó del bolsillo de su bata una hoja doblada por la mitad, misma que pretendía entregarle a la francesa, pero antes de eso la utilizó para darle un “zape” en la coronilla a su sobrino, lo que inevitablemente le sacó una risita al travieso diablillo, pues no había sido un golpe fuerte ni con la intención de lastimarlo; había sido la sutil forma en que la doctora había elegido reprender a uno de sus pacientes predilectos por el susto que les había provocado con sus descuidos–. Y no ande provocándole esos sustos a su madre y a su tía, que ya estamos viejas para estas cosas –le “reclamó” en tono cómicamente “serio” antes de girar para entregarle a su amiga el documento en cuestión: los resultados del análisis de sangre y el electrocardiograma del menor, junto con un par de recomendaciones para ayudarle a recuperar nutrientes, líquidos y sales minerales con mayor eficacia durante los próximos días.–
– Gracias, habla por ti, anciana –replicó la quiropráctica con naturalidad, recibiendo el papel, lo que le arrancó una carcajada al joven deportista–; Este jovencito no se librará de nosotras tan fácilmente. Obviamente vienes a comer con nosotros, ¿verdad, chérie? [querida] –preguntó a la mujer de anteojos.–
– Bueno, según mis cálculos, tu hijo apenas va a desayunar, pero si no se oponen, claro que sí, ¿cuál es el plan? –cuestionó mientras le daba un té a cada quién y tomaba uno para ella.–
– Qu’est-ce-que vous voulez manger pour célébrer, Monsieur? [¿Qué le gustaría comer para celebrar, señor?] –preguntó Isabel al recientemente galardonado campeón de la ruta de ciclismo en la modalidad Enduro de “Castillo Antiguo 2025”.–
– Para “celebrer” y también para “reviver”, estaría buenísimo –añadió la alemana antes de beber un poco de té, como dando una “discreta” sugerencia a su sobrino, que se encontraba pensativo, debatiéndose entre comida japonesa, italiana y mexicana, tres de sus favoritas.–
– Mmmm…¡sushiiiiiiiiiiiii! –exclamó con la más contagiosa de las sonrisas.–
Y así fue. Con la aprobación profesional de su tía, la nutritiva y balanceada gastronomía japonesa se convirtió en la elección de aquella noche.
Por recomendación de un compañero ciclista, Daniel decidió probar ese día algo distinto a lo que pedía normalmente y eligió un temaki (cono envuelto en alga marina) de salmón que se veía excesivamente apetitoso, acompañándolo con jengibre, wasabi y un vaso de calpis natural.
Por su parte, Christina ordenó una limonada natural sin azúcar y un teppan (parrillada) individual de carne de res con verduras al vapor e Isabel un bowl de yakimeshi plagado de verduras salteadas y trozos de pollo y, para beber, un bossa bloom: una exótica bebida nueva en el menú del restaurante, que contenía agua mineral con jugo de fresa y frambuesa.
A la hora del postre, la tentación era demasiado grande como para no pedir nada, por lo que ordenaron un cheesecake de frutos rojos para compartir, ambas adultas pidieron una relajante tizana de lychee con sakura (flor de cerezo) y el adolescente pidió un latte sabor vainilla, que venía acompañado de una galleta de matcha (té verde), lo cual no pasó desapercibido para la su tía, sin embargo la diseñadora se encargó de “tranquilizarla”.

– El café no le hace efecto –le recordó discretamente, endulzando su té con un poco de miel de abeja.–

