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¿Nueva familia? (Superman cap 2)


 
Fuera de eso, aquella vieja mansión se estaba volviendo insoportable, así que el pequeño aprovechaba cada oportunidad que encontraba para huir de ahí, ya que pensaba que no podía terminar en un lugar peor y las llamadas de atención eran lo de menos. Si la cocinera cerraba el pico, nadie más sabría que se había vuelto a escapar.
Con apenas un mediano esfuerzo, subió a un escritorio que llevaba años arrumbado en un rincón y trepó de un salto a la pared, agarrando con ambas manos la manija de la compuerta e impulsándose para subir los pies. Empujó con fuerza, intentando hacer el menor ruido posible, y salió, volviendo a cerrar con cuidado. A partir de ahí todo sería pan comido, o eso creía. Bajó por las escalerillas de servicio, que estaban empotradas contra la pared trasera del edificio, y escaló la barda, sin importarle ningún peligro o las pocas cosas que dejaba atrás.
Tras caminar un par de cuadras, Kat divisó a lo lejos una escena que de inmediato captó su total atención: un gato atrapado en lo alto de un ciruelo que crecía dentro de los límites de un terreno bardeado. Y claro, el dueño del animalito buscando al gato como loco entre los coches estacionados y las banquetas.
Sin pensárselo demasiado, el chico se acercó. Había dos cosas que, hasta donde recordaba, siempre le habían gustado: los animales y el deporte. No es que trepar bardas y árboles se considerara precisamente un deporte, o no uno muy sofisticado, pero él era bueno y tenía experiencia en ello. Pasando de largo junto al dueño, escaló la reja de la entrada del terreno, subió a la barda y, por supuesto, en cuanto aquel hombre se percató de lo que el menor pretendía hacer, trató de disuadirlo por todos los medios posibles.
Apenas el mayor de ambos iba a comenzar a agradecerle al inusual "héroe" cuando, en cosa de segundos, llegaron una patrulla y un camión de bomberos, y el tumulto hizo que la escena se volviera turbia. Los oficiales comenzaron a cercar el perímetro con cinta policiaca, el dueño del gato instintivamente retrocedió un par de pasos protegiendo a su mascota, y los bomberos estaban por desplegar su enorme escalera cuando uno de ellos se percató de lo que había sucedido minutos antes de que el equipo de rescate llegara.
Sin saber cómo, Kat se encontró de un momento a otro dentro de la patrulla, que lo alejó rápidamente de la escena, dejando al cuerpo de bomberos confundido y al dueño del felino aún más.
Mirando por la ventana, el chico suspiró con pesadez y se recargó contra el respaldo del asiento.
Al menos lo había intentado...y, viendo el lado positivo, había ayudado a una persona y a un animalito; todo antes de las 10 de la mañana. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Probablemente la horrible pareja que dirigía el orfanato estaría furiosa en ese momento y, al llegar, haría alguna estupidez como encerrarlo en su cuarto o dejarlo sin comer durante horas, pero ya había aprendido a lidiar con eso, por cosas así es que tenía una pequeña reserva de dulces escondida tras un ladrillo suelto en la pared de su habitación.
Está bien, quizás era un poco drástico adelantarse a los hechos...pero en realidad estaba preocupado esta vez, nunca había llegado tan lejos. Y lo peor era que todo tipo de incidentes de esa índole irían a parar directamente a su expediente, ahora tenía menos esperanza que nunca en que alguien quisiera adoptarlo, nadie estaría tan loco para hacer algo así. Eso sin contar la cantidad de veces que había mordido a otras personas en la mansión...
Al pasar junto al menor, lo miró de reojo, a lo que Kat respondió ladeando la cabeza con curiosidad. Aquella mujer tenía cara de ser...¿cómo dicen? ¿Abogada? Sí, eso...
Kat aún no tenía muy claro lo que hacían esas personitas, pero bueno. Quizás venía a trabajar en algún caso en la estación...Kat sólo esperaba que no se tratara de su caso. Le habían dicho que lo que hizo fue algo malo, un "delito". No sabía lo que significaba eso, sólo sabía que no era bueno...y que estaba en problemas. Muchos problemas.
En cuanto la mujer posó sus ojos sobre Kat, el chico bajó la cabeza avergonzado y se limitó a mirar sus propios zapatos. Estaban a metros de distancia, pero podía sentir que hablaban de él.
¿¡Era broma?! Más problemas no... ¿Venía para llevárselo de vuelta a la estación? ¿Iban a meterlo a una prisión para niños?
La directora conocía sus "sucios" trucos, por lo que, tras buscarlo en el armario se agachó para mirar bajo la cama y ahí lo encontró.
Tomó asiento en el suelo, con la espalda pegada a la pared y pensó en las palabras adecuadas para comenzar su conversación.
Mientras tanto, la licenciada realizaba una llamada telefónica a su casa para informar de los avances en cuanto al trámite de adopción hasta el momento.
En cuanto colgó, María, la cocinera, se acercó a ella discretamente y le dirigió algunas palabras. Aparentaba ser una mujer fría, pero de alguna manera le preocupaban los niños del establecimiento y había un par de cosas que consideraba de suma importancia que la licenciada supiera.
Podría intentar escapar, "abandonarla antes de que usted pueda hacerlo"...o probar sus límites de maneras inimaginables, ya que es su forma de asegurarse de que usted estará con él y para él siempre, en las buenas y en las malas, que no lo va a dejar sólo porque ocasionalmente cometa errores o no se comporte como debería. Sólo...cuídelo y ámelo. Por favor...es un buen niño. Tiene hábitos y un comportamiento inusuales, pero valdrá la pena, una vez que confíe en ustedes y sepa que siempre estarán ahí, sabrá que su lugar en la familia estará asegurado, que no lo van a "reemplazar" con nadie más y que ese es su lugar, sin importar quién lo haya traído al mundo.
Era precisamente esa naturaleza visceral y salvaje la que llevaba a Kat a comportarse así. Sin siquiera haberlo planeado o racionalizado, gran parte de su comportamiento reflejaba matices animales. Había aprendido a ser indiferente a quienes lo lastimaban, a defenderse con uñas y dientes de quienes amenazaban su bienestar y para confiar en alguien dependía únicamente de su instinto y su intuición, y ahora mismo estaba más nervioso que nunca, pero en verdad albergaba la ilusión de que esta vez las cosas podrían funcionar.
"Casa"...aquella palabra sonaba tan extraña y tan hermosa en la cabecita del menor que a ratos temía que todo fuera un sueño del que tarde o temprano debería despertar. De momento prefirió dejar de pensar en eso y disfrutar el camino, acurrucado entre los brazos de Candy.
Esta historia es parcialmente real y en ella aparecen escenas que incluyen spanking, es decir, nalgadas a modo de castigo. Dicho sea de paso, no apoyo esta práctica como método aplicable a niñ@s. Todo lo que aquí se relata son hechos desarrollados entre adult@s. Si dicho tema no es de su agrado, le pido cordialmente que se retire. Gracias.
Esta historia es parcialmente real y en ella aparecen escenas que incluyen spanking, es decir, nalgadas a modo de castigo. Dicho sea de paso, no apoyo esta práctica como método aplicable a niñ@s. Todo lo que aquí se relata son hechos desarrollados entre adult@s. Si dicho tema no es de su agrado, le pido cordialmente que se retire. Gracias.

