Una nueva Spellman en casa / Intro: Una nueva integrante (CAOS Spanking fanfiction) / Pequeño desliz, gran error / La familia es para siempre
La mayoría piensa en Ambrose Spellman como uno de los parientes preferidos de Sabrina. El primo con el que creció toda su vida, casi como si fueran hermano y hermana. Uno de sus cómplices más frecuentados y confiables, un sabio hechicero, un contemporáneo...casi.
Como hijo único y hechicero completo por ambas familias, tuvo desde temprana edad fácil acceso a todo cuanto deseaba; a pesar de la desafortunada partida de su padre y madre, el destino se mostró benévolo con él, poniéndolo a salvo entre las firmes y amables manos de sus tías: Hilda y Zelda Spellman.
— ¿Funeraria Spellman? —sonó una voz agitada al otro lado de la línea telefónica.—
— Diga.
—Hospital General de Greendale. Hemos recibido los cuerpos de algunos pasajeros que iban a bordo del vuelo 2331, requerimos a la brevedad la presencia de Zelda Phiona y Hildegard Antoinette Spellman en la morgue para identificar dos cadáveres.
— Enterado.
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Edward y Diana Spellman, un brujo y una mortal medianamente jóvenes, parecían tener un mejor futuro por delante, dado que él poseía el cargo de Sumo Sacerdote dentro de la Iglesia de la Noche y era un hombre amado, admirado y respetado.
Ambos muertos. Fallecidos en un accidente aéreo.
— Hay un tema más que preciso abordar con ustedes...
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— Tiene sus mismos ojos —observó Hilda algo melancólica.
— Les daré un momento a solas —comenzó a decir la abogada del Ministerio Público, haciendo ademán de abandonar la habitación.—
— Se queda con nosotras —interrumpió la mayor de las brujas sin un ápice de duda.—
— ¿Zel? —quiso confirmar su hermana.—
— Es lo que Edward hubiera querido —aseguró, transportándose mentalmente al día en que ella y su hermano bautizaron a la niña ante el Señor Oscuro, tres días después de su nacimiento.—
Por su parte, Hilda no dejaba de pensar en la promesa que le hizo a Diana el día después de que Sabrina nació, cuando ambas recurrieron a la Iglesia Católica para el bautismo de la infante. A la niña jamás le faltaría nada, la bruja cuidaría de ella como una segunda madre en ausencia de su progenitora.
Hilda acarició con cuidado la cabecita de la bebé, dirigiendo una minúscula sonrisa a su hermana mayor en señal de mutuo acuerdo. Ambas miraron a la abogada y asintieron a la vez, dejando a un lado la voz de sus respectivas conciencias, que no cesaba de anunciar lo difícil que podría ser criar a una niña como Sabrina. De momento no les importó. La simple mirada de la pequeña era un bálsamo para la obscura y destrozada alma que ambas luchaban por mantener a flote tras la fatídica muerte de su hermano.
Después de completar los trámites necesarios con inusual rapidez, las Spellman se dirigieron a la funeraria, esa extraña residencia que resultaba ser su hogar.
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— ¡Tías! Gracias a Belcebú que han vuelto, estaba preocupad... ¿Y eso?
Apenas cruzó el umbral de la puerta, con la criaturita en brazos y seguida por Zelda, Hilda fue abruptamente interceptada por un Ambrose tan inquieto como pocas veces lo había visto.
La mujer de piel canela pidió silencio con un susurro, mirando a la bebé dormida y después a su sobrino.
— ¿Quién es? ¿Qué pasó? —cuestionó el chico, quizás con mayor brusquedad de la que hubiera deseado.—
— Shhh...es tu prima, cariño. Sabrina —murmuró Hilda en voz baja.—
— Vivirá con nosotros a partir de ahora —decretó Zelda con su usual firmeza, cerrando la puerta tras de sí.—
— Pero...¿no hay alguien más que pueda hacerse cargo de ella? ¿Por qué nosotros?
— Ambrose, no discutiré al respecto —respondió la mayor, dirigiendo después su atención hacia Hilda y la recién llegada—. Llévala arriba, su habitación será la que está junto a la nuestra.
A medida que su tía y la supuesta "intrusa" subían la escalera de madera, el joven seguía argumentando con vehemencia contra la cabeza de la casa. Un completo acto suicida.
— Su familia podría hacerse cargo de ella, aquí nunca hemos lidiado con bebés, además...
