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Una nueva Spellman en casa / Intro: Una nueva integrante (CAOS Spanking fanfiction) / Pequeño desliz, gran error / La familia es para siempre

La mayoría piensa en Ambrose Spellman como uno de los parientes preferidos de Sabrina. El primo con el que creció toda su vida, casi como si fueran hermano y hermana. Uno de sus cómplices más frecuentados y confiables, un sabio hechicero, un contemporáneo...casi.

Ambrose tenía ya más de setenta años a pesar de aparentar, a lo sumo, veinte.
Su indeseado arresto domiciliario no le permitía ir más allá del jardín de la casa en la que vivía con sus tías. Al paso del tiempo, había adquirido madurez y experiencia, dominaba casi a la perfección todos los hechizos que le estaban permitidos e incluso algunos prohibidos. Era un hombre culto, muy curioso, rebozaba inteligencia y poseía además una empatía digna de ser elogiada. Pero Ambrose no siempre fue así, no señor.

 

Como hijo único y hechicero completo por ambas familias, tuvo desde temprana edad fácil acceso a todo cuanto deseaba; a pesar de la desafortunada partida de su padre y madre, el destino se mostró benévolo con él, poniéndolo a salvo entre las firmes y amables manos de sus tías: Hilda y Zelda Spellman.

 

Al inicio, su conducta dejaba mucho que desear, pues era terco y bastante rebelde, pero con tiempo, paciencia y alguno que otro jalón de orejas por parte de sus tías, se enderezó para convertirse en un hombre de bien.
Valoraba las advertencias de Zelda, los cariñosos consejos de Hilda y había aprendido de ambas con avidez, ayudaba en el negocio familiar y su ética profesional no distaba de ser impecable.

 

Sin embargo, detrás de aquella fachada de serenidad, aún se ocultaba el corazón de un muchacho que había perdido a su familia nuclear, a sus amigos, su contacto con el mundo exterior y numerosos privilegios.
Debido a la frustración, ocasionalmente presentaba desplantes de enojo, mismos que eran cortados de tajo por el tono de voz severo de su tía Zelda. Había pasado mucho tiempo desde que la bruja tuvo que corregir por última vez el "inaceptable" comportamiento de su sobrino. Todo parecía estar bajo control, más el joven estaba a punto de ser puesto a prueba por la vida nuevamente.

 

— ¿Funeraria Spellman? —sonó una voz agitada al otro lado de la línea telefónica.—

— Diga.

—Hospital General de Greendale. Hemos recibido los cuerpos de algunos pasajeros que iban a bordo del vuelo 2331, requerimos a la brevedad la presencia de Zelda Phiona y Hildegard Antoinette Spellman en la morgue para identificar dos cadáveres.

— Enterado.

 

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Contemplar el pálido y distorsionado semblante de su hermano y su cuñada había sido un auténtico suplicio para las hermanas.
Por si fuera poco, los servicios fúnebres se llevarían a cabo en su propia residencia. En este caso era una suerte que Ambrose no pudiera salir de casa. Estaba más que habituado a manipular cadáveres en el cuarto de embalsamamiento, pero tener que identificar a la propia familia en un almacén lleno de muertos y planchas frías era un asunto muy distinto.

 

Edward y Diana Spellman, un brujo y una mortal medianamente jóvenes, parecían tener un mejor futuro por delante, dado que él poseía el cargo de Sumo Sacerdote dentro de la Iglesia de la Noche y era un hombre amado, admirado y respetado.

 

Ambos muertos. Fallecidos en un accidente aéreo.

 

Tras vomitar todo menos los recuerdos, Zelda lavó su cara con agua helada en el lavabo del baño del hospital, no atreviéndose siquiera a ver su reflejo en el espejo.
Volvió a reunirse con su hermana menor en el despacho del Dr. Sanders y, con mano temblorosa, ambas firmaron las actas de defunción correspondientes.
Entre amargas lágrimas y sollozos, buscaban consuelo en los brazos de la otra cuando el médico se vio en la penosa necesidad de interrumpir el emotivo momento.

 

— Hay un tema más que preciso abordar con ustedes...

 

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Debido a la premura de los acontecimientos, no hubo tiempo para mucho detalles.
En el taxi de camino al orfanato, el galeno informaba al inseparable par de hermanas sobre lo más básico.
Con su inesperada partida, Edward y Diana habían dejado sobre la faz de la Tierra algo que, a sus ojos, era más precioso y valioso que sus propias vidas.

La pequeña se llamaba Sabrina, contaba con escasos tres meses de edad y era riesgoso dejarla a merced de una institución gubernamental.
Si la familia mortal del lado de su madre, Diana Sawyer, no la acogía entre ellos, su destino estaría entre los mágicos integrantes de la familia de Edward. En caso contrario, el orfanato dispondría de ella.

 

En cuanto estuvo entre los brazos de su tía Zelda, la criatura esbozó una sonrisa, acompañada de un balbuceo.
A pesar de que la mayor estaba casi convencida de que ni en broma aceptarían a la niña para criarla, la bebé hechizó su corazón de inmediato. No había manera de dejarla ahí.

 

— Tiene sus mismos ojos —observó Hilda algo melancólica.

— Les daré un momento a solas —comenzó a decir la abogada del Ministerio Público, haciendo ademán de abandonar la habitación.—

— Se queda con nosotras —interrumpió la mayor de las brujas sin un ápice de duda.—

— ¿Zel? —quiso confirmar su hermana.—

— Es lo que Edward hubiera querido —aseguró, transportándose mentalmente al día en que ella y su hermano bautizaron a la niña ante el Señor Oscuro, tres días después de su nacimiento.—

 

Por su parte, Hilda no dejaba de pensar en la promesa que le hizo a Diana el día después de que Sabrina nació, cuando ambas recurrieron a la Iglesia Católica para el bautismo de la infante. A la niña jamás le faltaría nada, la bruja cuidaría de ella como una segunda madre en ausencia de su progenitora.

Hilda acarició con cuidado la cabecita de la bebé, dirigiendo una minúscula sonrisa a su hermana mayor en señal de mutuo acuerdo. Ambas miraron a la abogada y asintieron a la vez, dejando a un lado la voz de sus respectivas conciencias, que no cesaba de anunciar lo difícil que podría ser criar a una niña como Sabrina. De momento no les importó. La simple mirada de la pequeña era un bálsamo para la obscura y destrozada alma que ambas luchaban por mantener a flote tras la fatídica muerte de su hermano.

Después de completar los trámites necesarios con inusual rapidez, las Spellman se dirigieron a la funeraria, esa extraña residencia que resultaba ser su hogar.

 

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— ¡Tías! Gracias a Belcebú que han vuelto, estaba preocupad... ¿Y eso?

 

Apenas cruzó el umbral de la puerta, con la criaturita en brazos y seguida por Zelda, Hilda fue abruptamente interceptada por un Ambrose tan inquieto como pocas veces lo había visto.