– Lo sé…a ratos lo olvido, pero es algo que no deja de sorprenderme –confesó Christina, imitando a la francesa y, en cuanto Daniel le dirigió una socarrona sonrisita triunfal, añadió:– Y es una suerte para ti que así sea, Kind [niño] –miró al ciclista por encima de sus anteojos, un gesto característico suyo–; de otra forma, significaría otro cortocircuito para tu pobre cuerpo, y no traigo el desfibrilador a la mano ni nada que sirva para traerte de vuelta al mundo de los vivos –agregó medio en broma y Dani estuvo a nada de sacarle la lengua, pero se detuvo únicamente por lo que añadió su tutora al intervenir en el diálogo.–
– Por eso ni te preocupes, que tú eres de confianza y estás autorizada a tomar cartas en el asunto si este jovencito vuelve a ponerse en peligro de la misma forma en que lo hizo hoy, así que no haría falta el desfibrilador; con tu mano bastaría para “revivirlo” y hacerlo entrar en razón si por desobedecernos otra vez le pasa algo malo –le aclaró la rubia haciendo con la mano el característico ademán asociado con las nalgadas/azotes y el castaño por poco se atraganta, pero ya que estaban en un lugar público no hizo ni el intento de protestar, medio se hizo el desentendido para según él restarle importancia al asunto y se las ingenió para no hacer más que toser un par de veces y removerse incómodo en el asiento, volviendo a sentir que el trasero le dolía; lo que no pudo disimular fue lo sonrojado que ahora estaba.–
Ahora
quien exhibía la sonrisita triunfal era otra persona, a pesar de los intentos del chico por hacerse el desentendido.

El resto de la velada transcurrió amenamente y sin imprevistos y Dani tenía a ambas doctoras al borde de sus respectivos asientos mientras les contaba con lujo de detalles cómo había vivido él la carrera “desde adentro”: las ventajas y desventajas, los retos que supusieron el clima y las distintas características del terreno, la amistad que había entablado con un par de competidores casi de su misma edad, las ligeras fricciones con ciertos contrincantes que parecían creerse hechos a mano (en palabras de Daniel), las cosas que le habían parecido fáciles o divertidas, el tipo de obstáculos en los que sentía que tenía que trabajar más o los tipos de terreno en los que sentía que le había hecho falta más práctica y, finalmente, los consejos que sus nuevos amigos le habían dado, pues algunos de ellos tenían un poco más de experiencia en carreras de ciclismo de montaña.
Para cuando llegaron a dejar a Christina a su casa, el joven ya estaba despatarrado en el asiento trasero de la camioneta de Isabel, con los zapatos desabrochados, casi roncando de tan profundamente dormido que estaba. Tras despedirse efusivamente de su amiga, la alemana salió del vehículo, abrió cuidadosamente la puerta trasera y, al ver al chico haciendo un esfuerzo por espabilarse y despedirse de ella, se agachó con una sonrisita para que él no hiciera más esfuerzos; suficiente había hecho aquel día.

– Shhh, descansa, mein liebe [mi amor] –posó una mano sobre su omoplato y dejó un beso en su sien, tras lo cual el menor sonrió adormecido y volvió a desplomarse sobre el asiento. La nutrióloga sacó de su bolso una pequeña caja de color azul claro con letras moradas y la acomodó entre los brazos de su sobrino–. Son barras de proteínas de tus sabores favoritos: café, chocolate y crema de cacahuate –susurró cerca de su oído, aprovechando para que también su madre escuchara, pues estaba observando la escena por el retrovisor–. Quiero que lleves una siempre contigo por si tienes otra emergencia o imprevisto. Una sola mordida de esto te dará energía por un buen rato y no te hará daño…sólo cuida que no coma más de dos al día –dijo esto último mirando a su amiga con una sonrisita.–

– G-Gracias, tía Chris –murmuró el castaño de manera ininteligible, se acurrucó, abrazando la caja como si de un oso de peluche se tratara y volvió a dormirse.–
– Por nada, Dani…pórtate bien, obedece a mamá. Nada de querer copiarle a “Daniel, el travieso” –bromeó, haciendo alusión al célebre personaje animado–. Gracias por todo, chérie [querida], descansen –dijo, haciendo uso del término con el que la francesa se refería a ella, para luego cerrar la puerta tan suavemente como pudo y despedirse desde la entrada de su casa, ondeando la mano en el aire mientras Isabel hacía lo propio sacando la mano por la ventana conforme la camioneta se alejaba, haciéndose cada vez más pequeña con la distancia.–

Apenas cruzaron las puertas de su hogar, Isabel ayudando al adolescente a mantenerse en pie como mejor podía, naturalmente fueron recibidos por Philip, su amigable Golden Retriever, quien en ese momento era un torbellino dorado de pelos y ladridos y moría de ganas por saludar a su “dueña” y a su mejor amigo y no hacía ni el menor esfuerzo por contener su emoción, dando vueltas a su alrededor, saltando y lamiéndolos mientras caminaban escaleras arriba casi a marchas forzadas, hacia la recámara del muchacho.