Notas:

(Flashback. Aviso: este escrito es un poquito largo y no tiene escenas de spanking, aunque se hace mención de ello. Simplemente así salió, es básicamente la historia de mi adopción en el mundo spanko, con cosas reales y otras inventadas. Una disculpa, sólo no quise meter spanking a fuerza aquí porque no fluía. Se aceptan y agradecen comentarios, quizás más adelante haga una "parte 2", ahora sí con alguna escena. )


"Esta vez corriste con suerte" fue lo que el policía le dijo a Kat al entregarlo en las puertas del orfanato...otra vez. Con apenas poco más de 6 años de edad ya había perdido la cuenta de las veces que se había escapado de aquel deprimente lugar. Conocía todas las entradas y salidas: puerta principal, puerta trasera, puerta de empleados en la cocina, ventanas en la sala y en cada habitación, un ducto de ventilación en el descanso de la escalera y un pasadizo secreto en el despacho directivo de la institución. Todos los había utilizado antes y todos ahora tenían un candado enorme para evitar que alguien volviera a usarlos como vía de escape.

Tras un regaño y un jalón de oreja por parte de María, la cocinera del lugar, Kat subió en silencio a su habitación, enfurruñado, tenso, frustrado y pensando en su siguiente plan. María no solía expresar afecto por ningún niño en especial, pero a veces se apiadaba de Kat cuando lo mandaban a su habitación y le llevaba un poco de comida a escondidas.

Al día siguiente, al despuntar el alba, se calzó los únicos zapatos que poseía y subió al último piso del complejo, agotando así todas las opciones de escape que conocía. La única salida que no había usado hasta el momento era a través del techo: una compuerta que daba al tejado, exclusivamente para uso del encargado del jardín y demás ocupaciones referentes a la intendencia del lugar. No estaba asegurada, puesto que ningún niño o niña era tan alto como para llegar ahí. Pero no contaban con la astucia de aquel "angelito". Su nombre no era ninguna casualidad.

Al fin fuera. Incluso el aire que se respiraba por las calles y entre los parques de la ciudad era distinto, más ligero. Frío, pero olía a libertad, no a encierro.

