Skip to main content

Una metida de pata monumental (Faetón y Selene - Mitología griega)

– ¡Por favor, tía Sel! ¿Sí? Prometo tener cuidado –suplicó Faetón.–– No, mi fosforillo...eso dijiste también cuando tu padre te prestó el carro del Sol –refutó la diosa, negando con la cabeza mientras bebía una copa de agua mineral con extracto de lavanda–. Te recuerdo que tu licencia de conducir está suspendida desde entonces.

– Pero...ugh, ¡no es justo! Manejar el carro de la Luna debería ser más fácil –protestó el joven con la irreverencia propia de un adolescente–. Además, no falta tanto para mi cumpleaños –probó utilizar aquella última carta a su favor. Un millón de veces la había visto emprender el vuelo y surcar el firmamento y siempre quiso hacerlo él también, con o sin ella.–

La titánide esbozó media sonrisa.
– ¿Eso crees? Buen intento...pero no, corazón. Te prometí que iríamos al golfito en los cráteres de Plutón, a los go-karts en los anillos de Saturno o al gotcha en el cinturón de asteroides si tú querías, y eso después de la prueba de manejo y del festejo de cumpleaños con tu familia semimortal. Es mi mejor oferta, tómala o déjala.
A modo de berrinche, el voluntarioso semidiós se cruzó de brazos, tratando de disimular un enorme bostezo que le hacía competencia a las fauces de un león.
– Mis hermanas están locas de remate, les patina el coco –argumentó con simpleza–. Conociéndolas, van a querer hacerme un baby shower o algo por el estilo.
– Esos son para cuando alguien va a tener un bebé –corrigió la deidad lunar, haciendo un esfuerzo por contener la risa–. Dudo que vayan a hacerte uno de esos...
– ¡Bueeeeeeeno! Tú entiendes... –se apresuró a decir el menor, ruborizándose hasta las orejas–. No será tan divertido como lo que podría hacer con papá y contigo –intentó halagar al lado inmortal de su ascendencia–. Y lo digo en serio, porque eres mi única tía cool. Papá ya no me deja estar a menos de un kilómetro de su carro y sus caballos, y tía Eos está...
– Embobada con su nuevo novio –completó Selene, hablando al unísono–. Lo sé, Faetón, llevo eones siendo su hermana y, al igual que tu padre, me entero de todo...casi.
La diosa de la Aurora no era menos importante que Helios y Selene, pero últimamente la diosa lunar apenas veía a su hermanita, y sólo se cruzaba con su hermano gemelo dos veces al día...urgía una reunión familiar.
– ¿Entonces? –cuestionó el joven con su sonrisa más encantadora, aprovechando que su tía se había sumido en un breve trance de nostalgia.–
– Absolutamente no –la pálida mujer zanjó el asunto y terminó su bebida–. Casi nos matas del susto con el accidente en el río, no importa lo que Zeus haya hecho o dejado de hacer, Helios creyó que ni el mismísimo Asclepio te sacaría del coma...no hace falta recordarte que la depresión le costó la vida a tu madre –añadió en voz baja, luchando contra el nudo que amenazaba con formarse en su garganta, pero se recompuso en el acto–. Y como tu tutora legal me corresponde velar por tu bienestar. Te quiero lejos del carro y de mis caballos y es mi última palabra, jovencito.
– ¡Pero tía Seeeeeeel...! –Faetón se desplomó contra el respaldo del sillón, haciendo gala del histrionismo que solía caracterizar a la cultura griega.–
– Ni peros ni peras. Termina de cenar y a la cama, que mañana tienes clase de "Supervivencia en medios hostiles" con Prometeo –indicó la mayor antes de levantarse para alistar sus cosas, pues pronto partiría en su carro para emprender su característico paseo nocturno y hacer acto de presencia en el manto celeste.–
De entre tod@s sus prim@s, él era el menor, y por ende, el que más bullying recibía, pero también era el más consentido por tod@s, especialmente después del mortífero "accidente" que había tenido manejando el carro de su padre con especial descuido.
– Buenas noches, tía Sel –dijo dándole un abrazo a la mayor–. Que tengas buen camino...y que no haya mucho tráfico en el cinturón de asteroides –agregó con un toque humorístico, ante lo que la mujer no pudo evitar poner los ojos en blanco, sonriendo.–
– Mejor no pregunto cuánto tiempo estuviste esperando para hacer ese chiste –dijo, despeinándolo–. Oh, por cierto...si conducir el carro de la Luna fuera fácil, incluso Ares lo haría...o tu padre –añadió en tono maliciosamente bromista.–
– ¡Heeeeeeey! –protestó el chiquillo, conteniéndose de lanzarle sus almohadas en forma de sol y luna a su guardiana y, en su lugar, limitándose a sacarle la lengua–. Mala... –finalizó con un puchero.–
– Es de familia...y puedo ser "peor" –le guiñó un ojo–. Descansa, fosforillo. Dulces sueños, que no haya sobrepoblación de borregos en tus sueños –sonrió mientras apagaba la luz y entrecerraba la puerta.–
Selene albergaba, como cada día, la esperanza de que ese mismo buen humor se le "contagiara" a Helios, el dios titán del Sol y su hermano gemelo (a menudo confundido con Apolo por los mortales que se creían conocedores del tema); sin embargo, el destino no siempre le daba gusto. Por suerte o por desgracia, desde el accidente de Faetón, Helios no era el mismo. La madre del muchacho era semimortal y, por ende, estaba predestinada a morir algún día; no obstante, el titán sentía un nivel de responsabilidad que bordeaba en culpa cada vez que revivía ciertas escenas en su mente, y un amargo remordimiento lo embargaba de vez en cuando al atestiguar los estragos que habían causado en la Tierra las desenfrenadas acciones de su inquieto vástago. Todo porque él no pudo negarse a darle gusto prestándole el carro solar. Habiendo crecido lejos de su padre, Faetón carecía de ciertos límites y estructuras, mismos que la diosa de la Luna poseía de sobra, pues el egocentrismo jamás la había dominado y, como deidad astrológicamente asociada con la maternidad o la actitud maternal y la sensibilidad, era natural en ella un fuerte sentido de la conciencia colectiva.
Tras dejar a sus caballos resguardados en los establos, Selene entró en su morada, teniendo especial cuidado de no despertar antes de tiempo a su protegido. Con los ojos a media asta por el agotamiento, se apoyó un momento en el marco de la puerta de la habitación del joven, contemplando con ternura la serenidad que su rostro reflejaba sólo cuando se encontraba plácidamente dormido. Internamente, le deseó el mejor de los días y se retiró silenciosamente a sus aposentos, dando gracias de que Faetón se encontraba no sólo entre los vivos, sino también ileso y bajo su techo. Era algo que agradecía cada día y cada noche desde que el semidiós había despertado del coma.
Con aquel impulsivo arranque, los pobres garañones habían salido desbocados; podían percibir que las que los guiaban no eran las amables, firmes y experimentadas manos de su "dueña", sino un par de bruscas manos que rebosaban inquietud, temblaban, jalaban y soltaban las riendas de manera errática y alentaban a la manada a ir cada vez más rápido...como alma que lleva el diablo y sin rumbo fijo, que era lo peor.
¿Mencioné ya que Faetón había reprobado astronomía? Tenía la capacidad de atención de un perrito Labrador de tres meses de edad y en aquel entonces lo que más le intrigaba eran las bizarras historias del nacimiento de Afrodita y Atenea, respectivamente. Lo cual venía siendo más o menos lo mismo que especular acerca de la inmortalidad del cangrejo, si a esas vamos. Ni idea tenía de que cada día del año la Luna y el Sol debían recorrer trayectorias específicas y ligeramente distintas para no desajustar el curso natural de las estaciones, la temperatura, la iluminación y otras cosas más. Todo tenía un orden y guardaba un delicado balance, gracias al que era posible la coexistencia de todos los seres vivientes...y éste puberto hormonado con déficit de atención e hiperactividad se estaba pasando las leyes del cosmos olímpicamente por las manzanas de la discordia, valga la vulgaridad de la expresión.
Aún en el ajetreo de la situación, el chico no perdía detalle; los caballos que jalaban el carro lunar, propiedad de Selene, no se parecían ni remotamente a ninguna criatura sobre la que hubiera puesto los ojos antes. En referencias humanas, aquellas nobles "bestias" poseían un aspecto tal que parecía que les hubieran infundido el aliento vital en una cristalería de Murano. "Bellos" era poco para describirlos. Su piel era característicamente translúcida, dejando ver la totalidad de su interior. Era como si cada uno de esos caballos fuera una "esfera" de cristal completamente blindado, un contenedor cristalino en forma de caballo; con vida, conciencia y movimientos propios. Y cada uno portaba dentro de sí una densa nube en la que se arremolinaban distintos tonos de azul, se extendía por todo su cuerpo, irrigando también la cabeza y extremidades, y tocaba matices cromáticos que iban desde el azul cielo hasta llegar al azul ultramarino, atravesando por todas las variaciones de rosa y violeta, según el humor y nivel de energía con que se sintiera el equino en cuestión.
Desde el ángulo en el que se encontraba, el muchacho apenas entraba de reojo en la vista periférica de los animales, sin embargo, cada vez que aquellos fulgurantes orbes se posaban momentáneamente en él, un ineludible escalofrío le hacía sentir que su alma estaba siendo minuciosamente examinada por la más hermosa y despiadada máquina de rayos X.
Asustado, había retrocedido unos cuantos pasos hasta escudarse tras la falda del largo vestido de su protectora.
El niño inhaló súbitamente, boquiabierto, sorprendido, alternando su inquieta mirada entre la mayor y el alfa, a quien ya no sabía ni cómo ni a dónde mirar, pues ahora entendía por qué mirarlo a los ojos le producía más temor y ansiedad que a cualquier otro de los caballos. Éste era "gigantorme", como solía decir él para expresar que algo era una mezcla de "gigantesco" y "enorme".
Poniéndose en cuclillas, la deidad se ajustó a la altura del menor, rodeándolo por la espalda con ambos brazos, permitiéndole apoyar la espalda en su pecho para transmitirle así algo de seguridad, pues por un momento un puchero apareció en los tiernos labios de su sobrino, indicando que estaba al borde del llanto de la pura impresión.
– ¿Limón? Pero...
– Les encantan. Ya lo verás –aseguró la mayor, dándole un leve empujoncito en la espalda baja para darle motivarlo.–
Emocionado de ser el honorable portador de tan importante información, el rubio asintió repetidas veces con un destello de complicidad en la mirada, sellando su promesa con un cariñoso abrazo, al que la deidad correspondió con la calidez habitual, aquella que demostraba principalmente con su familia, pero especialmente con sus hijas y sobrin@s.
En aquel caótico forcejeo, Faetón no consiguió más que empeorar las cosas y no notaba lo irregular que era ahora la altitud a la que viajaba el vehículo. Bucephalus ya había emprendido un camino que no afectaba negativamente a humanos, plantas ni mantos acuíferos, pero entre tanta turbulencia, el carro subía y bajaba, zigzagueaba, aceleraba y frenaba, giraba haciendo quedar al terco conductor de cabeza...y aquella peculiar e inusual trayectoria estaba causando estragos en el equilibrio cósmico. No era aún la hora en la que la Luna debería obrar su magia sobre la naturaleza, y gracias a Caos no iba Selene en ese momento a bordo del vehículo o los efectos habrían sido aún más palpables; pero, dado que el carro y los caballos eran representación y extensión de la Luna, aún así tenían cierto efecto en el universo.
– ¡FAETÓN, GIOS TOU ÍLIOS! ["Faetón, hijo de Helios"] –una voz demasiado conocida irrumpió en la escena–. Por todos los dioses, ¿me quieres explicar qué cráteres está pasando aquí? –inquirió Selene, bajando los escalones del templo de dos en dos, cosa que para una diosa titánide de más de dos metros de altura no representaba reto alguno.–
– T-Tía Sel, yo... –intentó pretextar el menor, sintiéndose cada vez más pequeño y con la boca seca, pero su guardiana echaba chispas hasta por las orejas y no recordaba haberla visto así de molesta jamás...no con él, al menos.–