— Están muertos. Ambos. Nosotros somos su familia.
— ¿Y por eso debemos cargar nosotros con ella? —espetó el castaño, arrepintiéndose en el acto.—
— ¡Mi hermano acaba de fallecer, esa niña es todo lo que me queda de él! No voy a permitir que un montón de mortales la arruinen. El Señor Oscuro tiene mejores planes para ella. Sabrina es una Spellman, tiene derecho a estar aquí y lo necesita tanto como tú cuando llegaste a esta casa. Tu tía Hilda y yo somos ahora sus tutoras legales y, francamente, tu actitud respecto a todo esto podría mejorar —decretó mirándolo con severidad—. Se quedará aquí, le guste a quien le guste, es mi última palabra y no quiero tener que discutir sobre esto contigo nunca más. ¿He sido suficientemente clara, Ambrose?
Tras un momento durante el cual la tensión no parecía más que aumentar, el menor reaccionó.
— Sí, tía Zelda —respondió, tras unos segundos de estar pasmado, a regañadientes y bajando la mirada.—
Sin más, la hechicera se dirigió al piso superior, entrando a la biblioteca para perderse entre sus lecturas un rato antes de dormir, cosa que, de por sí, no sabía si podría hacer, a pesar del cansancio. Escuchaba "Pavane", de Gabriel Fauré, mientras leía pasajes de la Biblia Ocultista y, un rato después, se dirigió a su cuarto sin siquiera molestarse en hacer acto de presencia en la habitación contigua, pues estaba segura de que su hermana no había tenido problema alguno poniendo a la niña a dormir, Hilda siempre había tenido mayor tacto y facilidad con los niños. Había estado llorando mientras leía, suspendiendo su actividad para no empapar las páginas con sus amargas lágrimas. Esa noche se fue a la cama con el firme propósito de no fallarle a su difunto hermano, criaría a Sabrina, a su extraña manera, pero lo mejor que le fuera posible.
Molesto por la forma en que había terminado la "conversación" con su tía, Ambrose también batallaba por conciliar el sueño, siendo lo que turbaba sus pensamientos una "infantil" preocupación. Hasta ridículo se sentía admitiéndolo, pero tenía miedo. Miedo de que, tras décadas de vivir ahí, siendo el "consentido" de sus tías (o al menos de Hilda), alguien le arrebatara su lugar. Miedo de que aquella niña desconocida se convirtiera en el nuevo centro de atención. Miedo de ser olvidado...de ser rechazado por las únicas personas a quienes hasta ahora les importaba y en quienes podía confiar sin reservas.
— ¡Pimo Ambus, pimo Ambus! —gritó la pequeña Sabrina, quien hace poco había aprendido no sólo a hablar, sino también a caminar—. ¡Mía, una maisopa! —exclamó dando tumbos mientras entraba al cuarto de embalsamamiento con una mariposita azul en las manos para mostrársela a Ambrose.—
El chico estaba terminando de preparar un cadáver para un funeral mientras escuchaba música, pero el alto volumen de la misma a través de los auriculares impidió que se anticipara a la abrupta entrada de su prima de poco más de un año de edad, reaccionando de golpe en cuanto notó su presencia.
— ¡Sabrina! ¿Qué haces? ¡No debes estar aquí! —vociferó mientras se quitaba los cascos de las orejas y corría a la puerta para intentar bloquear el cadáver de la vista de la menor.—
— Una maisopa —volvió a decir la niña, mostrándole el animalito en sus diminutas manos con una sonrisa.—
— Ahora no, estoy ocupado. Más tarde.
— Pero, pero...
— Brina, ahora no. Anda, fuera —le dio un ligero empujoncito al tiempo que la hacía girar sobre sus talones para hacerla salir de aquella tétrica sala.—
— Pero... ¡Ambus, hay sangde en tu camisa! —observó la pequeña, preocupada.—
— No es mía, es...
— ¡Voy a decirle a mamá Zelda!
— Bri, no es mi sangre, no grites...y sabes que tía Zelda prefiere que no la llames así.
— Pero...ella es como mi mamá —respondió la rubia con un puchero mientras acercaba a la mariposa a su pecho en un gesto protector.—
— Pero no lo es —replicó el mayor algo molesto, inconscientemente proyectando sus celos.—
— Puede serlo, porque yo la quiero mucho —contestó la niña con su limitado vocabulario.—
— ¡Sabrina, basta, tu no tienes mamá! —explotó el chico.—
La niña se quedó muy quieta, con una expresión de susto, pues su primo nunca le había gritado.