– ¿¡Pero qué?! Oye, niño, ¡baja de ahí! Puede ser peligroso, te vas a caer –el hombre agitaba los brazos en señal de negación–. Ya llamé a los bomberos, ¡llegarán en cualquier momento! Baja, vamos.

– Nopi. "Puede" ser peligroso, no lo es... No me voy a caer, voy a ayudar al gato –respondió con tranquilidad y, de un brinco, se aferró al tronco del enorme árbol, apoyando los pies en las gruesas ramas.–

Los ciruelos no representaban reto alguno, por lo que el chico subió sin mayor problema hasta donde el felino se encontraba; se acercó a él con sumo cuidado y, una vez que el contrario le permitió acariciarlo, lo tomó en un brazo y lo estrechó contra sí, comenzando el descenso con mayor precaución a comparación de la que había necesitado para subir. Al volver a poner los pies sobre la barda, se arrodilló y extendió los brazos, a lo que el señor respondió recibiendo al gatito con gusto y alivio, observando atónito los movimientos del chiquillo, que prácticamente bajó al suelo de un salto y después se incorporó, sacudiéndose de la ropa las hojas del árbol que se le habían pegado.

– Niño, ¿estás solo? ¿Tú bajaste al gato?

– Pues...yo, ehm... s-

– OTRA VEZ TÚ –interrumpió una voz atronadora.–

Antes de que el pequeño pudiera responderle al bombero, uno de los oficiales lo tomó con fuerza por los hombros, inmovilizándolo. El mismo policía que el día anterior lo había devuelto al orfanato.

Sin embargo, una llamada telefónica lo sacó abruptamente de sus pensamientos.

– Unidad 124, recibimos una denuncia anónima. Vandalismo juvenil en la calle Arcos Sur, barda de tabiques negros, casa color rojo. Sujeto menor, portaba una sudadera azul claro, cabello y ojos obscuros. Repórtese –el radio de la patrulla produjo un chirrido y el oficial que conducía el vehículo oprimió un botón para responder, mirando al inquieto chiquillo por el retrovisor.–

– Unidad 124, reportándose. ¿Señas particulares del sujeto?

– Cabello corto y dibujo de un tigre en la sudadera.

El copiloto giró para ver mejor al menor y comprobar los datos sobre su vestimenta, después asintió en dirección a su compañero.

– Sujeto en custodia. Vamos hacia allá. Cambio y fuera –respondió el conductor con voz arrogante, dirigiéndole una maliciosa sonrisa forzada al chico a través del retrovisor–. Parece que hay un cambio de planes para ti, niño.

 

Demonios.

 

A menos de una hora del "incidente", Kat se encontraba en la estación de policía, sentado en una banca, meciendo los pies hacia adelante y hacia atrás, siendo atentamente vigilado por un guardia mientras el director y la directora del orfanato hablaban con el jefe de policía en su oficina. Ahora sí que estaba perdido...iban a asesinarlo. No, peor que eso, iban a asesinarlo, quemarlo en leña verde y luego iban a bailar sobre su tumba.

De pronto, una mujer salió de una de las pequeñas oficinas a lo largo del pasillo y se encaminó a la salida. Aparentaba ser joven, iba vestida de manera más o menos formal, cargaba un montón de papeles que parecían ser importantes...y para Kat era la mujer más hermosa que había visto hasta ese momento. Piel ligeramente morena, ojos bonitos y una sonrisa única.

Al ver que la abogada se acercaba al guardia de la entrada, comenzó a preocuparse, ya que empezaron a intercambiar algunas palabras mientras volteaban hacia donde él estaba sentado. ¿Qué estaría preguntando esa señora? Peor aún, ¿¡qué le estaba diciendo el guardia?!

 

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Más tarde, Kat se encontraba de vuelta en el orfanato. Tanto el director como la directora se habían encargado de quitarle las ganas de escapar por un par de días. Interminables gritos, un empujón y habían conseguido encerrarlo en su cuarto, no sin antes llevarse un par de arañazos y gruñidos por parte del menor. Esta vez, Kat sólo había mordido al jardinero mientras batallaban por meterlo a la mansión, claro, con un montón de niños intercambiando secretos a sus espaldas y burlándose ocasionalmente. Niños y niñas que, desde el punto de vista de Kat, tenían mayores oportunidades de ser adoptados, eran más "normales"...pero más aburridos también, por eso Kat prefería estar solo.

Acababa de tallar una raya en el mueble de al lado de la cama con ayuda de un clavo oxidado que encontró por ahí. Las rayitas que había marcado representaban la cantidad de días que llevaba en ese horrendo lugar. Tan inmerso estaba en sus tortuosos pensamientos que no imaginaba lo que sucedía en el piso de abajo.

La abogada que el chico había visto en la estación había decidido visitar el orfanato y estaba ahora mismo hablando con la pareja que dirigía la institución.

