Aquel día había sido poco menos que agotador en la oficina. Fernanda entró al departamento que compartía con su novia y, en cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, se abalanzó sobre el sofá de tres plazas, aprovechando que había llegado más temprano de lo previsto y poniéndose tan cómoda como un gato en plena sesión de estiramientos. El calor que se colaba en la habitación a través de la ventana aquella tarde era tan acogedor y la vista era tan agradable que Fernanda no supo con exactitud qué fue lo que la hizo quedarse dormida: el cansancio que llevaba arrastrando toda la semana, la calidez de la luminosa habitación con piso de duela y paredes blancas o, por el contrario, la relajación inducida por el chocolate y la bebida que había pasado a comprar a la tienda en el camino de vuelta a casa. Lo único que supo es que despertó un rato después cual princesa en cuento de hadas: con un beso tierno e imposiblemente dulce en los labios y una voz perfectamente conocida que la trajo de vuelta a la realidad en medio segundo.
PLAFF.
Un seco azote la arrancó un gritito a la malcriada jovencita.
– Uno –enunció la menor con cierta dificultad.–
SWAT
– Dos –dijo, con un resoplido, apretando las sábanas entre sus delgados dedos.–
SWAT
– Tres –gruñó por lo bajo y respiró agitadamente, tratando de no romper la posición ni despegar los pies del suelo.–
SWAT
– Mfff... Cuatro –anunció la spankee con las mejillas enrojecidas y, tras recuperar el aliento, contuvo la respiración casi por instinto, anticipándose al siguiente azote.–
SWAT
– ¡AY! Cinco... –exclamó con un quejido, llevando una mano a su costado, pero deteniéndose justo antes de osar interponerla en el área de impacto, pues sabía que eso no sólo la metería en más problemas, sino que podía ocasionar que saliera accidentalmente lastimada.–
– Quiero que el agua natural sea lo primero que ingieras cada día –decretó Daniela con firmeza–. ¿Está claro?
SWAT
– ¡Seis! –gritó la menor, apretando los párpados con fuerza–. Sí, señora...
– Nada de azúcar procesada o alcohol en ayunas.
SWAT
– ¡No, señora! –farfulló la spankee hundiendo la cara entre las sábanas, aún más, si era posible–. Siete...lo siento.
– Y nada de olvidar tomar tus medicamentos.
SWATTT
– ¡AUCH! No, señora... –exclamó Fernanda con un sollozo, batallando para que no se le vencieran las rodillas–. Ocho...
– Lo único que agradezco de tus acciones del día de hoy es que, debido a que olvidaste tomar el medicamento para la gripa, no se te cruzó con el alcohol...no quiero ni pensar en lo que pudo haberte pasado si los componentes hubieran hecho reacción química –expresó la top, permitiéndose entonar la frase con cierta vulnerabilidad.–
Aquella inflexión en su voz, como otras veces en que la mayor había hecho uso de ella, permitió a la spankee percibir lo consternada que estaba; que tampoco era exactamente un secreto para ella, pero ¡demonios, cómo la hacía sentir culpable saberse la causante de la preocupación de la mujer de su vida!
SWATTT
SWATTTTT
El último azote se hizo presente con más fuerza que cualquiera de los anteriores, desarmando por completo a la spankee.
– ¡DIEZ, LO SIENTO! –exclamó ya sin poder contener el llanto mientras ocultaba el rostro entre sus brazos, sollozando con mayor intensidad que antes.–
"Mejor", pensó para sus adentros. A lo largo de su vida, había sido siempre analítica, fría, organizada, metódica, calculadora, demasiado mental, un poco soberbia en ocasiones y algo desconfiada con la mayoría de las personas. Por eso amaba a Fernanda, aunque a ratos la volvía loca. Era su contraparte, su complemento. Ambas solían mandar olímpicamente al diablo a toda persona que les había sugerido alguna vez en la vida "buscar a su media naranja". Ellas eran naranjas completas, sólo buscaban a alguien con quien estar por decisión y no por necesidad...y así se habían encontrado una a la otra. Fernanda era todo lo que a Daniela le habría gustado atreverse a ser: espontánea, confiada, más emocional que mental, un desorden andante, un tanto despistada pero, si había algo que ella no era, eso sería "mal intencionada". No era parte de su esencia; tenía un corazón inmenso y una luz tan grande que a veces a ella misma le costaba verla. Afortunadamente, para eso estaba Daniela en su vida, pendiente de cada paso que daba y volcada en ayudarle a ver lo grandiosa que era, virtudes y "defectos" incluidos. Juntas formaban un gran equipo y una hermosa pareja. Las palabras adecuadas vendrían a su mente en el momento adecuado.