– Pandora envió una paloma mensajera preguntando por ti, Prometeo estaba preocupado y amb@s querían saber si estabas bien. Imaginarás mi cara al escuchar aquello –explicó la deidad, desapareciendo la escasa distancia que aún l@s separaba–. Mi primer impulso fue salir a buscarte, creyendo que algún infortunio te había vuelto a ocurrir...¡¿y cuál va siendo mi sorpresa al descubrir que mi carro y más de la mitad de mis caballos habían desaparecido?! Creí haberte prohibido acercarte a ellos. Y estoy segura de haberlo dicho en español, no en griego.
Exasperada, la mujer suspiró.
El portador del nombre negó con la cabeza, casi infantilmente, arrepintiéndose en el acto.
– No fue pregunta –afirmó inclinándose al frente mientras tomaba la mano del muchacho, ayudándole a salir.–
– P-Pero, pero, pero... –balbuceó como acto reflejo, dejándose llevar sin oponer mucha resistencia, de pie ahora fuera del estanque.–
– Ahorra aire, ya me explicarás –dijo la mujer levantando una mano para imponer silencio–. Ahora ve adentro, ponte algo seco y espérame en la sala, por favor.
– Por favor, tía Sel, yo...
– Ahora mismo, jovencito –ordenó la titánide, propinándole al menor un azote en el centro del trasero con fuerza moderada, aunque no por ello provocando menos escozor, pues aún estaba empapado–. No me hagas repetirlo. Anda –permaneció de pie y señaló el interior de la residencia.–
"Jóvenes", pensaba ella... "Ancian@s cascarrabias", pensaba su sobrino mientras se daba un regaderazo para luego secarse y ponerse la pijama: un conjunto de shorts y playera, de un blanco impecable, y con el logo de un diminuto solecito bordado del lado izquierdo del pecho y otro igual en los shorts, en el extremo inferior de una de las piernas. Aún resentido con el equino, procedió a secarse el pelo con algo de brusquedad, colgando después la toalla desprolijamente sobre el respaldo de la silla frente a su escritorio.
Con el caminar sereno que usualmente la caracterizaba, la reina del cielo nocturno cruzó los amplios jardines que adornaban sus dominios y finalmente entró, dirigiéndose a la sala, donde su protegido la esperaba sentado sobre uno de los amplios sillones, con las piernas cruzadas, abrazando un cojín contra su pecho, lo que le atribuía un aire aún más juvenil del que ya de por sí poseía. Al fin amb@s bajo un manto de relativa calma, la mayor cruzó la sala, llevando consigo una silla del comedor y sentándose a poco más de un metro de él, mirándolo de frente. En silencio, cruzó elegantemente una pierna sobre la otra, apoyando después un codo sobre la rodilla y la barbilla sobre los nudillos de su mano, expectante.
– ¿De verdad? –cuestionó Selene con énfasis, pues quería asegurarse de que el chico no se "disculpaba" como mero reflejo–. ¿Sientes lo que hiciste?
– ¡Pero tíaaaaa...! –protestó el joven adulto, poniéndose de pie a regañadientes, echando la cabeza hacia atrás en un desplante de exagerada miseria, como si estuviera a punto de ser sometido al más inclemente de los martirios.–
– Faetón –advirtió–. Sabes que no me gusta repetir las cosas...no empeoremos esto, vamos –lo instó.–
Resignado, el chico exhaló con pesadez, se puso de pie y cubrió la distancia que l@s separaba, ante lo cual la mayor no tardó en tomar su mano y tumbarlo decididamente sobre sus rodillas.
– Te lo advertí, jovencito –dijo mientras subía las mangas de su largo vestido en un movimiento fluido–. Todo esto lo provocaste tú, y tú mismo pudiste haberlo evitado.
El ojiverde no pudo evitar removerse con un quejido, sabía que tenía razón.
– Ese bobo caballo poseído tiene la culpa de todo –susurró creyendo que no lo escucharía–. Él es el único espíritu maligno aquí.
– ¿Eso crees? –cuestionó la deidad, bajando sus shorts y bóxers de un solo tirón, esperando la respuesta.–
– ¡SÍ! –gritó Faetón, sin poder evitarlo, evidenciando su creciente nerviosismo.–
Sin mediar palabra, la diosa descargó media docena de azotes, alternando entre ambos lados, antes de hablar en defensa de su fiel compañero.
– De no ser por ese "espíritu maligno", como tú tan injustamente lo llamas, quizás aún seguirían dando vueltas allá arriba o simplemente estarías varado a la mitad de la nada. Gracias a Bucephalus, tú y los demás están de vuelta, ¡así que más respeto! –lo reprendió, dando dos azotes más.–
– ¡Auch! –exclamó el contrario, arqeuando la espalda en un acto reflejo–. ¿Respeto? ¡Esa cosa odiosa casi me mata; si alguien debe respetar mi vida, es él! –replicó, indignado.–
– ¿Vamos a hablar de quién debe respetar a quién aquí? –inquirió ella, en un tono que hizo al chico querer tragarse sus palabras casi en cuanto las pronunció, pues su tutora comenzó a repartir azotes sin pausas sobre su pálida retaguardia.–
– ¡Nooo, tíaaa, nooo! –pidió, pataleando ligeramente.–
– Usted no me va a decir a mí que no, jovencito –decretó la mujer sin detener sus movimientos–. TÚ pusiste la vida de todo ser viviente en peligro conduciendo MI carro sin saber hacerlo, tal como sucedió cuando condujiste el de tu padre. TÚ eres quien no respetó el tiempo de descanso de la manada, enganchándolos de nuevo al carro minutos después de que yo los traje de regreso conmigo para reponerse tras una ardua jornada laboral...
– Pero tía Sel, ¡yo no sabía que ellos acababan de correr...! –mintió el chiquillo, interrumpiéndola.–
– Lo que me faltaba –bufó la mujer, haciendo un breve interludio–. Por supuesto que lo sabías. Te conozco desde antes de que nacieras, Faetón, sabes cómo funcionan las cosas aquí y no se necesitan más que un par de dedos de frente para deducir ciertas cosas: cuando la Luna descansa, el Sol sale; cuando la Luna trabaja, el Sol se oculta –explicó, aunque era completamente innecesario–. Y sabes que hay una razón específica por la que trabajo con trece caballos y no menos. No te faltes al respeto haciéndote pasar por ignorante en ese tema, y no me faltes al respeto insinuando que no te conozco, porque ya estás en suficientes problemas y yo podría argumentar que te conozco tanto o más que tu padre –finalizó, reanudando la lluvia de azotes sobre las posaderas del menor–. ¡Y no me interrumpas!
– ¡P-Pero es que dueleee! –exclamó el chico, deseando tener a su alcance el cojín que minutos antes había descartado, para taparse la cara con él–. ¡Y yo no quería llegar a tanto!
– ¿No? Entonces sólo debías hacer una cosa: obedecerme. Prefiero que estés aquí retorciéndote de dolor a que tu alma esté nadando por los cinco ríos del Inframundo retorciéndose de arrepentimiento –externó Selene con crudeza, aumentando la fuerza–. Asclepio ya te salvó una vez. No tientes más a la suerte.
– ¡Hum! –rezongó el "adolescente", ya sin pretextos disponibles en su arsenal, tratando de aguantar estoicamente el castigo, sin poder borrar de su rostro la expresión de berrinche mientras ocultaba la cara entre los brazos, que se encontraban estirados a los lados de su cabeza, aunque la mayor tenía un firme agarre en torno a su cintura y no tenía pensado dejarlo ir pronto.–
– Siguiendo con tu lista de fechorías, no tuviste ni la decencia de comunicarle a Prometeo o a Pandora que no irías a la clase. Si ya ibas a tener el descaro de no presentarte a una clase que de por sí te regalan porque te aprecian, ¿por qué no tener también la desfachatez de contarles el porqué de tu ausencia? –lo confrontó la ojiazul, conteniéndose para no sonar aún más sarcástica de lo que ya era cuando algo (o alguien) la sacaba de sus casillas. El chaval iba a responder, pero ella se adelantó–. A ver, imaginémoslo...envías una carta que dice "Prometeo: No voy a ir a clase porque estaré ocupado robando los caballos de mi tía. Si sobrevivo, ¡nos vemos el lunes!" ... ¡Por supuesto que no! –exclamó la diosa, aumentando la velocidad.–
– ¡Ay! ¡Nooo, bueno, no se lo diría así! –se defendió el muchacho, aunque internamente, una pequeñísima parte de él quería desternillarse de risa.–
– ¡Ah, no? ¿Entonces cómo? –la titánide se detuvo un momento–. "Estimado Prometeo: No tuve suficiente poniendo un pie en la tumba al manejar el carro de papá, así que voy a probar suerte con el de mi tía, para ver si ésta vez tengo éxito y Tánatos me envía sin escalas y de por vida al Tártaro para cumplir mi condena por atentar contra el balance del cosmos entero." ¿Suena mejor? –preguntó la diosa, destilando ironía en cada palabra y con total crueldad, una faceta de la Luna que Faetón no había atestiguado nunca, salvo cuando su protectora la usaba contra otras personas para ponerlas en su lugar si se pasaban de listas.–
El joven se mordió el labio, sintiendo el calor agolparse y el color subir a sus mejillas a la vez que reprimía las lágrimas, que de sobra está decir que no sólo eran de dolor.
– Respóndeme –insistió la diosa con firmeza.–
Faetón emitió un débil e inaudible "no" que quedó atrapado debido al nudo que atenazaba su garganta.
– N-No –probó de nuevo tras carraspear.–
– Al fin una respuesta correcta –asintió ella–. No tiene caso ni que te pongas a ensayar ese discurso, porque jamás se lo vas a dar ni a Prometeo, ni a Cerbero, ni a Medusa, ni a nadie, porque esto no volverá a suceder –decretó tajantemente–. ¿En qué estabas pensando?
– En naaada –reconoció el muchacho, sintiéndose derrotado.–
– Ya veo...entonces es tiempo de que comiences a pensar en lo que es mejor para ti –zanjó la conversación.–
Con la resolución de ayudar al menor en esto último, la mujer realizó un movimiento circular con la mano, materializando así en su palma un cepillo para pelo hecho con madera de ébano petrificada y apoyó el dorso del accesorio directamente sobre el trasero contrario, ante lo cual Faetón se estremeció, removiéndose inútilmente.
– En eso mismo pensamos Helios y yo, jovencito –lo amonestó la mayor, comenzando a repartir azotes pausados y contundentes en sus posaderas con el cepillo, arrancando un quejido de entre sus labios con cada uno de ellos–. Nada de lo que hacemos y decidimos es con intención de molestarte o causarte mal alguno. Todo lo contrario.
– ¡AUCH! Mfff...¡lo sé! –exclamó él, batallando cada vez más para evitar patalear cual crío en plena rabieta.–
– ¿Lo sabes? –interrogó la mujer de nívea piel aparentando sorpresa, sin detener sus acciones–. Entonces sabes que, si te pedimos o prohibimos algo, es únicamente por tu bienestar y el profundo afecto que te tenemos, ¿cierto, cariño?
– ¡AY! Grrr... ¡Sí, Selene! –exclamó sin pensar, presa de las últimas "patadas de ahogado" que su rebelde e indomable espíritu estaba dando.–
– ¿Perdona? –cuestionó la mujer dando un azote particularmente fuerte y pausando sus movimientos unos segundos–. ¿Sí, qué...?
– ¡Tía! –corrigió rápidamente, jadeando para suministrarle algo de aire a sus agitados pulmones.–
– Así está mejor... Y para ti soy "tía Selene", en todo caso.
– Creí haberte dicho que no estás en un lugar ni remotamente calificado para decirme que no –le recordó la Luna con calma, tomando su mano e inmovilizándola contra su zona sacra–. Y no hemos terminado.
No soportaba pensar en eso y le aterraba la idea de que las figuras de autoridad a las que más estimaba y casi siempre respetaba se decepcionaran de él y de sus acciones. Finalmente, la última piedra que sostenía el muro de su orgullo se resquebrajó y, junto con un par de cristalinas lágrimas, cayeron sus defensas.
Percibiendo el cambio en su protegido y la honestidad en sus palabras, Selene liberó la extremidad que hasta el momento tenía aprisionada y trasladó su mano a la parte posterior de la cabeza del menor, acariciándola con suavidad.
–Un rebenque. Sí –confirmó Selene sin inmutarse–. Fue un obsequio del zángano de Ares, tu primo lejano...el muy salvaje presumía que esa cosa había pertenecido al mismísimo Aquiles. Dijo que el pélida (una de las formas para referirse a Aquiles, hijo de Peleo) lo usaba cuando decidía montar a Janto o Balio (sus caballos) a pelo en vez de atarlos a su infame carro del demonio –relató la deidad, pronunciando los nombres de ambos guerreros con total sorna–. Ni una sola vez me vi en la necesidad de usarlo con mis caballos...pero si vuelves a conducir sin permiso ni conocimientos un carro que no te pertenece, lo usaré contigo –advirtió en tono sombrío y el menor abrió los ojos desmesuradamente, pues tan sólo contemplar ese amenazante artefacto ya resultaba doloroso–. ¿He sido perfectamente clara, jovencito?
– Eso espero –sentenció con una solemne mirada escrutadora y permaneció en silencio unos segundos–. Me alegra que nos entendamos –añadió después, al fin esbozando una sonrisa que cambió por completo el tono de la conversación y el chiquillo suspiró aliviado, recuperando poco a poco el ligero rubor natural de su piel–. Ahora cuéntame, ¿comiste algo durante tu paseíto suicida?