El moreno se quedó pasmado al ver aquel cuadro: sus dos tías con expresión demacrada de tanto llorar y trayendo consigo a una desconocida.
En el fondo, Ambrose siempre había tenido ese miedo, no quería sentirse desplazado ahora que había formado una familia junto con sus dos únicas figuras maternas.

 

La mujer de piel canela pidió silencio con un susurro, mirando a la bebé dormida y después a su sobrino.

 

— ¿Quién es? ¿Qué pasó? —cuestionó el chico, quizás con mayor brusquedad de la que hubiera deseado.—

— Shhh...es tu prima, cariño. Sabrina —murmuró Hilda en voz baja.—

— Vivirá con nosotros a partir de ahora —decretó Zelda con su usual firmeza, cerrando la puerta tras de sí.—

— Pero...¿no hay alguien más que pueda hacerse cargo de ella? ¿Por qué nosotros?

— Ambrose, no discutiré al respecto —respondió la mayor, dirigiendo después su atención hacia Hilda y la recién llegada—. Llévala arriba, su habitación será la que está junto a la nuestra.

 

A medida que su tía y la supuesta "intrusa" subían la escalera de madera, el joven seguía argumentando con vehemencia contra la cabeza de la casa. Un completo acto suicida.

 

— Su familia podría hacerse cargo de ella, aquí nunca hemos lidiado con bebés, además...

 

— Están muertos. Ambos. Nosotros somos su familia.

— ¿Y por eso debemos cargar nosotros con ella? —espetó el castaño, arrepintiéndose en el acto.—

— ¡Mi hermano acaba de fallecer, esa niña es todo lo que me queda de él! No voy a permitir que un montón de mortales la arruinen. El Señor Oscuro tiene mejores planes para ella. Sabrina es una Spellman, tiene derecho a estar aquí y lo necesita tanto como tú cuando llegaste a esta casa. Tu tía Hilda y yo somos ahora sus tutoras legales y, francamente, tu actitud respecto a todo esto podría mejorar —decretó mirándolo con severidad—. Se quedará aquí, le guste a quien le guste, es mi última palabra y no quiero tener que discutir sobre esto contigo nunca más. ¿He sido suficientemente clara, Ambrose?

Tras un momento durante el cual la tensión no parecía más que aumentar, el menor reaccionó.

 

— Sí, tía Zelda —respondió, tras unos segundos de estar pasmado, a regañadientes y bajando la mirada.—

 

Sin más, la hechicera se dirigió al piso superior, entrando a la biblioteca para perderse entre sus lecturas un rato antes de dormir, cosa que, de por sí, no sabía si podría hacer, a pesar del cansancio. Escuchaba "Pavane", de Gabriel Fauré, mientras leía pasajes de la Biblia Ocultista y, un rato después, se dirigió a su cuarto sin siquiera molestarse en hacer acto de presencia en la habitación contigua, pues estaba segura de que su hermana no había tenido problema alguno poniendo a la niña a dormir, Hilda siempre había tenido mayor tacto y facilidad con los niños. Había estado llorando mientras leía, suspendiendo su actividad para no empapar las páginas con sus amargas lágrimas. Esa noche se fue a la cama con el firme propósito de no fallarle a su difunto hermano, criaría a Sabrina, a su extraña manera, pero lo mejor que le fuera posible.

 

Molesto por la forma en que había terminado la "conversación" con su tía, Ambrose también batallaba por conciliar el sueño, siendo lo que turbaba sus pensamientos una "infantil" preocupación. Hasta ridículo se sentía admitiéndolo, pero tenía miedo. Miedo de que, tras décadas de vivir ahí, siendo el "consentido" de sus tías (o al menos de Hilda), alguien le arrebatara su lugar. Miedo de que aquella niña desconocida se convirtiera en el nuevo centro de atención. Miedo de ser olvidado...de ser rechazado por las únicas personas a quienes hasta ahora les importaba y en quienes podía confiar sin reservas.


PARTE 2:


— ¡Pimo Ambus, pimo Ambus! —gritó la pequeña Sabrina, quien hace poco había aprendido no sólo a hablar, sino también a caminar—. ¡Mía, una maisopa! —exclamó dando tumbos mientras entraba al cuarto de embalsamamiento con una mariposita azul en las manos para mostrársela a Ambrose.—

 

El chico estaba terminando de preparar un cadáver para un funeral mientras escuchaba música, pero el alto volumen de la misma a través de los auriculares impidió que se anticipara a la abrupta entrada de su prima de poco más de un año de edad, reaccionando de golpe en cuanto notó su presencia.

— ¡Sabrina! ¿Qué haces? ¡No debes estar aquí! —vociferó mientras se quitaba los cascos de las orejas y corría a la puerta para intentar bloquear el cadáver de la vista de la menor.—

— Una maisopa —volvió a decir la niña, mostrándole el animalito en sus diminutas manos con una sonrisa.—

— Ahora no, estoy ocupado. Más tarde.

— Pero, pero...

— Brina, ahora no. Anda, fuera —le dio un ligero empujoncito al tiempo que la hacía girar sobre sus talones para hacerla salir de aquella tétrica sala.—

— Pero... ¡Ambus, hay sangde en tu camisa! —observó la pequeña, preocupada.—

— No es mía, es...

— ¡Voy a decirle a mamá Zelda!

— Bri, no es mi sangre, no grites...y sabes que tía Zelda prefiere que no la llames así.

— Pero...ella es como mi mamá —respondió la rubia con un puchero mientras acercaba a la mariposa a su pecho en un gesto protector.—

— Pero no lo es —replicó el mayor algo molesto, inconscientemente proyectando sus celos.—

— Puede serlo, porque yo la quiero mucho —contestó la niña con su limitado vocabulario.—

— ¡Sabrina, basta, tu no tienes mamá! —explotó el chico.—

La niña se quedó muy quieta, con una expresión de susto, pues su primo nunca le había gritado.

— Bri, lo siento, no quise decir eso. Yo...

El mayor tragó saliva con dificultad al percatarse de que su prima estaba al borde del llanto. Con su pequeño gran corazón ahora lastimado, Sabrina retrocedió unos pasos, tirando por accidente un frasco de éter al suelo, lo que la asustó aún más e hizo que saliera de ahí corriendo, dejando escapar a la mariposa en el proceso.

— ¡Déjame! ¡TITA HILDAAAAAAAAAAAAAAA! —gritó con todas sus fuerzas mientras corría despavorida en busca de la portadora del nombre.—

Los gritos y el ruido del frasco haciéndose pedazos contra el suelo llegaron a oídos de ambas adultas, dando lugar a una escena escalofriante para cualquiera que conociera a Zelda Spellman cuando se trataba de ver por el bien de los suyos.
Arqueando una ceja, la bruja de cabellos dorados puso el periódico sobre el escritorio, se puso de pie y salió de la biblioteca, haciendo resonar sus pasos por toda la casa mientras bajaba al comedor, donde intuyó que estarían su hermana y su sobrina.