*Beep – beep*
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– Buenos días, bella durmiente... –susurró Daniela desde un costado del sillón con una rodilla apoyada en el suelo, separándose unos pocos centímetros para verla a los ojos, aquellos orbes verdes que la hacían perderse en sus profundidades desde la primera vez que los había visto.–
– Llegaste –se incorporó con una sonrisa y abrazó a la causante de sus suspiros.–
– ¿Tanto me tardé en llegar del trabajo que te quedaste dormida? –bromeó la mayor.–
– Me ganó el sueño... –admitió Fernanda.–
Sus pensamientos divagaron de pronto hasta su bolso, ese bizarro objeto que parecía hacerle competencia al saco de Merlín y a la bolsa de Mary Poppins y en el que parecía que un día podría perderse ella misma si asomaba la cabeza dentro mientras buscaba algo. El bolso que había olvidado vaciar al llegar a casa.
– A mí me va a ganar la tentación de darte una mordida si no nos preparamos algo de comer ya, desfallezco de hambre –dijo la de ojos color tabaco con un gesto cansado–. Aunque tampoco me quejaría si sabes a lo mismo que hueles... –añadió con una mirada suspicaz.–
Fernanda sintió que se le helaba la sangre.
– Hueles a chocolate –señaló, tomando asiento en el borde del sofá–. Y a algo más...
La joven de ojos esmeralda inconscientemente recogió sus piernas, abrazando las rodillas contra su pecho y se quedó en silencio.
– Fer...no te conviene hacerme adivinar. ¿Hay algo que debas contarme?
Ante la presión del momento, la portadora del nombre se delató a sí misma con una mirada fugaz al buró que se encontraba junto al sillón.
Un vistazo bastó para que la penetrante mirada de la mayor captara algo inusual: una envoltura de plástico arrugada, sobresaliendo por encima de la bolsa abierta de su novia.
– No voy ni a preguntar si traías la bolsa abierta en plena calle –suspiró Daniela, pues conocía demasiado bien a su spankee, y estiró un brazo para alcanzar el accesorio de piel, entregándoselo a su dueña–. ¿Comiste algo antes de ese chocolate, ¿verdad?
– Emmm, pues...no precisamente.
– ¿Entonces comiste algo después del chocolate?
– No, es que...
– ¿Tomaste agua hoy, al menos? –la impaciencia de Daniela iba en aumento exponencialmente, como cada vez que descubría que su novia había descuidado su salud, un tema indiscutiblemente prioritario.–
– Mi amor, es que salí con prisa y olvidé llevar agua, tenía una reunión importante en la oficina y no pude salir a comprar nada durante la mañana, pero...
– ¿Y al terminar tu turno? –interrumpió la spanker.–
– Sí, pero... –se detuvo en seco al percatarse de la dirección que estaba tomando la conversación–. No te enojes, por favor.
– No puedo prometerte eso, cielo. ¿Por qué me enojaría?
Tras unos segundos de duda, Fernanda exhaló con resignación y, sin que su novia lo pidiera, sacó de su bolso los "cadáveres" que quedaron tras el crimen cometido: la envoltura de un chocolate Milky Way y un ticket de Oxxo (el minisuper más conocido de la zona) de esa misma tarde.
Daniela recibió ambas cosas y leyó el ticket con atención.
– Un Caribe Cooler (bebida de diversos sabores frutales, embotellada y gasificada, con 3% de alcohol) de durazno y un chocolate –dijo en tono glacial, sin despegar la vista del papel–. ¿Eso comiste en todo el día, Fernanda?
– Es que no tuve tiemp- –cortó la frase a medias y rectificó:– Se me antojó.
– Qué bonito...a mí se me antoja que te cuides y no por eso haces caso. ¿Al menos te tomaste el medicamento que te tocaba a mediodía? Hoy es tu último día de tratamiento y no me gustaría que recaigas en un resfriado tan horrendo como el que tuviste la semana pasada, mi vida.