– Eh...esteee...eemmm...¿las moscas que tragué por accidente allá arriba cuentan?
– Por supuesto que no, son tan válidas como haberte tragado una nube –refutó la alta mujer ayudando a su protegido a levantarse y subirse la ropa, lo cual no le costó poco.–
– ¡Auch! Pero-pero las nubes parecen algodones de azúcar...¿los conoces? –preguntó Faetón, de pronto cayendo en cuenta de que quizás él conocía el mundo moderno y los gustos de la juventud contemporánea mejor que su tía.–
– Los conozco –la deidad lunar estuvo a nada de rodar los ojos–. Soy vieja, pero no tanto, niño...además de que no se me nota la edad –sonrió triunfal.–
– Eso es verdad... –admitió el rubio–. Y yo quiero llegar a tu edad luciendo así. Pero, ¿entonces? –insistió, esperanzado.–
– No, las nubes no cuentan, no tienen ni azúcar. Tienes que comer algo decente.
– Pero no sé si pueda... Se me bajó el azúcar del susto, aún tengo el corazón en donde debería estar mi cerebro y creo que perdí mi estómago en algún lado...tiene forma de balón y trae mi cena, por si acaso lo ves –bromeó el ojiverde con ese tono humorístico que sólo él poseía y que sabía que cautivaba a toda su familia.–
– Payaso –negó la diosa con la cabeza, emitiendo una leve risa mientras ojeaba el reloj de pared.–
– Lo saqué de papá –se "defendió" el joven con una sonrisa traviesa y amb@s caminaron hacia la amplia cocina.–
– Ni yo tengo el poder de negar la obviedad de ese hecho...al menos no heredaste la vanidad de tu tía Eos –añadió ella en tono tan bromista como dramático.–
– Si quieres la puedo imitar para que no la extrañes –dijo el "adolescente", haciendo un par de ridículos y exagerados ademanes como los que había visto hacer a la diosa de la Aurora cuando se peinaba y maquillaba para algún evento en el gran salón de los dioses olímpicos.–
– Gracias, pero no, gracias –contraatacó la titánide riendo sarcásticamente, tirándole un ramo de espinacas que le dio de lleno en la cara, causando que el menor se sacudiera, escupiendo un par de hojitas–. Mejor ayúdame a desinfectar esas espinacas, tengo que salir dentro de poco, y creo que hoy dejaré descansar a Bucephalus...debe estar exhausto, necesita reponerse adecuadamente.
– Está bieeeeen, tía... –obedeció Faetón sin muchas alternativas–. Pero, ¿ya tan pronto? –miró por la ventana. Eran cerca de las 19:00.–
– Sí, tesoro, estuviste fuera prácticamente todo el día y yo tengo que salir toda la noche –explicó mientras le preparaba un saludable sándwich con ensalada al "adolescente" y lavaba una manzana para él.–
– ¡Lléeeevameeeeeee! Mañana no tengo clases. ¿Síiiiiiii? –pidió tratando de convencerla, acercándose a ella con las manos juntas en un gesto suplicante y el montón de espinacas limpias entre las palmas.–
– De ninguna manera, señorito –negó la ojiazul, recibiendo de él las espinacas y colocándolas en el plato junto al sándwich–. Pórtate bien, enfócate en aprobar el examen de manejo y, una vez que lo hagas, te llevaré conmigo siempre que sea posible y no tengas otros deberes.
– Hmmm, ¿lo prometes?
– ¿He roto alguna vez una de mis promesas? –preguntó Selene, arqueando una ceja.–
– No... –respondió el "niño" tras hacer memoria un momento.–
– Exacto –recalcó la diosa con una sonrisa aprobatoria, poniendo el plato y la manzana en la elegante barra de mármol que descansaba en el centro de la cocina–, a comer.
– Pero...¿espinacas? –observó inflando las mejillas un poco, como si se tratara de hiedra venenosa y no de una planta comestible y sumamente alta en hierro, calcio, magnesio y vitamina B.–
– Sí. Necesitas estar sano y fuerte. No quiero que Bucephalus ni ningún otro animal te lleve de corbata otra vez, gracias. Y estás en crecimiento todavía –arrastró hacia atrás una de las sillas altas que había frente a la mesa y palmeó el asiento un par de veces, indicándole al ojiverde que se sentara–. Bon appétit [buen provecho].
– Bueeeno...sólo porque tú me lo pides –accedió el voluntarioso semidiós, sentándose (no con nulas dificultades), fracasando en disimular una sonrisita, pues amaba la naturalidad y la confianza que inundaba la convivencia con su familia y, en especial, su tía, una de las personas con las que pasaba más tiempo.–
– Con eso me basta –añadió la diosa dándole un abrazo de despedida y un beso en la coronilla–. Vuelvo al amanecer...te adoro, mi cielo.
– Yo más, tita Sel –correspondió el chico con un fuerte abrazo.–
– Pórtate bien, no me esperes despierto –indicó separándose y encaminándose a las enormes puertas dobles de la entrada principal–. ¡Y nada de galletas antes de comer lo demás! –gritó antes de cerrar.–
Dos de sus más grandes tesoros estaban a buen resguardo, ya no le importaba ni le inquietaba nada más. "Mañana" sería otro día...naturalmente, plagado de emociones, diversión y cuanta cosa quisiera depararles el destino.
Tiempo después de un accidente que lo dejó en coma por conducir el carro del Sol, Faetón se encuentra bajo el ojo vigilante de su familia, que intenta evitar que el joven (mayor de edad por un par de años) vuelva a hacerse daño o cause estragos en el equilibrio cósmico...de nuevo. Ya una vez estuvo al borde de la muerte, lo que llevó a su madre a una depresión que acabó con su vida... Ahora, más consciente y maduro, el hiperactivo semidiós batalla con sus impulsos, pues la aventura corre por sus venas y "Peligro" parece ser su segundo nombre. Helios (su padre, dios titán del Sol) y Selene (una de sus dos tías, diosa titánide y personificación de la Luna, gemela de Helios) sus principales figuras de autoridad, diariamente se ven en la necesidad de hacer esfuerzos titánicos por mantener al muchacho a salvo, principalmente de sus propias ocurrencias. Sin embargo, Selene, tutora del chico y ejemplo de responsabilidad y sensatez, ha tenido suficiente, y una imprudencia en particular ha terminado por colmarle el plato. ¿Podrá hacer entender a su inquieto protegido de una vez por todas que toda acción tiene consecuencias? ¿O arrastrará el joven accidentalmente a la humanidad al caos total junto con él por una simple travesura?
Notas:
Una vez reunido con Helios en el palacio del Sol, padre e hijo hablaron para ponerse al corriente de todos los años que el titán se había perdido en la vida de su hijo, el único hombre y el menor en su descendencia. Para "callarle la boca" al bravucón que lo desafió, Faetón le pidió prestado a su padre su legendario carro solar para salir a dar un paseo, para ser él quien condujera el carro que jalaba al sol en su jornada diaria a través del cielo. Por un día entero.
¿Ven venir el caos? Esperen, se pone peor...
Casi contra su voluntad, presionado y angustiado por perder el afecto de su hijo recién recuperado, Helios accedió, no sin advertir a Faetón que los caballos que tiraban del carro eran un tanto temperamentales y difíciles de tratar para manos inexpertas...antes de que pudiera terminar de hablar, el chico ya había despegado y, haciendo caso omiso a las indicaciones y advertencias, desvió la trayectoria habitual del carro, haciéndolo subir y bajar a voluntad, quemando así varios cultivos y privando de calor o calcinando a diversos seres vivos, entre otros destrozos. Alarmado por las anomalías climáticas y astronómicas, Zeus puso manos a la obra para evitar mayores cataclismos y le disparó al carro un rayo para detenerlo. El cuerpo del joven semidiós se desplomó desde las alturas y cayó en el río Erídano, donde se ahogó.
PEEEEEEEEEEEERO...para que ésta historia tenga sentido y sea "factible/verosímil" (y porque soy una geek/nerd incurable de la mitología griega), decidí hacer un pequeño cambio: en ésta historia, Faetón no murió en el accidente. Sobrevivió, aunque pasó por un coma. Pero quien sí murió a causa de la preocupación, el susto y la depresión mientras el chico pasaba por meses de estado vegetal, fue Clímene, su madre, razón por la que Faetón queda principalmente bajo la tutela de su padre y su tía Selene. Los hechos narrados en esta historia tienen lugar un año después del accidente del carro solar y la muerte de la madre de Faetón.
Notes:
Por último, recuerden que, en la mitología, no hay historias verdaderas ni falsas, pues todas son precisamente "mitos", historias que a nadie le consta que hayan sucedido. Así que cada quién es libre de investigar todo cuanto le interese y armar su propia versión de cada mito en base a las versiones más "aceptadas". El asunto es disfrutar y no dejar de tener curiosidad o sentir fascinación por cada historia o personaje ;)
- Faetón: hijo de Helios, sobrino de Selene y de Eos y hermano de las (7) Helíades. (Además: nieto de Theia/Thía e Hiperión, bisnieto de Gea y Urano, y tataranieto de Caos.)
- Caos: deidad primordial en la mitología griega, origen de todo(s).
- Helios: dios y titán griego del Sol, personificación de dicho astro. Hermano gemelo de Selene y hermano mayor de Eos. Padre también de las Helíades. (No confundir con Apolo.)
- Selene: diosa y titánide de la Luna, personificación de dicho astro. Hermana gemela de Helios y hermana mayor de Eos. Madre de Pandía/Pandeia (a quien procreó con Zeus) y de las Menaes o Menaí (las 50 hijas que tuvo con el mortal Endimión). Se cree que era la madre del León de Nemea, según algunas versiones. (No confundir con Artemisa ni Diana.)
- Eos: diosa y titánide de la Aurora (o del Amanecer, según algunas versiones), hermana menor de Helios y Selene. Madre de los cuatro vientos (Notos, Euros, Bóreas y Zéfiro). Su carro solía preceder al del Sol, anunciando la llegada del día.
- Theia/Thía: consorte de Hiperión; madre de Helios, Selene y Eos. Titánide de la vista/belleza, también conocida como “la titánide de donde procede toda la luz”.
- Hiperión: consorte de Theia/Thía; padre de Helios, Selene y Eos. Titán de la luz, también llamado "dios de las luces celestiales, por la luz que otorgaban sus hij@s a l@s mortales. Se cree que él quien conducía el carro del Sol antes de que Helios se hiciera cargo de dicha tarea.
- Clímene: madre de Faetón según la mayoría de las versiones. Según una versión, una de las ninfas oceánides. Según otra versión, una reina mortal.
- Gea/Gaia: Madre de casi todo el panteón griego, junto con Urano. Madre de los titanes; abuela de Helios, Selene y Eos (entre otros muchos dioses). Personificación de la Tierra/Madre Tierra. Hermana de Nix, Érebo, Urano, Éter y Hémera. Hija de Caos (deidad primordial). Considerada diosa madre o madre universal.
- Nix: Hermana de Gea. Hija de Caos. Diosa primordial griega de la noche (y de la obscuridad, según ciertas versiones), reina del Tártaro.
- Tártaro: Subdivisión del Inframundo (no confundir con el “infierno” del cristianismo/catolicismo). Lugar al que se iban las almas de los seres más ruines al morir, ahí pagaban sus crímenes según la gravedad de los mismos, y las condenas a menudo eran eternas y acordes a sus fechorías. Regido por Nix.
- Inframundo (también llamado Hades, como el dios que lo regía): lugar al que se iban las almas de los difuntos, independientemente de su naturaleza bondadosa o maligna. Su interior se dividía en varias secciones, entre ellas el Tártaro (a donde se iban las almas de seres “malignos”) y los Campos Elíseos (lugar a donde se iban las almas de seres “bondadosos”).
- Cerbero (Cancerbero o Can Cerbero): perro de tres cabezas, hijo de Equidna y Tifón. Guardián de la entrada del Inframundo. Hades era su dueño.
- Prometeo: titán “amigo de los mortales”, el que “robó” el fuego a l@s dios@s para dárselo a l@s mortales, razón por la que después fue condenado a pasar la eternidad encadenado a una roca en la cima de una montaña, aunque su suerte cambió con la aparición de Hércules/Heracles y con un desafortunado incidente que hirió al centauro Quirón.
- Pandora: la primera mujer; creada por Hefesto bajo las órdenes de Zeus después de que Prometeo le diera el fuego a la humanidad. Protagonista del mito de "la caja de Pandora".
Si hay alguna duda que aún esté rondando sus mentes, soy toda ojos/oídos.
Gracias, como siempre, por leer, apoyarme y comentar! ;)
Ojalá disfruten ésta historia que, para variar, es fruto de la fusión de dos de mis grandes pasiones: el spanking y la mitología griega.
x
x