 

– Comprendo, señora, pero, con todo respeto, es mi deber informarle de la precaria situación en la que se encontraría de acceder a adoptar un niño como...ese –dijo el director poniendo frente a la abogada un folder con algunos cuantos papeles adentro: el expediente de Kat–. Me temo que se ha interesado por el más problemático y menos sociable de nuestros internos.

– ¿Internos? Permítame recordarle que trata usted con niños, no con reclusos... –intervino la abogada con suma cortesía mientras echaba un vistazo a los papeles que le ofrecían–. ¿Kat Von Sage?

– Ascendencia europea –asintió la directora.–

– ¿Kat? ¿Como "gato" en inglés?

– Así es...con K en lugar de C. Parece un mal chiste, dado su carácter, pero... no comprendo a dónde quiere llegar con tantas preguntas, licenciada –la directora comenzaba a impacientarse.–

– ¿Qué es lo que hace tan inusual a ese pequeño?

– Es ingobernable –refutó la directora, poniendo los ojos en blanco.–

– Como cualquier niño inteligente. Y más en estas condiciones –comentó la abogada mientras inspeccionaba las instalaciones del viejo edificio con la mirada, con una clara expresión de desaprobación en el rostro.–

– Este es diferente...quizás demasiado.

– Explíquese.

– Aquí –la pérfida mujer señaló un apartado específico en el expediente del menor.–

– "Género" –leyó la abogada en voz alta–. ¿"F"?

Claramente había algo que no le estaban diciendo.

– Nació con los atributos biológicos de una mujer. Sin embargo, no se identifica por completo con dicho género –admitió la directora con un gesto de inconformidad.– Ni tampoco con el género masculino. Es...como si fuera un extraterrestre. Ni hombre ni mujer. En ocasiones presenta comportamientos de ambos a la vez, es demasiado extraño, podría ser una mala influencia para los demás niños...y para colmo tiene el carácter de una bestia –puntualizó escondiendo bajo la manga de su blusa un rasguño causado por el menor.–

– Me parece que el término que busca es "andrógino"...y quizás debería elegir con mayor cuidado sus palabras, pues podría hacerle mucho daño. Recordemos que los niños son tan perceptivos y sensibles como nosotros –asintió la abogada con un ligero tono de advertencia, sin perder la calma–. Quisiera verlo, si son tan amables de permitirlo.

La pareja palideció.

 

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Kat estaba demasiado ocupado tratando de abrir el candado que aseguraba su ventana como para escuchar los pasos que se aproximaban por las escaleras. Era demasiado tarde cuando los notó, quienquiera que estuviera subiendo ya estaba en el pasillo del piso donde se encontraba su habitación. Sin pensárselo dos veces, se escondió debajo de la cama, hecho bolita.

El cerrojo emitió un sonido metálico, señal de que alguien había introducido una llave para abrir la puerta. Desde donde estaba, Kat contó tres pares de zapatos entrando a la habitación, uno de ellos desconocido.

– Sal –ordenó con frialdad, hablando casi entre dientes.–

– No –el menor simplemente se negó, en vista de sus pocas opciones.–

– Ahora –amenazó la directora.–

Como única respuesta, el niño siseó mostrándole sus propios dientes, con toda la intención de asustar a esa espantosa arpía.

– Se acabó. Voy por la escoba.

– Basta –se apresuró a intervenir la abogada–. Déjenme a solas con él.

– No confía en nadie.

"Y con justa razón", pensó la licenciada.

– Por favor. He tratado con niños antes, estaremos bien.

Aquel par de celadores tenían un genio de los mil demonios, no era ninguna sorpresa que el chico no confiara en ellos. Si por ella fuera, la abogada habría usado la escoba precisamente para ahuyentarlos, pero debía proceder con cautela si quería resolver las cosas por las buenas y, de paso, sin que hubiera repercusiones negativas para aquel niño de tan corta edad que tanto revuelo parecía causar.

– Como guste –la directora se puso de pie con cara de pocos amigos y salió de la habitación junto con su esposo, cerrando la puerta con firmeza.–

 

Al fin a solas.

 

Con un leve suspiro, la abogada se relajó, pues sabía que con los niños sólo hay una oportunidad para causar una buena impresión y realmente le interesaba ganarse la confianza del chiquillo, pues planeaba sacarlo de ahí cuanto antes.

– Se han ido. Está bien, no nos molestarán, pequeño. Puedes salir si quieres –intentó tranquilizar al infante.–

Silencio. Kat aún estaba alerta, aunque por alguna razón la voz de aquella mujer le hacía sentir que verdaderamente todo iba a estar bien, así que poco a poco bajó sus defensas, empezando por deshacer la posición en la que encontraba.