Fernanda se quedó muda y sintió cómo un par de lágrimas se agolpaban en el borde de sus cuencas oculares.
– Lo...lo olvidé –confesó finalmente–. Lo siento.
– ¿Lo sientes?
Aquello sonó más a exclamación de incredulidad que a pregunta, por lo que la menor guardó silencio.
– Ven aquí –ordenó Daniela, tomándola de la muñeca y colocándola, de un solo movimiento, boca abajo sobre sus rodillas.–
– P-Pero, pero ¡nooo! –protestó sin demasiado éxito, encontrándose de un momento a otro tumbada boca abajo sobre el regazo de su novia y sintiendo una enérgica palmada impactar contra su trasero, siendo sus ajustados jeans lo único que la había protegido de sentir más dolor, aunque la fuerza empleada por Daniela había sido suficiente para bajar de golpe el poco efecto que la bebida alcohólica pudiera haber tenido en su organismo.–
– Pero nada –refutó la mayor, repartiendo al menos una decena de azotes antes de bajar sus jeans hasta medio muslo de un tirón–. Vamos a ver, ¿por dónde empezamos?
– ¡Auch! –se quejó la ojiverde.– Dani, pero sólo fue un chocolate y una botella pequeñita, ¡no me emborraché! –torpemente intentaba defenderse y justificar sus inaceptables acciones.–
– Todas fueron desobediencias, cariño, y no sé cuál de todas es más grave –dijo tranquilamente la mujer de ojos obscuros mientras se subía las mangas de la blusa y reafirmaba su agarre en torno a la cintura contraria–. Tienes prohibido ingerir cualquier otro líquido en el día si no has tomado agua natural –le recordó, acentuando sus palabras con media docena de nalgadas sobre la ropa interior de la spankee.–
– ¡Ay! –exclamó Fernanda, de pronto soltando un par de pataditas–. Pero salí con prisa...
– Entonces pones una alarma o un recordatorio –continuó su "verdugo", alternando los azotes entre ambos lados–. O de plano pones tu botella de agua en la bolsa desde la noche anterior, le pides a alguien de la oficina que compre una botella de agua si tú no puedes en ese momento y se la pagas después o hablas con tu jefe y le pides permiso para ir a la cafetería, ¡vamos, que no son niños pequeños en tu empresa y tu jefe no es un desalmado! –expresó Daniela con vehemencia, bloqueándole todas las salidas a la mente de su distraída y arrepentida novia.–
– Auuuu, ya entendí... –gruñó la spankee, que comenzaba a ponerse de mal humor, aunque no era más que el preludio de la catarsis que ni ella sabía que se avecinaba.–
– Yo creo que no –su interlocutora se detuvo unos segundos–. Ahora... –dijo mientras bajaba la ropa interior de su amada– ...ya hablaremos sobre la puntualidad, pero quiero que me expliques una cosa. ¿Qué te hizo pensar que sería buena idea comer un chocolate y tomar alcohol sin haber consumido nada más en todo el día?
– Nada. Es obvio que no pensé.
– No estoy jugando, Fernanda, sabes a lo que me refiero –recalcó la top con otro azote directo al centro de la retaguardia contraria–. Ambas cosas van contra las reglas. Nada de postres sin haber comido balanceado antes. Y nada de alcohol sin haber comido decentemente y tomado algo de agua durante el día.
– Lo sé, pero ¡AUCH! ¡Pero es que tenía antojo y...!
– Y no creíste que fuera tan grave... –completó la mayor, absteniéndose de añadir "y no creíste que yo me daría cuenta".–
El silencio de la bottom/spankee confirmó sus sospechas. Sin pensarlo dos veces, Daniela descargó una lluvia de azotes sobre las posaderas de la diseñadora de interiores, mismos que la hicieron patalear cual nadadora en competencia.
– De pie –ordenó la arquitecta–. Y cuidadito con sobarte...
Sin muchas opciones, Fernanda obedeció, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llevar sus manos al área dolorida, lo cual de todos modos no le habría sido posible, pues en cuanto Daniela la tomó de una oreja, quiso llevar sus manos precisamente al costado de su cabeza para intentar liberarse de su agarre.
– Ayshhh, ¡duele! –refunfuñaba entre muecas de dolor, señal inequívoca de que comenzaba a arrepentirse de verdad, pues rara vez daba muestras de verdadera incomodad por dolor físico.–
– No te preocupes, dentro de poco el dolor se va a mudar a otro lado –respondió enigmáticamente la spanker.–
– ¿Hm? Pero...