Con un gruñido, el menor se incorporó a medias, engulló la última galleta que quedaba en su plato y terminó la leche sabor vainilla que quedaba en su vaso de plástico con dibujos de solecitos, el cual jamás admitiría que era su favorito frente a nadie que no fueran su padre y sus tías.

Tras poco menos de media hora, el chico se encontraba ya recostado sobre una mullida cama en la habitación que solía ocupar en la mansión lunar, con paredes decoradas con pequeños soles, lunas y estrellas que refulgían en la obscuridad y un móvil incrustado con piedras preciosas que pendía del techo directamente sobre la cama, un excéntrico regalo de parte de Theia e Hiperión, sus abuel@s.

– Descansa, mi amor –se despidió Selene, dejando un suave beso en su mejilla. En público, Faetón solía renegar de dichos gestos de afecto, pero a puertas cerradas era innegable que disfrutaba recibir atención y, a pesar de los altibajos propios de la adolescencia que parecía no haber terminado nunca para él, a menudo correspondía con igual cariño.–

Transcurridas varias horas, la diosa lunar aterrizaba de nuevo en sus dominios, entrando de nuevo en la mansión tras terminar su extenuante jornada laboral. Despuntaba el alba cuando los bellos matices rosáceos que distinguió en el horizonte le confirmaban lo evidente: Eos, su hermanita y diosa de la Aurora, estaba no enamorada, sino lo que le sigue. Babeando. "Cacheteando las banquetas" por su actual galán. Con la cabeza en las nubes. Y de un humor excepcionalmente bueno, a juzgar por los alocados colores que se entretejieron en el cielo segundos antes de que la luz del Sol se hiciera por completo presente en la bóveda celeste.

Como cabe esperarse, Zeus no se arrepentía en lo más mínimo de haber disparado un rayo para ponerle un "estáte quieto" al chaval, pero aquel trágico suceso que por poco acaba con la vida de Faetón provocó un súbito cambio en el corazón de Helios, su padre. Él no sabía nada sobre niñ@s...nada sobre hij@s, nada sobre ocuparse de alguien más, y apenas iba conociendo a su propio hijo. La situación (el accidente y sus efectos) lo había rebasado a tal grado que se reconocía incapaz de criar a su hijo menor él solo. Ahora que la madre del chico no estaba, las Helíades se habían vuelto aún más apegadas a su hermanito y Selene se había vuelto más allegada que nunca a su sobrino (si es que eso era posible), tomando en su vida un rol de indiscutible autoridad y un valor inestimable. Helios, naturalmente, se encontraba aliviado e inmensamente agradecido, pues el apoyo para criar a su único hijo varón le llegaba como caído del cielo, tanto, que incluso había accedido a que el "adolescente" viviera unos meses del año con él y otros con su hermana gemela, que se había vuelto prácticamente una segunda madre para el joven, no "solamente" su tutora legal.

Un cuarto de hora más tarde, el "adolescente" despertó...y con otra idea medio suicida en mente. No se necesitaban más que un par de neuronas para inferir que el dios del Sol descansaba durante la noche y la diosa de la Luna lo hacía durante el día. Es decir, en ese preciso momento. Sin darle muchas vueltas al asunto, el chico se levantó y se alistó, pero no precisamente para ir a clases. Mientras Selene se abandonaba por unas horas a un profundo y reparador ciclo de sueño, a Faetón se le ocurrió que sería buena idea probar suerte y tomar "prestado" el carro lunar con todo y caballos. Total, su tía estaba en el quinto sueño y no tenía motivo ni forma de enterarse de lo que haría...o eso creía él. Sin perder más tiempo, se inmiscuyó en los establos y ató a los caballos al carro como Caos le dio a entender. Desde luego, aquella titánica tarea no era como atarse los cordones de los zapatos, por lo que nuestro protagonista terminó situando al líder de la manada en medio de la formación y no al frente, se le enredaron las riendas peor que como le había sucedido con el cable de las luces navideñas, por poco le puso la muserola (parte de la brida, el cordaje colocado en torno a la cabeza de un caballo) entre las orejas a uno de los corceles y, ya que trece caballos le parecían demasiados, decidió llevarse sólo nueve y dejar cuatro. Nueve también era un buen número, ¿no? Seguro que no habría problema, además aquellos ejemplares no eran muy diferentes unos de otros...bueno, uno de ellos, quizás, pero, ¿cómo decían los mortales? Ah, sí..."el orden de los factores no altera el producto". Bastaba con que los caballos tiraran del carro.

Faetón subió al lugar del carro donde varios centenares de veces había visto situarse majestuosamente a su padre y a su tía, asió emocionado el montón de riendas que sentía que le otorgaría el control del universo y no tuvo que hacer más que proferir un enérgico "¡AJÚA!" y agitar el látigo en el aire un par de veces para que los monumentales animales salieran disparados al frente, elevándose a los pocos segundos, dejando una estela de chispas plateadas tras de sí mientras cruzaban el cielo a todo galope. Gracias al tiempo que demoró el chico alistando el carro, salió apenas una hora más tarde de lo que Helios había salido de su propia mansión, pero con eso bastó para estar fuera del campo visual de su progenitor, pues se encontraba ligeramente más atrás y ambos carros dibujaban casi siempre en el firmamento trayectorias perpendiculares, no paralelas.

Faetón creía que bastaría con gritar aleatoriamente una expresión vaquera sacada de cualquier película incluida en el género western (lejano oeste) y agarrarse de donde pudiera con las veinte uñas y todos los dientes. Y quizás el descabellado plan estaba valiendo la pena, pues el escuincle estaba embelesado con la vista desde ahí y con la elegancia de aquellos imponentes equinos. Aquellos portentos de la naturaleza eran animales muy distintos a los que tiraban del carro solar. Aquellos últimos tenían piel color carbón, pelaje acerado con destellos dorados, como si emanaran fuego por todos los poros, y estaban dotados de nacimiento con llamas en la crin y la cola; exhalaban más calor del que despedía la fragua de Hefesto y tenían infundida en el alma y en los ojos la vitalidad de un volcán.

En menos de lo que dura un parpadeo, Faetón tuvo un flashback, viendo con inusitada lucidez en su mente una imagen proveniente de su pasado. En aquel inesperado y fugaz recuerdo, se vio a sí mismo de pequeño, asistiendo a su tía mientras ella alimentaba a los caballos. En dicha visión, cortesía de su selectiva e inoportuna memoria, el joven había estado a punto de caer de espaldas tras hacer contacto visual por accidente con uno de los ejemplares. Nada más y nada menos que el líder de la manada lunar: Bucephalus.

– Está bien, fosforillo –lo había tranquilizado su tía–. No te hará daño si percibe que no tienes malas intenciones. Su nombre es Bucephalus. Significa "cabeza de toro". Él y los demás tienen poderes –dijo, trazando medio círculo en el aire con el brazo extendido para señalar a los demás ejemplares, que pastaban a su alrededor–, si los miras a los ojos, esas gemas semejantes a zafiros tornasolados, les estarás dando permiso para entrar hasta en el más pequeño recoveco de tu alma, y sus pupilas reflejarán entonces una imagen de todo tu ser, luz y obscuridad incluidas. A algunas personas no les gusta lo que ven o les provoca miedo, pero se debe a que en esencia no son bondadosas con su entorno...

– Tranquilo, corazón –lo animó con dulzura–. Si no te sientes listo, no lo mires a los ojos, no se ofenderá por eso. Si no temes a tu propia luz u obscuridad, mirarlo a los ojos no te afectará, aunque al parecer no para todo mundo es tan sencillo...

El pequeño decidió seguir la sugerencia, gratamente sorprendido y aliviado de que surtiera efecto. Faetón era un buen niño, en realidad, sólo tenía un carácter algo caprichoso, un cerebro sumamente creativo y era algo travieso. Poquito...está bien, MUY travieso. Por eso sus siete hermanas mayores (las Helíades) estaban a nada de convertirse en helicópteros. Pasaban la mayor parte del tiempo jugando con él "para que se cansara" o vigilándolo para evitar que sus inocentes ocurrencias terminaran en desastre.

– Toma, puedes darle esto –susurró Selene, poniendo un jugoso limón amarillo en las manos del chiquillo, quien la volteó a ver como si hubiera perdido por completo la razón.–

Con valiente resolución, el infante tomó aire y dio un par de diminutos pasitos al frente, plantándose con firmeza sobre el césped y estirando cautelosamente los brazos al frente...y cuál habrá sido su sorpresa al percatarse de que fue precisamente el líder de la manada quien cortó la distancia para "reclamar" aquel premio de sus manos, mismas que empezaron a cosquillearle al momento que Bucephalus las tocó con sus labios. Sin dudarlo, el "gentil gigante" aprisionó la fruta entre sus dientes frontales y luego comenzó a masticarla con un sonoro crujido, que hizo sonreír al semidiós. Antes de que le pidiera más, el hombrecito rápidamente volvió junto a su tutora dando pequeños saltitos, observando con fascinación cómo el alfa terminaba de comer. Le llamaba la atención tanto como le intimidaba.

– Limón Eureka, le llaman los mortales...algo tendrá que ver con lo que exclamó Arquímedes cuando descubrió cómo calcular el volumen y la densidad –comentó la mujer con una sonrisa...los humanoides y sus ocurrencias–. El limón es una fruta lunar. Tiene la energía de la Luna y efectos positivos en el sistema nervioso, digestivo, inmunológico y respiratorio...y es de los bocadillos favoritos de mis caballos –explicó–. Pero será nuestro pequeño secreto, ¿está bien? No quiero que mi casa se convierta en una granja interactiva de beneficencia o que medio panteón sepa cuál es la debilidad de estos potros desbocados, así mantengo un poquito más fácilmente el respeto que todavía me tienen –bromeó la diosa, a quien todo el panteón griego estimaba, apreciaba y respetaba como a pocas deidades.–

Tras llegar a ese punto en sus memorias a la velocidad de un rayo, la conciencia del "adolescente" volvió de golpe a la realidad, y con una sensación no tan grata como la que solía experimentar al recordar aquel pasaje en concreto. Sin saber cómo o en qué momento, el "niño" había perdido por completo la noción del tiempo-espacio. Ni siquiera notó cuando los caballos habían parado en seco, sólo sabía que en ese momento estaba suspendido a miles de metros de la corteza terrestre, en algún lugar del cosmos. No recordaba ni cómo se llamaba la capa de la atmósfera en la que ahora se hallaba...y Bucephalus tenía la cabeza girada a medias y lo estaba mirando directo a los ojos, sin siquiera parpadear. Mal momento para no tener un kilo de limones a la mano. De ser omnívoro, aquel corcel ya se lo hubiera tragado de un solo mordisco, Faetón estaba más que seguro. En aquel momento el cristalino tejido epidérmico de los demás caballos translucía tonos de azul cielo opacos y pajizos...pero no el del líder. Bucephalus lo escrutaba con la mirada con una intensidad inmisericorde, tenía el cuello inclinado al frente y las orejas echadas hacia atrás en posición de ataque, respiraba con una brusquedad atronadora; su "piel" dejaba entrever matices de azul marino mezclados con cúmulos de azul eléctrico y sus ojos denotaban tal disgusto que ya no parecían zafiros, sino esferas de obsidiana con incrustaciones de cuarzo amatista y rubí. La mirada del animal irradiaba tal cantidad de calor que rayaba en la frialdad total. Faetón estaba petrificado. Incluso podría jurar que vio un par de diminutas chispas rosas y rojas inundar las profundidades de los orbes del alfa, como si se tratara de una máquina imparable haciendo cortocircuito. Y el semidiós no lo podía culpar. Bucephalus ya había visto hasta el fondo de su conciencia (si es que tenía) y lo sabía todo. Casi hasta el color de su ropa interior. Se había dado cuenta enseguida de lo extrañas e inexpertas que eran las manos que ingenuamente trataban de guiarlo a él y a los suyos, y por eso había detenido el carro lunar. Sabía que Faetón había faltado a una clase importante con Prometeo, que claramente no había sido Selene quien le había pedido sacar el carro a dar una vuelta, que no le había avisado ni había obtenido permiso de ella para hacer semejante locura. Sabía que había robado el carro e ignoraba que los caballos debieron haber descansado al menos un par de horas antes de volver a salir...y sabía que el mocoso no tenía ni la más remota idea de cómo o por dónde volver a casa ni parecía tener noción alguna de lo que estaba haciendo. En contraste, Faetón sabía una sola cosa con certeza: Bucephalus estaba fúrico. Y ésta vez no estaba Selene cerca para protegerlo o ayudarle, ni siquiera llevaba un mísero limón en la bolsa y sus únicas dos neuronas aún funcionales no atinaban a brindarle una solución viable.