– Mi nombre es Candy. ¿Quieres decirme cómo te llamas? –preguntó amablemente con una ligera sonrisa en los labios, aunque sabía que el niño probablemente no la estaría viendo.–

"Candy"...¿como "dulce" en inglés? Era un bonito nombre...quizás esta señora no era mala como otras que Kat había conocido antes. El menor se acercó un poco más al borde de la cama, asomando la cabeza, aún sin salir totalmente de su escondite.

– Kat.

Al fin. Una palabra, pero era un buen inicio. Había valido la pena la espera para ver ese par de ojitos obscuros, había una chispa especial en ellos.

– "Kat"... –repitió la mayor–. Es muy lindo, cariño. Así es como se pronuncia "gato" en inglés. –Trató de animarlo, buscando un tema de conversación–. ¿Te gustan los gatitos?

– Mucho –asintió.–

– También a mí –sonrió con sinceridad–. En casa mi esposo y yo tenemos muchos.

– Aquí no tenemos ninguno –dijo el niño con cierta tristeza–. Sólo tengo este... –salió lentamente de debajo de la cama y se sentó frente a la licenciada, con la espalda apoyada contra la base del mueble, mostrándole la parte delantera de su sudadera azul, que tenía un tigre bordado–. Me gustan los tigres, son bonitos.

– Son preciosos. Si tú quieres, puedo presentarte a los gatos que tengo en casa...

Kat ladeó la cabeza, aún sin comprender cómo o por qué es que terminaría en casa de la abogada.

– El guardia de la estación me contó por qué te metiste en problemas, peque –explicó amablemente, aunque aquello sólo provocó que el huérfano bajara la vista avergonzado–. Creo que fuiste muy valiente. Y quiero preguntarte algo...

Oh, no. ¿Qué sería? El angelito instintivamente miró a la licenciada a los ojos con cierta inquietud y dobló las piernas, abrazando sus rodillas contra su pecho.

– Nos gustaría adoptarte, Kat... ¿Qué dices?

 

De pronto la mente del menor se puso completamente en blanco y las lágrimas se agolparon en sus ojos, amenazando con desbordarse. El nudo en su garganta le dificultaba la tarea de responder a aquella sencilla pregunta. Su silencio preocupó a la abogada.

 

– Cariño, ¿ocurre algo? Lo siento, no quise traerte malos recuerdos. ¿Quieres que te deje un ratito a solas para que pienses la respuesta? –cuestionó cautelosamente, ocultando su consternación.–

Kat negó enérgicamente. Le costaba hablar, pero definitivamente no quería que Candy se fuera y lo dejara solo otra vez con esos dos monstruos rondando por la casa.

– P-Pero...pero tu esposo no me conoce. Y...y si me adoptan, ¿nunca me van a volver a traer aquí? –preguntó sorbiéndose los mocos.–

– ¿De qué hablas, peque? Por supuesto que no, nunca, tranquilo –aseguró Candy con una sonrisita, tendiéndole un pañuelo–. Sé que eres diferente, y eso no me molesta, ni a mí ni a mi familia.

–Pero... –intentó protestar, tomando el pañuelo aún así. ¿Qué tanto sabía la abogada de su vida?–

– No pasa nada, cielo, descuida. En nuestra familia, las diferencias no hacen "rara" a la gente. La hacen especial. Y es bueno que tú seas tan especial.

Kat se quedó pasmado unos segundos. Quizás no sería tan malo...en el fondo siempre había deseado tener una familia que lo aceptara y lo quisiera como era, que no lo abandonara por ser diferente a los demás niños, pero algunas experiencias del pasado lo habían hecho desconfiar de quienes le prometían que jamás lo dejarían solo de nuevo. Sin más argumentos que exponer, el chiquillo se limpió la nariz.

– Mueño –concedió.–

Candy sonrió ampliamente y extendió una mano en dirección al menor. Kat dudó por un segundo y después la tomó, acercándose a la mujer, quien lo arropó con un abrazo, el primero que el niño había recibido en un largo tiempo.

– Platicaremos los detalles después, cielo –comentó mientras acariciaba su espalda con suavidad, ahora incapaz de borrar la sonrisa de su rostro.–

Aquel abrazo había sido una sorpresa para amb@s, pero era más que necesario. Kat sentía que el corazón no le cabía en el pecho, pero a la vez tenía miedo. Había muchas cosas que Candy aún no sabía sobre su vida y temía que lo abandonara si se las decía. Considerando el poco tiempo que llevaban de "conocerse", era pronto para un abrazo; la misma adopción era una completa locura, pero por dentro, tanto el pequeño como ella intuían que era lo correcto.