Antes de que pudiera preguntar algo más, Daniela la soltó y tomó las dos enormes almohadas de la cabecera de la cama para ponerlas en la orilla del lecho que desde hacía varios años compartía con el amor de su vida, esa diseñadora de interiores creativa, sensible, hermosa y soñadora que le provocaba tanto dolores de cabeza como remolinos de mariposas que alzaban el vuelo en su estómago siempre que estaban juntas.
– Pelvis sobre las almohadas, nada de meter las manos, a menos que quieras que empiece desde cero otra vez, y sabes la respuesta que espero en estas situaciones.
– Dani, no... –suplicó la spankee, viéndola a los ojos–. Por favor...
– Una... –empezó a contar la mayor, sin ceder ni un ápice ante la mirada contrita de su interlocutora.–
Pensándolo mejor, y por miedo a lo que pasaría si su spanker llegaba a tres, Fernanda se apresuró a asumir la posición, apoyando las puntas de los pies sobre el suelo, la pelvis sobre las almohadas en el borde de la cama dejando su trasero completamente expuesto, la mitad superior del torso "descansando" sobre la cama y la mirada puesta en la cabecera de la misma.
– Bien –declaró la mayor y salió de la habitación momentáneamente. Al volver, traía en la mano uno de los implementos que Fernanda más temía que usara: el maldito Spencer Paddle que utilizaba únicamente cuando las faltas eran excesivamente graves.–
Al ver de reojo aquel artefacto del demonio, Fernanda no pudo evitar enterrar la cara en el colchón y apretar los puños. Sentía el impulso insoportable de seguir rogando perdón, pero sabía que no serviría de nada y que merecía aquel castigo, por mucho que le costara o le doliera admitirlo. Daniela conocía sus límites y su lenguaje corporal como la palma de su mano, no iría más allá; y, si ella había deliberado que la ocasión ameritaba ese nivel de severidad, era por una razón. Entre ambas había confianza ciega, total honestidad y excelente comunicación, por lo que el acuerdo formal de disciplina doméstica era perfectamente viable gracias al consenso mutuo que la pareja había expresado en cuanto habían decidido vivir juntas y diseñar/construir su propio hogar. Sin embargo, eso no quitaba que Fernanda se arrepintiera hasta de lo que no había hecho en cuanto el paddle entraba en su campo visual, además de que lo odiaba como a pocas cosas en la vida, pero de eso se trataba. Era un castigo, no un premio, y Daniela no cruzaría sus límites infranqueables ni causaría daño irreversible a su piel; de cualquier forma, contaban con una palabra de seguridad que, dicho sea de paso, jamás habían tenido que usar.
– Quiero que cuentes en voz alta, ¿entendido?
– Sí, señora –respondió Fernanda con un nudo en la garganta.–
Daniela inhaló profundo y dio tiempo para que su spankee hiciera lo propio, después descargó el primer azote.
– ¡Nueve! –dijo Fernanda en un grito ahogado, permitiendo que sus barreras se derrumbaran al tiempo que daba rienda suelta a las lágrimas que había estado reprimiendo durante los últimos minutos, a pesar de que su novia le había dado tiempo para recomponerse entre un azote y otro–. Lo lamento... -añadió en voz baja.–
No era que a Daniela le encantara verla en esa tesitura; es decir, ambas disfrutaban inmensamente poder incorporar el spanking en sus vidas y contar con la compañera de juegos ideal para practicar aquella actividad tan peculiar y única, pero, como es cada vez mejor sabido, una paliza en tono de castigo serio no tiene absolutamente nada que ver con una paliza de juego (casual o erótico) ni con una de "mantenimiento". No hay nada siquiera remotamente disfrutable, no en ese momento. Es un castigo y punto. No obstante, a la arquitecta le causaba mayor pesar imaginar lo que podría pasar en el futuro si no le ponía un alto a los descuidos e irresponsabilidades de su novia YA. Razón por la cual se aferró a sus nervios de acero y llevó el correctivo de manera intachable de principio a fin, pues no llevar a
cabo un castigo inminente o ya anunciado siempre resulta contraproducente, ya sea para una o ambas partes.