Antes de poder improvisar un buen plan, el líder de la manada lo sorprendió tomando las riendas del asunto...literalmente. En un brusco movimiento, dio un tirón con el cuello, arrancándole las riendas de las manos y después emprendió una acelerada carrera a todo galope, dado que él sí conocía el camino de vuelta. Faetón fue lanzado contra el respaldo del asiento, apenas alcanzó a sostenerse de algo para no caer por la borda y, como pudo, se arrastró para tomar de nuevo su lugar en el pescante (asiento del cochero en ciertos carruajes o coches tirados por caballos). Ahora el vehículo se desplazaba a una velocidad exorbitante y casi en picada, pues Bucephalus quería emplear la energía que aún le quedaba para trazar la trayectoria más directa de vuelta a casa sin alterar demasiado los ciclos naturales de los seres vivos a su alrededor, y el "cochero destituido" estaba desesperado haciendo vanos esfuerzos por recuperar las riendas y el control de la situación. Su tía iba a matarlo...

Sacando medio cuerpo del carro, se estiró para alcanzar al menos uno de los nueve pares de riendas que se agitaban cual vela al viento sobre el lomo de uno de los garañones, aunque aquello no haría gran diferencia. Al enderezarse, atestiguó algo que le heló la sangre. El Sol se estaba acercando al horizonte, señal de que su padre estaba por volver a casa y su tía estaba por despertar, pero no sólo eso. Todos los caballos tenían los ojos entrecerrados y no se movían; flotaban con ligereza, dejándose llevar. Estaban entre paralizados y dormidos, con las rodillas plegadas y las patas casi pegadas al cuerpo, con la barbilla rozándoles el cuello. Como si estuvieran...dormidos en mitad del aire. Cada uno ahora dejaba ver a través de su tejido epidérmico una difuminada nube de color azul, tan claro y pálido que parecía gris; las puntas de sus crines y colas tenían el aspecto de las leves gotas de rocío que se desprendían del torrente de agua al caer por una cascada, fluían deslizándose sobre parte del cuerpo de cada uno de ellos y luego se evaporaban, fundiéndose con el espacio a su alrededor. Todos los caballos estaban exhaustos, sumergidos en aquel alarmante estado de "hibernación". Todos excepto uno: el alfa. Bucephalus estaba llevando el peso del carro y de los demás caballos él solo y a una velocidad trepidante. Como el líder innato que era, se había adjudicado la responsabilidad de conducirlos a todos de vuelta a la mansión en una pieza, aunque en ello se fueran sus reservas de energía. No iba a esperar hasta estar él también en estado de hibernación para que el joven semidiós se diera cuenta de que era demasiado tarde para volver a la morada de la diosa lunar.

Completamente ajeno al plan y el curso que Bucephalus estaba siguiendo, Faetón entró en pánico, comenzando a tirar furiosamente de las bridas, intentando al costo que fuera frenar el carro o restituir el rumbo que él en su ignorancia había fijado, sin saber que no era el adecuado. No obstante, el líder no iba a ceder. ¿Quién se creía aquel escuincle para decirle qué hacer y por dónde ir?

En resumen, el libro del Apocalipsis se quedaba corto: durante ese alocado viaje (que, dicho sea de paso, se salió de control gracias a nuestro joven protagonista), subieron y bajaron las mareas de forma desmesurada, se desbordaron y secaron infinidad de ríos y mantos acuíferos alrededor del globo terráqueo, nacieron miles de bebés pertenecientes a todas las especies del reino animal (varios de ellos, prematuros, desde luego), se alteró el proceso de crecimiento y fotosíntesis de medio reino vegetal, se desajustó el horario de sueño de millones de seres vivos en todo el mundo, un grado ridículo de hipersensibilidad se desató en todos los seres vivientes (humanos, animales y entes inmortales) y, por si fuera poco, dio inicio el ciclo menstrual del 81% de las mujeres del universo...incluidas las siete hermanas de Faetón. Todo esto pasaba completamente desapercibido para él y, gracias a las gárgolas, no sería él quien tendría que lidiar con hordas de mujeres enardecidas; si así hubiera sido, sí que estaría frito.

Claro, según él, estaba luchando contra un caballo desquiciado para salvar su vida...pero ahí, atravesando todas las capas de la atmósfera y acercándose a la litósfera a una velocidad absurdamente mayor a la de la gravedad, de pronto sus ojos reconocieron el lugar en el que aparentemente iban a estrellarse: los amplios jardines de la elegante casa de su tía, en las faldas del Monte Olimpo. Bucephalus tenía el aterrizaje milimétricamente calculado, pero eso el chico no lo sabía. Aterrado, Faetón se arrojó al frente faltando pocos metros para impactar contra el suelo (según su percepción), abrazándose al torso de Bucephalus cual koala, con brazos y piernas, y dio un violento tirón a su crin a la vez que lo espoleaba en los costados con los talones, creyendo, erróneamente, que así lo frenaría. Naturalmente, aquel improperio no le había caído en gracia al alfa, razón por la que no hizo ni el más mínimo esfuerzo por disimular su reacción: una vez cerca del césped, el caballo hizo uso de sus habilidades sobrenaturales para frenar el viaje, consiguiendo así que con una impresionante sutileza se detuviera el carro, los otros ocho caballos que venían flotando y, por supuesto, él mismo. Por desgracia, fue justo en ese momento cuando el mocoso ejecutó su agresiva maniobra, "tratando de evitar convertirse en huevo estrellado", y Bucephalus, sabiendo que la vida del humanito ya no peligraba (pues había actuado sin pensar y por el puro susto), corcoveó intencionalmente, lanzando a Faetón directamente al estanque de nenúfares a la mitad del jardín. Por suerte para el heroico animal, para el oído humano es difícil separar el sonido de una risa del sonido característico que produce un caballo al relinchar o resoplar, pero interna y externamente el corcel se regocijaba por múltiples motivos: estaban todos vivos, de vuelta en su hogar, y al fin se había quitado de encima a ese molesto "piojo de dos patas". No era que Faetón y Bucephalus tuvieran "pique" (pleito) desde antes ni que se odiaran, simplemente aquel no había sido el mejor de los días para ninguno de los dos y no habían logrado ponerse de acuerdo ni comunicarse efectivamente en ningún momento del día...

Feliz por estar de regreso y viéndose libre de todo peso adicional, el garañón se deshizo del arnés con un rebuscado y ágil movimiento , demostrando así que, si no lo había hecho antes, era porque su prioridad era el bienestar de los suyos, no porque no fuera físicamente capaz. Pudo haber dejado al resto varado en el espacio, pero no lo hizo. En cuanto tocaron tierra con una suavidad casi mágica, el resto de los caballos fue recobrando la conciencia, abriendo los ojos, desentumiendo sus extremidades y mirando a su alrededor antes de ponerse de pie con lentos movimientos que evidenciaban su fatiga. Bucephalus iba acercándose a ellos uno por uno, palpándolos con la punta del hocico para asegurarse de que estaban bien. Tras confirmar que no habían sufrido daños graves, resopló con tranquilidad y se acercó retozando al estanque al que momentos atrás había caído el humanito. Tocó la superficie del agua con los labios, disponiéndose a beber, cuando un burbujeo incesante se hizo presente, como si el líquido estuviera en pleno estado de ebullición en un punto específico. Acto seguido, una escandalosa figuro rompió la calma, emergiendo de entre las aguas.

– ¡Cuadrúpedo idiota, casi nos matas! –vociferó el muchacho como el energúmeno que en ese momento estaba hecho, salpicando agua por doquier y plantándose frente al equino en cuanto pudo abrir los ojos, quedándose de pie dentro del agua.–

Sin el menor interés de entablar contacto visual y haciendo gala de gestos medio humanezcos, el paciente animal se limitó a rodar los ojos, poner cara de pocos amigos, y luego le escupió en la cara a Faetón el agua que tenía almacenada en las mejillas. Indignado, el jovenzuelo hizo furiosos aspavientos tratando de bloquear el "ataque".

– ¡¿Pero qué demonios?! –exclamó el "adolescente"–. ¡Ahora sí lo convierto en shawarma! (platillo de Medio Oriente que contiene carne) –gritó, fuera de sí, tomando impulso para abalanzarse hacia su "contrincante".–

Faetón estaba pasmado, de verdad creía que nadie se daría cuenta de su pequeña escapada. Incluso había comenzado a doblar las rodillas de forma inconsciente, como queriendo sumergirse de nuevo en el agua, inútilmente buscando "protegerse" de aquel monumental regaño y de lo que pudiera venir después. A pesar de medir cerca de 1.80 metros, quería que el agua y la tierra lo engulleran cuanto antes. Mientras tanto, Bucephalus se había apartado un poco, reuniéndose tranquilamente con el resto de la manada, y unos cuantos potrillos que pastaban por ahí se acercaron a saludarlo felizmente. Descendientes suyos, seguramente. Cómo envidiaba al cuadrúpedo en ese momento...

– Faetón...sal de ahí –comandó con los brazos en jarras, haciendo un verdadero esfuerzo por no sacarlo de una oreja.–

Incapaz de reprimir un brinquito y un mohín, el susodicho comenzó a caminar a paso veloz hacia el templo, bajo la mirada vigilante de su tía, para quien no pasó desapercibido el momento en el que "discretamente" el "adolescente" llevó una mano al área dolorida para sobarse. En cuanto entró y cerró la puerta azotándola, Selene exhaló con pesadez, masajeándose el tabique nasal con dos dedos.

Por su parte, Selene aprovechaba algunas de las tareas cotidianas más simples para apaciguar su temperamento y así evitar estrangular a su sobrino. Una de las ventajas de ser la diosa de la Luna era poseer una serie de increíbles poderes, entre los cuales estaba incluido iniciar o detener su ciclo menstrual a voluntad...las desventajas eran que la diosa estaba en estrecho contacto con los cambios de humor por los que pasaban todas las mujeres en dicho estado. Y dado que el 81% de las féminas del universo se encontraban de pésimo humor por haber empezado su periodo "anticipadamente" (por los descuidos de Faetón), ella también experimentaba el enojo y la frustración al que todas ellas estaban sujetas. Eran gajes del oficio, para ella no era la gran cosa, simplemente no esperaba que sucediera en ese preciso instante ni encima del disgusto que aquel escuincle malcriado le había causado. Respirando profundamente unas noventa veces, se puso a atender a los somnolientos corceles, guiándolos pacientemente al establo, donde les procuró agua y comida y se aseguró de que estuvieran cómodos para que pudieran descansar. Dejando las puertas de la pintoresca construcción abiertas de par en par para mayor comodidad y libertad de sus animales, se dirigió por último a Bucephalus, quien llevaba prácticamente toda la vida con ella y era uno de sus más fieles y leales compañeros; el cariño que le tenía era muy especial, pues aparte de todo, Poseidón le había regalado a aquel magnífico ejemplar cuando amb@s dios@s eran más jóvenes, como símbolo de lo mucho que estimaba a la diosa y atesoraba su inquebrantable amistad. Aquella gentil criatura poseía el mismo nivel de intuición e hipersensibilidad que la diosa, entre otras tantas virtudes, y compartía con ella un lenguaje secreto, una forma única de comunicarse...

Delicadamente, la diosa acarició con el dorso de la mano el costado de la estética testa del garañón, ofreciéndole con la otra mano un puñado de hojuelas de avena recién cosechada. Gustoso, Bucephalus aceptó aquel bocadillo, restregando ligeramente el rostro contra la dueña de dicha extremidad en un gesto cariñoso. Selene, haciendo uso de su imponente estatura, inclinó la cabeza hacia adelante y juntó la frente con la de su amigo, estableciendo así, como hacía cada día, un vínculo mental con él, por medio del cual podía conectarse con los sentidos del animal y percibir todo lo que él había captado en el día a través de ellos: sensaciones, sonidos, olores, sabores, imágenes, recuerdos y emociones. En una especie de trance momentáneo, la titánide atestiguó todo lo que había acontecido aquel alocado día, desde que Faetón había enganchado a los caballos al carro hasta que su inseparable compañero había tirado al mocoso al agua, que honestamente era lo mínimo que se merecía. Gracias a los murciélagos que había elegido a Bucephalus entre los caballos que se llevó, a pesar de lo mucho que lo intimidaba; de lo contrario, su regreso habría sido aún más complicado. No hacía falta ver ni saber más...

Con un renovador suspiro de alivio, Selene tomó fuerzas para lo que estaba por venir y cerró los ojos un momento, dejando un afectuoso beso en la frente del caballo. Al fin la tranquilidad volvía a instalarse en su corazón.

– Gracias por traerlos de vuelta...a todos –expresó con sinceridad, pues sabía que no había sido fácil para Bucephalus, pero agradecía que hubiera traído a su testarudo sobrino en una pieza pudiendo haberlo dejado por ahí botado–. Sé que lo perdonarás, pero esto no quedará así, descuida. Descansa un rato, saldremos dentro de pocas horas, amigo...

Obedientemente, el bondadoso corcel resopló con un asentimiento, se sacudió de la punta de las orejas a la punta de la cola y entró al establo a dormir con el resto. El Sol ya casi marcaba el fin de la tarde, pero aún tenía tiempo para reponer energía.