— En el nombre de Satán, ¿qué está pasando aquí? —inquirió con voz fuerte y clara.—

Al llegar al lugar donde cada mañana se reunía para desayunar con su familia, la mujer no se esforzó en lo más mínimo por ocultar la expresión desaprobadora que se instaló en su rostro. Hilda estaba sentada en una mecedora con la pequeña en brazos, consolándola y limpiando sus lágrimas una a una.
A pesar de siempre haber sido fría, dura y de voluntad inquebrantable, en la vida de Zelda había un "antes" y un "después". Antes y después de que Sabrina pusiera su mundo patas arriba.
Desde el momento en que Zelda la cargó y miró a los ojos por primera vez, era evidente que Sabrina era su punto débil. Le partía el alma ver mal a su sobrina, pero era justamente eso lo que le permitía darse cuenta de que aún poseía un alma.

— ¿Qué ocurre?

— Aún no consigo que me cuente —respondió Hilda, encogiéndose de hombros mientras trataba de calmar el llanto de la niña.—

Zelda suspiró, las miró a ambas y se arrodilló junto a la mecedora, posando una mano sobre la espalda de la menor. En ese instante, los sollozos empezaron a apagarse.

— Sabrina —murmuró mirando a los ojos su sobrina.— ¿Puedes decirle a tía Zelda lo que sucedió?

La brujita asintió, haciendo contacto visual con ella. Era muy pequeña aún, apenas había dejado de ser una bebé, pero sabía bien que a la mayor de sus tías no se le debía mentir.

— A-Ambus me gditó —dijo finalmente con un ligero temblor en la voz.—

Las hermanas se miraron entre sí.

— ¿Qué te dijo, cariño? —preguntó Hilda, algo consternada.—

— Dijo...dijo q-que yo no tengo mamá —contestó la infante, sorbiendo después por la nariz.—

— Oh... —respondió la mujer de cabello corto con una expresión de sorpresa hacia su hermana mayor— ...eso no está bien. Mamá y papá ya no están con nosotros, pero nos tienes a tita Zelda y a mí, cielo. Lo sabes, ¿verdad? —cuestionó con tacto, acariciando el cabello de la pequeña.—

Como toda respuesta, Sabrina asintió y un pucherito que adornaba su cara conmovió a la mayor de las tres brujas.

— Sabrina, tesoro. Ambrose tiene razón —expresó con cierto pesar.— Tu madre ya no está aquí...pero siempre estará aquí —añadió llevando su mano al pecho de la niña—, y la madre de Ambrose también estará siempre en su corazón.

Sabrina tardó en comprender, pero a los pocos segundos abrió los ojos desmesuradamente.

— ¿Ambus no tiene mami? —inquirió con prontitud.—

— No, cariño —terció la mujer de piel canela—, tu primo Ambrose tampoco tiene mamá o papá, pero ¿sabes qué es lo más importante?

La menor negó, el llanto había cedido.

— Que él y tú están bien y que nos tienen a tía Ze y a mí. No somos mamis de ninguno de ustedes, pero nos preocupamos y los cuidamos como si fueran nuestros hijos —dijo, dejando un beso en la frente de la rubia al terminar de hablar.—

Normalmente, Zelda se oponía a sobreproteger a los niños innecesariamente, su carácter férreo destacaba por no enmascarar verdades y creía firmemente que infantilizar a los niños era tratarles como idiotas, era humillante y los hacía débiles. Pero esto era otra historia. Sabrina apenas empezaba a conocer el mundo y, justo cuando comenzaba a asimilar el concepto de "madre", el más vital y sagrado en la vida de una bebé, le fue arrancado de las manos para siempre.

Ambrose no había mentido, pero había despotricado la verdad en una forma demasiado cruda para que Sabrina la entendiera de una manera que no la hiciera sufrir. Había lastimado a su primita en sus primeros años de vida y eso podía generar una herida permanente si no se actuaba con cautela.
Para la matriarca de la casa, aquella agresión era imperdonable, pero no pensaba mostrarse alterada frente a la niña, suficientes sustos había tenido aquel día.

— Tranquila, Sabrina —dijo suavizando el tono de su voz, repartiendo caricias circulares en la espalda de su sobrina—. Tía Zelda va a ocuparse de esto, lo prometo.

Depositó un beso en la sien de la menor y se levantó, pidiendo a su hermana en un susurro que llevara a la niña a la habitación que ambas compartían.
Acto seguido, se dirigió a paso firme hacia el sótano, donde su sobrino se encontraba limpiando los restos del frasco caído y el líquido que contenía.

— Ambrose Spellman —escuchó pronunciar el joven a una voz grave que conocía demasiado bien.—

Como emergida de la nada, Zelda apareció en la escalinata que conducía al cuarto de preparación funeraria y tomó al chico por la oreja para llevarlo a su despacho, a pocos metros de ahí. Ignorando toda protesta, lo obligó a entrar a la oficina y cerró de un portazo, soltándolo una vez que estuvieron ambos dentro. El muchacho se quedó inmóvil en el centro de la habitación, aquello fue demasiado rápido, no tuvo ni tiempo de dimensionar el lío en el que estaba metido hasta que fue demasiado tarde. De nada serviría correr, pues su arresto domiciliario lo hacía víctima de una maldición, no tenía posibilidad de huir, sin mencionar que su tía le intimidaba demasiado. Combatirla con magia estaba por completo descartado.

— Las manos sobre el escritorio.

— Tía Ze, pero deja que te explique. No es lo q...

— Ahora —ordenó con una seriedad mortal.—

Al ver que no había salida para él, Ambrose arrugó el entrecejo y se movilizó, emitiendo un suspiro de resignación mientras apoyaba las manos sobre el pesado mueble de madera, situándose de espaldas a la puerta. Con la vista hacia abajo y la espalda inclinada al frente, pudo ver de reojo cómo la mayor rodeaba el escritorio y abría uno de los cajones, extrayendo de él una rígida y gruesa regla de madera. A continuación se posicionó a un lado del chico, irguiéndose aún más si era posible.

— Quítate los pantalones.

— P-Pero tía, no he hecho nada malo, no sé qué pasó pero yo no tengo la culpa... —intentó defenderse.—

La hechicera se cruzó de brazos.

— No voy a repetirlo.

Inseguro, el de piel morena acató la orden, dejando a un lado, en el suelo, sus zapatos y sus pantalones doblados sobre éstos, quedando en bóxers y camisa de manga corta.