– Home, sweet home –anunció Isabel, depositando al menor en su cama, a la que por algún milagro ahora sí permitió al cuadrúpedo subirse.–

– Al fiiiiiiiiiiiiin –“exclamó” débilmente el niño con una sonrisa, dejándose caer de espaldas sobre la almohada, levantando las manos en el aire y recibiendo a su peludo compañero entre sus brazos sin la más mínima intención de dejarlo ir–. Te extrañé más –dijo alborotando su sedoso pelaje, como si entendiera todo lo que el animalito le estaba expresando con sus leves gruñidos, gemidos y alegres gorjeos.–

Ante la divertida y enternecida mirada de la quiropráctica, tras unos minutos de juguetones forcejeos, ambos se quedaron tendidos cual lagartijas sobre la cama, el perro jadeando, contento de tenerlos de vuelta, y el chico sonriendo de la manera más boba y despreocupada, hasta que un movimiento en falso lo hizo quejarse y girar, sobándose primero la espalda y luego el trasero con una mueca entre divertida y acongojada en el rostro, pues había ejercido presión accidental sobre los dos únicos puntos que le dolían y ahora se arrepentía de haber sido tan bestia durante el día. El perrito levantó la cabeza de entre los pliegues de las cobijas y la ladeó con curiosidad, preguntándose qué le ocurría a su amigo de dos patas.

– No lo entenderías, Phil –fue todo lo que respondió, dejando una caricia tras sus suaves orejas–. Y, si tienes mejor suerte que yo, nunca vas a pasar por lo mismo –añadió en tono un poquito exagerado y enterró la cara en la almohada–. Me rindo –dijo, aunque no se le entendió nada.–

– Primero los dientes y la pijama, luego puedes rendirte todo lo que quieras –le recordó la mayor a la vez que le quitaba los zapatos, aunque no era que la cama estuviera demasiado limpia ahora, no con la ropa que el mocoso traía puesta–. Y mañana a primera hora te bañas y toca cambiar las sábanas, por supuesto –indicó, resignándose al hecho de que su protégé estaba demasiado extenuado como para asearse a profundidad en ese momento.–

Al no obtener más que una negativa en forma de gruñido, la mujer procedió a atacar a su “cachorro humano” haciéndole cosquillas sin piedad y él, retorciéndose entre risas y casi contra toda su voluntad, se levantó como resorte e hizo lo que le había ordenado, saliendo del baño a los pocos minutos y lanzándose sobre la cama cual jugador de fútbol americano en plena tacleada contra el adversario, lo cual aceleró al cuadrúpedo nuevamente, ocasionando que saltara sobre el chico como un tigre sobre su presa y lo atacara con cientos de lengüetazos.

Al ver que los dos “hombres” de su casa no tenían planes de aplacarse pronto, Isabel aplicó la sabiduría tras la frase “si no puedes con ellos, úneteles”: se quitó los zapatos y subió a la cama de su hijo, para sorpresa de ambos y, situándose entre ellos, los abrazó con una enorme sonrisa, dejó un beso sobre la cabeza de su niño, otro sobre la de Philip y en un rápido movimiento apagó la lámpara de la cabecera de la cama.