– Esperaré afuera de la habitación mientras tomas tus cosas, ¿sí, cariño? –preguntó separándose un poco para poder mirarlo a los ojos.–

– Sipi –respondió el menor, sonrojándose un poco por la manera en que la mayor se refería a él, no recordaba que alguien se hubiera dirigido de manera cariñosa a él antes. Se sentía muy bien y, para ser honesto, aquella señora no le había dado motivos para desconfiar de ella.–

Candy dejó un beso en su frente, le ayudó a ponerse de pie y luego se levantó.

– Si necesitas algo, llámame –acarició levemente el alocado cabello del chico y salió de la habitación.–

 

¿De verdad estaba pasando eso? Tras pellizcarse dos veces para verificar que no estaba soñando, Kat se puso a dar saltitos de alegría por todo el cuarto, recogiendo las pocas pertenencias que se llevaría, que se reducían a algunas cuantas prendas y un par de libros.

– Señora, yo...disculpe, ¿tiene unos minutos?

– Claro, dígame. ¿Ocurre algo?

– Es sobre Kat –dijo estrujándose las manos con cierto nerviosismo.–

– Escucho, adelante –asintió Candy con amabilidad.–

– Sucede que...bueno, es un niño testarudo. Algo travieso e inquieto, pero con buenas intenciones –comentó, fallando en ocultar la preocupación que sentía, realmente quería asegurarse de que Kat encontrara un buen lugar, un hogar lleno de amor–. Es un poco "especialito", pero se lo digo para ahorrarle algunas sorpresas...lo siento, quizás no debería decirle todo esto, pero no quiero arriesgarme a que suceda de nuevo.

– ¿Qué cosa?

María suspiró.

– El síndrome del niño abandonado, el eterno huérfano.

– Tengo cuatro hijos adoptados, pero me temo que no sé si la comprendo...

– Kat tuvo una familia antes –comenzó a explicar–. Lo dejaron en la puerta del orfanato siendo muy chiquito y después de unos años vino una familia a adoptarlo, pero al descubrir cómo era lo devolvieron –expresó con cierta dificultad–. Verá...con frecuencia, algunas niños huérfanos desarrollan el miedo de que sus familias adoptivas los abandonen, porque es algo que ya vivieron antes y porque a menudo su autoestima no es suficientemente alta para saber que siempre hay esperanza. Sepa que, si lo adopta, podría haber etapas difíciles.

Ahora todo tenía sentido. No es precisamente un misterio que todo niño viene con cierta carga emocional y que el subconsciente siempre busca la manera de sacar las cosas a la luz, de confrontar y definir. El subconsciente de un niño es aquel que dice "si no estás conmigo en mis peores momentos, no quiero que estés en los mejores", es esa parte visceral de nuestro ser, impulsada por el llamado "cerebro de reptil", la supervivencia en su forma más cruda. La brutalidad de la honestidad que, una vez desarrollada la confianza se convierte en incondicionalidad. ¿Y qué es el amor sino incondicionalidad?

Ante aquel esclarecedor discurso, Candy sintió un vuelco en el estómago y respiró profundamente para evitar derramar un par de lágrimas. Lo que su primera familia le había hecho a Kat no tenía nombre, era imperdonable, pero no quería que el chico la percibiera mal. Si quería adoptarlo y hacerle saber que podía contenerlo emocionalmente, debía saber que habría ocasiones en las que tendría que ser fuerte para ella y para él; que habría veces en las que estaría bien mostrar su vulnerabilidad, pero en ocasiones valdría la pena esperar para proferir un insulto o para derramar una lágrima, para evitar que el pequeño sintiera que era una carga para su nueva familia.

– Yo...le agradezco. Seré cuidadosa para marcar límites sanos con amor...y no tiene de qué preocuparse, desde que supe lo que ese jovencito había hecho para ayudar a un gatito supe que su corazón es enorme –respondió la abogada, tomándose la libertad de tomar la mano de la cocinera y dejar un leve apretoncito en torno a la misma–. Pero cuénteme...además de los rasguños y mordidas como comportamiento "inapropiado", ¿de qué hábitos habla?

María emitió una suave risa, casi inaudible.

– Pues bueno...es de hábitos nocturnos, frecuentemente se queda despierto durante gran parte de la noche, leyendo. No come carne. Hay texturas en la comida que le provocan náuseas, pero eso no es tan grave; sólo no lo hagan comer carne. Todo lo que lastime a los animales hace que se ponga mal de ánimo. Por otro lado, como ya le mencioné, es inquieto, le gusta trepar a donde sea que pueda hacerlo; no sé de dónde saca tanta energía, pero necesitará hacer algún deporte o algo para desfogarse. Le gusta estar descalzo por todos lados y a casi toda hora, no le gustan las cosquillas, no confía en los hombres, salvo algunas excepciones...y bueno, hay algo más...digamos que no le gusta bañarse.