— Bri, lo siento, no quise decir eso. Yo...
El mayor tragó saliva con dificultad al percatarse de que su prima estaba al borde del llanto. Con su pequeño gran corazón ahora lastimado, Sabrina retrocedió unos pasos, tirando por accidente un frasco de éter al suelo, lo que la asustó aún más e hizo que saliera de ahí corriendo, dejando escapar a la mariposa en el proceso.
— ¡Déjame! ¡TITA HILDAAAAAAAAAAAAAAA! —gritó con todas sus fuerzas mientras corría despavorida en busca de la portadora del nombre.—
— En el nombre de Satán, ¿qué está pasando aquí? —inquirió con voz fuerte y clara.—
— ¿Qué ocurre?
— Aún no consigo que me cuente —respondió Hilda, encogiéndose de hombros mientras trataba de calmar el llanto de la niña.—
Zelda suspiró, las miró a ambas y se arrodilló junto a la mecedora, posando una mano sobre la espalda de la menor. En ese instante, los sollozos empezaron a apagarse.
— Sabrina —murmuró mirando a los ojos su sobrina.— ¿Puedes decirle a tía Zelda lo que sucedió?
La brujita asintió, haciendo contacto visual con ella. Era muy pequeña aún, apenas había dejado de ser una bebé, pero sabía bien que a la mayor de sus tías no se le debía mentir.
— A-Ambus me gditó —dijo finalmente con un ligero temblor en la voz.—
Las hermanas se miraron entre sí.
— ¿Qué te dijo, cariño? —preguntó Hilda, algo consternada.—
— Dijo...dijo q-que yo no tengo mamá —contestó la infante, sorbiendo después por la nariz.—
— Oh... —respondió la mujer de cabello corto con una expresión de sorpresa hacia su hermana mayor— ...eso no está bien. Mamá y papá ya no están con nosotros, pero nos tienes a tita Zelda y a mí, cielo. Lo sabes, ¿verdad? —cuestionó con tacto, acariciando el cabello de la pequeña.—
Como toda respuesta, Sabrina asintió y un pucherito que adornaba su cara conmovió a la mayor de las tres brujas.
— Sabrina, tesoro. Ambrose tiene razón —expresó con cierto pesar.— Tu madre ya no está aquí...pero siempre estará aquí —añadió llevando su mano al pecho de la niña—, y la madre de Ambrose también estará siempre en su corazón.
Sabrina tardó en comprender, pero a los pocos segundos abrió los ojos desmesuradamente.
— ¿Ambus no tiene mami? —inquirió con prontitud.—
— No, cariño —terció la mujer de piel canela—, tu primo Ambrose tampoco tiene mamá o papá, pero ¿sabes qué es lo más importante?
La menor negó, el llanto había cedido.
— Que él y tú están bien y que nos tienen a tía Ze y a mí. No somos mamis de ninguno de ustedes, pero nos preocupamos y los cuidamos como si fueran nuestros hijos —dijo, dejando un beso en la frente de la rubia al terminar de hablar.—
Normalmente, Zelda se oponía a sobreproteger a los niños innecesariamente, su carácter férreo destacaba por no enmascarar verdades y creía firmemente que infantilizar a los niños era tratarles como idiotas, era humillante y los hacía débiles. Pero esto era otra historia. Sabrina apenas empezaba a conocer el mundo y, justo cuando comenzaba a asimilar el concepto de "madre", el más vital y sagrado en la vida de una bebé, le fue arrancado de las manos para siempre.
— Tranquila, Sabrina —dijo suavizando el tono de su voz, repartiendo caricias circulares en la espalda de su sobrina—. Tía Zelda va a ocuparse de esto, lo prometo.
— Ambrose Spellman —escuchó pronunciar el joven a una voz grave que conocía demasiado bien.—
Como emergida de la nada, Zelda apareció en la escalinata que conducía al cuarto de preparación funeraria y tomó al chico por la oreja para llevarlo a su despacho, a pocos metros de ahí. Ignorando toda protesta, lo obligó a entrar a la oficina y cerró de un portazo, soltándolo una vez que estuvieron ambos dentro. El muchacho se quedó inmóvil en el centro de la habitación, aquello fue demasiado rápido, no tuvo ni tiempo de dimensionar el lío en el que estaba metido hasta que fue demasiado tarde. De nada serviría correr, pues su arresto domiciliario lo hacía víctima de una maldición, no tenía posibilidad de huir, sin mencionar que su tía le intimidaba demasiado. Combatirla con magia estaba por completo descartado.