Atenta a su spankee en todo momento, Daniela dio por finalizado el castigo y dejó el pesado paddle sobre su escritorio. Después rodeó la cama y se recostó de lado junto a la diseñadora, retirando de debajo de su cuerpo las almohadas y poniéndolas en donde ahora descansaban sus rostros, uno al lado del otro, para que ambas estuvieran más cómodas...al menos parcialmente. Una vez ahí, la envolvió entre sus brazos y la atrajo hacia su pecho, besando su cabellera con infinita dulzura a la vez que acariciaba su espalda en círculos, ayudándola a tranquilizarse y asegurándose de que no reprimiera ni una sola de aquellas justificadas lágrimas de cocodrilo, a lo que la spankee reaccionó aferrándose a ella sin reservas, como una niña abrazando una manta que la hacía sentir protegida y resguardada del frío mundo
exterior. Con ella se sentía en casa.
Permanecieron fundidas en aquel cariñoso abrazo durante un buen rato, como dos trozos de chocolate puro en el calor del más empalagoso fondue, hasta que Fernanda fue capaz de normalizar su respiración y el llanto cedió casi por completo. Con lo que parecía ser el puchero más tierno sobre la faz de la Tierra, la joven spankee levantó la mirada, aún vidriosa, hacia su novia y rompió el silencio.
– ¿Me perdonas? –cuestionó esperanzada y con un casi imperceptible destello de timidez en la mirada.–
– Siempre, mi amor...sólo pido que no se repita, o podría irte peor que ahora –respondió la arquitecta con simpleza.–
– No, más no... –refunfuñó la menor con un leve tono de niña berrinchuda y escondió el rostro en el pecho de la contraria, negándose a salir de ahí.–
– Shhh...ya pasó. Terminamos por hoy, y espero no tener que usar el paddle en un buen rato –la tranquilizó reprimiendo una ligera sonrisa al tiempo que besaba su coronilla, pues la spankee despertaba en ella cantidades ridículas de ternura–. Te amo.
– Cosa del demonio –susurró Fernanda contra la blusa frente a ella, claramente refiriéndose al implemento de madera, y después "desenterró" la cara–. Te amo más.
– Ahora sólo falta una cosita –añadió la mayor, rompiendo el abrazo lentamente y ayudó a su compañera a incorporarse, lo cual no fue capaz de hacer sin un par de quejidos de por medio–. Vamos... –tendió la mano con la palma hacia arriba y Fernanda la tomó sin dudarlo, aún con la ropa a medio muslo.–
Sin más, Daniela la guió hacia el rincón de la habitación que se hallaba en contra esquina con la puerta de la misma, indicándole que se acomodara con la nariz entre las dos paredes y las manos entrelazadas a la altura de la nuca, lo cual la spankee hizo con moderada renuencia. Odiaba el rincón "con odio jarocho", pero no quería ganar tiempo extra en aquel "mortalmente aburrido lugar", como solía llamarlo.
– Amor, por favooor... –probó suplicar en voz baja como último recurso para zafarse–. No me gusta –miró directamente a los ojos color chocolate obscuro, pero tan dulces como la miel, que poseía la mujer que la hacía babear todos los días.–
– No, mi vida; no se trata de que te guste, se trata de que es efectivo y necesario. Quince minutos. Quietecita –ordenó dándole como incentivo una palmada suave y una mirada de advertencia–. Nada de apoyarse en la pared, voltear, hablar o cambiar de postura.
Tras enunciar aquellas indicaciones, dio media vuelta y se acercó a la salida de la habitación, en donde, sin que Fernanda lo notara, permaneció un momento recargada contra el marco de la puerta y con los brazos en los bolsillos, pensando sobre lo afortunada que era por tener a alguien tan creativa, dulce y divertida como su novia en su vida. Jamás se aburría ni dejaba de sonreír y ver el día a día como una aventura, todo gracias a ella. Aquella alocada, multitalentosa y peculiar mujercita constituía un misterio en sí misma...y Daniela planeaba pasar el resto de su existencia a su lado, descifrando aquello que la había hecho enamorarse de ella perdida e irremediablemente.