– Lo sieeento –admitió al fin el joven, alargando la "e" en la segunda palabra, pues realmente no tenía argumentos válidos...o esperanzas de salir airoso del sermón que presentía que se cernía sobre él cual inminente tormenta. La mirada de la mayor le quemaba más de lo que su propia conciencia le remordía...por ahora.–

El "niño" permaneció callado un momento, pues ahora que lo pensaba detenidamente, no estaba muy seguro de lo que había dicho, ya que no se arrepentía en absoluto de lo que había hecho. Todo su ser le gritaba que saliera en busca de aventuras, y el torrente de adrenalina que había electrizado su cuerpo durante el tiempo que duró su "paseo clandestino" no lo cambiaría por nada, ni en un millón de años...excepto aquel inesperado momento en el que Bucephalus lo confrontó, volviéndole a poner los pies sobre la tierra, por decirlo de alguna manera. Esa parte fue aterradora, aunque todo lo demás le había encantado. El sentirse libre, poderoso, a salvo, distinto, casi autosuficiente, inalcanzable...especial. Por un segundo, mientras recordaba todo lo que había sentido allá arriba, una sonrisa cruzó su traviesa mirada, y aquella fue una respuesta más que clara para su tutora, que no necesitó más que entornar los ojos para hacer que el "acusado" recompusiera su respuesta.

– Bueeeno, no –aceptó, derrotado, luchando contra la sonrisita que afloraba en sus labios mientras desviaba la mirada, medio cubriéndose con el dichoso cojín, de pronto sintiéndose expuesto y apenado; sus mayores (su padre, sus tías y sus abuel@s) tenían algo en común: pocas cosas se les escapaban–. La verdad no, porque me gustó lo que se sintió...aunque sí siento no haberte avisado ni con una notita y no haberle dicho a nadie a dónde iba –añadió rápidamente, tratando de no meterse en más problemas–. ¡Pero es que no me hubieras dejado! –no pudo evitar añadir, queriendo retractarse ahí mismo.–

"Yo y mi bocaza", pensó, abrazando el cojín a la altura de sus labios con más fuerza.

– Efectivamente. No te di permiso –confirmó la mujer con seriedad–. No te imaginas lo feliz que me hace tenerte de vuelta, frente a mí, y sin un solo rasguño. Vivo –acentuó, haciendo que el menor tragara saliva con dificultad.–

Captando la no tan velada alusión al accidente que había tenido antes en el carro solar, Faetón se puso a la defensiva, un gesto involuntario e irracional que recalcó lanzando el cojín al suelo, a lo que su tía respondió alzando una ceja casi hasta la coronilla.

– Ya puedes empezar a explicarme qué clase de espíritu maligno te poseyó para que cometieras semejante disparate –expresó Selene, cruzando los brazos a la altura de su pecho, recargando brevemente la espalda en el respaldo de la silla.–

El rubio negó con la cabeza, luchando contra el puchero que amenazaba con adornar su rostro mientras cruzaba los brazos, imitando y retando a la figura de autoridad que se hallaba delante de él.-

– ¿No vas a hablar? –intentó persuadirlo la diosa, dándole una última oportunidad.–

Como toda respuesta, el joven volvió a negar y desvió la mirada, enfurruñado.

– Bien. Ya que insistes, lo haremos a mi manera... –se incorporó, enderezando la espalda, y le tendió una mano–. Ven aquí, por favor, fosforillo...

Ahora no le hacía tanta gracia, por lo que aprovechó la breve pausa para recuperar el aliento. Tras unos instantes, negó en silencio, clavando la vista en el espacio entre sus manos, avergonzado. El glacial tono de voz empleado por la mayor era aún más duro que el frío suelo en el que estaban apoyadas sus manos. En realidad, no hacía falta más que excavar algunos cuantos kilómetros para llegar a la deprimente, desolada y obscura fosa sin escape en la que ahora se encontraría si las cosas se hubieran descontrolado tan solo un poco más aquella tarde. Sintió miedo de sólo pensarlo y levantó las manos del suelo, incómodo e intranquilo. Por suerte, Selene actuó con rapidez y lo sostuvo con firmeza para evitar que perdiera el equilibrio. Y aquel simple gesto no era distinto al juramento que internamente se había hecho cuando Faetón nació. Ese pequeño rayo de sol era adorable, encantador y había puesto su mundo de cabeza; y, por si fuera poco...tomando en cuenta que Selene había tenido cincuenta hijas con Endimión (un hombre mortal ciego), que sus sobrinos por parte de Eos ya eran hombres hechos y derechos (entre ellos, los 4 vientos: Euros, Notos, Bóreas y Zéfiro) y que el resto de sus sobrinas eran mujeres (las Helíades, hijas de Helios), no era motivo de extrañeza que Faetón se convirtiera en el niño de sus ojos desde que llegó al mundo, razón por la que juró protegerlo eternamente, al costo que fuera.

Claro, su madre lo adoraba y le tenía la paciencia del santo Job, pero el tipo de contención y comprensión que podía brindarle su progenitora estaba limitada por su esencia semimortal, así que la única mujer inmortal que podía guiarlo y, además, le tenía paciencia y cariño infinit@s, era Selene. Eso sin mencionar que ella era la única diosa genéticamente cercana a quien el voluntarioso joven consideraba una figura de autoridad. Todo mundo sabe que en el panteón griego tod@s l@s dios@s están emparentad@s...claro, a Gea hay que respetarla porque es la madre de todo y de tod@s...a Hera hay que respetarla porque...pues porque está medio loca y en un ataque de ira o celos es capaz de hacer absolutamente cualquier cosa. A Deméter porque puede matar de hambre a todo ser viviente si alguien le colma el plato. A Hestia porque es un amor y no lastimaría ni a una mosca. El asunto es que Faetón no convivía de cerca con ninguna de ellas, menos aún con los dioses, salvo por Zeus cuando intentó matarlo y Asclepio cuando lo salvó. Pero la diosa con la que más tiempo pasaba y a quien más admiraba (y temía) era su tía Selene.

Hija de Theia e Hiperión (amb@s de naturaleza titánica), nieta de Gea, gemela de Helios y hermana mayor de Eos. Diosa titánide y personificación de la Luna. Protectora y mentora de Artemisa y sus seguidoras, siendo frecuentemente confundida por los mortales con dicha doncella. Amiga y confidente de Poseidón. Miembro de la triada lunar junto con Hécate y Artemisa, ambas deidades asociadas íntimamente con la Luna en la mitología griega. Y la lista de títulos podría seguir eternamente, pues arquetípicamente se le vincula con la energía materna y astrológicamente se le considera regente del signo Cáncer (el más maternal de todos, sin hacer distinciones entre hombres y mujeres), se le asocia con el día lunes y se le atribuyen infinidad de proezas en la naturaleza, tales como influir en el movimiento de mareas y mantos acuíferos, alterar la energía y el ciclo de sueño de algunos seres vivos, en el proceso de maduración de ciertas frutas y verduras, en el ciclo menstrual de todo ser perteneciente al género (biológico) femenino en el reino animal, e incluso en eclipses o en fase de luna llena tiene el poder de inducir o acelerar/adelantar partos.

Siendo descendiente directo de entes celestiales, Faetón estaba al tanto de todo eso; sobra decir que más de una vez puso en total vergüenza a sus profesores de ciencias, literatura y etimologías grecolatinas en la escuela mortal. Y, por supuesto, sabía que cualquier incaut@ que tuviera la mala suerte de encontrar a su tía de mal humor podría terminar arrepintiéndose hasta del aire que todavía no había respirado. Normalmente, era razonable, prudente y sensata hasta el cansancio, pero incluso en las leyendas mortales se hablaba del "lado obscuro de la luna"; Selene era de una naturaleza tan fiera que comúnmente se le vinculaba con la existencia de seres "míticos", tales como vampiros y licántropos (hombres/mujeres lobo). Incluso se decía que ella era la madre del León de Nemea. Sí, ese al que el baboso de Heracles/Hércules (llamado Alceo/Alcides al nacer) había asesinado por encargo de su insufrible primo, el rey Euristeo, y como penitencia por ciertas faltas y crímenes innombrables que había cometido...pretendamos por un momento que Hera no tuvo que ver en eso.

La creencia común apuntaba a que la crueldad propia del lado obscuro de Selene (la luna) proviene de la estrecha relación que guarda con Nyx (diosa de la noche/obscuridad), astronómicamente hablando. Faetón creía que era mejor no averiguarlo. Simplemente, como el hijo menor del dios titán del Sol (Helios), a veces le costaba un poquito no buscar cierto protagonismo, consciente o inconscientemente, por lo cual en ocasiones le era casi imposible no tener desplantes de actitud hacia sus mayores...concretamente, hacia sus figuras de autoridad más cercanas, Helios y Selene, su padre y su tía. Poco importaba ya que Helios no hubiera estado tan presente en la infancia del muchacho; ahora lo estaba. Amb@s hacían un trabajo destacable criando al menor, y verdaderamente no cabían en sí mism@s de orgullo cada vez que el chico alcanzaba las metas que se proponía. Pero no todo es miel sobre hojuelas, y cuando aquella pequeña tormenta solar se les descarriaba había que ponerle un alto, tranquilizarla y reencauzarla. Tal como Selene estaba haciendo en este momento.

Básicamente, Selene había inventado la intuición, y había en verdad muy pocas cosas que escapaban a la agudeza de su percepción sobrehumana, por lo que el cambio que ocurría dentro del menor y que su cuerpo reflejaba no pasaba desapercibido para ella. De pronto, Faetón había dejado de luchar y de lanzar excusas a diestra y siniestra. Estaba inmóvil ahora...receptivo. Dimensionando la gravedad del asunto y del peligro que sus acciones podían haber desencadenado. Aquello era muy similar a lo que su padre le había dicho el día que condujo el carro solar, aunque esa vez no lo robó, sin embargo, la forma en la que le había dicho las cosas era distinta. No era que prefiriera los sermones de su papá, simplemente, ahora que una avalancha de conciencia había descendido sobre él con la misma sutileza con la que la mano de su tía corregía sus errores y travesuras, realmente lamentaba no haber meditado mejor las cosas antes de hacerlas...y lamentaba que no fuera su papá quien lo estaba ajusticiando. Si creía que meterse en problemas con el dios del Sol ya era malo, no tenía ni idea de lo que era meter la pata hasta el fondo con la diosa de la Luna. Por desgracia, lo había notado demasiado tarde y ya no era momento de retractarse.

– ¿Tú crees que quisiera ver el alma del más pequeño de mis sobrinos condenada a cadena perpetua en un lugar donde no soporto ver encerrados ni a los peores criminales? –preguntó Selene, haciendo ya nulos esfuerzos por ocultar los matices de preocupación en su voz, pues ser inmortal no la hacía inmune al espectro de las emociones, ni siquiera a aquellas que se creía que sólo el ser humano podía experimentar.–

Y por alguna razón el chico sintió que aquel parentesco no ayudaba a aligerar su situación, más bien tenía la impresión de que justamente por ser familia cercana es que le estaba yendo peor que si se hubiera tratado de cualquier otra persona. ¿Quería ser el centro de atención? Pues en este momento lo era. Sin más, la titánide reanudó el castigo, trasladando los azotes a los muslos ajenos.

– ¡Nooo! –aulló el chico, inconscientemente llevando una mano a su espalda.–

Ante aquella afirmación, el "adolescente" apretó los párpados; ya estaba abandonando toda esperanza de "salvarse de lo peor", porque sencillamente no había forma de "salvarse" de eso, y "lo peor" era todo aquello que habitaba en su mente y que no parecía embargar a nadie más que a él: miedo, culpa, vergüenza y arrepentimiento.

– Recuerdo con total claridad haberte dicho que no tenías permitido acercarte al carro de la Luna, mucho menos conducirlo –comenzó, aumentando la velocidad de los azotes–. Por si todo lo anterior no conformaba ya una sarta de imprudencias considerable, faltaba la cereza del pastel...me desobedeciste, Faetón. Y estuvimos a punto de perderte...otra vez.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del chico, pues tras el peso de esas palabras pudo identificar algo que le pareció aún peor que la paliza que estaba recibiendo: decepción.

– Lo siento, tita Sel... –pronunció con una voz minúscula y endeble, haciendo uso de aquel término diminutivo sin siquiera pensarlo, a pesar de no haberlo utilizado desde que tenía alrededor de siete años.–

Esas cuatro palabras habían cruzado el espacio como saeta, introduciéndose directamente en el corazón de la diosa, aunque, lejos de perder el aplomo y parar el castigo, de ahí tomó fuerzas para seguir, pues no tenía dudas de estar haciendo no sólo lo correcto, sino también lo necesario.

– Esto no me pesa menos que a ti –aclaró, deteniéndose un instante–, necesito que los sepas, fosforillo. Pero no pienso dejar que te arriesgues innecesariamente. Tú sabes lo que es perder a un ser querido, corazón, y no es fácil. No podría acompañar y apuntalar a tu padre y a tus hermanas en un proceso así sin desmoronarme yo también. No resistiría...