— Las manos sobre el escritorio.
— Tía Ze, pero deja que te explique. No es lo q...
— Ahora —ordenó con una seriedad mortal.—
Al ver que no había salida para él, Ambrose arrugó el entrecejo y se movilizó, emitiendo un suspiro de resignación mientras apoyaba las manos sobre el pesado mueble de madera, situándose de espaldas a la puerta. Con la vista hacia abajo y la espalda inclinada al frente, pudo ver de reojo cómo la mayor rodeaba el escritorio y abría uno de los cajones, extrayendo de él una rígida y gruesa regla de madera. A continuación se posicionó a un lado del chico, irguiéndose aún más si era posible.
— Quítate los pantalones.
— P-Pero tía, no he hecho nada malo, no sé qué pasó pero yo no tengo la culpa... —intentó defenderse.—
La hechicera se cruzó de brazos.
— No voy a repetirlo.
Inseguro, el de piel morena acató la orden, dejando a un lado, en el suelo, sus zapatos y sus pantalones doblados sobre éstos, quedando en bóxers y camisa de manga corta.
— Por favor, tía Ze, así no...es humillante —hizo un ultimo intento por zafarse, siendo inmediatamente silenciado por su tutora legal.—
— "Todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario" —le recordó—. ¿Te parece que haberle gritado a una niña y herirla recordándole algo obvio no es humillante? —no había ni pizca de sarcasmo en su voz.—
— Hace años esperé no tener que volver a hacer esto contigo, Ambrose, pero por lo visto sigue siendo el único método efectivo —comenzó la mujer—. Lo que acabas de hacer excede cualquier límite de irresponsabilidad que hayas sobrepasado antes y el daño podría ser irreversible.
Incapaz de sostenerle la mirada a la mayor, el moreno desvió la vista, que irremediablemente cayó sobre la regla. Aquel horroroso objeto que no le traía ni un solo buen recuerdo...
— ¿Era absolutamente necesario lastimarla de esa manera?
El brujo se quedó estático.
— ¡Ambrose, mírame cuando te hablo! —exigió la de cabellera dorada, dando un manotazo sobre el escritorio.
El estruendo de aquel golpe seco sobresaltó al menor, obligándolo a mirarla, ahora presa de un notable nerviosismo.
— N-No...lo siento.
— Lo sentirás —aseveró la hechicera, pasando por alto la vergüenza en los ojos de su sobrino, pues, según sus planes, la pena era parte del castigo—. Retoma la posición.
Un sentimiento de sorpresa se apoderó de Ambrose al sentir que el primer azote no había caído sobre sus posaderas, como cuando era más joven, sino directamente sobre la cara posterior de sus muslos, dejando sobre ellos una alargada huella rojiza orientada horizontalmente, perceptible incluso con la característica obscuridad de la piel del brujo.
La matriarca continuó, asestando numerosos golpes, uno a uno, de manera rítmica y agonizantemente pausada, sin prisa alguna, pero con la misma perseverancia que empleaba para lograr todo lo que se proponía.
— Eres la única figura masculina con influencia positiva en la vida de Sabrina —le amonestó—. ¿Te parece sensato desperdiciar un puesto tan valioso como ése echando a perder la confianza que tiene en ti?
— ¡No! —consiguió decir a pesar de su desfavorable postura.—
— ¿No, qué?
— No, tía Zelda —completó antes de lanzar un gruñido bajo. Las venas comenzaban a marcarse en el dorso de sus manos, producto de su acelerada respiración, pero atreverse a romper la posición era impensable.—
— Espero que ya estés pensando en una buena forma de disculparte —dijo la mayor, con un evidente tono de reproche, sin llegar en ningún momento a gritar, pues, tratándose de ella, nunca era necesario. Su voz por sí sola ya era imponente—. En verdad le hiciste daño. Mucho —añadió imprimiendo cada vez mayor fuerza a sus movimientos.—
Dándose cuenta de que el escozor iba en aumento en la piel contraria, la bruja paró en seco al llegar mentalmente a la cuenta de cien azotes, siendo el último de ellos tan fuerte que Ambrose no pudo evitar mover las manos de su sitio, apretando por unos segundos puños y párpados fuertemente, mordiéndose la lengua para no maldecir.