— Por favor, tía Ze, así no...es humillante —hizo un ultimo intento por zafarse, siendo inmediatamente silenciado por su tutora legal.—

— "Todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario" —le recordó—. ¿Te parece que haberle gritado a una niña y herirla recordándole algo obvio no es humillante? —no había ni pizca de sarcasmo en su voz.—

El chico se quedó de piedra. Zelda ya lo sabía todo y él no se atrevió a desmentirlo, mucho menos después de que fue fulminado por la escrutadora mirada de la bruja al intentar abrir la boca.
Insinuar que Sabrina mentía sólo le traería más problemas. Ambrose sabía lo que venía y, lejos de lo que deseaba, realmente estaba sucediendo. No era una pesadilla. Era mucho peor.

— Hace años esperé no tener que volver a hacer esto contigo, Ambrose, pero por lo visto sigue siendo el único método efectivo —comenzó la mujer—. Lo que acabas de hacer excede cualquier límite de irresponsabilidad que hayas sobrepasado antes y el daño podría ser irreversible.

Incapaz de sostenerle la mirada a la mayor, el moreno desvió la vista, que irremediablemente cayó sobre la regla. Aquel horroroso objeto que no le traía ni un solo buen recuerdo...

— ¿Era absolutamente necesario lastimarla de esa manera?

El brujo se quedó estático.

— ¡Ambrose, mírame cuando te hablo! —exigió la de cabellera dorada, dando un manotazo sobre el escritorio.

El estruendo de aquel golpe seco sobresaltó al menor, obligándolo a mirarla, ahora presa de un notable nerviosismo.

— N-No...lo siento.

— Lo sentirás —aseveró la hechicera, pasando por alto la vergüenza en los ojos de su sobrino, pues, según sus planes, la pena era parte del castigo—. Retoma la posición.

Con renuencia, aunque tratando de no tardar, el chico obedeció. Esperaba una frase que estableciera la duración de su tormento, pero ninguna voz llegó a sus oídos.
En su lugar, un sonido áspero entrecortó su aliento, haciéndolo respingar mientras todas sus esperanzas por obtener clemencia desaparecían.

Un sentimiento de sorpresa se apoderó de Ambrose al sentir que el primer azote no había caído sobre sus posaderas, como cuando era más joven, sino directamente sobre la cara posterior de sus muslos, dejando sobre ellos una alargada huella rojiza orientada horizontalmente, perceptible incluso con la característica obscuridad de la piel del brujo.

Zelda Spellman rara vez se equivocaba en algo, pero ésta no era una de esas ocasiones. Había hecho aterrizar el golpe ahí con toda intención.
Su sobrino, momentáneamente aturdido, empezaba a comprender la razón por la cual su tía no le había ordenado deshacerse de la ropa interior ni bajarla unos pocos centímetros una vez en posición para recibir el castigo. No sólo era para preservar cierto sentido del pudor, sino porque no sería necesario.

La matriarca continuó, asestando numerosos golpes, uno a uno, de manera rítmica y agonizantemente pausada, sin prisa alguna, pero con la misma perseverancia que empleaba para lograr todo lo que se proponía.

— Eres la única figura masculina con influencia positiva en la vida de Sabrina —le amonestó—. ¿Te parece sensato desperdiciar un puesto tan valioso como ése echando a perder la confianza que tiene en ti?

Lo que empeoraba las cosas es que la elegante mujer no detuvo sus acciones para interrogarlo. Para mala suerte del muchacho, la dueña de la funeraria poseía la coordinación suficiente para llevar a cabo ambas tareas a la vez.
Al no obtener respuesta tras una decena de reglazos, dio tres azotes con mayor intensidad que los anteriores, con el fin de hacer hablar a su sobrino.

— ¡No! —consiguió decir a pesar de su desfavorable postura.—

— ¿No, qué?

— No, tía Zelda —completó antes de lanzar un gruñido bajo. Las venas comenzaban a marcarse en el dorso de sus manos, producto de su acelerada respiración, pero atreverse a romper la posición era impensable.—

— Espero que ya estés pensando en una buena forma de disculparte —dijo la mayor, con un evidente tono de reproche, sin llegar en ningún momento a gritar, pues, tratándose de ella, nunca era necesario. Su voz por sí sola ya era imponente—. En verdad le hiciste daño. Mucho —añadió imprimiendo cada vez mayor fuerza a sus movimientos.—

El chico comenzaba a sudar, aguantaba la respiración durante un par de segundos y la soltaba de golpe después de cada impacto, gradualmente cayendo en la incapacidad de moderar sus reacciones.
Con cada reglazo sus hombros se tensaban y, en más de una ocasión, había emitido un corto gemido gutural, debido al dolor, siendo el orgullo lo único que lo hacía contenerse.
La mayor descargó cinco azotes más. Lentos, con varios segundos espaciándolos y causando que las rodillas del moreno comenzaran a temblar ligeramente.

Dándose cuenta de que el escozor iba en aumento en la piel contraria, la bruja paró en seco al llegar mentalmente a la cuenta de cien azotes, siendo el último de ellos tan fuerte que Ambrose no pudo evitar mover las manos de su sitio, apretando por unos segundos puños y párpados fuertemente, mordiéndose la lengua para no maldecir.

Al no sentir más azotes venir, dejó caer su cabeza sobre el escritorio, dando por hecho que todo había terminado. Le tomó un par de minutos regular la pesadez de su respiración.
Cuando por fin lo consiguió, miró al frente, topándose nada menos que con su tía, sentada en la gran silla de piel frente al escritorio, blandiendo la regla como si fuera el arma más letal del planeta, mirándolo fijamente con una ceja arqueada casi hasta la coronilla.

— No dije que pudieras romper la posición.

Cambiando su peso de un pie a otro, el menor tragó saliva y, rogando internamente para que la mayor no lo castigara también por eso, retomó su anterior postura, poniendo las manos extendidas sobre el escritorio con las palmas hacia abajo.
Zelda observó sin decir más en referencia al punto.
Cruzó una pierna sobre la otra y se llevó una mano a la barbilla, mirándolo con seriedad.

— Dame una buena razón para haberlo hecho —ordenó, refiriéndose a la falta por la que decidió castigarlo en principio.—

— Yo... —reflexionó, parpadeando varias veces— no quería hacerlo, sólo sucedió —agregó el chico con un suspiro, recordando la expresión de tristeza en la cara de Sabrina—. No pensé que fuera a afectarle tanto.

— Exactamente. No pensaste —soltó la bruja.— ¿De qué te sirve ser tan inteligente si no lo aprovechas en las circunstancias más necesarias?

El contrario no hizo más que bajar la vista.

— Aún no has respondido mi pregunta —puntualizó ella.—

En un esfuerzo por no echarse más problemas encima, el hechicero reflexionó un momento, finalmente limitándose a sólo negar con la cabeza.

— Ambrose...