Faetón derramaba ahora copiosas lágrimas en silencio, apenas evidenciando su congoja con leves sollozos u ocasionales espasmos que sacudían su cuerpo en busca de oxígeno. Tras recomponerse un poco, tragó saliva con amargura, reflexionando sobre las palabras de su tía, y no, no era sencillo ni agradable rememorar el hecho de que su madre había muerto...y en ocasiones no podía evitar recriminarse ni sentirse culpable por ello. Fueron sus imprudencias las que lo llevaron a estar al borde de la muerte y fue el susto de saber que la vida de su hijo estaba en peligro lo que había terminado con la vida de su madre. Cuando él recobró la conciencia tras el coma y se encontró en manos de Asclepio (dios de la medicina y la curación, hijo de Apolo), su mamá ya había abandonado el mundo de los vivos. Y Faetón se quería morir, pues no había posibilidad ni argumento para traerla de vuelta. Hades tenía fama de ser "cruel", pero realidad sólo era justo y seguía las reglas al pie de la letra, no dejaría volver a la vida a un alma que ya se encontraba separada de su anterior cuerpo y que ahora se hallaba en sus dominios. Fueron principalmente Helios y Selene quienes estuvieron presentes para reconstruir los pedacitos de su corazón en las etapas más obscuras y densas de su proceso de duelo.

– No quiero verl@s así por mi culpa –logró articular el chiquillo con voz ronca y los ojos enrojecidos de tanto llorar–. No quiero morir, tía Sel...no quise hacerle daño a nadie, sólo...sólo creí que sería divertido –admitió con sinceridad–. Y no quería decepcionarte...ni a ti ni a papá. De verdad lo siento mucho.

– Tú jamás nos decepcionas, mi amor... –murmuró la mayor–. Son tus acciones las que podrían dejar algo que desear, pero no tú. Jamás tú. Son tus decisiones las que en ocasiones podrían ser mejores. Tú eres perfecto así como eres...a tu papi y a mí nos corresponde entender que no siempre vamos a poder protegerte, tenemos que dejarte crecer y aprender por tu cuenta en varios aspectos, y no digo que será fácil para ti o para nosotr@s, pero por ahora también es nuestro deber mantenerte dentro de las vías y ahorrarte ciertos riesgos...sobretodo los que acarrean resultados letales. Y no está mal que busques algo de emoción y diversión, Faetón, te viene de familia y la adrenalina te corre por las venas...pero nada te costaba esperar un par de semanas más para que te dejaran presentar de nuevo el examen para conducir. Yo te prometí que haríamos lo que tú decidieras entre las opciones que te di por tu cumpleaños, hasta podríamos añadir a la lista un juego de tiro al blanco con Artemisa, y sostendré mi palabra si tú sostienes la tuya. Te prohibí terminantemente tocar el carro lunar y los caballos...ya una vez se te fue el control de las manos en una situación así, cuando tu papá te prestó el carro solar, y sé que él tuvo una charla contigo después de eso sobre responsabilidad, empatía y consideración...pero evidentemente algo no te quedó muy claro y por eso estás aquí ahora. Hay mucho que aún no conoces y no estás listo todavía para ciertas responsabilidades, aunque seas sumamente inteligente y tengas las mejores intenciones...lo estarás, con el tiempo, tal como lo estuvimos Helios, tu tía Eos y yo cuando Caos depositó en nosotr@s nuestros dones y encomiendas divinas, y nadie estará mejor dotado que tú para llevar a cabo la misión que te sea asignada –lo animó–. Pero mientras estás listo, habrá ocasiones en las que no tendrás otra opción que escuchar y obedecer. Y puedo asegurarte que a ningún@ de nosotr@s nos interesa "doblegarte" o coartar tu libertad...nos interesa tu bienestar integral y queremos mantenerte con vida, prepararte de aquí hasta que estés listo para tomar en tus manos tu responsabilidad y ocupar tu lugar en el cosmos. Eres un semidiós, Faetón...lo siento pero, por suerte o por desgracia, nada de lo que hagas pasará desapercibido, mucho menos para nosotr@s que somos tu familia. Debes hacer buen uso de tus privilegios, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Por ahora, está en nuestras manos ayudarte a convertirte en la mejor versión de ti mismo, por tu bien y el del universo que está o estará parcialmente en tus manos...y puedo asegurarte que yo no te voy a decepcionar –añadió enigmáticamente, como sólo ella sabía hacer y, sin más, emprendió la recta final del correctivo, enfocando ahora el impacto de los azotes en el área en la que se unían las piernas y los glúteos del chico.–

Sin fuerza para interponer más protestas y desesperado por que aquel suplicio llegara a su fin, Faetón contrajo los hombros, cerrando los puños a la vez que daba pequeñas patadas, la única forma en que podía canalizar el dolor que estaba sintiendo.

– Au, au, ¡auuuuuch! –se quejaba entre leves brinquitos–. Lo siento, de verdad, tía Sel...no voy a desobedecer otra vez, ¡lo prometo! –exclamó y dejó languidecer el cuello, abandonándose a un llanto suave y fluido, como el que solía presentar cuando era pequeño y se caía o se golpeaba con algo, buscando después el consuelo en los brazos de sus seres queridos, ya fuera su madre, sus hermanas o su tía.–

SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT SWAT

– Sé que no lo harás –aseguró la esbelta mujer, dejando el cepillo a un lado y recogiendo al chico en sus brazos, maniobrando sin problema el juvenil cuerpo en su regazo para ayudarle a sentarse–. Ven aquí, solecito...shhh, todo terminó... –lo reconfortaba con cariño, envolviéndolo con ambos brazos, acariciando su espalda con amplios movimientos circulares.–

Por su parte, el menor hipaba y sollozaba quedamente, aferrándose a su figura materna con un brazo mientras con la mano libre se sobaba la retaguardia. Una vez que logró desahogarse y fue regulando su respiración, la deidad llevó una de sus tersas manos al enrojecido trasero de su sobrino, sobándole delicadamente con la dulzura y afecto que pocas personas podían procurarle como ella, con la misma naturalidad y devoción que solían caracterizarla. Ella era consciente de que tenía a un semidiós en sus manos y se aseguraría de criarlo y educarlo para ser entrañable e intachable. Poco a poco, el "niño" fue relajándose al grado de que su frente terminó apoyada sobre el hombro de la titánide y sus párpados se encontraban entrecerrados.

– ¿Me perdonas, tía Sel? –preguntó el ojiverde con una vocecita inocente–. Sé que no debí tomar tu carro sin permiso...y entiendo que fue peligroso. No debí llevarme a la manada sin dejarlos descansar antes...no debí llevármelos –rectificó–. Tuve mucho miedo cuando el cansancio los venció y me quedé solo allá arriba...y no quise decir eso sobre Bucephalus –confesó con un puchero, bajando la mirada y tomando el collar que pendía del cuello de la mujer para juguetear un poco con él mientras hablaba–. Él no es malo, sólo...me asusté, no sabía qué hacer, compliqué las cosas, pero...pero él sí supo qué hacer y yo no lo pude ver –reflexionó–. Él me salvó...de no ser por él, me hubiera convertido en omelette o hubiera ocasionado un cataclismo irremediable. Él nos salvó –finalizó, y la diosa se limitó a escucharlo con paciencia y ternura, aliviada de que su protegido hubiera llegado a esa conclusión por cuenta propia...casi. Y más que eso, orgullosa de que hubiera recapacitado y pedido disculpas. Ahora sólo restaba ver los resultados de la "plática" que acababa de tener con él–. Y me equivoqué...conducir el carro lunar es igual o más difícil que conducir el del Sol –admitió con un mohín, lo que suscitó una espontánea risa en su tutora.–

– Te lo dije –respondió la mayor, alborotando con una mano la dorada melena del muchacho y peinándolo después un poco, pues aquello parecía un auténtico nido de pájaros–. Y está todo perdonado, chaparrito...ya pasó –lo tranquilizó, besando su sien con cariño–. Ésta vez considero que ya has tenido castigo suficiente, con penitencia posterior incluida –añadió dando un par de leves palmaditas al área dolorida en el cuerpo contrario, lo que provocó que el chico remarcara el puchero–. Mi plan para tu cumpleaños sigue en pie, y volverás a presentar la dichosa prueba de manejo, pero quiero que pongas mucha atención a mis palabras, Faetón...¿ves aquel implemento colgado en la pared? –cuestionó, señalando con la mirada un punto en la pared que quedaba frente a su sobrino, a unos metros de distancia.–

El somnoliento semidiós levantó la vista y la fijó sobre un artefacto por demás intimidante: una gruesa tira de cuero, de unos 40 centímetros de largo y aproximadamente una mano de ancho, adherida a un sólido mango de madera. Un rebenque.

– E-Es un... –titubeó él, pálido y con expresión entre dubitativa y cautelosa.–

El rubio tragó saliva como pudo y giró de nuevo la cabeza hacia su interlocutora, asintiendo con rapidez repetidas veces.

– Como el agua –se apresuró a decir.–

Con el alma feliz en más de un sentido y en completa paz, la titánide se dirigió con sus habituales y características zancadas al establo y, teniendo un gesto de consideración y amabilidad hacia el líder de su cuadra, eligió a los cuatro caballos que no habían salido durante el día con su sobrino para que la acompañaran en su paseo y, habiéndose asegurado de que los demás corceles se quedaran con agua, comida y tan cómodos y consentidos como siempre los tenía, emprendió el vuelo sin mayor demora. Sería un viaje ligeramente más largo, pues iría a menor velocidad que de costumbre por llevar menos de la tercera parte de los equinos que jalaban su carro normalmente y no les exigiría más de la cuenta; por suerte, no tenía prisa alguna y se dedicaría a disfrutar del viaje y la vista, tomando como ventaja a su favor un hecho muy simple y ciertamente conveniente: era 21 de diciembre. Solsticio de invierno y, por ende, la noche más larga del año; podía permitirse permanecer allá arriba un poco más de lo normal, no era como si los mortales fueran a quejarse por tener la fortuna de poder contemplarla por un ratito más, ¿verdad? La ventaja de ser la Luna era que la podían observar directamente casi por tiempo indefinido sin desarrollar ceguera en el intento. Por suerte, su sobrino no tendría que tratar personalmente con todas las mujeres que ahora estaban en su periodo antes de tiempo por "culpa" suya.

Por otro lado, Faetón observó maravillado el emocionante y majestuoso despegue del carro lunar desde el ventanal de la sala mientras comía despreocupadamente la manzana a mordiscos y el sándwich casi a bocanadas. Traía un hambre de náufrago y ni siquiera lo había notado. Sintiendo que una diminuta parte de su corazón aún no estaba tan tranquila, terminó el alimento en cuestión y tomó la firme decisión de resarcir a su manera el único asunto que según su sexto sentido seguía inconcluso. Tomó el contenedor más grande que encontró y puso manos a la obra: acomodó en su interior varias hojas de espinaca, lechuga, un puñado de germinado de alfalfa, un par de manzanas cortadas en gajos y, ¿por qué no?, casi medio kilo de limones partidos por la mitad...y para terminar, esparció una generosa cantidad de hojuelas de avena por encima de la enorme ensalada.

Tras calzarse un par de sandalias, tomó el enorme cuenco en sus manos y se dirigió al establo, entrando cautelosamente en él, teniendo cuidado de no hacer ni un solo ruido y encontrándose con que las puertas de todas las caballerizas estaban abiertas, como solía dejarlas su tía para darles a los nobles gigantes total libertad de recorrer sus dominios a placer, y varios de los corceles estaban descansando, unos de pie y otros echados, con los ojos cerrados. Casi caminando de puntillas, llegó hasta el cubículo del fondo, el único equipado con el espacio necesario para albergar sin problema a un caballo adulto que poseía la musculatura y la fuerza de un Boulonnais, la belleza de un Frisón, la elegancia de un caballo árabe, la tenacidad de un Przewalski, la rapidez de un Pura Sangre, la nobleza y maleabilidad de un Lusitano, la excentricidad de un Azteca y las dimensiones equivalentes a un Percherón y medio: Bucephalus. Su nombre no era ninguna casualidad. Y nada tenía que ver con el egomaníaco de Alejandro Magno...fue aquel humanito quien se inspiró en su porte y en su nombre para bautizar al desdichado corcel que hubo de acompañarlo por buena parte del globo terráqueo con una ambiciosa e inalcanzable meta.