— No dije que pudieras romper la posición.
— Dame una buena razón para haberlo hecho —ordenó, refiriéndose a la falta por la que decidió castigarlo en principio.—
— Yo... —reflexionó, parpadeando varias veces— no quería hacerlo, sólo sucedió —agregó el chico con un suspiro, recordando la expresión de tristeza en la cara de Sabrina—. No pensé que fuera a afectarle tanto.
— Exactamente. No pensaste —soltó la bruja.— ¿De qué te sirve ser tan inteligente si no lo aprovechas en las circunstancias más necesarias?
El contrario no hizo más que bajar la vista.
— Aún no has respondido mi pregunta —puntualizó ella.—
En un esfuerzo por no echarse más problemas encima, el hechicero reflexionó un momento, finalmente limitándose a sólo negar con la cabeza.
— Ambrose...
— Supongo que estaba...celoso —dijo tras soltar un resoplido.—
— ¿Estabas? —repitió sin obtener contestación—. Por Satán, pero si no eres un niño —continuó la de cabellos dorados, poniendo los ojos en blanco—, ¿podrías dejar de actuar de forma tan inmadura?
El joven estuvo a punto de protestar, pero algo lo detuvo.
— Sabrina sigue siendo prácticamente una bebé. Somos su única familia, sólo nosotros podemos mantenerla a salvo de los mortales y cazadores de brujas y lo último que necesita es que alguien dentro de su propia casa la haga sentir insegura —continuó aleccionándolo—. Creí haber dicho hace tiempo que no pensaba discutir este tema contigo, Ambrose. Sabrina no es estúpida, sabe que su madre murió, y no veo por qué tuviste la brillante idea de sacar ese tema a la conversación con una niña de menos de dos años si tú te encuentras en la misma desventaja.
— ¿Esperas que pueda procesarlo? ¿A su edad? Hubiera preferido que hicieras explotar el Vaticano —dijo la mujer, sacando al joven de sus pensamientos—. Eso puede reconstruirse. El corazón de Sabrina no —expresó con un cruel tono de desdén.—
— ¿Puedo ir a disculparme? —cuestionó Ambrose con los ojos enrojecidos, sintiendo que le faltaba el aire.—
— No hemos terminado.
— . . .
PARTE 3:
No podía estar hablando en serio...¿o sí?
Zelda no era conocida precisamente por su sentido del humor. Decía lo que pensaba, pensaba lo que hacía y hacía lo correcto. Con ella no existía término medio, sin mencionar que no dedicaba ni un minuto de su atención, estuviera del humor que estuviera, a algo o alguien que no le importara. Era una mujer enigmática, ciertamente hermética, algo solitaria, pero brutalmente honesta, comprometida, fuerte y, aunque jamás lo externaba ni aceptaba, muy sobreprotectora con su familia. Jamás dejaba algo sin terminar...y ésta no sería la excepción.
Zelda abarcaba un amplio rango de títulos en su vida, pues consciente o inconscientemente, Ambrose había encontrado en ella, extrañamente y en un momento de imperiosa necesidad, una figura paterna, una especie de madre, una tía, jefa, maestra, confidente, inspiración, una bruja admirable, un claro ejemplo en cuanto a devoción, virtudes y congruencia; era la piedra más fuerte en los cimientos de su vida, la más fiera guardiana, una persona que, a su estricta manera, lo había guiado, ofreciéndole una mano firme que él sabía perfectamente que nunca lo dejaría caer...un muro determinante que marcaba límites claros cuando Ambrose carecía de estructura.
Y él había hecho enfadar al muro. Decir que estaba arrepentido era poco.
Quería que se lo tragara la tierra pero, para su pésima suerte, la tierra lo habría escupido, poniéndolo de nuevo justo donde estaba ahora.
— Asume la posición.
— La familia es para siempre, Ambrose —dijo la mujer antes de empezar—. Sabrina llegó para quedarse y tú no puedes salir de aquí. Será mejor que empieces a llevarte bien con ella.