— Supongo que estaba...celoso —dijo tras soltar un resoplido.—

— ¿Estabas? —repitió sin obtener contestación—. Por Satán, pero si no eres un niño —continuó la de cabellos dorados, poniendo los ojos en blanco—, ¿podrías dejar de actuar de forma tan inmadura?

El joven estuvo a punto de protestar, pero algo lo detuvo.

— Sabrina sigue siendo prácticamente una bebé. Somos su única familia, sólo nosotros podemos mantenerla a salvo de los mortales y cazadores de brujas y lo último que necesita es que alguien dentro de su propia casa la haga sentir insegura —continuó aleccionándolo—. Creí haber dicho hace tiempo que no pensaba discutir este tema contigo, Ambrose. Sabrina no es estúpida, sabe que su madre murió, y no veo por qué tuviste la brillante idea de sacar ese tema a la conversación con una niña de menos de dos años si tú te encuentras en la misma desventaja.

El estómago del muchacho se contrajo ante lo tajante de tal afirmación, apenas se atrevía a mirar a su tía a los ojos y comprendía que había metido la pata hasta el fondo con la más pequeña de los Spellman. Él había llegado a vivir con sus tías a los diecisiete años, después de que su madre y padre murieran a manos de los cazadores de brujas.
Tras haber participado en un atentado en contra del Vaticano, sólo las dueñas de la funeraria le ofrecieron asilo, aunque ni así se libró de que el Consejo de la Iglesia de la Noche lo condenara.
Vivir en confinamiento era castigo suficiente y, ahora que lo pensaba, Hilda y Zelda siempre habían estado ahí, ayudándolo a lidiar con sus conflictos y altibajos emocionales. La brújula de su vida apuntaba a la adultez y la independencia en el momento en que quedó huérfano pero, gracias al Señor Oscuro contó con tiempo suficiente para conocer a sus progenitores y crecer, en su mayoría, instruido por ellos.

Sus tías nunca habían tocado deliberadamente temas que pudieran conflictuarlo, simplemente le ofrecieron un hogar, un trabajo que lo mantuviera ocupado y lejos de la depresión, su propio espacio, acceso a toneladas de libros y, lo más importante, cada una había dado a la vida de Ambrose su toque personal.
Hilda, por su parte, procuraba compartirle su afecto y buen humor a través de cariñosos detalles, como un té, un abrazo, un plato de galletas, un libro de hechizos...y Zelda, lo demostrara o no, denotaba su preocupación haciéndose cargo de asuntos disciplinarios que lo ameritaran, tal como lo estaba haciendo en este momento. Era su muy particular forma de dar soporte y estructura a alguien que era importante para ella.
Realmente, Ambrose no tenía razones para quejarse, mucho menos una justificación para haber actuado tan impulsivamente a expensas de un ser inocente.

— ¿Esperas que pueda procesarlo? ¿A su edad? Hubiera preferido que hicieras explotar el Vaticano —dijo la mujer, sacando al joven de sus pensamientos—. Eso puede reconstruirse. El corazón de Sabrina no —expresó con un cruel tono de desdén.—

Ambrose tuvo que contener la respiración para no avivar sus lágrimas, pues, como siempre que estaba molesta, Zelda no se interesaba en introducir un filtro entre su propia ira y su interlocutor.
El silencio se hizo presente en la habitación, para ser quebrantado al transcurrir un minuto, por una voz airosa, casi inaudible, un susurro.

— ¿Puedo ir a disculparme? —cuestionó Ambrose con los ojos enrojecidos, sintiendo que le faltaba el aire.—

— No hemos terminado.

— . . .


PARTE 3:


No podía estar hablando en serio...¿o sí?

 

Zelda no era conocida precisamente por su sentido del humor. Decía lo que pensaba, pensaba lo que hacía y hacía lo correcto. Con ella no existía término medio, sin mencionar que no dedicaba ni un minuto de su atención, estuviera del humor que estuviera, a algo o alguien que no le importara. Era una mujer enigmática, ciertamente hermética, algo solitaria, pero brutalmente honesta, comprometida, fuerte y, aunque jamás lo externaba ni aceptaba, muy sobreprotectora con su familia. Jamás dejaba algo sin terminar...y ésta no sería la excepción.

 

Sin prestar atención al gesto compungido en el rostro ajeno, se levantó, regla en mano, y volvió a situarse junto a su protegido, emanando un aura de incuestionable autoridad.
Rogando con la mirada, el castaño giró la cabeza para mirarla a los ojos. Cual cordero llevado al matadero, el moreno sintió cómo la culpa lo embargaba desde adentro. Ya no se preguntaba si su miedo provenía de haber lastimado a una niña inocente o de saber que había molestado a la mujer que representaba la máxima autoridad para él.

 

Zelda abarcaba un amplio rango de títulos en su vida, pues consciente o inconscientemente, Ambrose había encontrado en ella, extrañamente y en un momento de imperiosa necesidad, una figura paterna, una especie de madre, una tía, jefa, maestra, confidente, inspiración, una bruja admirable, un claro ejemplo en cuanto a devoción, virtudes y congruencia; era la piedra más fuerte en los cimientos de su vida, la más fiera guardiana, una persona que, a su estricta manera, lo había guiado, ofreciéndole una mano firme que él sabía perfectamente que nunca lo dejaría caer...un muro determinante que marcaba límites claros cuando Ambrose carecía de estructura.

 

Y él había hecho enfadar al muro. Decir que estaba arrepentido era poco.

Quería que se lo tragara la tierra pero, para su pésima suerte, la tierra lo habría escupido, poniéndolo de nuevo justo donde estaba ahora.

 

— Asume la posición.

 

Como balazos que lo atravesaban, esas tres escuetas palabras le hicieron ver que se encontraba en el más obscuro callejón sin salida. Había sólo una forma de librarse del monstruo que estaba devorando sus entrañas: entregarse a él.
Con expresión lívida, volvió el rostro hacia la gran silla de piel, ahora vacía, llenó de aire sus pulmones y, con una prolongada exhalación, se inclinó al frente, acomodando las manos sobre el escritorio y los pies bien plantados en el piso.

 

Sin más remedio, un par de lágrimas corrieron por su piel, cayendo sobre el obscuro mueble que, irónicamente, le brindaba su soporte. El brujo aguardaba, con aliento tembloroso, como si esas lágrimas no fueran otra cosa que una firma indeleble en su propia sentencia de muerte.
Sin inmutarse en lo más mínimo, la hechicera apoyó una mano en la espalda del menor y la regla sobre el área anteriormente castigada, preparándose para retomar el trabajo que por propia voluntad se había adjudicado.

 

— La familia es para siempre, Ambrose —dijo la mujer antes de empezar—. Sabrina llegó para quedarse y tú no puedes salir de aquí. Será mejor que empieces a llevarte bien con ella.