El imponente compañero de la Luna se encontrado echado, medio recargado sobre un costado en una pila de heno, con las patas plegadas a un lado y el cuello erguido, inhalando y exhalando apaciblemente con los párpados entrecerrados. Al poner el jovencito un pie en el recinto tras respirar profundamente un sinnúmero de veces, los sentidos del equino se pusieron en alerta: abrió los ojos de par en par, enderezó las orejas y jaló aire con fuerza, soltándolo tan lentamente que, desde donde Faetón estaba, el siseo que producía su aliento parecía vapor saliendo de una olla de presión, de manera lenta y aparentemente inofensiva, pero aquello era una señal de cuidado para cualquiera que supiera identificarla. El muchacho sabía, guiándose sólo por el sonido, que la total atención del alfa estaba puesta en él. Habiendo tomado la precaución de mantener la vista fija en el suelo, se quedó inmóvil cerca de la puerta del cubículo, sin bloquearla; muy lentamente y con movimientos suaves, dio un paso al frente, fue agachándose hasta quedar arrodillado y dejó el cuenco de ensalada frente a él, poniendo después sus manos sobre sus propios muslos con las palmas hacia arriba.

Hubiera o no contacto visual, Bucephalus poseía la sensibilidad suficiente para percibir la serenidad en la atmósfera y la paz que el joven humanito se esforzaba por mantener y transmitir. Al percatarse de que el "descarriado adolescente" no representaba en ese momento ni la milésima parte de la amenaza que había sido unas horas atrás y que de su ser no emanaba negatividad o pulsaciones que supusieran peligro alguno, el líder de la manada lunar se puso de pie, irguiéndose en sus gloriosos dos metros y medio de alzada. Faetón podía sentir su pulso acelerarse, tenía la boca seca y poco le faltaba para ponerse a temblar como gelatina en pleno terremoto, pero hizo esfuerzos verdaderamente sobrehumanos para dominarse en aras de un bien mucho mayor. Sacando aplomo de donde no lo tenía e invocando a todo su inmenso e incestuoso árbol genealógico, hizo acopio de valor, levantó el mentón y abrió los ojos, permitiendo que entre ambos surgiera un contacto visual absoluto e intenso. Con cada paso que el gigante daba para acortar la distancia que los separaba, sus mágicos ojos profundizaban más en el alma contraria, examinando cada rincón de la mente y el corazón del chico. Al borde de las lágrimas, Faetón le sostenía la mirada, entregándose al momento con inocencia, total benevolencia y la intención de redimirse, enfocándose en su respiración para conservar una expresión de calma y neutralidad.

Una vez que se encontraba a centímetros de él, Bucephalus inclinó el cuello, bajando la cabeza y, para fortuna del rubio, no lo expulsó de ahí a coces y patadas como pudo haber hecho, sino que tocó su pecho con su ancha nariz, teniendo así acceso a los más profundos y crudos sentimientos del menor sin que sus pensamientos intervinieran en el proceso. El pequeño sol en serio estaba arrepentido y apenado. El corcel podía percibir que ya había pagado por su falta, estaba ahí con la noble intención de enmendar las cosas...y la apetitosa oferta de paz que traía consigo no lucía mal, francamente.

– El idiota fui yo, por actuar sin autorización y ponernos en peligro a todos –externó el menor, tratando de no colapsar de miedo bajo la potente respiración del líder sobre su esternón–. Lo siento, Bucephalus –completó su disculpa con un hilo de voz–. Lo lamento...

Tras un momento que semejaba una eternidad, el animal situó sus ojos a la altura de los contrarios, parpadeó como si asintiera sutilmente y, satisfecho, rompió el electrizante contacto visual, sólo para olisquear la cabellera del muchacho en un juguetón gesto de visible relajación. Durante varios segundos, el ojiverde no supo si reír, por las cosquillas que aquello le provocaba, o llorar, pues aún no sabía con certeza si el misterioso equino lo estaba probando para cobrarse con un mordisco el mal rato al que el malcriado mocoso lo había sometido. Sin embargo, la incertidumbre llegó a su fin cuando la cabeza del imponente animal descendió casi hasta el suelo y tomó con el borde de los labios una generosa cantidad de gajos de manzana, depositándolos después sobre las palmas abiertas del protegido de la Luna.

Después, separó ligeramente la cabeza del humanito. Sólo porque Caos es grande, el alocado muchacho intuyó lo que debía hacer a continuación. Miró al garañón, que lo miraba expectante, como esperando a que hiciera algo y, suprimiendo todo potencial pensamiento de asco o rechazo, se llevó a la boca uno de los pedazos de manzana, esperando que fuera el menos babeado, y comenzó a masticar. El enorme alfa no dejaba de observarlo, aunque ya no con la misma intensidad que cuando estaba examinando su alma. En cuanto el joven tragó el bocado, el caballo resopló relajado, sacudió la cabeza, ondeando su larga crin a la luz de la Luna, y se echó frente a él, conforme, empezando a comer del cuenco con total libertad, emanando tranquilidad en cada movimiento y dejándole saber a Faetón que había aceptado su ofrecimiento de paz y que accedía a "borrar" el desagradable incidente de aquella tarde y todo rastro de tensión entre ellos para retomar la poderosa amistad que había comenzado el día que Faetón, siendo un niño e instruido por su tía, le había obsequiado al cuadrúpedo un suculento y delicioso limón amarillo.

Tan agradecido como asombrado, el semidiós no pensaba desaprovechar esa oportunidad. Una sonrisa afloró con naturalidad en sus labios, la misma que había aparecido el primer día que Faetón le había ofrecido algo de comer a Bucephalus y luego se había escudado detrás de su tía para verlo devorar el alimento. Dejándose cobijar por el manto de familiaridad y confianza que los envolvía, suspiró aliviado, permitiéndose adoptar una postura corporal más informal y desparpajada, poco a poco acercándose más a su "nuevo" amigo.

Al arribar el amanecer, el sonido de las ruedas y las incontables pisadas sobre la grava anunciaban la llegada de la Luna. La diosa descendió del vehículo y dispuso de él, liberando así a los valiosos e inseparables compañeros que cada noche sin falta la acompañaban en su tradicional paseo por el cielo nocturno. Por casualidad o por mera intuición, antes de entrar a su mansión, decidió dar una vuelta por las caballerizas para evaluar el estado general de los caballos que se encontraban en recuperación...¡y vaya que quedó gratamente sorprendida al encontrarse en el acogedor "refugio" de su inseparable compañero al travieso rayito de sol que desde hacía veinte años le sacaba sustos y canas de colores al por mayor!

Para deleite de la diosa, ambos se encontraban recostados cerca de una de las paredes del amplio cobertizo, al pie de la ventana; el animal postrado sobre un montón de heno y el humanito apoyado en él, hecho un ovillo junto al hombro del caballo, que velaba por el sueño del menor, con los ojos a media asta, en espera de la llegada de su "dueña". Movida por su natural instinto maternal, la titánide sonrió, acercándose a aquel peculiar dúo con la intención de llevar al "adolescente" a su recámara. Sin embargo, al tocar la espalda del chico, el gentil gigante apoyó con suavidad su mentón en el antebrazo de la diosa a modo de protesta, pidiéndole con una mirada de corderito que no se lo llevara. Enternecida, la mujer rió con dulzura, atenta de no despertar a su sobrino.

– Si mañana huele a chivo correteado, no será culpa mía –dijo refiriéndose al menor, claramente bromeando, el cuidado que procuraba a sus establos hacía que jamás olieran mal, en absoluto.–

"Derrotada", se levantó y puso una manta de franela sobre cada uno de ellos.

– Dulces sueños, mi solecito –susurró besando la frente del menor y después la del amistoso gigante, que ahora exhibía un alegre color azul cielo, lleno de calma y vitalidad–. Descansa, querido...gracias, de nuevo. Te debo una...bueno, unas mil.

Al fin, el corcel descansó la cabeza al ras del suelo y se permitió bajar la guardia, tras lo cual la emperatriz de la noche salió del espacio murmurando un suave "hasta al rato", llevándose el cuenco vacío, y se dirigió a sus aposentos para recomponerse con un muy merecido y necesitado descanso. Vaya que habían sido veinticuatro horas intensas... ¿Qué había otra opción estando al cuidado de un chico que apenas hace un par de años había dejado de ser un adolescente?



*******************************************************************************************


Summary:

Según la mayoría de las versiones en la mitología griega, Faetón o Faetonte (que en español significa "brillante/radiante"), es un semidiós, hijo de Clímene (que no era precisamente inmortal, aunque su origen es ambiguo, ya que hay dos versiones) y de Helios (dios titán y personificación del Sol). También es sobrino de Selene (diosa titánide de la Luna y personificación de dicho astro, gemela de Helios) y de Eos (diosa de la Aurora, hermana menor de Helios y de Selene) y es nieto de Theia e Hiperión (titanes, hij@s de Gea/Gaia). De acuerdo a los hechos presentados en la leyenda más común (pues hay varias versiones), se crió en la Tierra con los mortales, con su madre y sus siete hermanas (las Helíades) y siendo adolescente supo quién era su padre. Como era de esperarse, hubo un personaje en particular que no le creyó: Épafo. Incluso alegó ser hijo de Zeus para competir con Faetón y burlarse de él, y el joven, desesperado por probar que provenía de un linaje divino, partió en busca de su progenitor.

Disfruten! ;)

Para mayores referencias, al final del capítulo adjunto un glosario para ubicar mejor a ciert@s dios@s y personajes de la mitología/teología griega, en caso de que a alguien le guste el tema o le sea de utilidad.

Aclaro que ésta historia está parcialmente basada en una de las mil versiones que existen sobre el mito griego de Faetón, tomé lo que era aplicable a la historia que tenía en mente. De la misma manera, pido respeto en los comentarios de parte de toda la base de fans y conocedores/apasionados(as) de la mitología griega, pues el hecho de que aquí haya expuesto una de las numerosas versiones del mito y la haya modificado para crear el fanfiction no implica que desconozca o ignore las demás. Gracias!

* Glosario / Resumen genealógico de los personajes:

- Panteón: conjunto de dioses y demás seres que conforman la mitología/teología de una región o cultura específica (ejemplo: panteón nórdico, conformado por Odín, Frigga, Loki, Thor, etc...)

Comments

Popular posts from this blog

Proteger el aquelarre (AHS/American Horror Story: Coven - Spanking fanfiction)

Había sido una mañana por demás intensa. Las pruebas Telekinesis   [mover objetos con la mente] y Concilium   [control mental sobre alguien más] habían transcurrido sin mayor tensión que algunos gritos, cachetadas y un tirón de cabello, además de las usuales tretas ejecutadas por la maquiavélica mente ególatra de Madison. Desafortunadamente, la tercera prueba Descensum [descenso al infierno personal para después salir de ahí por mérito propio] , había cobrado la vida de Misty, dejando a Cordelia desahuciada, pues sus mayores esperanzas residían en la joven bruja del pantano. Sentirla reducirse a cenizas entre sus manos ya había sido desgarrador, no pensaba permitirse perder a otra de sus aprendices. Ayudada por su bastón y por Myrtle, su mayor confidente y ex integrante del consejo, entró de nuevo en la sala, donde sus pupilas aguardaban, presas de la incertidumbre. — Quisiera pedirles un momento de silencio, para honrar la memoria de nuestra hermana caída, Misty Day —compa...

X-plain yourself (X-Men 2 - Spanking fanfiction)

– Artie! Not here… It was about the millionth time Storm, commonly known as Ororo Munroe, had to scold Arthur Maddicks that day. She had sensed something was off since earlier in the morning, while they were all having breakfast and getting ready for their school trip of the week: a visit to the one and only Natural History Museum. Everybody had to go; it was well known among mutants that “no one should be left behind”, except in case of illness, but Artie was bad at faking it and, truth be told, not a single day could possibly be catalogued as “fun” when annoying teenagers were hell-bent on bullying you. As every other school trip day, everybody was expected to be on their best behavior, not only because that was “the polite thing to do”, but because by not doing so, they would be exposing the mutant community to the outside world, risking the lives of every child living within the safe limits of Professor Xavier’s School for Gifted Youngsters. Artie retracted his deep-blue forked ton...

Me importas más de lo que crees (serie turca 2014, "Vidas cruzadas/Lazos de sangre/Paramparça")

– Dame el arma… –pidió Gülseren, haciendo lo posible por ocultar el temblor en su voz–. Ozan, dame el arma. – No. Silencio –masculló el joven entre dientes–. Usted no tiene derecho a pedirme nada. Desde que llegó a nuestras vidas, no ha hecho más que tratar de destrozar nuestra familia… – Baja el arma y hablemos, Ozan –condicionó la ojiazul, notando el efecto de la adrenalina en la firmeza que permeaba su voz–. Por favor. – ¡Cállese! –explotó el muchacho, dominado por el mismo nerviosismo que le provocaba el estar sosteniendo la pistola de su padre–. Aléjese. A usted no le importa destruir la vida de los demás, no le da vergüenza actuar a espaldas de las personas ni ensuciar su imagen porque usted no es nadie. ¡Nadie la conoce y para nadie es importante! ¡No entiendo cómo un hombre reconocido como Cihan Gürpinar, mi padre, pudo fijarse en una mujer como usted, una cualquiera! – ¡Gülseren! –suplicó Derya, por fin encontrando su propia voz.– – Yo amo a tu padre, Ozan, y no tengo razones ...