Al recibir sus oídos la última palabra, el joven sintió el impacto del primer azote en su piel con tanta fuerza que le costó impedir que sus rodillas se doblaran al frente. Ahogó un grito, deseando con todo su ser que aquello terminara cuanto antes, pero Zelda tenía otros planes para que esta lección fuera imposible de olvidar. En lugar de desplazar los azotes a donde la piel contraria no estaba marcada, se enfocó en concentrar cada golpe de la regla en donde ya había un notable enrojecimiento, haciendo aquello aún más insoportable. Quien dijo que el goteo constante causa en una roca más daño que un aguacero temporal, tiene razón.
Cada nuevo reglazo dolía más que el último y revivía el ardor provocado por todos los anteriores. La tensión se acumulaba en los músculos del chico, haciendo que los brazos le quemaran por dentro, amenazando con ceder bajo su peso. Uno a uno, los pausados y estruendosos azotes cayeron sin hacerse esperar demasiado, Ambrose no recordaba si alguna vez había recibido un castigo tan doloroso, pero de momento no tenía cabeza para pensar. No en eso.
Luchando por no moverse ni un centímetro, logró echar un vistazo al reloj en el librero frente a él pero el muy descarado parecía burlarse, retrasando el movimiento de sus manecillas.
Decidida a terminar pronto, pues tenía una cita al cabo de media hora con una pareja que requería los servicios de la funeraria, la matriarca aceleró el paso casi imperceptiblemente, tan metódica y perfeccionista como siempre, no había perdido la cuenta desde el inicio.
— T-Tía Ze... —se quejó el menor , temiendo hacerla enfadar aún más.—
No hubo respuesta.
En su desesperación, Ambrose mordió su labio inferior, reprimiendo un sollozo.
— Por favor... —suplicó—. N-No volverá a pasar... —se las arregló para decir.—
— Guarda silencio —comandó, continuando con el castigo sin mostrar piedad en lo absoluto.—
— Por favor, tía Ze...perdóname —pidió en cuanto se pudo tranquilizar un poco.—
La mayor se limitó a resoplar, pasando una mano por su sedoso cabello.
— Date la vuelta —dijo, permitiendo que su sobrino saliera de esa incómoda postura—. Muéstrame las manos.
— ¿Cuántas veces rompiste la posición?
Atrapado con la guardia baja, el moreno respondió sin pensar, no sabiendo para qué querría su tía saber eso.
— Dos.
— Tres —corrigió ella—. Serán tres por cada una de esas veces.
Estaba tan cansado y adolorido en su parte posterior, que su única reacción al comprender la frase fue abrir los ojos y parpadear repetidas veces. Si no quitó las manos en ese preciso instante, fue sólo porque presentía que, si lo hacía, todo sería peor para él, y no tenía ánimos de ganarse más tiempo en esa sombría habitación.
— Lo siento... —dijo en un débil susurro.—
— Bien —respondió ella sin más, dando apenas unos segundos para que Ambrose se preparara antes de asestar sobre las palmas de sus manos el primer golpe.—
— Vístete —ordenó la pálida mujer.—
— Que no se repita.
Él negó repetidas veces, con cierto temor, pues no tenía ni las más mínimas ganas de ser llamado a una "reunión" de ese tipo con ninguna de sus tías jamás, aunque por parte de Hilda eso era altamente improbable.
— ¿P-Puedo ir a disculparme con Brina? —pidió.—
La bruja asintió y abrió la puerta con un hechizo de telekinesis.
— No puedes, debes —corrigió, indicándole con la regla la salida de la oficina—. Está con tu tía Hilda. Estás tardando.
Aprovechando esa palabra como un grito de libertad, Ambrose salió, mucho más despejado ahora que todo había terminado. Mientras subía la pequeña escalinata que lo sacaría del conjunto de estancias que conformaban el sótano, miró atrás una sola vez, observando por el rabillo del ojo a su tía Zelda, quien guardaba la regla de nuevo en el escritorio y ponía todo en orden para su próxima cita con la pareja de clientes antes mencionada.
Increíblemente, el chico se sentía renovado, lo peor ya había pasado. Tratando de ignorar el dolor provocado por la fricción al caminar, Ambrose fue rápidamente al cuarto de baño a enjuagar de su cara las huellas del llanto, pues no quería preocupar a Sabrina. Sin demorar más, subió a la habitación que compartían sus tías y tocó, entrando al escuchar la voz de Hilda invitándolo a pasar. En cuanto lo vio asomarse por la puerta, Sabrina se abrazó a la mayor en busca de protección, escondiendo el rostro.