 

Al recibir sus oídos la última palabra, el joven sintió el impacto del primer azote en su piel con tanta fuerza que le costó impedir que sus rodillas se doblaran al frente. Ahogó un grito, deseando con todo su ser que aquello terminara cuanto antes, pero Zelda tenía otros planes para que esta lección fuera imposible de olvidar. En lugar de desplazar los azotes a donde la piel contraria no estaba marcada, se enfocó en concentrar cada golpe de la regla en donde ya había un notable enrojecimiento, haciendo aquello aún más insoportable. Quien dijo que el goteo constante causa en una roca más daño que un aguacero temporal, tiene razón.

 

Cada nuevo reglazo dolía más que el último y revivía el ardor provocado por todos los anteriores. La tensión se acumulaba en los músculos del chico, haciendo que los brazos le quemaran por dentro, amenazando con ceder bajo su peso. Uno a uno, los pausados y estruendosos azotes cayeron sin hacerse esperar demasiado, Ambrose no recordaba si alguna vez había recibido un castigo tan doloroso, pero de momento no tenía cabeza para pensar. No en eso.

 

Luchando por no moverse ni un centímetro, logró echar un vistazo al reloj en el librero frente a él pero el muy descarado parecía burlarse, retrasando el movimiento de sus manecillas.

Un azote en específico le arrancó un jadeo sorpresivo, al muchacho se le vencieron los codos. La mayor de los Spellman se detuvo por escasos segundos, de mala gana, mientras su sobrino se apresuraba a colocarse en la posición tan rápido como pudo.
Al menos sesenta golpes secos y agudos habían resonado entre las gruesas paredes, al menor se le empezaba a dificultar mantener su quietud. Con cierto dolor en la zona lumbar, el de piel obscura se irguió ligeramente, liberando parcialmente a sus brazos de un peso.

Decidida a terminar pronto, pues tenía una cita al cabo de media hora con una pareja que requería los servicios de la funeraria, la matriarca aceleró el paso casi imperceptiblemente, tan metódica y perfeccionista como siempre, no había perdido la cuenta desde el inicio.

 

— T-Tía Ze... —se quejó el menor , temiendo hacerla enfadar aún más.—

 

No hubo respuesta.

En su desesperación, Ambrose mordió su labio inferior, reprimiendo un sollozo.

 

— Por favor... —suplicó—. N-No volverá a pasar... —se las arregló para decir.—

 

— Guarda silencio —comandó, continuando con el castigo sin mostrar piedad en lo absoluto.—

 

Afectado por la frustración, el chico dejó escapar un gemido, comenzando a llorar silenciosamente. Aquel tormento parecía no tener fin.
A pocos azotes de la cantidad que su tía se habia fijado cumplir mentalmente, el dolor acumulado hizo que el menor se anticipara al impacto de la regla, accidentalmente moviendo los pies para intentar esquivar el golpe. Pudo sentir cómo su verdugo lo fulminaba con la mirada mientras se reacomodaba con torpeza.
Atenta al estado de la piel de su protegido, Zelda ejecutó la última parte del correctivo, implacable.

 

Trece azotes. Cada uno responsable de provocar un ardor endiablado en la adolorida piel del menor. Cada uno más fuerte que su predecesor. Cada uno arrancando del alma del muchacho la promesa de no volver a herir a su propia sangre en toda la eternidad.
Con el último reglazo, Ambrose profirió un grito, seguido por un gruñido que lo llevó a contraer cada fibra de su cuerpo, jadeando para jalar aire mientras temblaba, resultándole conflictivo algo tan simple como mantenerse en pie.
Durante un minuto entero permaneció con la vista baja, víctima de ligeras sacudidas que evidenciaban su discreto llanto.

 

— Por favor, tía Ze...perdóname —pidió en cuanto se pudo tranquilizar un poco.—

 

La mayor se limitó a resoplar, pasando una mano por su sedoso cabello.

 

— Date la vuelta —dijo, permitiendo que su sobrino saliera de esa incómoda postura—. Muéstrame las manos.

 

Dudoso, obedeció, poniendo las manos extendidas al frente, boca abajo, a la altura de su pecho.
La contraria tomó sus manos, una primero y la otra después, y las volteó para que las palmas quedaran hacia el techo. A continuación, colocó la regla sobre ambas, sosteniéndola con una mano en el otro extremo en todo momento mientras fijaba su mirada en los vidriosos ojos frente a ella.

 

— ¿Cuántas veces rompiste la posición?

 

Atrapado con la guardia baja, el moreno respondió sin pensar, no sabiendo para qué querría su tía saber eso.

 

— Dos.

 

— Tres —corrigió ella—. Serán tres por cada una de esas veces.

 

Estaba tan cansado y adolorido en su parte posterior, que su única reacción al comprender la frase fue abrir los ojos y parpadear repetidas veces. Si no quitó las manos en ese preciso instante, fue sólo porque presentía que, si lo hacía, todo sería peor para él, y no tenía ánimos de ganarse más tiempo en esa sombría habitación.

 

— Lo siento... —dijo en un débil susurro.—

 

— Bien —respondió ella sin más, dando apenas unos segundos para que Ambrose se preparara antes de asestar sobre las palmas de sus manos el primer golpe.—

 

Ambrose cerró los parpados con fuerza, sintiendo un doloroso cosquilleo expandirse por sus manos. Apenas recuperaba un poco la compostura, el siguiente azote se hacía presente. Al quinto, aspiró aire de un tirón y, como acto reflejo, sus nudillos se doblaron como si sus manos fueran a cerrarse. Con una mirada amenazante, la bruja paró unos segundos únicamente para posar la regla sobre las manos contrarias, haciendo que se estiraran nuevamente, pese al leve temblor que las invadía.
El menor respiró profundamente, la tensión sometía cada músculo de su cara, obligándolo a inclinar la cabeza al frente, con total resignación.

 

Inexpresiva, la hechicera colocó su mano libre debajo de las ajenas para asegurarse de que sus palmas se mantuvieran visibles.
Intercalados con lastimosos quejidos, los últimos cuatro golpes cayeron y, justo cuando el brujo sentía que se quebraría de puros nervios, un ultimo azote lo sorprendió, había sido un extra para cerra aquel monumental castigo "con broche de oro". Al menos a ojos de quien lo llevaba a cabo.
Inmediatemente después del último impacto, Zelda retiró su mano y miró al chico fijamente. Adolorido, se llevó ambas manos al pecho, acunando una con la otra para intentar aliviar el dolor. Dubitativo, dirigió a la contraria una mirada que dejaba suspendida una pregunta en el aire. Una que no se atrevía a formular.

 

— Vístete —ordenó la pálida mujer.—

 

Aliviado, obedeció y caminó a donde yacían sus prendas y, al ponérselas, sintió el ardor en los muslos y las palmas de sus manos debido al roce con la tela, razón por la cual proyectó un gesto de incomodidad que no pasó desapercibido para su tía. La mayor supo entonces que el escarmiento había surtido efecto.
Una vez que el moreno estuvo vestido, se paró frente a Zelda con actitud de sumisión, a la expectativa de sus siguientes palabras.