Lamentando no tener a la mano su teléfono para sacar una foto, caminó sigilosamente hacia la sala y sacó de su bolso lo que esperaba que volviera a Fernanda tan loca de alegría como ella estaba de sólo pensar en lo que estaba por hacer. Tomó unos cuantos sorbitos de agua, se aclaró la garganta, miró de reojo en dirección a la habitación para comprobar que su rebelde noviecita había seguido sus instrucciones, y se tomó los últimos minutos de los cuales disponía para rápidamente repasar el pequeño "discurso" que previamente había preparado.
Su mente estaba en blanco... Nada. Nothing. Niente.
El psicodélico reloj sobre el mueble de la entrada marcó las 17:00 y, con eso, el final del suplicio de la spankee. Daniela reafirmó su agarre en torno a la diminuta cajita forrada de terciopelo azul marino, lo metió al bolsillo de su estilizado blazer y se encaminó a la habitación principal, gratamente sorprendida de corroborar que Fernandita no se había movido ni un milímetro, por algún milagro que aún no lograba explicarse.
La menor sintió cómo se le erizaba el vello en la parte posterior del cuello en cuanto su novia, más alta que ella por exactamente 13 centímetros, se posicionó a sus espaldas.
– ¿Has aprendido algo? –cuestionó la top retomando su natural aire autoritario en cuestión de segundos.–
– S-Sí, señora... –respondió la spankee tragando saliva, adecuándose por intuición a la atmósfera sobria que aún sentía cernirse sobre ella.–
– ¿Y qué es eso que aprendió, señorita? –continuó Daniela, trazando un cuarto de círculo con sus pasos hasta situarse justo a un lado de Fernanda, donde pudiera verla.–
– Que... –comenzó a decir la spankee con la vista fija en la parte baja de la pared.–
Daniela tomó su barbilla con dos dedos en un gesto tan delicado como firme e hizo que la mirara a los ojos. Fernanda sentía que estaba bajo un escáner de rayos X, sin embargo no se atrevía a desviar la mirada o negarse a responder.
– Que no debo descuidarme...y que mi salud debe ser mi prioridad siempre –recitó, esperando no haber errado en su respuesta ni haber olvidado nada.–
– Exactamente. ¿Te vas a portar mejor? –interrogó, soltándola, y volvió a colocarse a unos pocos pasos de distancia y exactamente detrás de ella, gesto poco usual pero respecto al cual Fernanda no objetó ni mostró señales de extrañeza.–
– Sí, Dani-DIGO sí, señora... –corrigió rápidamente, tratando de no tartamudear.–
– Bien... –asintió la mayor, disimulando media sonrisa–. Ya puedes subirte la ropa y salir del rincón, escuincla.
"Al fiiiin", pensó la spankee, conteniéndose de rodar los ojos con juguetón descaro ante el afectuoso término que su spanker solía frecuentar para referirse a ella. Vaya que era un alivio poder bajar los brazos, pero la sensación de subirse la ropa era poco menos que infernal, el escozor que despertaba el roce de la tela en su piel hacía de la experiencia algo tan poco placentero como el tiempo de reflexión o la paliza en sí. Una vez que completó la casi imposible tarea de reacomodar sus prendas en su lugar, aún de espaldas, soltó un suspiro, lo que Daniela aprovechó para plantar una rodilla en el suelo y sacar de su bolsillo el objeto que provocaba su total ansiedad y emoción. Su corazón estaba más desbocado que un caballo de carreras en el arrancadero, pero como buena top que era, consiguió dominarse y poner la cara más tranquila que pudo. "Tranquila", porque ridículamente atractiva ya era aquella mujer, o así la veía su novia.
Al girar sobre sus talones, Fernanda se sorprendió momentáneamente al no ver a nadie frente a ella, pero sólo necesitó medio segundo para bajar la vista...y todo su aplomo para no desmayarse en ese preciso instante.
– Entonces...¿sí? –preguntó Daniela con su tono de voz más seductor y un brillo especial en la mirada, el color chocolate de sus ojos ahora tomaba un matiz intenso y cargado de deseo.–
– ¡¿Es broma?! –exclamó la spankee tomando a su novia por las solapas de la blusa y haciendo que se levantara casi de un tirón para plantarle en los labios un beso cargado de pasión, lujuria y ternura–. Sí...sí, absolutamente sí –murmuró entre un beso y otro sin poder dejar de sonreír.–
Su unión definitiva ya era más que un hecho desde hacía varios años, pero aquel numerito hacía del asunto algo más "oficial"...y era el pretexto de Daniela para regalarle a su novia un lujoso detallito que sabía que adoraría. Un anillo cuya pieza central era un elegante zafiro, flanqueado a ambos lados por dos delicados diamantes, siendo el conjunto la perfecta representación de la mujer que ahora era su dueña: hermosa, fuerte, transparente, brillante en todos sentidos, profunda y con la capacidad de aportar serenidad y claridad a toda persona que se encontrara en cualquier espacio en el que ella pusiera un pie.