— Tía Hilda, yo...vine a disculparme —explicó.—
— Adelante, amor —dijo la menor de las dueñas de la funeraria, mirando a continuación a su sobrinita, acariciando su espalda—. Sabrina, mi cielo, alguien quiere decirte algo —la animó con su característica amabilidad.—
La pequeña apenas abrió los ojos y se volvió para mirar a su primo, quien se acercó lentamente y tomó asiento en el borde de la cama, frente a ella, haciendo circo, maroma y teatro para no dejarle ver la incomodidad que sentía al tomar esa posición.
— Brina...lo siento —expresó con tranquilidad, siendo totalmente sincero—. No quise decir eso, estuvo mal. Y tampoco quise gritarte...
Movida por su natural empatía, la niña se encontró prestándole toda su atención, ladeando la cabeza con curiosidad. Después miró a su tía, que le dirigió una sonrisa para hacerle saber que todo estaba bien.
— Yo...sé que en muchas cosas somos iguales —continuó—, sé que no se siente bien que te griten ni que se molesten contigo...sé que no se siente bien que tu familia no esté completa —dijo cautelosamente—. Y por eso quiero que sepas que estoy aquí...que estamos aquí. Nosotros somos tu familia —añadió, buscando apoyo en los ojos de su tía.— Tita Hilda y tita Zelda te han querido y cuidado desde siempre...y para mí eres como una hermanita —sonrió un poco, a la espera de una respuesta.—
La pequeña se incorporó, removiéndose un poco entre los brazos de su tía y se acercó al chico, con ese brillo de inteligencia que jugaba en sus ojos siempre que algo llamaba su atención. Se sentó a unos centímetros de él y esbozó una tímida sonrisita en su dirección.
— ¿No tas nujado comigo? —preguntó con su vocecita, haciendo un visible esfuerzo por articular palabras que apenas hace poco había aprendido gracias a que Zelda le hablaba como a cualquier adulto, en tono neutro y sin infantilizar su voz al dirigirse a su sobrina.—
— Nop —respondió él, encogiéndose de hombros mientras le hacía cosquillas a la menor en los pies—. ¿Me perdonas, prima?
La rubia permaneció pensativa unos pocos segundos, bajo la enternecida mirada de su amada guardiana, y después, igual que hizo el dia que aprendió a caminar, se lanzó a los brazos de su primo con un gritito de emoción.
— ¡Síiiiiiiiiiiiii! —exclamó mientras era recibida por el contrario entre risas, terminando ambos en un abrazo reconfortante—. Pero ya no gdites —pidió con un repentino pucherito.—
— Lo prometo, Bri —respondió estrechándola contra sí, agradecido por el buen corazón que su prima demostraba tener.—
Ambos se quedaron entrelazados en ese momento, conmoviendo a la sensible mujer que los contemplaba, aunque eligió darles espacio y no se acercó sino hasta transcurridos unos minutos, cuando vio a su sobrina bostezar como si de una pequeña leoncita se tratara.
— Parece que alguien tiene sueño —canturreó mientras se acercaba prudentemente al tierno cuadro frente a ella.—
Ambrose dio un apretoncito en torno al pequeño cuerpo de su primita y, con su habitual sonrisa despreocupada, dejó que su tía la tomara en brazos, dirigió una mirada de gratitud a la mayor y salió de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas mientras escuchaba a Hilda hablarle a la pequeña para inducirle el sueño.
— Vamos a que tomes una siesta, princesita... —escuchó.—
Ambrose sonrió para sus adentros, Sabrina y él eran realmente afortunados por contar con sus tías, pues de otra forma, subsistir en ese extraño mundo plagado de mortales habría sido muy difícil para ambos.
— Ambrose, tesoro, soy tía Hilda —murmuró mientras entraba—. Te traje un poco de café, creí que te vendría bien —dijo en tono animado mientras le entregaba al chico una taza humeante y se sentaba a su lado, recargándose en la cabecera de la cama.—
— Gracias, tía...huele bien —dijo mientras dejaba a un lado su libro y recibía la bebida, gustoso, procurando tocar la taza sólo con las puntas de los dedos, pues sus palmas aún ardían un poco.—
— ¿Aún duele? —se aventuró a preguntar la de piel canela finalmente, esperando no incomodarlo. Había notado las marcas en las manos de su sobrino y no quería quedarse callada, quería recordarle que ella siempre estaba ahí para el, balanceando el estricto carácter de su hermana con su dulzura natural.—
— No mucho —dijo el chico, pretendiendo sentir menos dolor del que experimentaba, tendiéndole una mano para que la examinara.—
La bruja tomó la mano entre las suyas con cuidado y acarició con un fino toque el contorno de la misma.