 

— Que no se repita.

 

Él negó repetidas veces, con cierto temor, pues no tenía ni las más mínimas ganas de ser llamado a una "reunión" de ese tipo con ninguna de sus tías jamás, aunque por parte de Hilda eso era altamente improbable.

 

— ¿P-Puedo ir a disculparme con Brina? —pidió.—

 

La bruja asintió y abrió la puerta con un hechizo de telekinesis.

 

— No puedes, debes —corrigió, indicándole con la regla la salida de la oficina—. Está con tu tía Hilda. Estás tardando.

 

Aprovechando esa palabra como un grito de libertad, Ambrose salió, mucho más despejado ahora que todo había terminado. Mientras subía la pequeña escalinata que lo sacaría del conjunto de estancias que conformaban el sótano, miró atrás una sola vez, observando por el rabillo del ojo a su tía Zelda, quien guardaba la regla de nuevo en el escritorio y ponía todo en orden para su próxima cita con la pareja de clientes antes mencionada.

 

Increíblemente, el chico se sentía renovado, lo peor ya había pasado. Tratando de ignorar el dolor provocado por la fricción al caminar, Ambrose fue rápidamente al cuarto de baño a enjuagar de su cara las huellas del llanto, pues no quería preocupar a Sabrina. Sin demorar más, subió a la habitación que compartían sus tías y tocó, entrando al escuchar la voz de Hilda invitándolo a pasar. En cuanto lo vio asomarse por la puerta, Sabrina se abrazó a la mayor en busca de protección, escondiendo el rostro.

 

— Tía Hilda, yo...vine a disculparme —explicó.—

 

— Adelante, amor —dijo la menor de las dueñas de la funeraria, mirando a continuación a su sobrinita, acariciando su espalda—. Sabrina, mi cielo, alguien quiere decirte algo —la animó con su característica amabilidad.—

 

La pequeña apenas abrió los ojos y se volvió para mirar a su primo, quien se acercó lentamente y tomó asiento en el borde de la cama, frente a ella, haciendo circo, maroma y teatro para no dejarle ver la incomodidad que sentía al tomar esa posición.

 

— Brina...lo siento —expresó con tranquilidad, siendo totalmente sincero—. No quise decir eso, estuvo mal. Y tampoco quise gritarte...

 

Movida por su natural empatía, la niña se encontró prestándole toda su atención, ladeando la cabeza con curiosidad. Después miró a su tía, que le dirigió una sonrisa para hacerle saber que todo estaba bien.

 

— Yo...sé que en muchas cosas somos iguales —continuó—, sé que no se siente bien que te griten ni que se molesten contigo...sé que no se siente bien que tu familia no esté completa —dijo cautelosamente—. Y por eso quiero que sepas que estoy aquí...que estamos aquí. Nosotros somos tu familia —añadió, buscando apoyo en los ojos de su tía.— Tita Hilda y tita Zelda te han querido y cuidado desde siempre...y para mí eres como una hermanita —sonrió un poco, a la espera de una respuesta.—

 

La pequeña se incorporó, removiéndose un poco entre los brazos de su tía y se acercó al chico, con ese brillo de inteligencia que jugaba en sus ojos siempre que algo llamaba su atención. Se sentó a unos centímetros de él y esbozó una tímida sonrisita en su dirección.

 

— ¿No tas nujado comigo? —preguntó con su vocecita, haciendo un visible esfuerzo por articular palabras que apenas hace poco había aprendido gracias a que Zelda le hablaba como a cualquier adulto, en tono neutro y sin infantilizar su voz al dirigirse a su sobrina.—

 

— Nop —respondió él, encogiéndose de hombros mientras le hacía cosquillas a la menor en los pies—. ¿Me perdonas, prima?

 

La rubia permaneció pensativa unos pocos segundos, bajo la enternecida mirada de su amada guardiana, y después, igual que hizo el dia que aprendió a caminar, se lanzó a los brazos de su primo con un gritito de emoción.

 

— ¡Síiiiiiiiiiiiii! —exclamó mientras era recibida por el contrario entre risas, terminando ambos en un abrazo reconfortante—. Pero ya no gdites —pidió con un repentino pucherito.—

 

— Lo prometo, Bri —respondió estrechándola contra sí, agradecido por el buen corazón que su prima demostraba tener.—

 

Ambos se quedaron entrelazados en ese momento, conmoviendo a la sensible mujer que los contemplaba, aunque eligió darles espacio y no se acercó sino hasta transcurridos unos minutos, cuando vio a su sobrina bostezar como si de una pequeña leoncita se tratara.

 

— Parece que alguien tiene sueño —canturreó mientras se acercaba prudentemente al tierno cuadro frente a ella.—

 

Ambrose dio un apretoncito en torno al pequeño cuerpo de su primita y, con su habitual sonrisa despreocupada, dejó que su tía la tomara en brazos, dirigió una mirada de gratitud a la mayor y salió de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas mientras escuchaba a Hilda hablarle a la pequeña para inducirle el sueño.

 

— Vamos a que tomes una siesta, princesita... —escuchó.—

 

Ambrose sonrió para sus adentros, Sabrina y él eran realmente afortunados por contar con sus tías, pues de otra forma, subsistir en ese extraño mundo plagado de mortales habría sido muy difícil para ambos.

La tarde transcurrió con normalidad hasta caída la noche y Ambrose no volvió a ver a la mayor de sus tías en lo que restaba del día.
Más tarde, se encontraba en su habitación cuando, mientras leía, alguien llamó a su puerta.

 

— Ambrose, tesoro, soy tía Hilda —murmuró mientras entraba—. Te traje un poco de café, creí que te vendría bien —dijo en tono animado mientras le entregaba al chico una taza humeante y se sentaba a su lado, recargándose en la cabecera de la cama.—

 

— Gracias, tía...huele bien —dijo mientras dejaba a un lado su libro y recibía la bebida, gustoso, procurando tocar la taza sólo con las puntas de los dedos, pues sus palmas aún ardían un poco.—

 

— ¿Aún duele? —se aventuró a preguntar la de piel canela finalmente, esperando no incomodarlo. Había notado las marcas en las manos de su sobrino y no quería quedarse callada, quería recordarle que ella siempre estaba ahí para el, balanceando el estricto carácter de su hermana con su dulzura natural.—

 

— No mucho —dijo el chico, pretendiendo sentir menos dolor del que experimentaba, tendiéndole una mano para que la examinara.—

 

La bruja tomó la mano entre las suyas con cuidado y acarició con un fino toque el contorno de la misma.