Ya habría tiempo de poner la joya en el dedo de su inquieta prometida, de momento Daniela estaba un poquito ocupada intentando no perder el equilibrio ante el arranque de romanticismo, aunque estaba que estallaba de felicidad. Como pudo, entre besos y caricias, logró poner la cajita sobre el mueble más cercano y se entregó al momento, recorriendo la espalda de su futura esposa con ambas manos para después situarlas en la cara posterior de ambos muslos contrarios y levantarla, a lo que la spankee correspondió entrelazando sus piernas en torno a la cintura de su spanker y abrazándola con mayor firmeza a la altura del cuello, sin dejar de repartir besos por aquí y por allá.
– Parece que de pronto recobraste el apetito, corazón... –dijo la mayor, claramente insinuando algo que poco o nada tenía que ver con comida.–
– Mmmm... ¿y eso es bueno? –cuestionó Fernanda, haciéndose la inocente, rozando el lóbulo de la oreja izquierda de la top con su nariz.–
– Espléndido...aunque sería mejor que guardes espacio para la comida real, que tu pobre estómago ha de estar a punto de entrar en huelga porque no le das otra cosa que rebanadas de aire y comida chatarra –bromeó Daniela, frenando un poco sus impulsos para anteponer la alimentación y el bienestar de su amada.–
– Y si tú no eres comida real, entonces ¿qué eres? –cuestionó ladeando la cabeza.–
– No estoy segura, pero si me viste cara de pizza, creo que será mejor que vayamos a la cocina a preparar algo, y que sea ya –respondió la mayor, comenzando a caminar entre suaves tropezones hacia la cocina–. Antes de que te muerda o tú me comas –añadió, suscitando la risa en ambas.–
– Me parece bien…y tienes más cara de taco que de pizza –accedió la spankee, acompañando aquel último comentario con un mordisco juguetón en el cuello de su spanker–. Pero exijo algo de postre, no me bastó con el chocolate –agregó en tono tan cómico como malcriado.–
– ¿Ah, sí? –Daniela levantó una ceja, depositando a la menor con cuidado en el suelo–. ¿Y qué postre sería ese, si se puede saber?
– Tú.
– No tienes remedio...
Ésta historia en realidad fue el primer relato spanko que escribí en la vida, en 2010, cuando me descubrí spanko y escribía el blog "Soy Spankee". El título original era "Daniel y Fernanda" y la trama era más o menos la misma. Desafortunadamente, hace más de una década eliminé el blog sin respaldar mis historias y ese relato se perdió en mis múltiples idas y venidas entre el mundo spanko y el vainilla. Por diversos motivos, y como regalo para una personita muy especial (¡feliz cumpleaños, escuincla! ;) ), decidí reescribir el relato de la manera más fiel a lo que recuerdo y con la diferencia de que ahora las dos protagonistas son mujeres.
¡Disfruten!
Había sido una mañana por demás intensa. Las pruebas Telekinesis [mover objetos con la mente] y Concilium [control mental sobre alguien más] habían transcurrido sin mayor tensión que algunos gritos, cachetadas y un tirón de cabello, además de las usuales tretas ejecutadas por la maquiavélica mente ególatra de Madison. Desafortunadamente, la tercera prueba Descensum [descenso al infierno personal para después salir de ahí por mérito propio] , había cobrado la vida de Misty, dejando a Cordelia desahuciada, pues sus mayores esperanzas residían en la joven bruja del pantano. Sentirla reducirse a cenizas entre sus manos ya había sido desgarrador, no pensaba permitirse perder a otra de sus aprendices. Ayudada por su bastón y por Myrtle, su mayor confidente y ex integrante del consejo, entró de nuevo en la sala, donde sus pupilas aguardaban, presas de la incertidumbre. — Quisiera pedirles un momento de silencio, para honrar la memoria de nuestra hermana caída, Misty Day —compa...
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