— Debió molestarse mucho, supongo... —susurró casi para sí misma a medida que inspeccionaba las marcas de la regla, sabía que muy posiblemente no sólo se encontraban en las manos del muchacho, quien se limitó a asentir y beber unos pocos sorbos de la taza con la otra mano—. No se ven tan mal, cielo —lo animó depositando un maternal beso en el dorso de su mano, pasando un brazo sobre sus hombros a continuación.—
— M-hmm —afirmó el moreno, degustando el café—. Creo que sólo estoy un poco...cansado —comentó distraídamente—. Espero que tía Ze no esté tan enojada conmigo.
— Ya se le pasará...sabes cómo es. Se preocupa mucho por ti y por Sabrina, por eso prefiere hacerse cargo ella de todo antes de permitir que el Consejo ponga un pie en esta casa —explicó la mayor, frotando levemente su espalda.—
— Y yo sigo metiendo la pata... —reflexionó el brujo con cierto tonito de ironía.—
— Cada vez menos —replicó ella con una risita.—
Tras un momento, la hechicera abrazó al menor y dejó un beso en su cabeza.
— Trata de descansar un poco, cariño, lo necesitas.
— Gracias, tía Hilda —repuso el menor, abrazándose a ella con un brazo—, eres la mejor.
— Hasta mañana, cielo, que duermas bien —se despidió la mujer alegremente mientras salía, dejando a solas al muchacho.—
Dejando reposar sus ideas, puso la taza vacía a un lado y se colocó los auriculares para continuar con su lectura, cayendo en un profundo sueño a las pocas páginas.
— ¡Ambus! —lo saludó la pequeña, alzando las manos en el aire, sonriente.—
— ¡Buenos días! —correspondió él efusivamente, saludando con un abrazo a la niña y después a Hilda, a quien se puso a ayudar preparando el té para acompañar el desayuno sin que ella se lo pidiera.—
A los pocos minutos, la lidereza de la familia realizó su entrada triunfal en la estancia, saludando a los presentes, como siempre, con su distintivo y formal "buenos días, alabado sea Satán", tras el cual se sentó en la silla que estaba entre las de Ambrose y Sabrina, con periódico en mano, leyendo, absorta en sus asuntos.
De reojo, aprovechando que Zelda no podía apreciar sus expresiones, Ambrose dirigió a Hilda una mirada de complicidad, sirviendo el té y tomando la taza destinada a la cabeza de la familia para llevarla a la mesa antes que las demás.
Sin pensarlo demasiado, el joven hechicero puso la taza frente a su tía y se inclinó a su lado, dejando un beso en su mejilla con cariño.
— Gracias, tía Ze —murmuró y, sin esperar respuesta, tomó su lugar en la mesa, habiendo tenido previamente la precaución de poner un cojín extra en su silla para no estar tan incómodo.—
Antes de que Ambrose pudiera adivinar qué otros misterios reposaban tras esos enigmáticos orbes, la bruja bloqueó el vínculo entre sus ojos, subiendo el periódico nuevamente.
Una hechicera tenaz y generalmente bienintencionada , con el más arraigado, feroz y "retorcido" instinto maternal.
Introvertida hasta un punto desquiciante.
Una mujer astuta y altruista que simplemente no podía ni quería vivir sin su hermana y cuyos sobrinos eran su total y "secreta" adoración.
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*¡SPOILER & KINKY ALERT! NO LEER SI AÚN NO HAS VISTO LA SERIE "CHILLING ADVENTURES OF SABRINA" (2018) DE PRINCIPIO A FIN, ESTA HISTORIA PUEDE CONTENER SPOILERS Y ESCENAS QUE PUEDEN NO AGRADAR A TODO PÚBLICO*
No apoyo el castigo físico como método correctivo bajo ninguna circunstancia.
El nombre de la serie y de todos los personajes son propiedad intelectual de Netflix y de los creadores de Chilling Adventures Of Sabrina.
Disfruten ❤️
Esta historia está disponible en Wattpad, también escrita por mí.
Elegí marcar este fanfiction como "Mature" por el tema del spanking (azotes/nalgadas) aunque sea utilizado únicamente de manera disciplinaria y no erótica.
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