– Válgame el cielo...¿algo más? –preguntó Candy, un poco sorprendida, sonriendo.–

– Considerando todo lo que ya habrá leído en el expediente, lo único que le falta saber sobre él es que esa sudadera azul es de las cosas más valiosas para él y que ama la música. Me parece que es todo –finalizó María, encogiéndose de hombros, ahora visiblemente más relajada y con el atisbo de una sonrisa asomando en las comisuras de sus labios.–

 

En ese momento se abrió la puerta de la habitación y Kat salió con una pequeña mochila negra al hombro. Se acercó a ambas mujeres, mirando expectante.

– Listo...

– Muy bien, peque. ¿Listo para irnos?

– Sipi...sólo me falta algo –dijo el menor y sin mayor aviso se acercó a abrazar a María, que era quizás la única persona que le había proporcionado algo de atención positiva en los años que estuvo ahí. Con alguno que otro regaño de por medio, unos cuantos jalones de oreja y ocasionalmente un azote con fuerza moderada, cabe aclarar, pero todo eso no podía eclipsar el hecho de que aquella mujer lo había alimentado y cuidado de alguna forma y él le estaba agradecido por ello–. Gracias, María...

En principio, aquel gesto tomó a dicha mujer desprevenida por completo, pero en pocos segundos asimiló lo que ocurría y envolvió al chico en un abrazo, dejando después una suave caricia en su cabello.

– Por nada, cachorrito...pórtate bien –respondió haciendo acopio de valor para no llorar, pues siendo sincera consigo misma, extrañaría las loqueras de aquel "angelito con colmillos", las cosas se tornarían aún más aburridas ahora que él se iría.–

Kat sonrió, deshizo el abrazo lentamente y asintió. Acto seguido, tomó la mano de Candy, quien agradeció a María con una amable inclinación de su cabeza, y se encaminaron a la planta baja.

 

 

– Espérame aquí un momento, peque, por favor –pidió Candy al llegar a la sala.–

Kat obedeció, por algún milagro, y se sentó en un sofá cerca de la entrada, mientras veía a Candy volver sobre sus pasos y desaparecer tras la puerta del despacho directivo. Ahí se llevó a cabo la firma de los papeles de adopción oficial, lo cual sorprendentemente no fue un trámite tan complicado y lento como se cree. La licenciada se despidió cordialmente del director y la directora, que parecían estar aliviados de librarse de "un problema más". Con la frente en alto, la abogada salió de la oficina, portando una copia certificada de los documentos firmados y una sonrisa indeleble, misma que le contagió al pequeño en cuanto volvió a reunirse con él en la sala.

A los pocos minutos, madre e hijo se encontraban en un taxi camino a casa.

– ¿Ahora te tengo que llamar "mamá"? –se le ocurrió preguntar de pronto. Aquella palabra la había pronunciado quizás una vez en la vida y ni siquiera lo recordaba bien.–

– No tienes que, amor; puedes –respondió la mayor, permitiendo que los dedos de su mano se entrelazaran con los de la contraria.– Y añadiremos nuestros apellidos a tu nombre, ahora eres parte de la familia.

– Weno, mami... ¿Y voy a tener hermanos y hermanas?

– Así es. Tienes tres hermanos y una hermana, cariño, aunque ahora mismo no están en casa –respondió la mayor, intentando que el corazón no se le derritiera.–

– ¿Y si no les caigo bien?

– No pasa nada. A veces es normal que haya desacuerdos, sobretodo entre hermanos o hermanas, pero siempre se pueden hablar las cosas para resolverlas...y para eso existen las reglas, para evitar problemas.

– ¿Reglas? –se sobresaltó el chico. Esa palabra no sonaba divertida.–

– Sí, corazón. Tienen que existir para que haya orden y sana convivencia...¿comprendes?

– Sí, peroperopero...nu, suena feo.

– Sh, shh, calma –lo tranquilizó ella abrazándolo con firmeza.– Las reglas no son feas. Lo feo es lo que pasa cuando rompes reglas importantes.

– La estación de policías no –se quejó el pequeño.–

– No, no. Nada de eso. Me parece que nos estamos adelantando, pero ya que mencionas el tema, supongo que está bien hablarlo ahora, antes de llegar a casa. ¿Sabes que todo acto tiene consecuencias, Kat? Sean buenas o malas.

– Sipi, prefiero las buenas, gracias.

– Bueno, para eso hay que portarse bien –dijo Candy, riendo ligeramente.–

– Mmmm trataré... ¿y si no puedo?

– Entonces las consecuencias no serán agradables, peque –explicó a medida que se acercaban más a su destino.–

– ¿Tampoco podré comer o salir de mi cuarto si me porto mal? –preguntó el infante con un puchero involuntario en los labios.–

– No, mi amor, jamás pasarás por eso, porque son cosas que atentan contra tu salud y no es bueno, papá y yo nunca te lastimaremos, ¿okey? –tomó suavemente el mentón del jovencito con una mano para que la mirara a los ojos, pues era de vital importancia que comprendiera ese punto para proceder a los demás.–

– Sipi. Pero, ¿entonces qué pasará? –preguntó con un ligero tonito de preocupación.–

Candy suspiró y besó al menor en la coronilla.