– Bonne nuit, mes amours…beaux rêves [Que descansen, mis amores…dulces sueños] –murmuró en la obscuridad.–

Sabía que con tanta felicidad aquellos dos no conciliarían el sueño pronto, pero eventualmente caerían en brazos de Hipnos y Morfeo y, ya que no quería “perderse” de esa felicidad ni creía que fueran a querer dormirse si ella se excluía de la escena yéndose a su propio cuarto, Isabel optó por quedarse esa noche a dormir con ellos. Mañana sería otro día, ahora era momento de relajarse, disfrutar la victoria, recuperar energía y soñar…soñar con lo que a cada un@ le hacía feliz. Pudieron haber soñado Philip con un T-bone, Dani con una bici de la marca Santa Cruz e Isa con una hortaliza en su propio jardín y una clínica estrambóticamente grande y atiborrada de pacientes, pero no era eso lo que sucedió ni era necesario, además de que el cansancio por las intensas emociones y vivencias del día l@s noqueó por completo. Su escenario soñado estaba ahí y podían sentirlo, percibirlo, vivirlo y disfrutarlo con cada fibra de su ser; tenían lo que querían y no necesitaban más para ser felices. Se tenían entre ell@s como familia, ese era el mejor sueño hecho realidad.

Comments

Popular posts from this blog

Proteger el aquelarre (AHS/American Horror Story: Coven - Spanking fanfiction)

Había sido una mañana por demás intensa. Las pruebas Telekinesis   [mover objetos con la mente] y Concilium   [control mental sobre alguien más] habían transcurrido sin mayor tensión que algunos gritos, cachetadas y un tirón de cabello, además de las usuales tretas ejecutadas por la maquiavélica mente ególatra de Madison. Desafortunadamente, la tercera prueba Descensum [descenso al infierno personal para después salir de ahí por mérito propio] , había cobrado la vida de Misty, dejando a Cordelia desahuciada, pues sus mayores esperanzas residían en la joven bruja del pantano. Sentirla reducirse a cenizas entre sus manos ya había sido desgarrador, no pensaba permitirse perder a otra de sus aprendices. Ayudada por su bastón y por Myrtle, su mayor confidente y ex integrante del consejo, entró de nuevo en la sala, donde sus pupilas aguardaban, presas de la incertidumbre. — Quisiera pedirles un momento de silencio, para honrar la memoria de nuestra hermana caída, Misty Day —compa...

X-plain yourself (X-Men 2 - Spanking fanfiction)

– Artie! Not here… It was about the millionth time Storm, commonly known as Ororo Munroe, had to scold Arthur Maddicks that day. She had sensed something was off since earlier in the morning, while they were all having breakfast and getting ready for their school trip of the week: a visit to the one and only Natural History Museum. Everybody had to go; it was well known among mutants that “no one should be left behind”, except in case of illness, but Artie was bad at faking it and, truth be told, not a single day could possibly be catalogued as “fun” when annoying teenagers were hell-bent on bullying you. As every other school trip day, everybody was expected to be on their best behavior, not only because that was “the polite thing to do”, but because by not doing so, they would be exposing the mutant community to the outside world, risking the lives of every child living within the safe limits of Professor Xavier’s School for Gifted Youngsters. Artie retracted his deep-blue forked ton...

Me importas más de lo que crees (serie turca 2014, "Vidas cruzadas/Lazos de sangre/Paramparça")

– Dame el arma… –pidió Gülseren, haciendo lo posible por ocultar el temblor en su voz–. Ozan, dame el arma. – No. Silencio –masculló el joven entre dientes–. Usted no tiene derecho a pedirme nada. Desde que llegó a nuestras vidas, no ha hecho más que tratar de destrozar nuestra familia… – Baja el arma y hablemos, Ozan –condicionó la ojiazul, notando el efecto de la adrenalina en la firmeza que permeaba su voz–. Por favor. – ¡Cállese! –explotó el muchacho, dominado por el mismo nerviosismo que le provocaba el estar sosteniendo la pistola de su padre–. Aléjese. A usted no le importa destruir la vida de los demás, no le da vergüenza actuar a espaldas de las personas ni ensuciar su imagen porque usted no es nadie. ¡Nadie la conoce y para nadie es importante! ¡No entiendo cómo un hombre reconocido como Cihan Gürpinar, mi padre, pudo fijarse en una mujer como usted, una cualquiera! – ¡Gülseren! –suplicó Derya, por fin encontrando su propia voz.– – Yo amo a tu padre, Ozan, y no tengo razones ...