 

— Debió molestarse mucho, supongo... —susurró casi para sí misma a medida que inspeccionaba las marcas de la regla, sabía que muy posiblemente no sólo se encontraban en las manos del muchacho, quien se limitó a asentir y beber unos pocos sorbos de la taza con la otra mano—. No se ven tan mal, cielo —lo animó depositando un maternal beso en el dorso de su mano, pasando un brazo sobre sus hombros a continuación.—

 

— M-hmm —afirmó el moreno, degustando el café—. Creo que sólo estoy un poco...cansado —comentó distraídamente—. Espero que tía Ze no esté tan enojada conmigo.

 

— Ya se le pasará...sabes cómo es. Se preocupa mucho por ti y por Sabrina, por eso prefiere hacerse cargo ella de todo antes de permitir que el Consejo ponga un pie en esta casa —explicó la mayor, frotando levemente su espalda.—

 

— Y yo sigo metiendo la pata... —reflexionó el brujo con cierto tonito de ironía.—

 

— Cada vez menos —replicó ella con una risita.—

 

Tras un momento, la hechicera abrazó al menor y dejó un beso en su cabeza.

 

— Trata de descansar un poco, cariño, lo necesitas.

 

— Gracias, tía Hilda —repuso el menor, abrazándose a ella con un brazo—, eres la mejor.

 

— Hasta mañana, cielo, que duermas bien —se despidió la mujer alegremente mientras salía, dejando a solas al muchacho.—

 

Por un rato más, el joven Spellman estuvo reflexionando lo acontecido aquel día, intenso en acciones y emociones, con la luz de la luna colándose por su ventana y su bebida favorita entre sus manos.
Al terminar de beber el café, se instaló en su mente la extraña idea de agradecerle a la mayor de sus tía, aunque fuera de manera sutil, por todo lo que había hecho por él a lo largo de tantos años. Se había portado como un abusivo insensible con Sabrina y, aunque la afectada directamente no había sido Zelda y ya se había disculpado con ella, quería agradecerle por hacerse cargo de sus desastres y diabluras en lugar de abandonarlo entre las garras del Consejo.

 

Dejando reposar sus ideas, puso la taza vacía a un lado y se colocó los auriculares para continuar con su lectura, cayendo en un profundo sueño a las pocas páginas.

 

A la mañana siguiente se levantó de un humor excepcionalmente bueno, a pesar de sentir aún las secuelas del día anterior.
Se alistó y bajó a la cocina, donde encontró a Sabrina jugando con el desayuno, sentada en su sillita, y a Hilda preparando los alimentos para ella misma, Ambrose y su hermana.

 

— ¡Ambus! —lo saludó la pequeña, alzando las manos en el aire, sonriente.—

 

— ¡Buenos días! —correspondió él efusivamente, saludando con un abrazo a la niña y después a Hilda, a quien se puso a ayudar preparando el té para acompañar el desayuno sin que ella se lo pidiera.—

 

A los pocos minutos, la lidereza de la familia realizó su entrada triunfal en la estancia, saludando a los presentes, como siempre, con su distintivo y formal "buenos días, alabado sea Satán", tras el cual se sentó en la silla que estaba entre las de Ambrose y Sabrina, con periódico en mano, leyendo, absorta en sus asuntos.

 

De reojo, aprovechando que Zelda no podía apreciar sus expresiones, Ambrose dirigió a Hilda una mirada de complicidad, sirviendo el té y tomando la taza destinada a la cabeza de la familia para llevarla a la mesa antes que las demás.

 

Sin pensarlo demasiado, el joven hechicero puso la taza frente a su tía y se inclinó a su lado, dejando un beso en su mejilla con cariño.

 

— Gracias, tía Ze —murmuró y, sin esperar respuesta, tomó su lugar en la mesa, habiendo tenido previamente la precaución de poner un cojín extra en su silla para no estar tan incómodo.—

 

Zelda no era asidua a las demostraciones de afecto, pero no se opuso, pues sabía muy bien a qué se debía ese detalle de parte de su sobrino.
Las dimensiones del periódico cubrieron el diminuto amago de sonrisa que curvó sus labios, así como la expresión divertida que jugueteó en su mirada al ver que el jovencito batallaba para permanecer sentado con comodidad en la silla.

 

Asomando sus profundos ojos sobre el enorme pliego de papel frente a ella, posó su calmada mirada sobre Ambrose, respondiéndole así de manera implícita, sin necesidad de palabras, sólo transmitiéndole la peculiar y sincera satisfacción que le despertaba el hecho de que él apreciara sus intentos por mantenerlo "dentro de las vías", por así decirlo.
Con unos pocos segundos de establecer contacto visual con su protectora, el chico supo que detrás de esa mirada se escondía un "de nada".

 

Antes de que Ambrose pudiera adivinar qué otros misterios reposaban tras esos enigmáticos orbes, la bruja bloqueó el vínculo entre sus ojos, subiendo el periódico nuevamente.

 

Esa era Zelda Spellman. Una mujer que se enorgullecía de mantener siempre en alto el apellido de su familia, aún con sus extraños métodos y costumbres.

Una hechicera tenaz y generalmente bienintencionada , con el más arraigado, feroz y "retorcido" instinto maternal.
Introvertida hasta un punto desquiciante.
Una mujer astuta y altruista que simplemente no podía ni quería vivir sin su hermana y cuyos sobrinos eran su total y "secreta" adoración.


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*¡SPOILER & KINKY ALERT! NO LEER SI AÚN NO HAS VISTO LA SERIE "CHILLING ADVENTURES OF SABRINA" (2018) DE PRINCIPIO A FIN, ESTA HISTORIA PUEDE CONTENER SPOILERS Y ESCENAS QUE PUEDEN NO AGRADAR A TODO PÚBLICO*

Este es un fanfiction en torno a la vida de las brujas y brujos de la serie Chilling Adventures Of Sabrina, concretamente, la familia Spellman.

Si aún no la has visto, te sugiero no continuar leyendo y verla lo antes posible.

Del mismo modo, te comunico que esta es una historia que contiene escenas de spanking, es decir, azotes o nalgadas con fines disciplinarios (no eróticos). Si dicho tema te disturba o conflictúa, por favor no continues leyendo.

Esta historia está dedicada a todos aquellos fans hispanohablantes, tanto de CAOS como del Spanking. Le tengo un profundo amor a la serie y estas letras son el resultado de mis fantasías mentales y mi obsesión por la misma.

No apoyo el castigo físico como método correctivo bajo ninguna circunstancia.
El nombre de la serie y de todos los personajes son propiedad intelectual de Netflix y de los creadores de Chilling Adventures Of Sabrina.

Disfruten ❤️

 

Esta historia está disponible en Wattpad, también escrita por mí.

Elegí marcar este fanfiction como "Mature" por el tema del spanking (azotes/nalgadas) aunque sea utilizado únicamente de manera disciplinaria y no erótica.

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