– Papá y yo tenemos reglas en casa para que todo funcione bien, y tenemos tres reglas principales: no mentir ni ocultarnos nada, no exponer tu integridad y no atentar contra la integridad de otras personas. Y si rompes alguna de esas reglas, hay consecuencias, cielo, pero necesito que entiendas una cosa.

El niño se recostó apoyando la cabeza en el regazo de su madre y la miró, con una pregunta implícita en su expresión.

– Aunque hagas travesuras o te llegues a portar mal y desobedezcas, nunca te vamos a dejar de querer. Nunca. ¿Sí?

– Shipi –respondió el chiquillo, apretando la tela de su sudadera entre sus manos, pues estaba ansioso, emocionado, nervioso, intrigado y mil cosas más. Recordaba que María lo había castigado en el orfanato alguna vez, pero no sabía aún a qué se refería su madre–. Pero ya dimeeeee.

– Bueno, pero no comas ansias –respondió Candy dando un toquecito a la nariz del menor con la punta de sus dedo índice–. Si un día me desobedeces o te portas muy mal, voy a tener que ponerte boca abajo sobre mis rodillas y calentarte la colita.

– . . . . . . . . O sea...¿con nalgadas? –de pronto el chiquillo se puso serio.–

– Así es.

– Pero...¿va a doler?

– Un poco. Tiene que doler, cielo, no es precisamente un premio, es un recordatorio para que te portes bien; si lo haces, no habrá problema. Pero nos estamos adelantando bastante, ¿no crees? Primero hay que dejar que conozcas a todos, empezando por tu padre.

– Oh. Cierto...¿sabe que me adoptaste?

Aquello hizo reír a la joven abogada.

– Claro, cariño, estas decisiones siempre las hacemos él y yo juntos. Espera a que regrese mañana de su viaje de trabajo, le dará mucho gusto verte.

– Bueno...pero no quiero que él me castigue. Nunca –respondió cruzándose de brazos.–

– Tranquilo, bebé... jamás haremos algo que te lastime. Yo sé que no confías en los hombres, pero verás que él es bueno y tus hermanitos también. Si prefieres que sólo yo me haga cargo de ti cuando se trate de tu comportamiento, así será –la mayor selló sus palabras con un beso en la frente de su hijo y dejó que por unos minutos reinara el silencio, mismo que envolvió al chico haciéndolo sumirse en un profundo sueño, pues había tenido un día por demás intenso.

 

Al llegar al domicilio correspondiente, el hombrecito seguía dormido, pero no fue problema para la experimentada mujer, pues bastó con tomarlo en brazos para bajarlo del taxi e ingresar a la casa, donde lo depositó sobre la que a partir de ese momento sería su cama; después puso junto a él un tigre de peluche, un pequeño regalo de bienvenida, y se recostó a su lado, pues no quería que al despertar se sobresaltara por estar en un lugar completamente desconocido. De momento, dejaría que repusiera toda la energía que al día le había drenado.

– Descansa, mi angelito –susurró arropándolo y permaneció un buen rato observándolo mientras dormía, enormemente conmovida por la ternura que el niño le producía, hasta que ella misma cayó rendida en los brazos de Morfeo.–



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Conjunto de relatos centrados en la temática del spanking (nalgadas como método correctivo, en este caso), cuy@ protagonista es Kat, un(a) chic@ algo inquiet@, miembro de una familia asidua al spanking consensuado entre adult@s, que ama la naturaleza, la música y el deporte y a quien en ocasiones le cuesta seguir las indicaciones más simples, aunque no lo hace con mala intención. Aún así, en numerosas ocasiones, es un inocente descuido lo que lo lleva a meterse en problemas con su madre, una amorosa pero estricta abogada.

* ADVERTENCIA DE CONTENIDO*

¡Disfruten!

Esta historia es de mi total autoría y ha sido publicada también en Wattpad bajo el mismo nombre y con el consentimiento de los involucrados en ella.


Conjunto de relatos centrados en la temática del spanking (nalgadas como método correctivo, en este caso), cuy@ protagonista es Kat, un(a) chic@ algo inquiet@, miembro de una familia asidua al spanking consensuado entre adult@s, que ama la naturaleza, la música y el deporte y a quien en ocasiones le cuesta seguir las indicaciones más simples, aunque no lo hace con mala intención. Aún así, en numerosas ocasiones, es un inocente descuido lo que lo lleva a meterse en problemas con su madre, una amorosa pero estricta abogada.

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